Capítulo 22 #2
No, no. Solo era… Perdona, a veces repito las preguntas que me hacen porque…, pues mira, no sé muy bien por qué. Pero sí, claro. Puedes dormir conmigo. ¿Estás bien?
—No quiero dormir solo esta noche —confesó.
—Vale, claro. Eh, lo que pasa es que en esta cama no sé si cabemos.
—No pasa nada. Traemos un colchón del cuarto de Emma. Tiene uno bajo su cama —me dijo, y se levantó, dispuesto a ir a por él.
—¿Te ayudo?
—No hace falta. Vuelvo en unos minutos. —Asintiendo un par de veces, nervioso, se dio la vuelta y salió de la habitación.
«¿Acababa de pedirme que durmiéramos juntos?
Sí, vale, no en la misma cama, pero sí en la misma habitación.
Dios, ¿y si me daba por roncar? ¿O no dejaba de moverme?
¿O hablaba en sueños? Porque a veces lo había hecho en Madrid, o eso me había dicho Bruno».
Nunca había dormido con un chico que no fuera mi primo.
Y mucho menos con un chico que me gustara.
«Mierda».
Empecé a ponerme supernervioso y a recoger la habitación todo lo posible. No quería que encontrara un calcetín sucio tirado por alguna esquina o alguna mota de polvo, y que pensara que ni siquiera me ocupaba de limpiar el suelo. Claramente,
seguía afectado por lo que había pasado con su padre, así que, si le venía bien dormir juntos y hablar de ello, pues lo ayudaría.
Claro que sí. Para eso están los amigos.
Sin embargo, pasaban los minutos y no volvía.
¿Dónde se habría metido? Abrí la puerta para asomarme al pasillo y vi a Tom saliendo de la habitación de Emma, tratando de sacar el colchón sin mucho éxito.
—Tom, espera.
Qué cabezota era. Apoyándose en la muleta, iba a ser imposible que consiguiera lleva el colchón hasta mi cuarto.
Me acerqué y lo cogí de una pequeña asa de plástico, que sobresalía de uno de los extremos, y tiré de él, sacándolo al pasillo.
Siguiendo las indicaciones de Tom, conseguimos llevarlo hasta mi habitación y ponerlo en el suelo, al lado de mi cama.
Del armario sacamos un par de sábanas y las colocamos sobre el colchón, además de una de las almohadas que había en la última de las baldas.
—Perfecto —afirmó Tom. Y, dejando la muleta apoyada en la pared, se metió bajo las sábanas.
—Espera, duerme tú en la cama mejor.
—No, no. Esa cama es tuya. Yo aquí en el suelo duermo perfectamente —rebatió, guiñándome un ojo. Cogió su teléfono móvil y puso un par de alarmas para que no nos quedáramos dormidos. Una a las seis y media y otra a las siete.
—Espero no roncar —le dije—. Vamos, creo que no ronco.
—Tranquilo. Tengo un sueño profundo. No me voy a enterar de nada —se rio, y la verdad es que me alivió. Así no me preocupaba el hacer ruido—. ¿Apagas la luz?
—Claro.
Me acerqué al interruptor y, tras asegurarme de que podría llegar a la cama sin pisarlo, apagué la luz. Sorteé el colchón donde estaba él y escalé a mi cama con cuidado.
—Gracias por dejarme dormir aquí.
—Pero si es tu casa, Tom. En todo caso, gracias a ti.
Me coloqué boca abajo, como siempre, y giré la cabeza para mirar por el borde de la cama, hacia el colchón de Tom, que dormía boca arriba.
—¿Tú sabes qué es un kintsugi? —dijo de repente.
—¿Kint… kintsugi? —repetí, tratando de pronunciarlo bien.
—Sí.
—Es una canción, ¿no? —Me quería sonar que a mi amigo Juan le gustaba una canción que se llamaba igual—. No, espera. Es lo de arreglar las cosas como con pegamento dorado. Una movida japonesa, ¿verdad? —dije, recordándolo de golpe.
—Sí y no.
—¿Cómo que sí y no? —respondí.
—Sí es esa técnica, pero un kintsugi es una persona.
—¿Cómo que una persona?
— It’s like a mystical being.
Un kintsugi es un ser hecho de luz. Aparece cuando alguien tiene el corazón roto. Aparece para arreglarlo —me explicó. La luz que entraba por las cortinas me permitía verlo en la penumbra de la habitación. Tom tenía las manos entrelazadas sobre su pecho, mientras miraba hacia el techo.
—No lo sabía.
