Capítulo 23 #2
—Uhm, puede ser. —Decidió dejar el interrogatorio. Uf, menos mal—. Solo hay que ver a Mr. Davidson. Debe de tener como cien años. —Le señaló disimuladamente mientras este cruzaba media cafetería para ir a por su café de todos los recreos. Obviamente, saltándose toda la cola.
—Para ser profesor de PE, está bastante mal.
—¿Verdad? A mí la que me gusta es Miss Laurenson. She’s from Connecticut. And she’s so pretty…
—
No sé quién es.
— Nevermind. Vanessa, for example, she’s in love with Mr. Whitmore.
—¿Mr. Whitmore? ¿Mi profesor de English Literature
***
— There’s only one Mr. Whitmore
—masculló Roy, siempre tan agradable.
— Yes. Your Mr. Whitmore
—aclaró Antonia—. Have you seen his biceps?
—
No me he fijado, no.
—Pues fíjate la próxima vez —señaló ella—. ¿Has podido empezar Great Expectations
***
— Not really, no. —
Tenía que ponerme a ello más pronto que tarde. Quizá el fin de semana fuera el momento perfecto para adelantar la lectura. A saber qué le decía a Mr. Whitmore después en clase.
— Oh, oh. Time’s ticking.
—Se dio unos golpecitos en la muñeca, como si tuviera un reloj imaginario.
— Do yo know how to read, Mareo? —
Roy volvió al ataque, y justo llegaron Tom, Vanessa e Iwan, salvándole de que le contestara de malas maneras. Porque estaba a punto. «Qué tío más pesado».
Traían una bandeja cada uno con las bebidas y varios platos con comida. Yo pensaba que comía mucho antes de llegar a Northwood, pero esos cinco se llevaban el gran premio. Madre mía, no paraban de zampar. Tom se sentó a mi lado y ni siquiera
me pidió que me moviera. Es decir, casi se sienta encima de mí. Nuestras piernas no solo se rozaban, se estaban tocando. Sentí cómo Roy me mataba con la mirada.
—Te he cogido el último knot
que quedaba.
—Gracias. —Me dejó el plato justo delante y, cuando lo iba a coger, él también lo cogió.
—Yo también quiero, que es el último.
—Ah, pues para ti, para ti —le dije, pero Tom negó con la cabeza.
— There’s a tradition here in Northwood… —
Se quedó en silencio, haciéndose el interesante. Le encantaba dejarme siempre con la duda durante unos segundos.
—Are you going to tell me or what? —
dije, expectante.
—Los Northwood knots
se comparten con una persona importante en tu vida. Cada uno coge de un extremo y tira.
—¿Para qué?
—Pues si se rompe rápido, es que esa relación no va a durar. —Espera. ¿Relación? ¿De qué estaba hablando?
—Ah, eh, vale.
Cogimos los dos el bollo y cada uno tiramos de un extremo. Despacio pero constante. Se rompió al momento y nos quedamos cada uno con un trozo.
— Oh, ok. Well, that’s that then
—finalizó Tom, metiéndose su trozo entero en la boca—. Now you have to eat it like this
. All in one go.
De una sola vez.
—Ok. —También lo comí de un bocado, pero casi me atraganto y Tom se echó a reír.
— I think you pulled too hard, Mateo. —
Nunca nadie me había hecho sentir como me hacía sentir él al decir mi nombre. En su boca, «Mateo» sonaba diferente.
—You think?
—Yeah, I think so —
insistió Tom haciéndome una mueca.
—Eso es porque soy superfuerte —repliqué.
—Pues sí lo eres, sí.
—O tú has tirado demasiado fuerte, ¿no? —Le di un golpe en el pecho.
—Luego compramos otro y volvemos a probar.
—¿No era el último? —recordé.
—Podemos ir a Northbloom después de clase.
— Hello? We are here
—intervino Vanessa.
Hasta ese momento habría jurado que estábamos solos.
