El mundo entre nosotros Capítulo 14
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Capítulo 14

La felicidad que sentía cada mañana al despertar en casa de los Green no la había sentido desde hacía muchísimo tiempo.

No había gritos. No había carreras para entrar al baño.

No había Brunos eructando en mi cara ni broncas de mi madre, agobiándome con que iba a llegar tarde a clase.

Era un soplo de aire fresco en mi vida. Aunque eso no quitaba que echara de menos a mi familia.

A ver, quizá «echar de menos» era demasiado.

Sí, era la primera vez que estaba solo tanto tiempo, separado de ellos. Pero es que estaba convencido de que no solo me iba a venir bien a mí, sino a todos. Esa casa era una locura, ya lo había dicho mi abuela, y yo estaba perdiendo la cabeza por momentos.

—¿Qué te ha pasado en el ojo? —fue lo primero que me dijo mi madre nada más conectar la videollamada.

Habíamos vuelto a casa justo después de clases y nuestra tarde se había resumido en ver una serie de dibujos ( Gravity Falls,

para más detalles) y hacer los deberes que ya me habían mandado ese primer día. Así que, mientras Tom hacía la cena, aproveché para llamar a mis padres y hacerles un resumen de mi primer día en el St. Mary’s School.

—Nada, una tontería en clase de Educación Física. —Tampoco mentí. Simplemente no conté toda la verdad.

—No causes problemas a esa familia, ¿eh? —me reprendió mi madre. Como siempre, teniendo palabras amables para calmarme.

—No causo problemas.

—Y aún no entiendo ese cambio de última hora. ¿Seguro que todo bien por allí? ¿Te tratan bien?

—Sí, mamá. Me tratan más que bien —afirmé, orgulloso.

—¿Por qué nos llamas a estas horas? Sabes que es cuando nos toca ir a por los abuelos —me volvió a reprender.

—Es cuando he podido. Primero las clases, luego los deberes y…

—Habla con tu padre, que tiene más tiempo —me interrumpió, y salió de la pantalla, dejándonos solos a mi padre y a mí.

Él me miró con una cara de «ya sabes cómo es», pero a mí me dieron ganas de colgar la llamada.

¿Eso es lo que me echaba de menos? ¿Una conversación de treinta segundos en la que no me había preguntado ni una sola vez que qué tal me había ido en el colegio?

—Ya sabes cómo es tu madre… —comenzó él, tratando de excusarla.

—Sí, bueno…

—Se pone un poco… nerviosa cuando tenemos que ir a recoger a tus abuelos —argumentó.

Y es que tres veces a la semana mis abuelos iban a un sitio donde se pasaban todo el día haciendo actividades, yoga, alfarería…

Esas cosas. Se habían hecho hasta su grupo de amigos.

Fui una vez a recogerlos con mis padres y por sus historias parecía divertido, pero entrar allí era deprimente como poco.

—Ya, lo sé, lo sé.

—¿Qué tal estás por allí? ¿Va todo bien? ¿Bien las clases?

—Sí, sí, todo bien.

—¿Qué te ha pasado en el ojo? —A mi padre no le podía mentir. Tenía la capacidad de saber lo que estaba pensando casi antes de que yo lo pensara.

—Nada, nada.

—No te metas en peleas, Mateo… —comenzó a decir, pero tuve que interrumpirlo.

—Papá. No son peleas. Tranquilo, que todo va bien.

—¿Y ese chico…? ¿Tom se llama? —elucubró, esperando a que yo le contara un poco más.

—Sí. Tom. Es muy majo. Nos llevamos bien.

—Eso es lo importante, que estés cómodo en esa casa. Siempre será mejor que esta de locos.

—¡Justo lo que había pensado yo! —Me reí bobaliconamente delante de la cámara—. Aquí tengo mi propia habitación —repliqué, sonriente.

—Oye, pero no te olvides de nosotros, ¿eh?

—No prometo nada —bromeé.

—¡Que no llegamos! —chilló mi madre desde otra habitación. Mi padre dio un respingo del susto.

—Bueno, Mateo, me voy. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en escribirme, ¿eh? Sabes que te quiero.

—Lo sé, papá. Yo también.

—Y mamá también te quiere. No lo olvides.

—No lo olvido, no lo olvido.

Al menos tenía a mi padre. Podía hablar con él casi de cualquier tema. Casi. Había cosas que no le iba a contar. A ver, era mi padre, no mi amigo.

— Bloody hell! What happened to your eye, love?

—me preguntó esa mañana Debbie en cuanto aparecí en la cocina. La noche anterior había vuelto muy tarde a casa (otra vez) y Tom y yo ya estábamos cada uno en nuestra habitación.

— Nothing. It was an accident…

—me excusé.

— An accident? Your eye’s like a plum, dear. —

Se acercó todo lo posible para examinarlo más de cerca—. That’s nasty.

— Debbie, leave him alone

—intervino Tom mientras se servía dos tostadas en su plato—. Give him some space.

— Are you alright, love? —

preguntó, con preocupación genuina.

— Yes, yes. Everything… everything is fine.

—Traté de calmarla.

—Are you…?

—Debbie. Spanish, please.

—¿Qué pasó? —preguntó, preocupada, al tiempo que se llenaba una taza de café hasta el borde.

—Blackhill —dijo Tom antes de que yo pudiera explicarme, y la cara de Debbie cambió por completo. Su expresión era de una furia incontrolable.

— BLACKHILL?

—gritó. Tanto que Terrible dio un salto, maulló y salió corriendo de la cocina—. What on earth were you doing there?!

