El mundo entre nosotros Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

sonrió, al tiempo que cogía el libro de las manos de Hugh y lo guardaba en la mochila—. See you on Sunday!

Hugh se despidió con un simple gesto de la cabeza y volvió a entrar en la casa club mientras Tom y yo nos alejábamos, atravesando el campo de críquet y observando cómo los mismos equipos que habíamos visto al llegar descansaban para seguir entrenando después. Los focos estaban encendidos a plena

potencia y cubrían casi todo el campo. De hecho, su luz se podía ver a varios metros de distancia. Y, según nos fuimos alejando, esa luz se fue mezclando con la de las farolas, mucho más tenue y anaranjada, que guiaban nuestro camino hasta casa.

Tom estaba cansado. Se le notaba en la cara y en su forma de andar, mucho más pausada que de costumbre. Aminoré la marcha para ir a su ritmo. Me ofrecí a llevarle su mochila y pensé que me iba a decir que no, que ya podía él, pero… todo lo contrario.

—¿Harías eso por mí?

—Tom, es una mochila. Claro —dije, extrañado.

—Muchísimas gracias. —Me tendió su mochila. Me la puse al hombro también y, aunque pesaba, era capaz de llevar las dos. Total, la mía no tenía muchas cosas…

—¿Qué libro le habías dejado a Hugh? ¿Es que le dejas libros o algo así? ¿O era suyo y…?

—Sí. Le dejo libros. And, sometimes,

me los deja él.

—Ah, guay.

—Este último es The Curious Incident of the Dog in the Night-Time,

de Mark Haddon. Uno de mis libros favoritos cuando era pequeño. Me lo leían mis padres por la noche —recordó con un toque de melancolía en la voz.

—Nunca lo he leído —admití.

—Cuando termines Great Expectations

, si quieres te lo dejo.

—Vale, claro.

— Can you… slow down a bit?

Aunque han pasado ya dos años, sigo cansándome después de todo un día sin parar —sonrió, algo forzado. Trataba de sonar casual, como si no pasara nada, pero sentí que era algo que le reconcomía, y mucho. Normal. Yo estaría igual de agobiado.

—Claro. ¿Necesitas…? —Pero no me dejó terminar la frase. Se acercó un poco más y me cogió del brazo, dejando caer su peso sobre mí.

—¿Podrás conmigo y con las dos mochilas?

—Lo intentaré. Aunque, quizá, cuando lleguemos a casa, el que tendrá que ayudarme serás tú —bromeé.

—¿Y eso? ¿Te pasa algo?

—Ah, no, no. Me refería a que… bueno, que entonces seré yo el que esté cansado después de… Bueno, eso… Nada. Da igual.

Los dos paseamos en silencio atravesando Northwood en dirección a casa.

La neblina nocturna fue cubriendo nuestro camino, solo rota de vez en cuando por la luz que venía de algunas de las casas a nuestra derecha o de los coches que pasaban por la carretera a nuestra izquierda.

Tardamos en llegar más que de costumbre, porque Tom estaba realmente agotado.

No quería decirlo en voz alta, pero, aunque no lo conociera tanto, ya notaba que siempre quería hacerse el fuerte y no molestar a nadie.

Cuando entramos por la puerta, Debbie estaba en el salón, nerviosa, totalmente arreglada, con un bolso minúsculo colgado del brazo. Emma y Terrible estaban sentados en el sofá, mirando la tablet. Eran las seis de la tarde.

— About time, you two!

—exclamó, exasperada.

— Hi, Debbie.

¿Dónde vas? —replicó Tom y, suspirando, se dejó caer sobre el sofá junto a su hermana.

— With the girls

… y vosotros tan tarde… —Se notaba que hacía un esfuerzo enorme por hablar español delante de mí. Se lo agradecía en el alma.

—¿Hoy miércoles? Si ayer fue el concierto —preguntó Tom, confuso. Pero Debbie ignoró la pregunta por completo.

—Hay pollo en… in the fridge. Keep an eye on your sister, yeah? I don

’ t want her up all night with that bloody thing. —

Señaló a su hija con la mirada. Se contempló en el pequeño espejo que había junto a la puerta de salida, revisando que su pelo estuviera perfecto, se repasó el pintalabios y abrió la puerta para irse.

— Wait!

¿Te vas ya?

Debbie no respondió. Pasó a mi lado, me miró con cara de circunstancia y, mientras salía, pude notar cierto olor a alcohol a su alrededor. ¿Habría estado bebiendo antes de que llegáramos?

— Don’t wait up, yeah?

—gritó desde el exterior. Miré a Tom, que tenía una expresión de agotamiento increíble. Dejé las mochilas sobre el suelo y me quité las zapatillas.

— Emma, you’ve heard mom. Let’s have dinner, ok?

—

Mimumi mamino —respondió ella en su idioma inventado. Tom se puso en pie y fue directo hacia las escaleras.

—Voy arriba. ¿Puedes llamar y pedir unas pizzas? El número de teléfono está en la nevera —Empezó a subir escalón tras escalón.

—Espera, ¿qué? ¿Y qué pido? No me sé la dirección ni nada… —respondí, en pánico.

—17C Hallowell Road. Nos gustan las pizzas de quesos y barbacoa. Pide tres and garlic bread —

Y desapareció al final de las escaleras.

—Joder —fue lo único que me salió decir.

Miré a Emma, que estaba con sus ojos fijos en mí, al igual que su gato Terrible, dispuesto a saltar con las uñas por delante si hacía falta. Le sonreí, nervioso, y me fui a la cocina, lejos de ellos, por mi seguridad. No me fiaba para nada de lo que podrían hacer.

