El mundo entre nosotros Capítulo 27
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Capítulo 27

El problema que descubrimos al día siguiente fue que, si venía Debbie, tenía que venir Emma, porque no había nadie con quien dejarla.

Lo intentó con la madre de Lila, una de sus compañeras de su grupo de música, pero estaban el fin de semana fuera, así que tuvo que venirse con nosotros.

Al menos no venía también Terrible. Ese gato del infierno mejor que estuviera lejos de mí.

Aunque en los últimos días hubiéramos firmado una especie de tregua, no me fiaba de esa mirada felina ni un pelo.

Por la mañana la ayudamos a preparar los sándwiches de queso y a meter la masa de los knots

ya descongelada en el horno, haciendo las formas del bollo típico de Northwood.

A las nueve y media, el padre de Antonia estaría en la entrada, con su hija, Iwan, Roy y Vanessa, para ir todos juntos desde nuestra casa.

Yo no las tenía todas conmigo respecto a Tom.

Lo había acompañado al entrenamiento con Andrew la tarde anterior y, aunque lo había terminado y no había cojeado ni una sola vez, cuando volvimos a casa, podía notar que estaba cansado.

Muy cansado. Nunca lo admitió ni yo le dije nada.

Al menos, durante su entrenamiento, aproveché para avanzar un poco con Grandes esperanzas

. Y joder, era un libro difícil de leer para alguien que controlaba tan poco inglés como yo. Pero hacía lo que podía. Mr. Whitmore lo entendería. O eso esperaba.

Por la noche Tom no vino a mi cuarto. Ni me pidió dormir con él.

Yo pensé en decírselo, pero quizá necesitaba descansar todo lo posible para la excursión. Al final Debbie iba a estar vigilándolo cual halcón. Que también era normal. Era su madre y quería que no le pasara nada malo. Lo mismo habría hecho mi padre.

Un pitido lejano me devolvió a la realidad y nos dio la señal de que el padre de Antonia ya estaba fuera, esperando a que saliéramos.

Yo tampoco tenía mucha idea de cómo ir vestido.

No había llevado ropa de montaña. Pero tampoco pensaba que la marcha fuera a ser muy dura, ¿no? Venía Tom y había que tener cuidado.

— Ready?

—me animó este, asomándose a mi cuarto.

— Ready

—respondí, mirándome una última vez en el espejo, porque ese día me veía guapísimo. Salí de la habitación junto a Tom, que llevaba unos pantalones de color beige, un jersey verde de ochos y un gorro a juego.

—¿Tanto frío va a hacer?

—Hay veces que sí. Mejor ir preparado, ¿no?

Es que quizá yo iba demasiado veraniego.

—Entonces necesito coger un jersey. No sé si tengo alguno que…

—Te dejo yo uno. —Sin esperar a que le respondiera, volvió a su cuarto mientras Debbie nos gritaba desde la planta de abajo. A los pocos segundos, Tom regresó con una sudadera con capucha de color gris. En la parte de delante había una frase escrita: Can’t start a fire…

—Thanks —

dije, cogiéndola de entre sus manos.

—Con esto creo que no pasarás frío. —Se fue hacia las escaleras. Yo tardé un poco más en seguirlo, porque aproveché para oler la sudadera que me acababa de dar. Y olía a él. Olía a Tom—. ¿Vienes?

Del susto se me cayó la sudadera al suelo. Menos mal que no me había visto olerla, como un auténtico pervertido.

Cuando bajamos, Debbie y Emma nos estaban esperando en la puerta, con cara de «venga, vamos, lentos».

Tom y yo pasamos a su lado de camino al coche.

Antonia se bajó del suyo para saludarnos, con su perro Rufus cogido de la correa.

Era un golden retriever precioso, y corrió hacia mí para jugar conmigo.

La que también vino corriendo fue Antonia, que dio un abrazo a Tom con tanta energía que casi lo tira al suelo.

Rufus empezó a ladrar y a dar vueltas a su alrededor, tratando de llamar su atención.

—Are you alright?

—Yes, yes. I’m fine, Antonia.

—Are you sure? You look like…

—Like what?

—rio Tom—. Relax, Antonia, please. I’m fine.

—Hey, Tom —

saludó Vanessa, bajando la ventanilla desde el coche. Iwan simplemente movió la cabeza (era su manera de decir «hola») y Roy se limitó a gruñir. No pensaba que fuera a venir después de la discusión del día anterior, pero ahí estaba.

—Ay, pero qué perro más bonito. Pero ¡qué guapo eres! —empecé a decirle a Rufus mientras le hacía cariños.

— C’mon! Tom! Mateo!

—dijo Debbie, cerrando la puerta de casa con llave y cargando con la mochila y un par de bolsas, además de llevar a Emma de la mano.

Abrió el coche y Tom se sentó en el asiento de delante.

A mí me tocaría ir atrás con su hermana.

Solo esperaba que no me hablara en esos idiomas extraños que tanto le gustaban

Nos despedimos de Rufus, que quería seguir jugando conmigo, y me monté también en el coche. El camino hasta el sitio duró casi una hora, pero Debbie ya conducía como una persona normal, no como la psicópata de la carretera que había conocido el otro día cuando íbamos hacia el hospital.

Durante todo el trayecto, solo estuvimos escuchando canciones de Bruce Springsteen.

Porque, al parecer, era el cantante favorito de Debbie.

Y, aunque pensaba que no iba a conocer ninguna de sus canciones, alguna de las que puso me sonaba de algo.

