El mundo entre nosotros Capítulo 22
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Capítulo 22

Cuando ya estábamos lo suficientemente lejos de la cafetería, Tom se soltó y empezó a andar mucho más rápido que yo, deseando llegar a casa, como si su padre nos estuviera persiguiendo.

Yo trataba de seguirle el ritmo, pero era difícil.

Lo malo es que esa velocidad acabó por pasarle factura.

Primero empezó a cojear levemente, luego le empezó a costar andar y, por último, tuvo que parar para apoyarse en el banco de madera que había junto a la entrada de la iglesia del pueblo.

La misma en la que aquella mañana esos gilipollas se habían reído de él.

—Tom… Si quieres… —Pero no me dejó terminar la frase.

—Necesito… sentarme un rato. —Con la respiración agitada, se sentó en el banco, tratando de recuperar el aliento.

—Normal, parecía que estabas corriendo en los Juegos Olímpicos.

Hasta yo estoy asfixiado —Me dejé caer en el banco junto a él.

Tom reaccionó alejándose un poco, como si rehuyera cualquier tipo de contacto.

Me fijé en que una parte de su cara seguía roja—.

¿Has avisado a la banda de que no vamos al ensayo?

—No —murmuró.

—¿Quieres que les escriba yo? —propuse.

—Haz lo que quieras, Mateo —refunfuñó, visiblemente enfadado. Sabía que no era conmigo, pero no pude evitar sentirme un poco mal cuando me respondió así.

—Vale. Pues voy a escribir ahora en el grupo para que lo sepan —dije con suavidad, tratando de relajar el ambiente y mostrarle mi ayuda todo lo posible.

— Whatever.

Saqué mi móvil del bolsillo para avisar a todos de que había pasado algo y que no podríamos ir al ensayo. Tampoco quise entrar en detalles, porque no estaba seguro de cuánto querría contarles Tom.

—Ya está. Ya lo saben. —Tom no contestó. Solo intentaba regular su respiración, cada vez más agitada—. ¿Quieres hablar de lo que ha pasado?

—Quiero que todo el mundo deje de intentar protegerme. —Se giró, enfrentándose.

—¿Cómo?

— I’m not some abandoned animal. I can defend myself, okay?

—masculló, molesto.

—Lo sé. Si hay alguien capaz de defenderse solo, ese eres tú —respondí con calma, tratando de suavizar su enfado—. Perdona, no quería molestarte. Y perdón por lo que voy a decir, porque es tu padre, pero me puso de tan mala hostia que tenía que meterme.

—No necesitaba que lo hicieras —gruñó.

—No lo he hecho porque lo necesitaras, Tom.

Y esa frase le hizo cambiar. Aflojó un poco su furia contenida, toda focalizada en su mandíbula y en sus hombros, más tensos que nunca.

— I hate him. I fucking hate him —

sentenció, con la voz rota.

—Normal. Menudo gilipollas. Ojalá se le haya jodido el teléfono con el café que le has tirado encima —conseguí

arrancarle una tímida sonrisa—. No quería molestarte. En serio. ¿Estás enfadado conmigo?

—No, Mateo. No estoy enfadado contigo. Sorry

—se disculpó—. Pero, cada vez que lo veo, pienso que voy a llevarlo mejor. But it gets shittier every time. And I don’t know what to do. Not anymore.

—I don’t-don’t know.

Quería decirle que dejara de hablarle, que, cuando volviera a verlo, le escupiera a la cara y se fuera, que no le diera ni un segundo de su atención. Sin embargo, tampoco quería darle un consejo así en una situación como esa. No tenía suficiente información sobre su relación.

—Gracias, Mateo.

—Uy, gracias de qué. Ojalá le hubiera podido pegar una buena patada. Se la merecía. —Y volvió a sonreír una vez más.

—Creo que ya podemos seguir. —Respiró profundamente al tiempo que se levantaba del banco.

—Podemos descansar un rato más si quieres, ¿eh? No hay prisa.

—No, no. Estoy bien. Ya estoy bien. Y siento haber sido tan rude.

—Comprensible, que soy muy pesado.

—No eres pesado. Para nada —negó con la cabeza—. No digas tonterías.

Me levanté, dispuesto a seguir nuestro camino a casa, pero Tom me sorprendió abrazándome de la nada.

Pasó sus brazos por detrás de mi cuello y me apretó contra su cuerpo.

Y juraría que le escuché sorber, como si estuviera llorando.

No pregunté, no hablé. Solo le devolví el abrazo, esperando a que él rompiera el contacto.

Olía tan bien… y me gustaba tanto sentir su calor que ojalá no quisiera romperlo nunca.

Pero lo hizo. Nos separamos poco a poco, vi que tenía los ojos rojos, pero no le dije nada.

—Al menos nos hemos llevado todos estos bollos —dije, enseñándole las servilletas donde había guardado todo lo que había comprado en Northbloom. Tom estalló en carcajadas.

—Ese era mi buen presentimiento de hoy —sonrió, me cogió del brazo para apoyarse y emprendimos el camino de vuelta a casa—. En casa te lo pago.

—Tranquilo, que te invito yo. —Y volvió a apoyar su cabeza sobre mi hombro.

Cuando llegamos, Debbie estaba sentada viendo la televisión con Emma.

Tom ni siquiera pudo disimular delante de ella.

Fue preguntarle que qué tal el colegio y Tom se derrumbó por completo.

Debbie se levantó como empujada por un resorte invisible y corrió hacia su hijo, estrechándole entre sus brazos y preguntándome a mí qué había pasado.