Porque no habíamos hecho caso a nadie más de la mesa.
Estábamos en una conversación totalmente paralela.
Roy nos miraba con asco. Iwan, con su cara de dormido de siempre.
Vanessa, con sorpresa, y Antonia, con admiración, como si estuviera viendo a dos cachorritos darse besos.
— Right. I’m off
—sentenció Roy. Se levantó de la mesa y se fue.
—¿Qué le pasa? ¿He dicho algo?
— Roy being Roy
—señaló Vanessa.
— Are you guys…?
—empezó a preguntar Antonia, con una sonrisa de oreja a oreja. Pero sonó el timbre del final del recreo y me salvó de tener una conversación con ella sobre el tema.
Tom fue el primero en levantarse y cogió la bandeja para llevársela a las diferentes basuras donde había que dejarlas para mantenerlo todo limpio. Yo me levanté justo después que él.
— See you later, guys.
Que tengo ahora con Mr. Whitmore.
Cogí mi vaso de leche, me lo bebí de un trago y me fui, sin esperar a que pudieran preguntarme algo.
Había sido incómodo, desde luego. Todos habían notado que algo pasaba entre Tom y yo.
Eso o yo ya estaba viendo cosas donde no las había.
Sin embargo, él había hablado de relación.
Y delante de todos, como si fuera lo más normal del mundo.
Es decir, solo habíamos dormido juntos. Sí, nos habíamos besado y toqueteado un poco.
Entonces ¿eso nos hacía novios así sin más?
¿No tendríamos que hacer algo más o algo así?
Si yo estaba tan perdido con el tema, ¿por qué Tom parecía estar tan seguro?
Al salir de clase (volví a mentir a Mr. Whitmore sobre el libro, no quedaba otra), Tom me repitió el plan de ir a Northbloom para comprar un par de knots
antes de volver a casa a comer. Debbie estaría trabajando y Emma seguiría en el colegio un par de horas más. Así que, cuando volviéramos a casa, la tendríamos para nosotros dos solos. «Uy, espera. La casa para los dos solos». Eso… eso solo podía significar una cosa, ¿verdad?
Llegamos a Northbloom y quedaban varios knots
de diferentes sabores. Algunos con cobertura de limón, otros de chocolate y otros con una de color dorado.
«Esos son los más ricos», me dijo Tom, señalándolos con gula.
Al parecer, ese glaseado sabía a caramelo y hacían muy pocos al día porque volaban, literalmente.
Por suerte, acababan de sacar una hornada y pudimos llevarnos uno cada uno.
—Ya verás. Te va a encantar.
—Seguro que sí —asentí y salimos de la cafetería, cada uno con nuestra bolsita de papel.
Al salir, nos encontrarnos a Angie justo en la puerta, con un cigarrillo en la boca y otro encendido en la mano.
— Well, if it isn’t Mateo Luarte
—sonrió, y exhaló una enorme nube de humo.
— Hello, Angie.
—
Tu informe muy completo. Perfecto —señaló, y, oye, me hizo sentir bien que alguien me dijera que había hecho algo bien.
—Si me pongo, me pongo.
No pareció entender muy bien la expresión y pasó de mirarme a mí a observar a Tom.
— Hello, Thomas. Is Mateo behaving himself? —
preguntó, inquisitiva, mientras entrecerraba los ojos, tratando de adivinar su respuesta antes de que hablara.
— Yes. Of course. He’s amazing.
—Me cogió de la mano—. Es el mejor.
—Tienes que hacerme un nuevo informe de esta semana —me pidió mientras apagaba el cigarrillo que tenía en los labios estrujándolo contra una maceta. Al momento, ya tenía en la boca el otro que había estado sujetado entre sus dedos.
—Lo sé, lo sé. Puedo tenerlo el domingo o el lunes. Como la semana pasada.
—Preferiría tenerlo mañana —espetó—. Pero lo haremos a tu manera. El domingo me pasaré para recogerlo.
