El mundo entre nosotros Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

— Now, the question is: what happens when your expectations pull you away from who you are? There’s a main theme in this novel. Anybody…? —

dejó caer la pregunta, esperando que alguien diera la respuesta correcta. Aunque tardó más de la cuenta y el profesor Whitmore pareció impacientarse un poco, finalmente alguien levantó la mano.

Fue una chica que estaba sentada dos filas por delante de mí. Tenía el pelo rubio recogido en una coleta mal hecha que no dejaba de tocarse, como si fuera un tic nervioso.

— Identity

—dijo con firmeza y convicción.

— Yes. Identity.

Identidad. —Me miró al decir su traducción en español—. That’s why this novel still matters. Because most of us, at some point, want to be someone else. But we must be careful. Not all changes are for the better. At least, not at first.

Y esa frase me dejó pensando el resto de la clase. También porque mi cerebro desconectó del inglés. No era capaz de

aguantar tanto tiempo concentrado en otro idioma que no era el mío. Pero, sobre todo, reflexioné sobre las palabras del profesor. Todos queríamos ser otra persona en algún momento. ¿Sería todo más fácil si pudiéramos cambiar? ¿Sería más fácil para Debbie, para Tom… para mí? ¿Incluso para Roy?

Cuando sonó el timbre, marcando el final de la asignatura y dejándonos unos cinco minutos entre clase y clase, me pilló totalmente por sorpresa.

Estaba realmente interesado en todo lo que contaba el profesor.

Fui el último en salir y precisamente por eso, Mr. Whitmore, que es como lo llamaban el resto de los alumnos, aunque varios lo habían apodado Whitless —un juego de palabras, ya que witless

significa «tonto», y lo llamaban así porque decían que no se enteraba de nada y era facilísimo copiar con él—, me detuvo en la puerta antes de que me fuera.

—Luarte. Is Luarte, right?

—

Sí. Digo yes. —

Siempre tendía a responder en español. Tenía que empezar a cambiar el chip.

—Entiendo español. No te preocupes. En St. Mary’s estamos acostumbrados a los intercambios con tu país, así que todos los profesores sabemos hablar español. Algunos mejor que otros, claro. —Sonrió, dándoselas de importante.

—Ah, qué bien.

—¿No quieres hablar inglés?

— Not really, no

—bromeé.

—Como desees —añadió, más para sí mismo que como respuesta—. No lo has entendido, ¿verdad?

—¿Qué hay que entender? —Me había perdido en la conversación.

— Nevermind. Listen, this is for you. —

Y, tras abrir el cajón de su escritorio, sacó de su interior un libro con las tapas negras, los cantos en dorado y un título escrito también en letras doradas en la cubierta—. Esta es mi edición de Great Expectations

. Creo

que te gustará. Y para el examen de final de mes, te vendría bien leerlo.

Tras acariciar un poco la cubierta, como si me estuviera dando un tesoro, me entregó el libro. Me dio hasta miedo cogerlo por si lo rompía o se me caía al suelo.

—Pero seguro que Tom lo tiene… o puedo comprarlo.

— I trust you, Mateo Luarte.

Te he visto muy interesado hoy en clase.

—Ah, eh, gracias, supongo.

Ese último comentario, al parecer, le hizo mucha gracia a Mr. Whitmore.

Se puso de pie, dándome a entender que ya era momento de irse.

Le hice una de las reverencias que hacía cuando me ponía nervioso delante de un adulto y, andando hacia atrás, salí de la clase mientras observaba el libro que acababa de darme.

Por culpa de ello, estuve a punto de chocarme con Tom en el pasillo.

—Cuidado, Mateo —me avisó, con su voz suave y calmada de siempre. De casi siempre—. Hay que mirar por dónde se camina. ¿Se dice así?

—Mira por dónde vas. Eso estaría mejor. Creo.

—Pues… Mateo, mirra

por dónde vas —me dijo, moviendo el dedo índice hacia mí, como si me estuviera echando la bronca.

—Mira. No mirra

. Mira.

—Mira… Miiira. Mira por dónde vas. ¿Mejor?

—Perfecto —asentí.

—¿Qué libro estás leyendo? No sabía que te gustara leer. —Miró la copia de Great Expectations

que me había prestado Mr. Whitmore.

—¿Y eso qué quiere decir? —repliqué, ofendido.

—Nunca te he visto con un libro desde que estás aquí.

—Eso es porque no estamos todo el día juntos.

— Almost

—sonrió—. Entonces ¿eres un chico lector? A mí me encanta leer —confesó con una chispa de felicidad en los ojos.

—Eh… a ver… bueno, a ver, muy lector no soy. Las cosas como son. Pero nunca es tarde para empezar, ¿verdad?

— Great Expectations.

Buena forma de empezar. ¿Mr. Whitmore?

—Aham.

—Me dejó la misma edición —sonrió, orgulloso—. Es un buen profesor.

—Sí. O eso me está pareciendo. No entiendo todo lo que dice, pero lo que entiendo me encanta —admití.

—Si al final eres un «chico lector», te puedo dejar varios libros de los que tengo en casa.

Sin embargo, en cuanto lo dijo, pensé en su casa y no recordaba haber visto muchos libros por ningún lado. Es decir, alguno suelto en el salón y poco más.

