El mundo entre nosotros Capítulo 18
41%

Capítulo 18

Esa mañana amaneció con el cielo totalmente cubierto. Se podía oler la lluvia casi sin abrir la ventana. Yo pensaba que nos quedaríamos en casa todo el día. Pero, al parecer, el primer sábado de cada mes celebraban un mercadillo en Northwood. El Northwood Craft Market.

Y no solo había productos de artesanía y cosas así, sino también frutas y verduras locales, todo tipo de tés y puestos de comida.

Generalmente, la gente madrugaba para desayunar allí y luego se iban a comprar.

Por suerte, Debbie, Tom y Emma no querían madrugar un sábado.

Así que desayunamos tortitas los cuatro en la cocina con todo el tiempo del mundo y, después de arreglarnos, fuimos todos juntos al mercadillo.

Debbie quería comprar un montón de fruta y de tés diferentes.

Tom estaba más centrado en los puestos de comida y quería enseñarme uno que, según él, tenía los mejores sándwiches de carne de la historia. Emma… pues iba a su aire. Como siempre.

Lo bueno de Northwood es que se podía ir paseando a todas partes.

Debbie llevaba un paraguas rojo colgado del brazo y Tom llevaba otro transparente que, además, le servía de apoyo para andar.

Sin embargo, aunque el cielo estaba totalmente cubierto, no caía ni una sola gota. Mejor. No quería mojarme, la verdad.

Llegamos al mercadillo y este ocupaba una enorme plaza por donde habían cortado el acceso a los coches.

Todo estaba repleto de puestos; olía a comida recién hecha, a parrilla, a dulce, a bollos…

Y a flores. Porque también había puestos de flores y de plantas silvestres.

Una vez allí, Deb­bie y Emma se fueron a hacer recados, mientras Tom y yo nos internábamos de lleno en el mercadillo.

Yo pensaba que, a esas horas, estaría un poco vacío.

Es decir, eran solo las diez de la mañana.

Pero no. Eso estaba a tope. No había quien diera un paso sin chocarse con alguien.

Por suerte, Tom se sabía todos los atajos y siempre acabábamos siendo los primeros en casi todas las colas.

Nos compramos cada uno un Northwood knot

con cobertura de chocolate y paseamos mientras todo se iba llenando de más y más de gente.

—Mira, ahí está Roy —apuntó Tom con la boca llena.

—¿Roy? ¿Dónde?

—Donde las flores. Una tienda que lleva con su familia.

—Señaló hacia un puesto de madera repleto de flores y plantas.

Nunca habría pensado que Roy se dedicara a vender flores.

De hecho, era la primera vez que no iba vestido de negro desde que lo conocía.

Llevaba una camisa blanca de rayas azules abrochada casi hasta el final y un delantalde color rojo apagado donde se leía Cherry blossom tree

, que debía deser el nombre de la floristería.

Además, tenía el pelo peinado hacia atrás, dejando su frente a la vista.

Toda la parte de delante de su puesto estaba repleta de diferentes flores y, aunque yo no fuera un experto, reconocí tulipanes, narcisos y largas ramas de eucalipto y cerezo.

Roy no estaba solo, sino que iba acompañado de un hombre con expresión bonachonay simpática, con gafas de montura gruesa y pelo recogido en una coleta, y de una mujer con rizos rubios y sonrisa enorme. Debían de ser sus padres.

— Hey, Roy!

—gritó Tom entre la gente. Roy, en cuanto nos vio, se puso rojo de vergüenza.

— Hello, Thomas! How are you?

—dijo el padre con un acento tan marcado que me fue dificilísimo entenderlo.

— Good. And you? Oh, this is Mateo. He’s from Spain

—remarcó el Spain

todo lo posible, como si yo fuera lo más exótico que se hubiera visto en Northwood en toda su historia.

— Oh, Mateo. We’ve heard a lot about you from Roy —

intervino su madre, con un acento mucho más fácil de entender.

—¿Ah, sí? —respondí, mirando directamente a un Roy, que no sabía dónde meterse. Era la primera vez que lo veía rojo de vergüenza.

—Hola. Buenos… buenos días. Muchas grasias —dijo el padre, tratando de pronunciar bien cada palabra.

—¡Muy bien! Very good

—respondí con emoción.

— Are you enjoying Northwood?

—Yes. Everything is… very beautiful.

—Tenía miedo de que fueran a reírse de mi inglés desastroso. Pero ver a Tom a mi lado, asintiendo, orgulloso, me hizo sentirme bien y con ganas de hablar más—. I really enjoyed… the park, with the lake and… well, the cricket club.

—Oh, wow! —

exclamó el padre de Roy, y empezó a preguntarle a Tom por diferentes sitios que yo no fui capaz de entender.

— Not yet

—respondió Tom. Lo miré para que me explicara, pero movió la cabeza, como queriendo decirme que más tarde me contaba—. We want some tulips.

—Roy

—lo alentó su padre. Su hijo se colocó en la parte delantera del puesto y cogió un ramo de tulipanes de un enorme barril de madera lleno de agua. Se los tendió a su madre, que recortó un poco el tallo y los envolvió en un papel marrón arrugado.

— Anything else, love?

—And some eucalyptus, please. —

Parecerá una tontería, pero hacer recados con Tom me hacía sentirme aún más cerca de él.

Roy, gruñendo todo el rato, cogió varias ramas de eucalipto y se las dio a su madre, que preparó otro papel marrón para envolverlas.

