Capítulo 17
Poco a poco me iba haciendo al St. Mary’s.
Incluso hablaba inglés en el recreo. O, al menos, lo intentaba.
El viernes fui a que me hicieran la foto para el anuario como me había pedido el director Ashcombe y, aunque salí con los ojos medio cerrados, lo cierto es que estaba bastante guapo, las cosas como son.
Angie se pasó al terminar las clases para recordarme que tenía que entregarle el informe completo de mi primera semana en Northwood. ¿Y yo qué iba a poner?
—Todo —me recordó—. Every detail.
Tampoco le iba a poner todo, todo, ¿no? Es decir, solo lo que tuviera que ver con el colegio y demás. Aunque le añadiría lo del concurso de grupos de música. Supongo que sería un buen añadido.
—Pero… ¿tengo que dártelo ahora?
—¿Y cuándo vas a dármelo? —preguntó, curiosa, sin entender nada—. Hoy es viernes. Tienes que dármelo hoy.
—Aún no lo he rellenado —me expliqué.
Angie chasqueó la lengua y sacó un cigarrillo de su chaqueta. Se lo encendió en tiempo récord, y se lo llevó a los labios.
—El lunes me lo entregas —dijo al fin.
—Genial. El lunes lo tienes listo, más que listo. Listísimo.
—Recuerda que…
—Tengo que poner todo —la interrumpí, y ella asintió, con el labio torcido en señal de disgusto.
— Very good.
—Fue su frase de despedida. Dio una larga calada, apagó el cigarrillo en la suela de su bota y lo metió dentro de su coche, supuse que para tirarlo en el cenicero que había junto al asiento del conductor—. See you on Monday.
Se metió en el vehículo, pisó el acelerador y se fue.
Estuvo a punto de darse un golpe con otro coche que bajaba la calle, y Tom y yo nos miramos, asustados.
Sin embargo, en cuanto desapareció al final de la carretera, nos echamos a reír.
Porque Angie era un auténtico personaje. Nunca había conocido a nadie igual.
—Supongo que estaba molesta porque ha tenido que venir hasta aquí para nada —reflexionó Tom.
—Yo qué sabía que iba a venir solo para eso —me defendí—. Aunque creo que vive en Londres. A lo mejor por eso estaba tan enfadada.
—Cualquier persona que vive en Londres está enfadada.
—¿No te gusta Londres? —No esperaba esa respuesta, la verdad.
—No me gustan las ciudades grandes —aclaró—. ¿A ti?
—¿Por qué crees que he venido hasta aquí? —Y si lo pensaba fríamente, esa era una de las razones: me cansaba vivir en una ciudad tan grande como Madrid. Aunque realmente esperaba ir a Londres, que era una ciudad mucho más grande…
—Pensaba que porque no tenías espacio en tu casa…
—Sí, y también porque Madrid me ha agotado.
—¿Agotado? —preguntó.
—En plan… que me tiene cansado. Solo hay ruidos, humo de coches y prisas… Y ya tengo bastante de eso en mi propia casa como para tenerlo también fuera. —Si algo estaba aprendiendo en Northwood, era que se podía vivir a otro ritmo, de otra forma.
Y cada día que pasaba allí, estaba más que agradecido por haber acabado en la casa de Tom.
—¿Y qué vas a poner en ese informe que quiere Angie?
—Ni idea. ¿Me ayudas luego? ¿Por favor? Odio rellenar estas cosas.
— Sure thing
—me aseguró, sonriente como siempre.
Esa tarde, como cada viernes, había quedado para jugar al fútbol con su amigo Andrew.
Me propuso jugar con ellos también, pero es que yo era negado.
Siempre se me había dado fatal, especialmente porque no me interesaba lo más mínimo.
No era descoordinado, ni mucho menos. Simplemente, el deporte me daba igual.
Cumpliendo el tópico de adolescente gay que huye de cualquier cosa que se parezca a dar patadas a un balón, ¿verdad?
Aun así, creo que ese tópico se sustentaba en otras cosas, como que el fútbol, por ejemplo, nunca hubiera sido un lugar seguro para gente como yo.
Con los flipados de turno literalmente expulsándote del patio del recreo, porque sobras en su partido improvisado, nunca ha habido un hueco para mí, o para alguien como yo, en esos treinta minutos dominados por los machitos de turno.
Y mejor no hablar de la sensación de inseguridad que nos daba siempre la clase de Educación Física, en la que teníamos que soportar las risitas continuas de nuestros compañeros si no hacíamos bien los ejercicios que marcaba el profesor.
Así que no es que odie el deporte porque se me dé mal.
Se me da mal porque me han hecho odiarlo.
Le dije a Tom que no hacía falta, que yo lo acompañaba, pero que los vería desde la grada, desde fuera. Un buen momento para ponerme a leer, por fin, Grandes esperanzas
. Todavía no lo había empezado y el tiempo corría en mi contra, que siempre había sido muy lento leyendo. Así que los dos anduvimos hasta el único campo de fútbol que había en Northwood, donde también había un parque y varias zonas para jugar. Cuando llegamos, Andrew ya estaba allí, con una
malla colgada del hombro donde llevaba el balón de fútbol.
Iba vestido de corto, con pantalones que le llegaban un poco por encima de las rodillas, zapatillas profesionales (se parecían a las de los jugadores que salían en la tele), una camiseta del Liverpool y unos calcetines larguísimos que casi se unían con sus pantalones.
