El mundo entre nosotros Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Nada, nada. Me puse un poco nervioso y ya está. Nada malo.

—¿Seguro? —inquirió.

—Segurísimo. Bueno, tengo que colgar. Os quiero.

—Si tienes cualquier problema, nos dices, ¿eh? ¿Vale, Mateo?

—Sí, sí. Vale. ¡A mandar! —Y colgué. Lo último que quería era tenerlos preocupados. Que ya había tenido bastante agobiado a mi padre con lo de mi ojo morado, aunque ya casi ni se notaba.

Dejé el libro de Mr. Whitmore sobre la mesa y me fui quitando la sudadera y la camiseta. Me miré en el espejo y cogí el bote de crema, dispuesto a embadurnarme un poco la piel y

calmar el picor que sentía. Aunque no fuera mucho, si íbamos a quedarnos despiertos hasta tarde, mejor prevenir que curar. Y, en cuanto empecé mi ritual, la puerta de mi habitación se abrió de golpe y me quedé totalmente paralizado durante un segundo, sin tener muy claro qué hacer.

—Mateo, me pregunta Debbie si quieres pop-corn

o… Oh! Oh my God! I’m sorry! You… you are naked.

—Se llevó la mano a la cara, tapándose los ojos, aunque seguía mirando, podía notarlo—. ¿Qué es eso?

Y señaló con la mano la crema que estaba a punto de darme.

—No, no estoy desnudo… Es… No es nada. —Me escondí detrás del armario a toda velocidad.

—No tiene que darte vergüenza conmigo, Mateo. Perdona, no debería decir nada, pero he visto que te has echado esa crema en la espalda, o tenías ahí un poco de…

—No, qué va —respondí, ofendido.

— I’m really, really sorry. Are you ok? I mean…

Si necesitas ayuda con la crema, puedo ayudarte.

«¿Ayudarme a echarme crema por la espalda? ¿Con esas manchas asquerosas que me salían? ¡Ni de broma!». Se iba a pensar que estaba enfermo y que era contagioso o algo peor.

—Nada, tranquilo, en serio. Aho-ahora bajo.

«Dios, que se fuera».

Pero no se fue. Anduvo lentamente hasta colocarse al otro lado del armario. Si daba un par de pasos más, me vería y ya no podría esconderme. ¿Le contaba la verdad?

—En serio, Tom, es que no quiero que me veas… Me da vergüenza… —admití.

—Si te da vergüenza, no te diré nada. Pero… tú has visto mi pierna. Es decir, mi no-pierna.

—Pero eso no da asco —articulé con un hilo de voz.

—Mateo, no puedo pensar en nada tuyo que me dé asco. —No sabría decir si eso era lo más bonito que me habían dicho… nunca.

—No es contagioso, ¿vale?

Y, armándome de valor, salí poco a poco de detrás del armario.

—Es dermatitis. Me salen esas manchas por culpa del estrés y todo eso, y tengo que echarme esta crema. Normalmente me echo un poco cada dos o tres días.

—¿Y cómo llegas hasta toda la espalda? ¡Es imposible tú solo! —me dijo, alarmado—. Dame, que te ayudo. —Extendió la mano hacia mí.

—¿Qué? ¡No! Es decir, no, no. No hace falta.

No obstante, Tom seguía con la mano extendida, esperando a que le diera el bote de crema.

—Piensa que, si estuviéramos en la playa, no te daría vergüenza que te echara crema por la espalda, ¿verdad?

—También me daría vergüenza —confesé. Solo de pensar en Tom tocando mi cuerpo desnudo me provocaba escalofríos por todo el cuerpo.

—Mira, si quieres, yo hoy te echo crema en la espalda y tú otro día me echas crema en el muslo, ¿vale?

—Eh. Bueno… no es lo mismo. —Aunque la propuesta… incluía que me dejara tocarlo.

Tom se quedó en silencio, expectante. Yo, por mucho que quisieraque me acariciara, no estaba para nada cómodo con el pensamiento de que esa primera vez fuera echándome crema en la espalda.

Sin embargo, vi que no iba a aceptar un no por respuesta, así que me fui asomando poco a poco cerrando la puerta del armario.

—En serio, que no hace falta, ¿eh?

—Siéntate en la cama —me ordenó, con suavidad y dulzura, como siempre hablaba Tom. Obediente, aunque tapándome un

poco la tripa con las manos, fui hacia la cama y me senté como me había dicho. Le di la crema sin rechistar y se sentó tras de mí—. How much…?

—

Solo un poco.

— I’ll warm my hands up first

. Para que no estén tan frías —me avisó.

Yo asentí y, a los pocos segundos, Tom apretó el bote de crema, se echó un poco en la palma y la posó suavemente sobre mi espalda. Ante su contacto, yo la arqueé. No sabía si por las cosquillas o como un acto reflejo.

—Perdón, es que tengo esa zona muy sensible —me disculpé.

Tom no dijo nada. Apartó las manos y, a los pocos segundos, las volvió a colocar, pero mucho más delicadamente. Como si quisiera que me acostumbrara a su tacto.

