Capítulo 17 #2
. Preferí escuchar cómo Antonia me contaba todo lo necesario sobre la gente de Northwood. Desde el escándalo del Lighthouse, un restaurante que era una tapadera para vender
falsificaciones («yo me compré un bolso por dos libras, y parecía de Louis Vuitton», me confesó), hasta los romances prohibidos que había entre alumnos del Blackhill y de St. Marys («Lola y James fueron nuestro Romeo y Julieta
hace un par de años») o sobre Watford, la ciudad más cercana, donde iba todo el mundo los fines de semana a hacer planes.
También me habló del grupo de música y de las canciones que había compuesto cada uno.
¿Su favorita? «Butterfly», compuesta por Roy y Tom.
De hecho, las pocas que tenían siempre las componían ellos.
—Menos «White lilies», de Vanessa, y «The one», que es mía.
Se me pasó el tiempo volando. Literalmente.
Hasta que Tom empezó a subir las escaleras, despacio, con Andrew junto a él.
Los dos estaban sudados y agotados, casi con la lengua fuera.
Andrew iba justo detrás, vigilando que no le pasara nada a Tom.
Y, aunque Antonia me estaba contando no-sé-qué de sus hermanos, yo había desconectado de la conversación.
Estaba centrado en Tom y, sí, lo voy a admitir, en lo que se le marcaba tras sus pantalones cortos.
Seguramente sea una cerdada lo que voy a decir, pero, según iba subiendo, escalón tras escalón, la polla se le movía de un lado a otro.
Yo creo que ni llevaba calzoncillos debajo.
—Hey, ¿cómo ha ido la lectura? —me preguntó nada más llegar a nuestra a altura.
—No ha ido, directamente —admití.
—¿No te ha dejado leer? —sonrió, burlón, mirando a Antonia con suspicacia.
— I’ve filled him in on Northwood.
Mucho más importante —espetó ella, orgullosa—. How’d training go?
—Bien. But I’m exhausted.
—Se sentó sobre una de las sillas de la grada. Se giró para alcanzar su mochila y rebuscó algo en su interior. Después de un rato, sacó una especie de barrita energética y, tras abrirla, le dio un mordisco—. God! I’m famished!
¿Queréis?
Yo no tenía hambre, pero no quise rechazar algo que había estado en la boca de Tom. Así que asentí y me ofreció su barrita. Le di un mordisco muy pequeño (era de chocolate blanco y arándanos) y se la devolví. En cuanto volvió a cogerla, se la metió entera en la boca.
—Andrew ha propuesto ir a cenar al kebab. ¿Os apetece? —comentó Tom, limpiándose la camiseta de los restos de la barrita que le habían caído encima
—¿Kebab? Sure!
—se emocionó Antonia, y eso que se acababa de comer dos sándwiches enormes de pavo.
—Genial. ¿Ya? —pregunté.
— Why not?
¿Te vienes entonces, Antonia? —Su respuesta fue ponerse en pie al momento. Cogimos todas las cosas y bajamos de las gradas. Andrew primero, luego Antonia, después Tom y yo el último.
—¿Necesitas ayuda con la mochila? —le pregunté, siempre tratando de ayudarlo.
—No hace falta. Pero gracias. —No se dio la vuelta—. Siento lo de Antonia, que por su culpa no hayas podido leer. Me sabe mal.
—Qué va, si me cae genial. Es divertidísima. ¿Y tú con Andrew? ¿Qué tal el entrenamiento?
— Perfect.
Los cuatro fuimos paseando por Northwood hasta llegar a la esquina donde estaba el kebab que había propuesto Andrew.
Estaba vacío, pero olía tan bien que no dudamos ni un segundo en entrar.
Antonia y yo fuimos a sentarnos mientras Tom y Andrew pedían por todos y, a los pocos minutos, ya teníamos cada uno nuestro kebab con patatas fritas y un montón de salsa.
No sabía el hambre que tenía hasta que empecé a comer, y es que puede que fuera el mejor kebab que había comido en mi vida. Sinceramente.
Antonia era increíble. Se le ocurría todo al momento. Siempre respondía con un chiste o con algo que te dejaba totalmente
descolocado. Cuando se emocionaba, hablaba en inglés a tal velocidad que era imposible pillar ni una palabra. Tom se esforzaba por hablar todo el rato en español y Andrew iba saltando de un idioma a otro. Aunque casi no habló conmigo. Solo tenía ojos para Tom.
Y Tom para él.
Hubo un momento en que, por muy bien que me lo estuviera pasando, me sentí algo desplazado.
No desplazado, sino fuera de lugar. Al fin y al cabo, solo llevaba una semana en Northwood.
Ellos llevaban siendo amigos años. Y aunque quisiera participar muchas veces en la conversación, acababan hablando de cosas que yo no sabía o que yo no había vivido.
Aun así, hacía todo el esfuerzo posible por enterarme de todo.
— So… are you going to help us?
—le preguntó Antonia a Andrew después de comerse su última patata frita—. This Sunday.
—Yep. I think I’m free, yes —
sentenció él, recostándose sobre la silla mientras bebía de su lata de Coca-Cola.
— Deal!
—gritó Tom—. El domingo empezamos a grabar…
—¿Y si grabamos el ensayo? —Los tres me miraron, curiosos—. Es decir. En vez de hacer un vídeo como siempre… No sé, pues podemos grabar un ensayo completo. No sé, con nuestros fallos, parando y tal… no sé, así es como más natural, se nos ve cómo nos compenetramos…
— I don’t know
… —comenzó a decir Antonia—. I think I prefer something… a bit more mental.