Fui directo a la nevera y, en la puerta, estaban colgados varios folletos de diferentes restaurantes, además de algún dibujo suelto firmado por Emma. Busqué entre todos los papeles uno que fuera de una pizzería y finalmente lo encontré: Pizza Hotwood.

Vale, llamar a un sitio para pedir pizzas no debería ser tan difícil, ¿verdad? Es decir, solo había que decir la calle, las tres pizzas que quería y nada más. Pero claro, si ya me daba vergüenza hacerlo en español, en inglés ya ni te cuento. Tampoco quería quedar mal con Tom y que se pensara que yo

era un inútil. Así que traté de concentrarme lo máximo posible, inspiré y espiré varias veces hasta que cogí el teléfono fijo que había en la encimera, marqué el número y esperé.

Voy a ahorrarme el contar cómo las pedí y cómo tuve que colgar un par de veces la llamada porque no entendía el acento de la persona al otro lado de la línea.

Tardé, sí, pero lo conseguí. O eso esperaba: que me hubiera entendido, especialmente la dirección.

Bueno, y las pizzas. Porque no estaba yo muy seguro de haberlo hecho correctamente.

Habría que esperar a ver. Y si no, pues a comer el pollo de la nevera, ¿no?

Volví a colocar el folleto en el frigorífico con un imán en forma de zanahoria cuando me fijé en una foto que no había visto antes. Estaba cubierta por varios papeles de menús de comida. Tiré un poco de ella y cayeron un par de imanes al suelo.

—Mierda —maldije mientras me agachaba y los recogía.

Después de volver a colocarlos, examiné la foto.

En ella estaba Debbie, un poco más joven y bastante más delgada, con una niña muy pequeña en brazos (supuse que sería Emma) y, a su lado, un hombre alto, con bigote y mirada amigable, que le daba la mano a un niño que no era otro que Tom.

Los cuatro miraban a cámara, sonrientes, y estaban sentados en un banco de madera.

Le di la vuelta y había una fecha escrita: November 2021.

— That’s my dad

—dijo una voz tras de mí. Me di tal susto que lancé la fotografía y el imán que la sujetaba por los aires.

La fotografía planeó suavemente hasta acabar sobre la mesa.

El imán se golpeó contra el suelo y se rompió por la mitad.

Tenía la forma de una cabina de teléfonos, como las rojas que había en Londres.

—Joder, lo siento. Qué susto —protesté, y me llevé la mano al pecho. Tom estaba en la puerta. Se había puesto una camiseta de Green Day, unos pantalones cortos y se había quitado la prótesis de la pierna, así que se apoyaba con su brazo derecho en una muleta.

—¿Tanto te he asustado? —sonrió.

—Si es que soy muy sensible —me defendí—. Y de repente hablas ahí justo detrás de mí, pues qué quieres.

Recogí el imán y lo puse sobre la mesa con cara de pena.

—Lo siento. Lo he roto.

—No pasa nada. Siempre odié ese.

—¿Ah, sí?

—No. Era mi favorito. Lo trajo mi padre de Londres, pero tampoco te iba a decir eso para que te sintieras mal, ¿no? –confesó.

—¡Joder! ¿En serio? Coño, lo siento mucho. —Traté de volver a unirlo, pensando que, por arte de magia, se iba a arreglar—. ¿No tienes por ahí pegamento o algo?

—Da igual. Ya lo arreglará Debbie. —Puso sus dedos sobre mis manos, indicándome que lo volviera a dejar sobre la mesa. Fue notar su roce y, como siempre, ponerme nervioso al instante—. ¿Pediste las pizzas?

—Esto, eh… sí, sí. Creo que las pedí bien, no sé. Tampoco lo entendía muy bien. Y él a mí creo que tampoco —admití.

—A mí también me cuesta entenderlo a veces. ¿De qué las has pedido?

—De pollo con barbacoa y de quesos con pepperoni. Creo. No sé. —Me encogí de hombros.

—Bueno, será una sorpresa cuando lleguen. —Fue ahí cuando fui consciente de que Tom no había apartado su mano de la mía… hasta ese momento, que cogió la fotografía de su padre para poder observarla más de cerca.

—¿Puedo preguntarte por tu padre? —me aventuré con cautela. Tampoco quería meterme donde no me llamaban.

—¿Qué pasa con mi padre?

—No sé, eh… ¿qué tal con él? ¿Cómo os lleváis y esas cosas?

—No hablamos casi. Debbie y él se separaron hace cuatro años. Vive en Londres. De vez en cuanto aparece… but I haven’t seen him in months.

—Oh, lo siento.

— Life, I guess. He was… he is…

Un cabrón, como dirías tú. —Su sonrisa forzada escondía dolor. Dolor y pena. No sabía muy bien qué decirle o cómo consolarlo, así que me limité a asentir—. ¿Y tu padre?

—¿Mi padre? Pues es la persona que mejor me entiende. Mucho más que mi madre, la verdad. Es… No sé, me llevo bien con él.

—¿Y con tu madre no? —trató de indagar.

—A ver, mi madre es mi madre. Es decir, es «especialita», no sé. Quela quiero mucho y eso, es mi madre. Pero joder, hay veces que creoque me odia.

—¿Odiarte? —A ver, quizá esa era una palabra demasiado fuerte y debería haber usado otra. Pero tampoco sabía de qué otra manera definir lo que sentía cada vez que mi madre me miraba con esa cara de decepción continua.

—No creo que me odie. Solo… No sé si le caigo bien. Sinceramente.