Quizá de alguna serie o peli. Era gracioso escucharla a ella corear cada letra, muchas veces con ayuda de Tom, con esa voz tan característica que tenía.

Yo, como no me sabía ninguna, me limitaba a reírme y mirar por la ventanilla.

A veces miraba hacia delante y pillaba a Tom lanzándome alguna mirada disimulada por el retrovisor… hacia mí, claro.

Y fue verlo y entrarme un vértigo enorme.

Porque ya llevaba dos semanas en Northwood.

Se me había pasado rapidísimo. Ya estaba en la mitad de mi viaje.

La mitad del intercambio. Y, en todos esos días, había conseguido conectar muy bien con Tom.

¿Qué pasaría cuando yo volviera a Madrid?

La segunda parte del intercambio no sería hasta octubre.

¿Nos veríamos entre medias? ¿O dejaríamos que pasaran casi cinco meses?

— Mateo, do you like Lady Gaga?

—me preguntó de repente Tom.

—Claro. ¿Por?

—Porque voy a cambiar la música. Sorry, Debbie. —

Y rápidamente la voz de Bruce Springsteen dio paso a la de Lady Gaga.

I don’t wanna feel

I don’t wanna cry

So I’m gonna dance until I feel alright

Por supuesto que conocía esa canción. Esa sí que sí. Emma también, porque, aunque no la cantaba, movía las manos y los pies tratando de encontrar su propio ritmo. Debbie la tarareaba. Mal, pero lo intentaba. No daba ni una con la letra.

—Debbie, it’s not love back. It’s lovedrug.

—Are you sure?

—Of course I’m sure —

se rio Tom—. Tú, Mateo, te la sabes, ¿no?

—Sí, sí.

—Ah, pues canta. No tengas vergüenza.

—Si estoy cantando… —mentí.

— Need your love, your lovedrug, your lovedrug… —

cantaba Tom, mientras yo más bien susurraba, porque ahí me daba más vergüenza que cuando lo habíamos hecho en su cuarto con su canción.

—Mateo, ¿qué música te gusta? Spanish music?

—me preguntó Deb­bie mientras Tom seguía cantando como si estuviera en un concierto.

— Spanish music? You mean… from Spain? —

quise aclarar.

—Yes.

—I know Spanish music, like Bad Bunny or Shakira —

intervino Tom.

—I know Shakira! —

intervino Debbie, orgullosa—. Is she from Spain?

—

No. No es de España…

—So, who are the big singers in Spain then? Any favourites?

—No sé… Me gusta Rosalía. —Debbie negó—. También me gusta Rels B, Samuraï… —Tampoco parecían conocerlos—. No sé, La oreja de Van Gogh.

—¿La orreja

de Van Gogh? —repitió esta, totalmente perdida.

— Van Gogh’s ear, Debbie —

comentó Tom—. It’s a Spanish band.

—I know Hulio Iglesias

—dijo Debbie, sonriente—. He’s wonderful.

Tom, love, play Hulio Iglesias.

—Not now, Debbie.

Mateo, ¿quién es ese que has dicho? ¿Samurai…?

—Samuraï, sí. Una cantante. —Pero no sabía si quería que pusieran una canción suya. No iban a entender nada.

— Okay. Let me look her up. Give me one sec…

Y, tras unos momentos de silencio, empezó a sonar «Tiro al aire», de Samuraï.

Soy un peón perdido

Me he salido del tablero a explorar

Me he quedado a cuadros

Al ver que no hay partida que ganar

— What is she saying?

—preguntó Debbie.

— It’s… like a love song —

aclaré, sin entrar en muchos detalles.

— Oh, ok. It’s nice.

Y esta noche voy a aprender

A quererte de lejos

Voy a entender que, aunque te eche de menos,

Te puedo querer desde la soledad

Y con esa canción sí que me atreví a cantar.

Me vine bastante arriba, he de admitir, y Tom, asombrado, empezó a moverse al ritmo de la canción, mirándome totalmente absorto.

Yo estaba en mi salsa, la verdad. Debbie trataba de cantar, pero solo era capaz de decir «na, na, na» todo el rato.

Era bastante graciosa verla intentándolo.

Cuando llegó al final, Tom se puso a aplaudirme y yo hice las reverencias correspondientes.

—Gracias, gracias.

— Now, I want some Hulio Iglesias

—insistió Debbie—. Or Alehandro Sans. I know Alehandro Sans! «Quien ma va enterar sus emosionas» —

tarareó, sonriente.

Y, mientras escuchábamos «Corazón partío» (una de las canciones favoritas de mi abuela), llegamos a Chiltern Hills. Técnicamente, a un pueblito llamado Goring, con casas de poca

altura construidas al lado del río. No uno cualquiera, sino el Támesis, el mismo que atravesaba Londres.

Hacía un día buenísimo, con el sol brillando con fuerza y ni una nube en el cielo.

Aparcamos en una especie de explanada de tierra justo en la entrada del pueblo, salimos del coche y ayudamos a Debbie a cargar con todo.

Rufus fue el primero en bajar del otro coche, seguido de Antonia, Vanessa, el padre de Antonia, Iwan y, el último, Roy.

— I stink of wet dog! —

gritó, nada más salir del coche, sacudiéndose la ropa, llena de pelos de Rufus—. That’s it! Last time I get in this car.

—That’s just your natural smell, Roy. We can’t tell the difference —