Capítulo 13 #3
Tom fue el siguiente en ir frenando. Su resistencia llegaba hasta donde llegaba, y podía ver lo mucho que le frustraba tener que bajar el ritmo hasta casi ir andando junto al profesor.
Poco a poco nos fuimos acercando a un edifico de color blanco, con varios pisos de altura y sus techos terminando en pico.
La entrada estaba cercada con unas vallas doradas y metálicas.
Estaba abarrotada de chicos y chicas, todos vestidos con un uniforme verde y blanco a cuadros.
Justo cuando íbamos a pasar por delante, todos los de nuestra clase fueron cruzándose de acera para no tener que pasar por ahí.
Sin embargo, yo iba tan empanado, tan concentrado en no morir, que me di cuenta demasiado tarde y seguí mi camino.
Pude leer en un letrero de madera, justo clavado en un césped perfectamente cuidado, el nombre del lugar: Blackhill School
. No sabía que hubiera más colegios en Northwood.
— Hey, zombie boy
—masculló alguien sentado en un poyete en la entrada. Ahí estaba el gilipollas del chándal de Adidas. El mismo que se había reído de Tom el otro día, frente a la iglesia.
Y ahora no solo estaban sus escuderos, sino medio colegio—. Haven’t you slept yet?
—¿Interesado en verme dormir o qué? —repliqué, frenando en seco. Nunca rehuía una pelea. Así que me tenía que arrepentir infinidad de veces después.
— Stop speaking Spanish, you muppet. We
’ re in Northwood!
—gritó una chica con el pelo rapado en el lateral izquierdo y un piercing en la nariz.
—Vamos, Mateo —me dijo Tom, que había aparecido tras de mí, cruzando la carretera para venir a salvarme.
—¿Quiénes son esos petardos? —le pregunté, mientras no dejaban de hacerme burla.
— Oi, zombie boy’s found himself a boyfriend! Wall-E and his pet! —
se burló el muy estúpido. Ya me tocaba las narices que se riera de mis ojeras, pero que se riera de Tom ya era pasarse. Y mira, había llegado la hora de partirle la cara. Aunque la última vez que me había metido en una pelea así, a Tom le había molestado.
Pero me daba igual.
Ese imbécil iba a aprender quién era Mateo Luarte.
Así que me acerqué hasta él y lo empujé, haciendo que cayera del poyete contra uno de sus amigos, que trastabilló y cayó al suelo.
— Mateo!
—gritó Tom, asustado.
— You’re dead, mate! You’re fucking dead! —
bramó levantándose de golpe, dispuesto a venir a por mí.
Pero Tom se interpuso y, desde ese momento, todo pasó muy rápido.
El chaval del chándal empujó a Tom, que estuvo a punto de caerse al suelo.
Y, cuando el resto de nuestra clase lo vio, empezaron a gritar y todos cruzaron la carretera como locos, dispuestos a meterse en una buena pelea.
— Oi! Lads! That’s enough! Break it up! Right now! —
gritaba el profesor Davidson, totalmente superado por la situación. Pero
¿qué pretendía? Si se metían con alguien de su clase, todos iban a responder.
La pelea multitudinaria que se formó fue la más grande en la que había estado en mi vida.
Por suerte, Tom y yo ni siquiera nos metimos de lleno, porque, en cuanto lo empujaron, todos los de la clase que lo vieron vinieron corriendo para interponerse entre Tom y los del otro colegio.
Ni idea de quién pegó el primer empujón, pero eso, en pocos segundos, se había convertido en un auténtico partido de fútbol americano repleto de hooligans.
No solo intervino Mr. Davidson, sino varios profesores del Blackhill School.
Y, después de varios minutos de tensión, consiguieron calmar las aguas y separar a todo el mundo.
Eso sí, yo al final me llevé un codazo de regalo en el fragor de la batalla.
Justo al lado del ojo. Me dolió horrores.
Aunque estaba tan nervioso y repleto de adrenalina que seguramente me dolió mucho menos de lo que debería haberme dolido.
Llevaba solo tres días en Northwood y ya era la segunda pelea en la que metía. No solo eso, sino que encima me había llevado un ojo morado de propina. Desde luego, eso sí que me iba a hacer parecer un zombie boy
en toda regla. «Mierda».
—En St. Mary’s School no aprobamos la violencia. Eso tiene que quedar claro, Mateo —me dijo el director Ashcombe con seriedad pero en un tono neutral—. Mr. Davidson me ha dicho que empezaste la pelea.
—¡Yo no empecé la pelea! —me defendí—. Esos niñatos se metieron con Tom y conmigo.
—La rivalidad entre St. Mary’s y Blackhill viene de lejos —empezó a explicarme—. Y entiendo que quieras defender a tu amigo. Pero las cosas no se hacen así.
—Ya, pero…
—¿Has ido a enfermería a que te revisen ese ojo morado? —Entrecerró sus ojos, como estudiándolo.
—No. El profesor me mandó directamente a su despacho —respondí, cabizbajo.
—Al ser la primera falta, no te voy a castigar —dijo, con orgullo—. Pero ya no toleraré más problemas. Al siguiente, tendré que ponerme en contacto con tu responsable, la señorita Wetherford.
—Vale, vale. Sí, lo entiendo —asentí, respirando aliviado.
— It’s noble to stand up for a friend —
comenzó a decir—. Is Green all right?
— Yeah, he is. I guess
—respondí, cauto.
—Primer día y ya nos hemos visto dos veces —sonrió—. Que no se convierta en un hábito, ¿entendido?
—Entendido.
— Physical violence is never the answer in St. Mary’s, Mateo. But I understand why you lost your temper.
Con esas palabras, el director Ashcombe se levantó, invitándome a irme, así que me puse en pie con tantas ganas que estuve a punto de tirar la silla, y le hice una medio reverencia antes de ir hacia la puerta.
— That’s… quite unnecessary
—me dijo, visiblemente incómodo.
— I know. I don’t…
No sé por qué lo he hecho. —Por supuesto, la volví a hacer. Llegué a la puerta, la abrí y salí del despacho, libre al fin.
—¿Luarte? —Hablé demasiado pronto. Ashcome tenía una última pregunta que hacerme al parecer.
—¿Sí? —respondí, girándome de nuevo.
—¿Cómo quedó el otro chico?
—¿Eh? —Me señaló con la mirada mi ojo morado y, entonces, entendí a lo que se refería—. Physical violence is
never the answer in St. Mary’s.
—Ashcombe asintió, sonriente y complaciente.
Primer día de clase en Northwood y ya había visto más al director que en mi colegio en Madrid. Debía de haber roto alguna especie de récord o algo así.
Por suerte, el resto de la mañana fue bastante más tranquilo.
Eso sí, todo el mundo me preguntaba por mi ojo morado y por la pelea con Blackhill.
Sí que odiaban a esos estirados, desde luego.
Tom estuvo muy preocupado, mirándome cada cinco segundos, preguntándome si estaba bien e insistiendo en que tuviera cuidado con el ojo.
Su vena protectora había salido a relucir y a mí me encantaba que me cuidara, aunque fuera un poco.
Eso a uno le hace sentirse bien. Hay otras personas que odian que las cuiden, porque las hace sentirse indefensas.
Yo supongo que era todo lo contrario. Me gustaba saber que alguien se preocupaba por mí.
Y, sorprendentemente, la primera persona que lo había hecho en mucho tiempo era un chico que solo conocía de unos pocos días.