—Perfecto.
—¿Hay algo que quieras contarme? —preguntó, como si sintiera que le estaba ocultando algo.
—¿Yo? No, no. Todo lo puse en ese informe.
— Have you talked to your family?
— Yes. Of course. Every day.
Sin decir nada más, señaló con un gesto de cabeza mi bolsa de Northbloom con el knot
que acabábamos de comprar.
—Es un Northwood knot
—expliqué, dispuesto a abrir la bolsa, pero Angie negó con la cabeza.
— I see… I see you’re settling in well, Mateo.
Me alegro. —Su sonrisa era tan excéntrica como ella. Sobre todo porque, pese a abrir la boca para enseñarnos los dientes, el cigarrillo ni se movió, como si estuviera pegado a sus labios—. See you on Sunday.
—Genial.
Nos quedamos en silencio unos segundos extra, mirándonos los tres, hasta que Angie decidió que era suficiente y entró en Northbloom. Escuchamos cómo el dueño le gritaba, diciendo que no se podía fumar. No nos quedamos para ver el resto de la discusión.
— Weird —
comentó Tom mientras nos alejábamos.
— Weird —
repetí—. Nunca había conocido una mujer tan extraña.
—Eso es porque no has vivido en Northwood.
—Debe de ser eso… —Hasta ese momento, no me di cuenta de que Tom no me había soltado la mano desde que me la había cogido mientrashablábamos con Angie. Era tan natural que ni me lo había planteado hasta que tuve que abrir la bolsa para comer mi knot
y necesitaba las dos manos—. ¿Me lo puedo comer ya?
—Ah, claro. Así me dices si es el mejor que has probado.
—¿Y no hacemos lo de la cafetería de tirar de los extremos…?
—Eso siempre se hace si solo queda uno —me explicó.
—Vale, vale. Entonces me lo como, ¿no?
—Mateo, no me tienes que pedir permiso. Cómelo cuando quieras —dijo entre risas.
—Yo qué sé.
Lo saqué de la bolsa y, al cogerlo, me pringué toda la mano.
Estaba superpegajoso. Tom me miraba, expectante.
No había cogido el suyo. Solo quería ver si a mí me gustaba.
Me lo llevé a la boca y le di un mordisco.
La masa estaba suave y esponjosa, y el glaseado de fuera sabía a caramelo salado.
Como los que se tomaba mi abuela todas las tardes. Desde luego era el mejor knot
que había probado en mi vida. Aunque tampoco había comido tantos…
—Mmm… Esto está buenísimo…
— Right? Told you
—me vaciló, haciéndose el chulo y dándome un codazo amistoso, de esos que tanto le gustaban—. Oh, mejor cruzamos la calle…
—¿Cruzar? ¿Por qué?
Tom señaló hacia delante y reconocí el lugar al instante. Estábamos peligrosamente cerca del Blackhill School. Y, aunque ya era tarde, seguía habiendo niños en los alrededores. Solo esperaba no encontrarnos con el grupito de siempre, porque nos
tendrían muchas ganas. Así que cruzamos, para mantenernos a una distancia prudencial, evitando todo contacto con los alumnos de ese colegio, el enemigo del St. Mary’s.
—¿Por qué son tan chungos en ese colegio?
—Quién sabe.
—Tu padre estudió ahí, ¿verdad? —pregunté mientras me chupaba los dedos para limpiarme los restos del glaseado.
—Sí. Nada bueno sale de Blackhill —gruñó, con voz grave y profunda.
Obviamente estaba pensando en su padre. Seguro.
Recordé la mirada de odio que le dedicó a Tom cuando derramó el café sobre su móvil.
Cómo le había abofeteado con esa rabia descontrolada…
Seguía sin entender cómo alguien podía ser tan desgraciado como para pegar a su propio hijo con ese odio tan visceral.
—¿Y Debbie?
—Debbie estudió en Londres.