—No es que tengamos mucho tiempo —añadió Tom—. Y ya intentamos eso la última vez y no funcionó.
—¿Para qué sirve el vídeo, por cierto? ¿Cómo funciona el concurso? —me interesé.
— Okay, so this is how it works. First, all the bands…
grabamos un vídeo. Usually there are, like, thirty bands. Give or take.
Luego un jurado ve los vídeos y elige las veinte mejores.
Those twenty get to play live at the
Sunset Festival —
explicaba, emocionado—. And, after that, from those twenty, they choose five bands
. Y esas cinco bandas tocan en directo en la final.
—¿Y qué ganamos?
—I think… seven hundred pounds?
—dijo Antonia, emocionada.
—¿Setecientas libras? Joder, eso es mucho, ¿no?
—Sí, sí. Por eso queremos presentarnos.
—Y porque nos gusta tocar, claro —intervino Tom, entre risas—. Pero me gusta la idea de Mateo, puede quedar bien. What do you think,
Andrew?
— Uhm… I think it’s… original —
respondió él sin mucho entusiasmo. «Chico, emociónate menos y te confundirían con un enano de jardín. Menudo sieso. Al final iba a ser igual que Roy en ese sentido. Pero luego bien que está hablador conmigo cuando necesita mi ayuda en Spanish
».
—¡Decidido entonces! ¿Avisas tú a los demás, Antonia? A ver qué les parece.
—Ya te digo lo que va a opinar Roy… —Puse una cara de asco que les hizo reír a todos.
Cuando terminamos de cenar, Antonia y Andrew se fueron juntos por un lado mientras que nosotros tomamos la dirección contraria y fuimos paseando como siempre hasta casa.
La noche era cerrada, pero lo bueno del alumbrado de Northwood es que creaba un camino perfecto para no perderse. Un camino de baldosas amarillas.
—Uf, no puedo andar más. El kebab me ha dejado lleno, lleno —protesté, llevándome la mano a la tripa.
—Pero estaba bueno, ¿eh?
—El mejor que he comido —admití.
—Me lo descubrió Andrew. Es uno de sus sitios favoritos —confesó.
—¿Qué tal Andrew? Os lleváis bien, ¿no?
—Sí. Es muy importante para mí —me dijo—. Nos entendemos muy bien.
—Ya lo he visto, ya. —No sabía qué esperaba que me dijera. «Ah, sí, Andrew, me gusta mucho. Somos novios».
—¿A ti te cae bien?
—Sí. Tampoco lo conozco tanto, pero sí. Es majo.
—Me alegro. Me gusta que te lleves bien con toda la banda, Mateo —dijo, orgulloso—. Incluso que sigas intentándolo con Roy. He’s… hard work.
—En España decimos que es un hueso duro de roer. O que es un chico «especialito».
—¿Echas de menos España?
—¿Estás de coña? —repliqué—. ¡Estoy encantado aquí!
En mi casa no tenía ni aire para respirar.
Necesitaba salir de allí. Y Northwood es perfecto.
Bueno, y vuestra casa, tus amigos, tu madre, tú…
—Eso último lo dije con algo más de disimulo, pero esperando que hubiera captado la indirecta, que hubiera notado cómo había dicho ese «tú» al final, con toda la intención del mundo.
—¡Qué bien! Me alegra escuchar eso. Tú también eres perfecto, Mateo Luarte. —Pues sí la había pillado. Y esa forma de decirme «tú también eres perfecto» me hizo sonreír—. Aunque no quieras aprender inglés.
—No es que no quiera, es que no me interesa… —Tom estalló en carcajadas.
Cuando llegamos a casa, Debbie y Emma estaban terminando de cenar en la cocina. Olía a carne asada y a canela. Emma, como siempre, tenía a Terrible en su regazo, mientras que Debbie estaba bebiendo una copa de vino. En la mesa había una botella casi vacía.
— Hello, kids. How was your training? —
se interesó Debbie mientras se ponía en pie y llevaba los platos al lavavajillas.
— Good. It was good. But we are exhausted.
Eran las ocho de la tarde. En Madrid aún ni siquiera habríamos empezado a cenar.
Sin embargo, en Northwood, a esas horas, mucha gente ya estaba yéndose a dormir.
Tom cogió medio trozo de bizcocho de la encimera y los dos fuimos hacia el piso de arriba, de camino a ponernos el pijama para ver otra peli en el sofá hasta quedarnos dormidos.
Al día siguiente era sábado, así que no había que preocuparse por tener que madrugar. Ni siquiera teníamos ensayo.
—Hoy toca Avatar. The way of the water —
me adelantó Tom antes de desaparecer dentro de su cuarto. Yo fui directo al mío.
Lo primero que hice fue hacer una llamada con mis padres.
Mi madre, como siempre, estaba a mil cosas y casi no hablé con ella.
Sin embargo, mi padre me hizo más caso, eso sí.
Le conté lo del concurso de las bandas de música, le hablé de mis clases de español y le describí por encima cómo era vivir con Debbie.
Obviamente, no le conté que casi cada noche llegaba a casa bastante borracha.
—¿Qué tal tu espalda? —quiso saber antes de colgar.
—Justo ahora me voy a poner la crema. Salvo el otro día, no me está picando demasiado.
—¿El otro día? ¿Qué pasó el otro día? —se preocupó. «Mierda».