El mundo entre nosotros Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

La gente en ese colegio le tenía respeto.

Bueno, no sabía si respeto… o pena por lo de su pierna.

Aún no conocía a la gente lo suficiente como para saberlo.

Sin embargo, si no me la hubiera enseñado, seguramente no me habría dado cuenta de lo que le pasaba.

Y desde el incidente de la mañana en su casa, no le había visto protestar ni una sola vez.

Entonces, recordé lo que me había dicho Debbie.

«Cáncer». «¿Lo sabría todo el mundo? ¿O también pensarían que la verdad era la historia del tiburón? ».

— I’m back!

—espetó, sentándose junto a mí, dejando sobre la mesa un plato con tres dónuts de chocolate y dos latas de Coca-Cola—. No es mi mejor receta, pero seguro que te gustan.

—Gracias. ¿Cuánto te debo? —pregunté, y me miró como si le hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.

— Just eat it.

Eso es lo que me debes —sonrió—. Menos este. Sorry, it’s mine.

Es mío. —Cogió uno de los dónuts del plato y se metió la mitad en la boca. Justo en ese momento sonó un timbre que me taladró la cabeza.

—¿Es que hay un incendio o algo?

—Es el aviso de que solo quedan cinco minutos de break

. Ahora tenemos PE.

—¿Pi i? –repetí.

— Physical Education.

—Ah, Educa de toda la vida. Mierda, pues yo no tengo chándal…

—Lo metí en tu mochila. Más o menos tenemos la misma altura, así que supongo que te quedará bien. Quizá un poco más grande que a mí —dijo Tom mientras me miraba de arriba abajo.

—¿Me estás llamando bajito?

—¿Yo? I would never!

—Se echó a reír. Como siempre, a carcajadas.

Mientras me comía el dónut con una mano y bebía la Coca-Cola con la otra, anduvimos por el pasillo atestado de alumnos

hasta llegar a nuestra clase para coger las mochilas e ir al gimnasio.

Primero entramos en los vestuarios, con duchas al fondo, taquillas y varios bancos de madera dispuestos uno tras otro.

Ahí era imposible cambiarse sin que te vieran.

Odiaba eso. No estaba cómodo desnudándome delante de los chicos de mi edad, y menos aún delante de chicos a los que no conocía.

¡Y encima delante de Tom! Aunque, para ser honestos, esa misma mañana había estado a punto de verme totalmente desnudo, así que… Tampoco iba a haber mucha diferencia.

Todos estaban quitándose el uniforme. Fuera camisetas, fuera zapatos.

Fuera pantalones. En poco menos de cinco minutos, estaba rodeado de chicos en calzoncillos, jugando a pegarse, riéndose de su ropa interior o mirándose en el espejo a ver quién tenía más abdominales.

Yo, por mi parte, afronté que mi pánico a desnudarme era real.

Quizá la vergüenza que tenía iba a protegerme de que me excitara de más.

Hasta que Tom empezó a desvestirse.

Primero se quitó el jersey del uniforme.

Y mientras lo hacía, se llevó media camisa y tardó unos segundos extra en quitárselo todo bien.

Luego fue la camiseta blanca, y se quedó desnudo de cintura para arriba.

No tenía los músculos que tenían sus compañeros, ni mucho menos.

Y eso es lo que lo hacía tan tremendamente atractivo.

Al menos para mí. No tenía ni un pelo. Ni en el pecho ni en la tripa. Nada. Cero.

—¿Te vas a cambiar hoy o mañana, Mateo? —me dijo al pillarme mirándolo. Así que tuve que disimular a toda velocidad.

—Sí, sí. Voy, voy. —Abrí mi mochila para sacar la camiseta y los pantalones cortos de gimnasia, además de las zapatillas y unos calcetines extra que me había metido él esa misma mañana.

Me quité la parte de arriba a toda prisa y, sin que pasara casi tiempo, me puse la camiseta de deporte. No quería que nadie me

viera. Iban a pensar que estaba enfermo o algo.

No solo porque era muy delgado, sino por mi espalda repleta de manchas.

Y a la gente le solía dar… reparo verlo, como si fuera contagioso o algo así, cuando simplemente se trataba de dermatitis.

Una crema y listo. Aunque con el agobio que estaba sintiendo esa mañana, seguramente se estaría poniendo mucho peor.

Cuando volviera a casa, iba a tener que embadurnarme bien con la crema. Llevaba desde que había llegado a Northwood sin ponérmela…

—Te queda bien la camiseta, ¿no? —señaló Tom, mirándome de arriba abajo.

—Sí. Un poco grande pero bien —sonreí, nervioso.

— Sick.

—Se puso de pie, bajándose los pantalones y quedándose en calzoncillos.

Unos slips blancos con el elástico de color azul que le quedaban un poco pequeños, a decir verdad.

La mirada se me fue directamente a su paquete, pero, en cuanto me di cuenta, giré bruscamente y metí la cabeza en la mochila. Literalmente.

Saqué los pantalones cortos y los coloqué en el banco junto a mí.

Mientras, Tom se sentó a mi lado y sacó una nueva prótesis de la taquilla que tenía detrás.

Esa era diferente. No se asemejaba a una pierna, sinoque más bien parecía una especie de pala, o casi como si fuera la pata de algún animal.