—Pensaba que era de Northwood…
—Y es de Northwood. Pero mis abuelos querían que estudiara en la ciudad —me explicó.
—¿Y tú siempre has estado en St. Mary’s?
—Sí —asintió.
—Me gustaría conocer Londres, la verdad. Ir a ver el Big Ben, como en las pelis. O hacerme fotos en esas cabinas rojas de teléfono. O subir a la noria esa gigante…
— The London Eye? —
intervino.
—
¡Eso!
—Si quieres, podemos ir la semana que viene. Un día después de clases. Hablaré con Debbie. Maybe the weekend…
—¿Sí? ¿En serio? —me entusiasmé.
— It’s only one hour on the tube.
—Tube? —
pregunté.
— Metro? Subway? Underground?
—Ah, vale, vale. Sí, me suena que Angie me lo dijo…
—
Supongo que es algo muy British, I don’t know. So… how was the Northwood knot? Amazing, innit?
—Su acento era superparecido al de su madre.
— Amazing.
—Y volví a chuparme los dedos.
Evitando Blackhill, anduvimos hacia casa, hablando de todo y de nada a la vez.
Me preguntó por mi colegio en Madrid, por mis amigos y, sobre todo, por mi vida allí.
Aunque ya lo habíamos hablado otras veces, nunca se había interesado tanto por cómo era vivir en una casa repleta a cada segundo del día.
Acostumbrado a ser solo Debbie, Emma y él, mi casa le parecía una locura.
También hablamos sobre el Sunset Festival y el concurso de bandas. Me contó varias de las canciones que había compuesto, aunque no les había enseñado todas a los demás. «Demasiado personales».
—«Butterfly» me gustó muchísimo. Ya te lo dije. Aunque me gustaría aportar un poco más con el teclado. Ya sabes. —Necesitaba sentir que servía para algo, que no era una molestia continua como se empeñaba en hacerme creer Roy.
— Wait!
Tengo una idea.
—¿Una idea? ¿El qué? —Su respuesta fue una sonrisa misteriosa.
Su idea nos llevó al club de críquet, donde acabamos hablando con Hugh para que nos dejara llevarnos el teclado a casa.
Para ensayar los dos solos. Lejos de las borderías de Roy o las exigencias de Vanessa.
Y qué mejor momento que cuando ni Debbie ni Emma estaban en casa, ¿no?
No hizo falta mucho para convencer a Hugh.
Se llevaba genial con Tom, así que, a los pocos minutos de hablar con él, nos llevó al escenario de siempre y nos ayudó a guardarlo.
Doblamos las patas del teclado entre los dos mientras él nos indicaba cómo hacerlo.
Luego nos dio una funda con dos asas enormes y lo guardamos dentro. Pesaba
bastante, pero podríamos con ello. O eso creía. Del dicho al hecho, como diría mi abuelo, hay un trecho.
—¿No te pesa mucho? —preguntó Tom, que quería compartir la carga.
—Soy un chico fuerte.
— True.
Eras cinturón marrón, ¿verdad?
—¡Eh! ¡Que es verdad! —repliqué, molesto—. Te lo puedo demostrar.
—Primero vamos a llegar a casa con el teclado, ¿no te parece?
—Vale, vale.
—« Cause I’m a hard man to lose…
» —
empezó a tararear después de un rato de paseo.
—¿Qué canción es?
— Do you know Louis Tomlinson?
—
One Direction, ¿no? —Claro que sabía quién era. De pequeño me encantaba «Best song ever».
—
Pues es suya. « But I figured it out, then made my way back…
» —
siguió tarareando, más para él que otra cosa.
—Me gusta.
—Te puedo poner su disco cuando te enseñe mi cuarto —lo dijo con un toque tan erótico que me excité al momento.
Decidí seguirle el juego.
—¡Anda! ¿Al fin voy a poder ver tu cuarto? ¿El famoso cuarto de Tom Green?
—Me lo has pedido, ¿no?