El mundo entre nosotros Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

En una de las paredes, varias luces de colores, casi como si fuera Navidad o estuviéramos en Stranger Things.

Y, junto a ellas, varias fotografías y noticias de periódicos enmarcadas. Seguramente de gente famosa que habría ido a tocar al bar. Ni idea.

— Sorry, kinds, no under-eighteens after eight

—nos riñó una camarera, mirándonos de arriba abajo e impidiéndonos seguir hacia una de las mesas.

— Relax, Kate. They’re with me —

dijo Debbie, apareciendo entre la gente—. They’re my VIP guests.

La tal Kate nos dedicó una mirada suspicaz y nos indicó una mesa libre para que nos sentáramos. La camarera en cuestión llevaba muy poco tiempo trabajando ahí y, claro, no conocía a Tom ni a sus amigos todavía.

—Gracias por venir —nos dijo Debbie sonriente.

Su maquillaje estaba repleto de purpurina, al igual que una parte de su pelo y su ropa.

Llevaba una camisa turquesa con puntos de color blanco, el pelo recogido con una especie de pinza de color dorado, unos pantalones de cuero y unas botas con un tacón altísimo. ¿Cómo era capaz de andar sobre eso?

Todos asentimos y apareció de nuevo la tal Kate preguntándonos que qué íbamos a pedir. Ni siquiera nos dio tiempo a pensarlo. Debbie se adelantó y nos pidió Coca-Cola para todos, un par de raciones de patatas fritas y una de alitas de pollo.

— My treat

—sonrió, le dio un beso a su hijo y se fue.

La camarera también se marchó para volver al rato con nuestras bebidas. La mesa era redonda y el sofá la rodeaba como si fuera una medialuna. Yo estaba sentado en un extremo, luego Antonia, Tom y, por último, Roy. Vanessa, al parecer, no había

venido porque se encontraba mal de la tripa.

Aunque, según Antonia, era una excusa «muy típica de Vanessa» cuando le apetecía quedarse en su casa vagueando en el sofá.

Me estaba preguntando por Northwood y los sitios que me había enseñado Tom cuando llegó la comida y todo olía increíble.

Las patatas iban acompañadas de la salsa barbacoa más oscura que había visto en mi vida y estaban sazonadas con un polvo rojo y verde que, por lo que me dijeron, picaba muchísimo.

Las alitas de pollo, hechas a la parrilla, venían con salsa también, como de queso, y, además, la camarera nos colocó un bote de kétchup y otro de una salsa que se llamaba HP, que parecía ser típica de Inglaterra.

—Para que luego se diga que se come mal aquí —dijo Tom metiéndose un buen puñado de patatas en la boca y manchándose por completo los dedos y media cara con la salsa barbacoa.

—Creo que tienes un poco de salsa ahí… —le señalé.

—¿Dónde?

—Bueno, en media cara. —Tom se echó a reír, cogiendo varias servilletas y restregándoselas por las mejillas, los labios y la barbilla.

—¿Ya?

—Más o menos.

Entonces, el bar empezó a subir un poco más la iluminación y vimos que se habían encendido los focos que apuntaban al escenario.

Ahí estaba Debbie, sujetando el micrófono con ambas manos y, tras ella, otras dos mujeres acompañándola.

Una debía de ser la madre de Iwan, porque era igual que su hijo.

Alta y desgarbada, tenía el pelo negro rizado que le caía por los hombros y llevaba un jersey rojo muy fino que había combinado con una falda que le llegaba hasta las rodillas.

Sus tacones también eran imposibles. En el otro lado estaba la que sería la madre de Lila como me había contado Tom. Era la más bajita de

las tres y también la que parecía más mayor. Quizá porque tenía el pelo blanco, no estaba muy seguro.

—Hello, Northwood!

—gritó Debbie con ayuda del micrófono—. Are you ready to rock tonight?

Nuestra mesa fue la que más gritó, por supuesto. Y Tom el que más, poniéndose de pie y vitoreando al grupo de su madre con todas sus fuerzas.

— We are Madeline is in the bathroom and we are so glad that all of you came here tonight.

Hay… hay un chico, amigo de mi hijo, que es… He’s come all the way from Madrid! A round of applause for him!

Mientras yo me moría de la vergüenza, Antonia y Tom empezaron a señalarme y a cogerme de los brazos para que me levantara y saludara.

Y, aunque quería que me tragara la tierra, me puse en pie y sonreí mientras me miraban todos los clientes que estaban en el bar.

Los aplausos terminaron cuando una de las mujeres empezó a tocar la guitarra.

Unos rasgueos débiles que marcaban el ritmo.

— Let’s show him how we do things in Northwood!

— One, two… one, two, three, four…

—susurró una de las mujeres del grupo, y comenzaron a tocar una canción que no reconocí, como de costumbre. Pero el ritmo te iba conquistando y, cuando quise darme cuenta, estaba siguiéndolo con el pie, dando golpecitos en el suelo.