Había visto algo similar en el deporte profesional, en el atletismo de los Juegos Paralímpicos que solía poner mi padre en la tele.

La de Mateo era negra y brillante. Me miró, me guiñó un ojo y, tras soltarse la prótesis que traía de casa, cogió la nueva y la encajó con fuerza en su rodilla hasta que sonó un ¡clac!

que indicaba que ya estaba sujeta. Cerró la sujeción con una especie de cinta de velcro y se puso en pie para probarla.

La prótesis nueva se dobló un poco, como si fuera de goma, y volvió a recuperar su forma al momento.

—¿Te gusta? Es de fibra de carbono —me explicó, orgulloso.

—Sí, sí. Es superpró —respondí, todavía evitando mirarlo directamente. Porque seguía en calzoncillos y parecía darle igual.

—¿No te cambias los pantalones? —preguntó, señalándolos con la mirada.

—Sí, sí. Ahora —me apresuré a responder. Empecé a desabrochármelos.

Mateo dio un par de saltos pequeños con la pierna, probándola nuevamente, y yo aproveché su despiste para quitarme los pantalones a toda prisa y ponerme los del chándal sin que nadie me viera.

Sobre todo porque estaba demasiado excitado.

No había podido evitarlo. Y solo me faltaba que el primer día el resto de los chicos de clase me viera empalmado mientras miraba a Tom.

—¿Y tú no piensas vestirte? —Quizá lo dije demasiado agresivo, pero es que… ¿a qué demonios esperaba? ¿Iba a estar paseándose medio desnudo por el vestuario mucho más tiempo?

—¿Me pasas los pantalones? —Señaló su mochila.

Metí la mano dentro, rebusqué un rato y saqué sus pantalones cortos.

Se los di y, sin sentarse, se los puso. Primero una pierna, luego la otra.

Y tras eso, se puso también la camiseta, hasta que se sentó de nuevo junto a mí y se calzó la zapatilla en el pie izquierdo—. Ready!

¿Tú?

—Desde hace un rato —indiqué.

—¿Preparado para correr?

—¿Correr?

—Siempre empiezan los lunes así, con una vuelta corriendo por el pueblo.

—¿Cómo que por el pueblo? —pregunté alarmado.

—No es para tanto, no creas. Es bueno para la resistencia. Yo lo necesito. Me canso mucho desde… —No terminó la frase—. Don’t you do running in PE back home?

—Sí, pero en el patio. No corremos por la ciudad —argumenté, como si fuera algo obvio.

—Welcome to a new experience then

—sonrió y, después de darme una palmada en el muslo, se puso de pie de un salto. Era sorprendentemente ágil con esa nueva prótesis deportiva.

Y no solo me lo demostró en el vestuario, sino durante toda la clase de PE, que duró dos horas.

El profesor, Mr. Davidson, no era un dechado de simpatía.

Ni siquiera estaba muy seguro de que disfrutara un mínimo el estar ahí con nosotros.

Se limitó a gritarnos la mitad de la clase.

Y la otra mitad a ignorarnos deliberadamente.

La presentación fue corta. Únicamente me preguntó por mi nombre, y antes de terminar de decírselo, ya estaba hablando por encima de mí.

A diferencia de otros profesores, a él era imposible entenderlo.

Tom me explicó que era escocés y que ese acento era de los más difíciles de entender.

Desde luego, porque conseguí pillar dos palabras contadas.

Así que me limité a pegarme lo máximo posible a Tom, que me iba traduciendo cada cosa que decía Mr. Davidson.

Primero dimos una vuelta al campo de fútbol del colegio, hasta que el profesor nos indicó que siguiéramos hacia la parte delantera del edificio y, una vez allí, lo seguimos hacia la carretera, corriendo todos en fila por una de las aceras que nos llevaban hacia el centro de Northwood.

Yo ya estaba cansado antes casi de empezar a correr, y el hecho de pensar que luego teníamos que volver me hacía sentirme mal físicamente, y no estaba exagerando lo más mínimo.

Tom me iba hablando de cuando en cuando, pero yo era incapaz de responder, porque, si malgastaba la poca energía que me quedaba en hablar, me quedaría en el sitio y tendrían que recogerme con una camilla.

Al menos el camino era cuesta abajo (ojalá la vuelta fuera andando y no corriendo, porque entonces no me iba a parecer tan bien), por lo que tardamos muy poco en llegar al centro de Northwood. Íbamos sorteando a viandantes y

coches, siempre con un orden increíble. «Si hiciéramos esto en mi colegio en Madrid, mínimo alguno terminaría atropellado, y la mitad tratarían de escaquearse».

Aquí el profesor iba el último, siempre vigilante.

Tom y yo íbamos por la mitad. Verlo correr —a Tom— era hipnótico.

Iba recto, con los brazos como si fuera un auténtico profesional y con media sonrisa siempre dibujada en la cara.

Muy concentrado sobre todo en su respiración: «Si me centro en respirar, no me canso tanto», me había comentado justo antes de empezar.

Yo me fui quedando rezagado y casi el último en la fila. Habría que aguantar lo que se pudiera.

—C’mon, laddie! Move your legs, espaniolito! —

me gritó el profesor desde atrás.