Miré a Tom, porque no estaba entendiendo nada. ¿Le podía contar la verdad? ¿Es que había problemas con ese colegio? ¿Por qué Debbie se había enfadado tanto?

—Era clase de PE. Estábamos corriendo y pasamos junto a la entrada. Se rieron de Mateo y él se defendió —explicó Tom, tratando de sonar casual y no hacer un drama de la situación. Sin embargo, Debbie quería hacer un drama. Parecía estar deseándolo.

—¿Se rieron…? —repitió, como si no lo hubiera entendido del todo.

— They were winding him up, Debbie

—tradujo Tom, y eso fue la gota que colmó el vaso. Debbie dejó la taza en la encimera con fuerza y puso las manos en jarra en sus caderas mientras nos miraba con gravedad.

— What the…?

¿Qué… dicen? —bramó, cambiando al español.

—Nada, nada.

—You can say it, love. Here…

no secretos. —Y cuando dijo la palabra «secretos», me vino a la cabeza la otra noche cuando llegó borracha y me pidió que no le dijera nada a Tom.

—Me llamaron zombie boy

—confesé al final, bajando la cabeza, algo avergonzado. Pero vi la expresión de Tom, que me miraba con cara de sorpresa… y de pena.

—¿Te llamaron zombie boy

? ¿Por qué? —preguntó Tom.

—Bueno, tú qué crees. —Señalé mis ojeras. Tom puso cara de circunstancia, como sin acabar de entender lo que le estaba señalando. Pero Debbie se acercó y me estrechó entre sus brazos, apretándome con fuerza contra su pecho. Incómodo.

—No… no… haces caso. —Se notaba que le costaba encontrar las palabras en español, pero lo intentaba, y la gran mayoría de veces lo conseguía —. Los students

de Blackhill… Todos idiotos.

—Debbie… —la llamó Tom.

—Son unos… classists?

¿Clasistas? Is that the word?

—Yo me encogí de hombros, porque tampoco tenía muy claro lo que quería decir.

—Debbie —volvió a decir Tom.

— My husband was from Blackhill…

— Mum!

—gritó Tom, y Debbie calló. Tom no me había hablado aún de su padre. Y yo tampoco le había preguntado. Supuse que estarían separados o algo similar.

—Ok. Ok. Si… dicen algo new

, me… tell me

. Tell?

¿Decir? —Apretó los puños—. You know, Mateo, next time they mess with you, let me know. I do boxing on Fridays.

—

No le hagas caso —intervino rápidamente Tom, arqueando las cejas.

—Gracias, Debbie —sonreí.

Esta asintió, miró el reloj en la pared y, al darse cuenta de la hora que era, volvió a coger la taza de café, la rellenó, nos dio un beso en la frente y salió de la cocina. No sin antes asegurarse de

que esa noche fuéramos a verla tocar con su banda. Escuchamos cómo se despedía de Emma, que estaba en el salón viendo dibujos animados, y, a los pocos minutos, salió de la casa a toda velocidad.

—Así es Debbie. Sobreprotectora con todo —me explicó Tom.

—Ojalá mi madre fuera así.

—¿Cómo es tu madre?

—No como Debbie. Eso desde luego.

—¿No os lleváis bien? —preguntó, curioso.

—A ver, no nos llevamos mal, ¿eh? Pero tampoco es una relación increíble.

— Oh, sorry to hear that.

—Acercándose un poco, estiró la mano y rozó la mía, como tratando de consolarme.

—No pasa nada —traté de quitarle importancia—. A ver si hoy al menos no hay peleas con otros colegios.

—Te queda bien el ojo morado —bromeó, con una sonrisa que dejaba entrever sus dientes.

—¿Verdad? Me hace más interesante. —Elevé el mentón, haciéndome el chulo.

—Ya eres interesante —me dijo con dulzura, y a mí se me puso la piel de gallina por unos segundos—. Es hora de irse. A este paso vamos allegar tarde.

Y, dándome una última caricia, se levantó de la silla, devorando la tostada que le quedaba en el plato de un solo bocado.

Salió de la cocina y me apremió para que saliera yo también.

Sin embargo, yo solo podía pensar en ese último roce de su mano, que cada vez se estaba convirtiendo en algo más habitual.

Esa mañana fuimos andando al colegio. A diferencia del lunes, que habíamos tardado solo diez minutos en coche con Angie, estuvimos andando cerca de veinticinco para llegar. Menos mal que Tom era previsor y salimos con tiempo. Porque Emma no dejaba de retrasarnos.

Seguía sin hablarme. Y si lo hacía, era en su idioma inventado. Tom insistía en que simplemente era rara, pero yo estaba del todo convencido de que me odiaba. Y, además, profundamente. Ella y ese gato diabólico que me bufaba cada vez que me acercaba a él unos centímetros.

Cuando llegamos a St. Mary’s, Roy nos estaba esperando en la entrada, apoyado en uno de los árboles que rodeaban el jardín delantero, junto a Vanessa y Antonia. Al vernos aparecer, Antonia nos saludó moviendo la mano e indicándonos que nos acercáramos.

—¡Hola, banda! —saludó Tom con entusiasmo—. Os presento a mi príncipe azul, Mateo Luarte. —E hizo una reverencia delante de mí, presentándome.

Antonia y Vanessa me empezaron a vitorear. Roy se limitó a arquear la ceja y mirarme con cara de asco. Aunque empezaba a pensar que esa era su cara natural. Menudo tío más sieso, la verdad.

«Que yo no he hecho nada, tío».

—Aprovecha tu minuto de fama, Mateo —me animó Tom mientras me aplaudía, siguiendo la broma que él mismo había iniciado.

— I hope you give them…