—Y siempre está su enemigo. Un yokai. Hecho de oscuridad. Quiere que el corazón siga roto —susurró—. Tú… tú eres mi kintsugi, Mateo. Estoy convencido de ello. I’m sure of it.
—¿Yo? Te aseguro que no soy ningún ser místico ni nada… —Y mientras lo decía, caí en la cuenta de lo que me había confesado Tom—. ¿Tienes el corazón roto, Tom?
—Ya no. —Se quedó en silencio unos segundos—. Good night, Mateo.
—Good night, Tom.
Lo escuché moverse, poniéndose de lado, dándome la espalda. En pocos segundos, su respiración sonaba diferente. Ya estaba dormido. Desde luego tenía un sueño profundo. Yo
no tardé mucho más en dejarme vencer por el sueño también. Estar con él en la habitación me hacíasentir seguro. No sabría explicarlo. Y creo que yo a él también le hacía sentirse igual.
¿Yo un kintsugi? Era la primera vez que escuchaba eso.
¿Sería otra leyenda más de Northwood? ¿O lo habría leído en uno de sus libros?
Quién sabe. No obstante, me había dejado pensando lo de que tuviera el corazón roto…
y ese yokai del que me había hablado. ¿Sería su padre?
¿Y yo había llegado para enfrentarme a él? ¿Para arreglar el corazón de Tom?
Con todos esos pensamientos revoloteando por mi cabeza, al final me quedé dormido. Porque la respiración de Tom era bastante hipnótica. Me concentré en respirar en los mismos tiempos que él y, en menos de cinco minutos, ya estaba en el séptimo sueño.
—Mateo… —me pareció escuchar. «Nah, me lo habré imaginado»—. Mateo… —volví a escuchar. ¿Me estaba llamando alguien? ¿O era un sueño? —Mateo…
—¿Eh? —balbuceé. Más bien bostecé.
—¿Estás despierto?
Vale, debía de ser Tom. O me estaba llamando él o un fantasma que, sorprendentemente, se sabía mi nombre. Me arriesgaría con la primera opción.
—No mucho, no —respondí con desgana.
—¿Puedo… puedo subir a tu cama?
—¿Cómo? —Esa pregunta me despertó un poco más. «¿Cómo que subir a mi cama?».
—Si puedo dormir contigo. En tu cama.
Estiré el brazo hasta llegar a la mesa y cogí el teléfono para ver la hora. Eran las dos de la madrugada. Pues sí que había dormido, sí. La última vez que miré el móvil eran las once de la noche…
—Sí, cla-claro. Sube.
Tom se quitó las sábanas de encima y, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba deslizándose bajo las mías.
La cama no es que fuera muy grande, así que, nada más entrar, Tom me rozó la pierna con la suya.
Yo traté de alejarme todo lo posible, pegándome a la pared para no incomodarlo, aún tumbado boca arriba.
Pero Tom estiró los brazos y se pegó a mí, abrazándome y colocando su cabeza sobre mi pecho.
Me puse en tensión al momento. ¿Estábamos durmiendo juntos y abrazados?
¿Cómo había pasado eso? ¿Y si de repente me empalmaba y él lo notaba?
Joder, si nunca había dormido con un chico que me gustara en la misma habitación, mucho menos había dormido con uno abrazado a mí.
Pero a Tom no parecía importarle lo más mínimo, porque ya estaba respirando otra vez de manera pesada y profunda.
Qué facilidad para coger el sueño. Yo estaba totalmente despierto.
Porque no sabía dónde poner la mano o dónde poner la pierna.
Me encantaría acariciarle la espalda y dormir frente a frente.
Aunque quizá era pasarse. ¿Qué se hacía en esos casos?
No tenía ni idea. Todo era una experiencia nueva para mí.
No tuve que pensarlo mucho más, ya que fue Tom el que volvió a tomar la iniciativa y su mano empezó a acariciarme suavemente el pecho.
Al principio me hizo cosquillas, pero luego me acostumbré.
Juntó su cadera contra mi cuerpo, pasando su pierna por encima de las mías y tirando de mí para pegarse lo máximo posible.
«Qué situación más rara».
Y qué increíble a la vez. Me quedé inmóvil, dejando que Tom siguiera acariciándome, hasta que, unos minutos después, él se giró, dándome la espalda.
Y, con sus manos, me indicó que lo abrazara yo, así que lo obedecí, pero tratando siempre de mantener la distancia entre su culo y mi polla.
Básicamente porque me había excitado más de la cuenta.
Entrelazamos nuestras manos y, mientras yo dejaba de darle vueltas a todo lo
que estaba pasando, finalmente me quedé dormido. Abrazando a Tom.