— Twelve pounds, love

—anunció la madre de Roy, y nos entregó los dos ramos mientras Tom rebuscaba en sus bolsillos y acababa sacando un par de billetes.

— So… you’ve been talking about me…

—le dije a Roy, volviéndome sorprendentemente valiente de repente.

—Chist, espaniolito

—me reprendió este con cara de pocos amigos.

El padre nos dio el cambio y, con una sonrisa, se despidió para poder seguir atendiendo al resto de clientes.

—No es tan malo como parece, ¿ves? —Tom estaba orgulloso de su amigo, y giró un poco el cuello para volver a mirarlo una vez más.

—Desde luego.

—La gente no siempre es lo que parece a simple vista. Hay veces que hay que mirar un poco más —reflexionó mientras olía el ramo de tulipanes—. ¿Qué te apetece hacer?

—Lo que quieras. Yo no conozco nada.

—Podemos ir a ver el puesto de…

Pero no terminó la frase, porque un trueno lo interrumpió de repente y, tras tres o cuatro gotas, empezó a diluviar con fuerza.

Igual que el otro día en el parque. La mayoría de la gente corrió a refugiarse en unos soportales cercanos, otros se colocaban bajo los techos de los puestos y casetas para resguardarse.

Tom sacó su paraguas transparente y lo abrió en medio de la plaza, cubriéndonos a los dos al momento.

—Cuando llueve en Northwood, llueve con ganas —remarqué, con las zapatillas ya empapadas.

—Aquí decimos: it’s pissing it down.

—¿ Pissing

? Como… ¿pis?

—Sí, ha, ha, ha.

—Se echó a reír.

—Qué gráfico —murmuré. La lluvia cada vez era más fuerte y teníamos que estar muy pegados para no mojarnos.

—Cógeme del brazo.

—¿Eh? —«¿Cogerlo del brazo? ¿En público?».

—Si no, vas a mojarte. —En eso tenía toda la razón—. Cógeme.

—Vale. —Le obedecí y entrelacé mi brazo con el suyo.

—Ahora, a por Emma y Debbie —dijo con convicción.

—¿Sabes dónde están?

—Seguramente en el Wood’s. Un pequeño pub que siempre se llena los sábados de mercadillo. Está al otro lado de la plaza.

—¿Vamos?

Entonces, una ráfaga de viento sopló tan fuerte que le dio la vuelta al paraguas, rompió un par de varillas y provocó que Tom tuviera que soltarlo.

—¡El paraguas! —grité.

Tom escondió los ramos de flores bajo su chaqueta, tratando de protegerlos lo mejor posible. Me acerqué al paraguas y lo recogí del suelo, pero era muy difícil mantenerlo abierto.

—¡Vamos! —me chilló.

Lo sujeté con fuerza para intentar no mojarme mucho y corrí hacia él, tratando de taparle un poco también, hasta que llegamos al Wood’s, un pub con la entrada de madera que estaba repleto de gente.

Parecía como si todo el mundo hubiera tenido la misma idea y hubiera decidido refugiarse en el mismo sitio a la vez.

Cerré el paraguas y dudé si dejarlo en el paragüero de la entrada, pero no cabía ni uno más, así que me lo llevé, mojando todo el suelo.

Debbie estaba sentada en la barra, con un vaso de cerveza enorme a su lado a medio beber, charlando animadamente con el camarero.

Tardamos varios minutos en atravesar todo el bar para llegar hasta ella.

Tom dejó los ramos sobre la barra mientras se revolvía el pelo, tratando de quitarse un poco del agua que le resbalaba por el flequillo. Debbie tardó unos

segundos en reconocernos y, cuando lo hizo, nos miró con cara de sorpresa.

— What are you doing here? —

Le costaba hablar más de la cuenta, como si hubiera olvidado cómo pronunciar las palabras correctamente. Seguramente esa no fuera su primera cerveza.

—

Está lloviendo. Hemos tenido que entrar —le expliqué—. ¡Un diluvio!

— Oh, love

… Take a seat. Do you want a Coke? —

ofreció, señalando dos taburetes altos a su lado. Los últimos que quedaban libres. Yo fui a sentarme, pero Tom se quedó de pie, a su lado, paralizado y con una expresión de terror dibujada en el rostro.

— Where’s Emma? —

Empezó a mirar a todos lados.

—What do you mean? Emma’s right here…

Pero, al mirar hacia su izquierda, en el taburete junto a ella, Emma no estaba, sino un señor hablando con otra mujer.

— Debbie. Where’s Emma?! —

vociferó Tom, asustadísimo.

— She was here, with me!

—Debbie también parecía preocupada, como si de repente el mundo se le hubiera venido encima.

— EMMA!

—gritó Tom, desesperado.

Empezó a buscarla por todo el pub mientras Debbie trataba de bajarse del taburete con bastante dificultad. Como cuando te bajas de una atracción del parque de atracciones. Me contempló sin saber muy bien qué decirme o hacer.

—Seguro que estará en el baño o algo así —traté de calmarla. Debbie asintió, pero seguía muy nerviosa. Podía verlo en sus ojos, o en la forma que tenía de arrugar el labio superior.

—Sí. Emma está bien. Seguro —respondió en un hilo de voz. Parecía no estar convencida del todo de las palabras que acababa de decirme.

—Voy a ayudar a Tom…