— His dad…

—murmuré, y Debbie ahogó un grito de agobio. Separó a su hijo para verlo mejor, le peinó un poco el pelo y volvió a abrazarlo, dándole varios besos en la frente y en la cabeza.

— That arsehole

—gruñó—. Are you alright, love? Did he hurt you?

Dios, ese « Did he hurt you?

» me dolió en el alma. Lo cogió de la cara y lo miró detenidamente. La mejilla de Tom ya había recuperado su color natural.

— No —

mintió Tom, seguramente para no preocuparla—. And Mateo was there with me. He stood up to him. He defended me

—recordó, mirándome de reojo. Debbie me contempló con absoluto agradecimiento en los ojos. Estiró el brazo y tiró de mí para meterme también en el abrazo.

— Thanks, love.

Esta noche cenamos hamburguersas —dijo, feliz. No podía ser más icónica.

Cuando nos separamos, Debbie le revolvió el pelo a Tom y le acarició la barbilla con el dedo pulgar, haciéndole sonreír.

—¿Te gustan las hamburguersas, Mateo? —me preguntó Debbie.

—Me encantan.

—Perfect. Go get changed, yeah? I’ll get them ready.

—Se fue a la cocina. Emma se había puesto de pie junto al sofá, temerosa de acercarse. No obstante, en cuanto Debbie se fue, se acercó a Tom y, sin decirle nada, lo abrazó.

—Oh, Emma —murmuró su hermano mientras le devolvía el abrazo. «¿Dónde estará ese gato del demonio que…?».

—¡AH! —grité al notar unas uñas clavándose en mi tobillo. Miré hacia abajo y ahí estaba Terrible. Sin embargo, no estaba atacándome, sino ronroneando contra mi pierna. Ya podría hacerlo sin clavarme las uñas. Vamos, digo yo—. Este maldito gato siempre dándome sustos.

—Creo que le gustas a Terrible. Aprovecha mientras esté así.

—Ay, gatito, gatito… —lo llamé mientras me agachaba para acariciarlo un poco. ¿Su respuesta? Un bufido, un arañazo en la muñeca y salir corriendo a toda velocidad escaleras arriba—. ¡Joder!

—Ese es más el Terrible de siempre —añadió Tom, tratando de reprimir la risa.

Y sí, las hamburguesas de Debbie estaban buenísimas. Con su beicon, queso, lechuga, tomate, cebolla, pepinillos… Completa, completa. Además, me enseñó a hacer su salsa secreta: way better than Big Mac.

Con unas patatas fritas picantes con queso fundido por encima. Según Tom,una de sus especialidades. Fue terminar y casi no me podía mover de todo lo que habíamos comido.

Los cuatro, por primera vez desde que había llegado a Northwood, estuvimos juntos viendo un par de películas en el sofá. La primera la eligió Tom: The lady in the water.

La historia de una sirena que se llamaba Story, que acababa en nuestro mundo y tenía que volver al suyo, huyendo de una especie de

lobos hechos de hierba que la querían atrapar. No la había visto nunca y me encantó. Luego me tocó elegir a mí y pusimos, por fin, Cómo entrenar a tu dragón

. La primera de todas. La de dibujos. «Qué bonita es. No hay vez que la vea y no me emocione, las cosas como son». Debbie no la había visto nunca. Pero Tom y Emma sí. La tercera la eligió Debbie. Se llamaba French Kiss

. No la había oído en mi vida, pero oye, me estaba gustando.

Hasta que Tom dijo que quería irse a dormir, así que subimos los dos, llevándonos a una Emma que ya estaba medio zombi desde el final de la anterior película.

Debbie nos dio un beso de buenas noches a cada uno y se quedó en el salón, comiendo palomitas y bebiendo una botella de Coca-Cola Zero de dos litros.

Tom se metió en el baño para darse una ducha antes de dormir, y yo me fui a mi cuarto, con la idea de leer un poco de Grandes esperanzas

antes de acostarme.

Sin embargo, lo primero que hice fue escribir a mis padres.

No sabía la razón, pero se me había formado un nudo en el estómago desde lo que había pasado con el padre de Tom, y es que no era capaz de relajarme y olvidarlo.

Sentía la necesidad real de hablar con mis padres y decirles lo mucho que los quería.

Y no solo con ellos, también con mi tía, mis abuelos, incluso con mi primo Bruno.

Y, justo cuanto terminé de enviar los mensajes, alguien llamó a mi puerta.

—Pasa. —Dejé el móvil sobre la cama. La puerta se abrió lentamente y Tom se asomó con cautela.

—¿Estás vestido? —dijo, tapándose los ojos.

—Sí. Puedes pasar.

Abrió del todo y entró en mi cuarto, con un pijama de cuadros verdes y negros. Tenía el pelo alborotado y no llevaba puesta la prótesis, así que caminaba apoyándose en una de sus muletas.

—¿Qué haces? —preguntó, curioso, sentándose en la cama a mi lado.

—Estaba escribiendo a mi familia para decirles que va todo bien por aquí.

—Ah, genial. Pues te dejo entonces escribir tranquilo.

Iba a levantarse, pero se lo impedí.

—No, no. Si ya se lo he enviado —le expliqué—. ¿Qué querías?

—¿Podría dormir contigo hoy? —preguntó, con un toque de pena en su voz.

—¿Dormir conmigo? —Me quedé a cuadros. No sabía ni qué decir.

— It’s silly, I know. Sorry. Forget it.

—