— Hey, Tom!
—gritó Andrew, saludándolo a lo lejos. Tom le devolvió el saludo, eufórico, y fue hacia él, después de preguntarme una última vez si no quería unirme al entrenamiento.
—Qué va. Entretenimiento mejor que entrenamiento —bromeé, y le enseñé el libro que me había dejado Mr. Whitmore.
Tom no pareció entender mi broma, pero le dio igual.
Me indicó dónde estaban las gradas y me pidió que, si en algún momento tenía ganas, que le hiciera alguna foto o algún vídeo mientras jugaba.
Me dio su mochila para que se la guardara (y sí, llevaba una de sus prótesis dentro) y fue corriendo hacia Andrew mientras yo iba a buscar un lugar tranquilo desde donde ver bien el campo de fútbol.
Esperaba tener el silencio suficiente como para leer sin que me molestaran.
Llegué a las gradas y me coloqué en una de las últimas filas. Había muy poca gente sentada cerca. Algunos niños jugando al UNO. Tres chicas fumando y cotilleando con sus móviles. Pero poco más. Mejor. Me senté, dejé la mochila de Tom en el asiento junto a mí y abrí el libro por el principio.
«Dios, la letra es minúscula». Y, además, todo me sonaba dificilísimo.
¿Cómo iba a leerme yo semejante libro en inglés y en tan poco tiempo?
Es decir, leí dos páginas y me enteré de la mitad.
Tenía que estar buscando continuamente qué significaban un montón de palabras.
Aunque algunas otras las acababa entendiendo por el contexto.
Tardé bien poco en dejar el libro a un lado y ponerme a mirar el móvil mientras cotilleaba a toda la gente que había en
el campo de fútbol. Sin embargo, mi mirada siempre se iba hacia Tom. Andrew no dejaba de dar toques con los pies, las rodillas, el pecho… mientras Tom reía y contaba cuánto aguantaba sin que el balón tocara el suelo.
En un momento dado se le acercaron unos niños que no paraban de preguntarle por la pierna, o eso parecía, porque la señalaban y Tom se la enseñaba, orgulloso. Siempre era tan atento, tan majo… Andrew, mientras, se mantenía algo apartado, aunque atento a todo lo que contaba Tom.
— Oi! Nerdy! —
gritó alguien. Levanté la vista del libro y había varios chicos llamándome desde el campo de fútbol, señalando a mi derecha. Seguí sus dedos y vi que había una pelota justo bajo las gradas—. Kick it back!
Suspiré, enfadado, y me acerqué a coger el balón para lanzarlo hacia abajo con todas mis fuerzas, pero un poco lejos de donde estaban. Se echaron a reír (cabrones) y ni me dieron las gracias.
—Serán imbéciles —murmuré entre dientes.
Volví a mi sitio y vi que había alguien sentado justo en la fila de delante. No era alguien cualquiera, sino Antonia, que, al verme, me sonrió y me indicó que fuera hacia ella.
—¡Hola! —saludó, sobrepronunciando la palabra todo lo que pudo.
—Hola —respondí mientras andaba hacia ella. Entre sus manos tenía un sándwich a medio comer. Llevaba puestas una gorra y unas gafas de sol enormes. Era tan elegante con cada cosa que se ponía… Antonia molaba. No había mejor forma de describirla—. ¿Qué haces por aquí?
—Tom me dijo que hoy vendrías con él —explicó mientras seguía comiéndose su sándwich—. Want some?
—me ofreció, a pesar de que le quedaba un trozo demasiado pequeño como para compartirlo.
—No, no. No tengo hambre. —Antonia se encogió de hombros y se terminó el sándwich de un bocado—. ¿Siempre vienes a verlo? —pregunté a la vez que me sentaba junto a ella, con el libro y las mochilas en la fila de detrás de nosotros.
— Not always. Sometimes. But it’s funny.
¿Sabes jugar al fútbol? —curioseó, cogiendo una botella del suelo, rosa, repleta de pegatinas y con una pajita enorme que se llevó a la boca. Ni idea de lo que estaba bebiendo.
—No me gusta mucho, no. ¿Tú? —admití.
—Se me da bien, pero los chicos nunca quieren jugar conmigo. You know…
—Su expresión me dejó clara la explicación: odiaban que les ganara una chica.
—¿Y por qué no juegas con Tom? Seguro que a él no le importa.
— Sometimes
juego con ellos. Tom siempre me lo dice, pero no quiero molestarlo. Y menos cuando está con Andrew.
¿A qué se refería con eso? ¿Por qué no quería molestarlo cuando estaba con Andrew?
— Why?
—pregunté.
— He looooves playing football with Andrew
—me lo dijo con un tono de obviedad sorprendente.
—Ah, no-no lo sabía. Si es que tampoco conozco mucho a Andrew. Bueno, el otro día entre clases, y en Spanish.
— He’s so nice.
Te gustará. Seguro. No es otro Roy, puedes estar tranquilo.
—Es imposible que exista otro Roy —me reí, y la siguiente media hora estuvimos los dos bromeando y cotilleando todo lo posible, además de vacilando a unos niñatos que no dejaban de tocarnos las narices.
Yo, por supuesto, no leí ni una sola página más de Grandes esperanzas