—No están mal, ¿eh? —me preguntó Tom, quien estaba disfrutando como un niño pequeño.

—Nada mal. ¿Es suya la canción?

— Wow. That’s… physically embarrassing —

siseó Roy mientras que Antonia se tapaba la boca para ocultar la risa.

—¿Qué pasa?

— That’s a…

Es una canción de The Beatles. «Two of us» —me explicó Tom. Sinceramente, claro que sabía quiénes eran The Beatles, pero no te sabría decir el título de ninguna de sus

canciones. Aunque, si las escuchaba, seguramente reconocería unas cuantas.

—Ah, vale. No-no la había reconocido —confesé, avergonzado.

— That’s one way of sayin’ you don’t know music. At all

—gruñó Roy, con esos aires de superioridad que siempre tenía conmigo. Tom le dio un codazo en el costado, como queriendo decirle que parase con su actitud de mierda.

—No todos podemos ser tan guais como tú, Roy —lo pinché, con el tono más burlón del que fui capaz. Me mató con la mirada y siguió bebiendo su Coca-Cola.

—« Two of us wearing raincoats, standing solo in the sun…

» —cantaban a tres voces, con Debbie liderando y las otras dos como coro.

El concierto siguió su curso, con un largo homenaje a The Beatles, y hasta yo tarareé alguna de las canciones.

No es que fueran unas rockeras increíbles, pero la actitud que tenía Debbie compensaba su falta de voz y de ritmo al bailar.

Era hipnótica, desde luego. En un momento dado, presentaron un par de canciones propias y Tom se sabía de memoria las dos.

—La ayudé a componer esta —dijo, orgulloso. Se llamaba «The light and the storm». Empezaba lenta, pero luego tenía un solo de guitarra que bordó la madre de Iwan.

Y, para terminar, tocaron «Ob-La-Di, Ob-La-Da». Y sí, esa sí la conocía. No obstante, en vez de tocarla solas, invitaron a Tom al escenario. Por lo que entendí, no era la primera vez que lo hacían.

Así que nos quedamos solos Roy, Antonia y yo. Tom saludó desde el escenario, sonriente y alzando los brazos, totalmente exaltado. Su madre lo cogió por la cintura y lo acercó todo lo posible, juntando sus mejillas y haciendo que Tom se pusiera rojo de la vergüenza.

— Ready? —

le preguntó, y Tom asintió, sonriendo. Una de las mujeres del grupo empezó a tocar su teclado y la gente vitoreó.

—« Desmond has his barrow in the marketplace…

» —comenzó a cantar Debbie, y todo el público se levantó de las mesas para bailar y ver el concierto mejor.

Incluida Antonia, que corrió para no quedarse la última.

Yo miré a Roy y, tras comprobar que él no tenía ninguna intención de levantarse, antes que quedarme con ese aguafiestas que tanto me odiaba, fui tras Antonia, a la que, al menos, le caía bien.

—« Ob-La-Di, Ob-La-Da, life goes on, brah!

» —

intervino Tom, uniéndose a la voz de su madre. Y la verdad es que quedaban genial juntos.

—Cantar «Ob-La-Di, Ob-La-Da» siempre está bien —me comentó Antonia mientras miraba a su amigo con ojos de admiración total—. Such a classic.

—Hasta yo me la sé —admití—. Al menos me suena, que ya es bastante.

—Me caes bien, Mateo Luarte —espetó Antonia, pasando su brazo por mi espalda y dándome un abrazo supercálido. Entre eso y la canción, me emocioné muchísimo y se me puso la piel de gallina.

—Tú también me caes bien, Antonia —afirmé, tratando de devolverle la calidez que me había dado.

—Tom lo ha pasado mal estos dos años. I think…

creo que le vas a venir muy bien.

— What happened?

—me salió preguntar en inglés.

— Well… I don’t know if I’m the right person to tell you…

—Debbie told me about the cancer —

comencé a decir, y eso pareció relajar a Antonia, viendo que yo ya tenía, al menos, algo de información—. Y Tom me contó la historia de un tiburón.

—No sabía que seguía contando esa historia —se rio—. Tom had cancer. I don’t remember the name… I think it was something like

osteso… ostero… osteosarcoma or something

like that. He lost his leg. And now he has to go for check-ups every month

, porque el cáncer podría volver… y bueno…

—No terminó la frase. Tampoco hacía falta.

Si volvía el cáncer, a lo mejor ya no había solución.

Miré hacia el escenario, a Tom, que estaba feliz cantando con Debbie, con su madre, y se me hizo un nudo en la garganta.

Qué injusta era la vida a veces. Y qué increíble que Tom siguiera sonriendo después de lo que le había pasado—.

No le digas que te lo he contado. Don’t say anything, please. He hates being treated differently.