—¿Bien?

—Sí. —Claro que estaba bien. Aunque… era raro sentir a Tom acariciándome la espalda.

No podía evitar sentir vergüenza. Porque estaba viendo algo que no dejaba ver a nadie.

En verano siempre estaba con camiseta y ni siquiera mis amigos, Juan y Ale, me habían visto la espalda así.

Pero Tom me daba seguridad, confianza… y me gustaba.

—¿Desde cuándo lo tienes?

—Desde pequeño. No es nada contagioso ni nada, ¿eh?

—Deja de repetirlo. No lo he pensado —se apresuró a decir.

—Es dermatitis atópica. Básicamente, mi piel se cree que el mundo entero es una amenaza continua, ¿sabes?

—¿Y te pica mucho? —preguntó con curiosidad.

—Ahora casi nada. Aunque estos días me ha picado un poco más… —admití.

—Ah, claro. New country, new school, new me…

—sonrió—. No sé cuánto echar.

—Pues un poco para cubrir toda la zona rosa y con eso estaría perfecto.

—Vale. Entonces queda un poco más. —Apretó el bote de nuevo, y se echó en la mano para esparcirla por la piel. Estuvimos un rato en silencio. Yo con una tensión enorme, escuchando la respiración acompasada de Tom mientras me acariciaba con suavidad—. It was cancer.

—¿Eh?

— My leg.

Mi pierna. Hace dos años. Todo empezó con dolores. Y todo el mundo pensaba que era una lesión de jugar al fútbol o de correr. Pero no se iba… Entonces, me vieron el tumor. Tuve que hacer quimio. I was completely bald

—rio, nervioso—. Like a baby.

—

Seguro que estabas guapísimo —me salió solo.

— Ha, ha, ha. Not really, no. But thanks —

respondió mientras seguía extendiendo la crema—. Pero mi cuerpo no respondió al tratamiento. Así que decidieron ampru… amputar la pierna. Y luego tuve que hacer más quimio, rehabilitación, aprender a andar de nuevo… Two years

… complicados. ¡Pero aquí estoy! Here I am.

—Joder, lo siento mucho —susurré.

—No lo sientas. No pasa nada. Ahora el cáncer está curado. Aunque podría volver. Por eso tengo revisiones médicas mensuales. Porque, si vuelve, podría hacerlo en los pulmones o en cualquier otra parte, and that would be really bad.

Así que, cada vez que toso o me canso mucho, Debbie freaks out.

Notaba mis ojos llorosos. Las lágrimas al borde del precipicio. ¿Tener quince años y ya estar viviendo con el miedo a que, en cualquier momento, pudiera volver un cáncer? ¿Después de dos años de mierda? Nadie se lo merecía.

—¿Y ahora qué tal estás? —Es lo único que se me ocurrió pregun­tarle.

—Estoy bien. I’m fine. And right now…

genial. —Me dio un pellizco suave en la espalda. No pude evitar pensar que ese

«genial» iba por mí—. Creo que ya he terminado. Tu espalda está completamente blanca. Esta crema se absorbe, ¿no?

—Sí, tarda un poco, pero sí. Muchas gracias. —Me giré. Hasta ese momento no había sido consciente de lo cerca que estábamos el uno del otro. Es decir, nuestras caras estaban muy muy cerca.

—Si me necesitas otro día, just tell me

—murmuró, sonriente.

—Vale. Pero en serio, no hace falta —susurré, nervioso.

Si quisiera besarlo, podría hacerlo perfectamente.

Pero no sabía si era gay, para empezar. Y para seguir, si lo era, ¿quién me aseguraba que yo le gustaba?

Imagínate que me lanzaba y lo estropeaba todo.

Aún me quedaban tres semanas más en su casa.

Y tampoco sabía si me gustaba de verdad.

Es decir, lo acababa de conocer. Pero era tan guapo, tan majo…

Me caía superbien y, joder, tenía ganas de besarme con un chico.

A ver qué se sentía. Y bueno, un poco sí que me gustaba, sí.

— Are you alright? I can hear you think, Mateo

—rio.

— Yes, yes. I was…

empanado.

—¿Empanado?

— Like…

estaba pensando en mis cosas.

—Ok —murmuró Tom, y puso sus manos sobre mis piernas, sobre mis muslos.

Un poco más arriba y metería sus dedos bajo mis pantalones cortos.

Estaba seguro de que estaba escuchando mis latidos.

Era imposible no escucharlos. A mí me estaban martilleando por dentro.

Los oía en mi cabeza. ¡Y Tom estaba tan cerca que… !—. ¿Vamos a ver una película?

—Cla-claro —tartamudeé.

—Pero primero me voy a limpiar las manos. Y tú deberías ponerte una camiseta.

Dicho eso, separó sus manos de mis piernas y se levantó de la cama.

—Nos vemos abajo —Salió de mi habitación, dejándome con el estómago repleto de mariposas, por muy cursi que sonara.