—Genial. Aunque primero tengo que leerme este. Me ha dicho que entrará en el examen. Y yo no sabía ni que tenía que hacer exámenes.

— HA, HA, HA!

—Ahí estaba su explosión de carcajadas—. ¡Claro que tienes exámenes! ¿Pensabas que no?

—Es que ni me lo había planteado.

— You’re crazy, Mateo!

— Se rio tanto que se tuvo que llevar la mano al estómago y doblarse sobre sí mismo.

¿Tan gracioso era? ¿O es que Tom era de risa fácil?

Fuera como fuese, me gustaba que se riera de mis ocurrencias.

Me hacía sentir… importante. Una sensación extraña, pero muy reconfortante, porque nunca me había tenido por alguien gracioso u ocurrente, así que cualquier sonrisa de Tom era más que bienvenida—. C’mon.

Tenemos clase de PSHE.

—¿De qué?

—Es como… para enseñar life skills.

Pero ahí no hay examen.

—Uf, menos mal —suspiré de la forma más exagerada posible, arrancándole una nueva sonrisa. Eché a andar hacia nuestra aula, pero Tom tardó un poco más en moverse. Lo vi llevarse la

mano a la pierna izquierda, como si le costara andar con ella. Me giré, pero me dijo con la mirada que todo estaba bien, que siguiera, que no había problema.

Me dio igual.

Volví sobre mis pasos y me quedé junto a él, ofreciéndole mi brazo sin decir nada.

Solo por si necesitaba cogerlo. Por si necesitaba apoyarse.

No lo hizo y, al minuto, se irguió de nuevo, sonriente, y echó a andar.

Sin embargo, aunque no se apoyó, creo que entendió que, cuando lo necesitara, podría hacerlo y yo iba a estar ahí para ayudarlo.

Ya no solo porque me sintiera bien ayudando a alguien, sino porque, egoístamente, me gustaba saber que, si Tom necesitaba ayuda, podía recurrir a mí.

Tras terminar las clases (PSHE era una auténtica locura, es decir, ni libros ni cuadernos ni guía…

nada. Simplemente la profesora hablando con nosotros sobre la vida en general.

Algo parecido a las tutorías que teníamos en Madrid, pero más caótico) y después de comprarnos varios bollos de chocolate en la cafetería, fuimos directos al club de críquet, donde había un grupo de no más de quince personas entrenando en el campo.

Además, la terraza del bar estaba repleta de gente.

Parecían estar jugando a las cartas, pero como con una especie de tablero de madera con clavijas de distintos colores.

—¡Se me había olvidado! Los miércoles es día de cribbage

—me explicó Tom.

—¿ Cribbage

? ¿Qué narices es eso?

—A ver cómo te lo explico. ¿Sabes algo de juegos de cartas?

—Cuando tratan de explicarme algún juego, cualquiera que sea, mi mente se cierra. Es… raro, pero soy incapaz de procesar nada —admití, encogiéndome de hombros. Y es que era real. No podía retener nada. Como si mi cerebro no entendiera.

—Es divertido. Un día intentamos jugar.

—Si crees que seré capaz…

—Claro que sí.

No había ni una sola mesa libre. Ni una.

Todas repletas de gente, sobre todo mayor, dejándose la vida por ese juego tan extraño.

Entramos en el interior de la casa club y, tras hablar un rato con Hugh, conseguimos que nos dejara la sala pequeña para ensayar.

No era igual que el salón de actos de la última vez, ni mucho menos.

Era enana. Aun así, nos podía servir. Nos haría el apaño.

Andrew le había dicho a Tom que no podría venir esa tarde porque tenía entrenamiento de fútbol, pero que lo avisáramos la próxima vez, que se apuntaba.

Es verdad que para Tom fue un poco decepción. Pude verlo en su cara.

— Hugh, could you give us a hand with the instruments?

—le preguntó Tom. Era un hombre ya mayor, con barba, pelo rojizo y una marca en el ojo derecho que le hacía tenerlo más cerrado que el izquierdo. Seguramente habría estado comiendo galletas o algo parecido, porque tenía un montón de migas en la comisura de los labios.

— Sure —

respondió, y salió de detrás del mostrador. Se apoyaba en un bastón y cojeaba bastante.

— That’s a nice one —

le dijo Tom, siempre tan agradable, señalando el bastón con la mirada—. Me encantaría tener uno así —me susurró a mí. El bastón era de madera oscura, con un mango en forma de cabeza de dragón.

— Thanks, Tom

. You’re a good lad. Always have been. —

Esa última frase me la dijo mirándome, como queriendo recalcar que Tom era un chico importante y querido en Northwood. Algo de lo que ya me iba dando cuenta.

Hugh nos ayudó a transportar todos los instrumentos de la parte del escenario a nuestra nueva sala y estuvimos los dos esperando a que llegaran los demás.

Tom se puso a tararear una canción que no reconocí (me pasaba mucho cuando estaba con él) y, aprovechando que estábamos solos, estuvimos probando

de nuevo con mi teclado, a ver si era capaz de recordar un poco más de mis clases de piano.

—¿Por qué las dejaste? ¿Por qué dejaste las clases de piano? —me preguntó mientras yo iba tocando las teclas sin ton ni son.

—Supongo que se volvió una obligación demasiado grande y dejó de gustarme. Ya sabes, cuando te obligan mucho a algo, como que desconectas, no sé. ¿No te pasa?