—No, no, tranqui. —Pero solo podía pensar, de nuevo, en lo duro que debía de haber sido para Tom tener un cáncer tan joven, haber perdido una pierna…

¡y encima tener ese miedo continuo de que la enfermedad podría volver!

Lo veía ahí arriba, con esa expresión de felicidad absoluta, y se me encogía el estómago, con unas ganas de llorar increíbles.

¿Cómo podía sentirlo tanto… si lo acababa de conocer?

—Todos hemos intentado apoyarlo. Especially Roy.

—Eso no pudo sorprenderme más. ¿Roy? ¿El mismo Roy borde y siniestro que estaba sentado en la mesa mirando el móvil mientras el bar entero no dejaba de cantar?

—¿En serio?

— You know

, todo es… es una pose. Roy no es así en realidad. No todo el tiempo. Pero ayudó mucho a Tom. Love, you know.

—Love? —

pregunté, sin saber muy bien a qué se refería.

— Ay, I’m a bit nosy. Sorry

—se disculpó, negando con la cabeza y centrándose de nuevo en el escenario, haciendo como que prestaba atención—. Forget I said anything.

—No, no. No pasa nada. Puedes contarme. No voy a decírselo a nadie. —Y crucé mi dedo por encima del corazón para cerrar la promesa.

— Roy… —

Se me acercó un poco, como queriendo contarme una confidencia sin que nadie más se enterara—. He was in

love with Tom… last year

. Sin embargo, Tom no. Son amigos, obviously

, pero las cosas fueron raras un tiempo.

—Pero… ¿Roy se lo dijo?

—Aham —asintió Antonia, girándose para vigilar que Roy siguiera sentado y no estuviera escuchando sin que lo supiéramos—. It was… weird. Really awkward.

Roy se declaró dándole un beso. Tom…. he handled it the best he could.

Ya lo vas conociendo. No quiere que nadie se sienta mal.

—« In a couple of years they have built a home, sweet home…

» —

cantaba de fondo Debbie junto a su hijo.

—Roy… He is… well, I don’t know the word in spanish. Overprotective?

—

Sobreprotector.

— Oh! Is kinda the same, isn’t it?

Por eso Roy te habla así. Is just marking his territory.

Así que por eso me había preguntado si yo era gay y, seguramente, por eso me tenía ese odio.

Era sobreprotector con Tom. Además, todo parecía indicar que la razón era muy simple: seguía enamorado de él.

Pero yo no estaba enamorado de Tom. ¡Si acabábamos de conocernos!

Aun así, Roy prefería atarme en corto. Lo malo es que quizá su actitud estaba consiguiendo justo lo contrario y era alejarlo de Tom.

—« Ob-La-Di, Ob-La-Da, life goes on, brah! La-la, how their life goes on

». —

Esa parte sí me la sabía. Todo el mundo empezó a tararear la canción mientras Tom, Debbie y el resto del grupo subían los brazos y los movían de derecha izquierda.

En pocos segundos, hasta Roy, aunque muy disimuladamente, se había animado.

Pero yo solo tenía ojos para Tom, porque su felicidad era contagiosa.

De hecho, cogió el micrófono, lo soltó de su soporte y bajó del escenario, mezclándose entre la gente, viniendo directo hacia nosotros—.

« Ob-La-Di, Ob-La-Da, life goes on, brah! La-la, how their life goes on

». —

Siguió cantando

mientras nos ponía el micrófono delante para que cantáramos con él.

—Que yo no sé cantar —dije, muerto de vergüenza.

—Claro que sí. Venga. « Ob-La-Di, Ob-La-Daaaa

» —

me insistió.

—

Que no sé —repliqué.

—« Ob-La-Di, Ob-La-Daaaa

» —

cantó una vez más, y tuve que rendirme. No me quedó otra.

—

« La-la, how their life goes on

» —

dije al final. Y es lo que más feliz hizo a Tom. Solo decir esas palabras.

— YOU GO, MATEO!

—« Ob-La-Di, Ob-La-Daaaa…

». —

Fui animándome más y más. Esa noche era imposible no contagiarse de la energía que rodeaba tanto a Tom como al resto del bar.

— Thanks for tonight, Northwood. You’ve been amazing! —

gritó Deb­bie entre la gente para hacerse escuchar, al tiempo que todos seguían tarareando la canción—. Remember, we are Madeline is in the bathroom. Don’t forget to come to our next show, Sunday the 19th

. Don’t miss it! See you back here!

—¿Te lo pasas bien? —me susurró Tom al oído.

—Mejor que nunca —respondí.

No sé si por la emoción del momento o por qué, pero, sin previo aviso, Tom me dio un beso en la mejilla. Quizá para él no significara nada en ese momento, pero para mí fue el principio de algo nuevo. Algo que no había sentido nunca por ningún chico. Y Tom lo consiguió con un simple beso.