El mundo entre nosotros Capítulo 13
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Capítulo 13

Menos mal que estaba sentado con Tom. Porque esa profesora hablaba a tal velocidad que era imposible enterarse de algo.

Incluso el resto delos alumnos de la clase parecían totalmente perdidos con la cantidad de datos que nos estaba dando o apuntando en la pizarra.

Una profesora con pelo rizado y de color rojo oscuro, gafas enormes y una cara de facciones afiladas.

Era bajita y sonriente, y no paraba de hablar.

Ni-un-solo-segundo. Quizá no quería dejar espacio para el silencio, con el fin de evitar que sus alumnos se pusieran a hablar.

—¿Siempre son así vuestras clases de Mates? —pregunté, agobiado, mientras no paraba de apuntar.

—¿Demasiado rápido para ti?

—¿Para mí? Para cualquiera. Va a toda hostia —me quejé.

—¿Hostia? —repitió Tom, perplejo.

—Es una expresión. No hace falta que la aprendas —me apresuré a decir a la vez que apuntaba la última fórmula que la profesora había escrito en la pizarra—. ¿Cómo se llama?

—¿La ecuación?

—No. La profesora.

—Ah. She’s Miss Apple

. She used to be my tutor back in Year Four…

Cuando yo tenía… ¿ocho años? Y ahora me da Matemáticas —recordó Tom—. Antes tenía el pelo liso. Parece

ser que le sienta mal la humedad. —Y se echó a reír—. Porque ahora lo tiene rizado. Did you get it? The pun?

¿El chiste?

—Sí, sí, lo pillé —le aclaré.

La profesora Apple se giró para mirarme de manera amenazadora al pillarme hablando, así que agaché la cabeza y fingí que seguía escribiendo en el cuaderno. Por si acaso. Tampoco quería que me conocieran los profesores por ser el hablador, ¿no?

A esa clase le siguió otra de English Literature

y después el recreo, que duraba unos veinte minutos.

Tom y yo salimos casi de los primeros de la clase.

Mucha gente no dejaba de mirarnos. Casi como si yo fuera un mono de feria.

Era el nuevo. El exótico chico nuevo, que venía directamente de la soleada España.

Algunos me preguntaban por su pronunciación, si la hacían bien.

Otros me pedían que les enseñara palabras nuevas (casi siempre porno).

Y otros pocos, simplemente, se limitaban a estudiarme, y si podían dejarme en ridículo, lo hacían.

— Watch out, Spanish boy!

—me gritó un chico después de ponerme la zancadilla deliberadamente, casi tirándome al suelo.

—Veo que en todos lados hay gilipollas —repliqué, pero claro, el chico ese no entendió lo que le estaba diciendo.

—Al final acabarán entendiendo qué significan esos insultos —me advirtió Tom.

—Mientras no lo sepan, aprovecharé.

Salimos al patio trasero, junto al campo de fútbol, y estaba repleto de alumnos y alumnas.

Antonia fue la primera en vernos y vino corriendo hacia nosotros.

Vanessa estaba rodeada de un grupo de chicas, todas ellas sentadas en los escalones de uno de los laterales del edificio, mirando sus móviles y riéndose histriónicamente.

Sin embargo, no había rastro de Iwan o de Roy.

—¿Qué tal tus primeras clases? —me preguntó Antonia.

—Una locura. Pero creo que me voy enterando de algo…

—Irás acostrum… acrostum… A…

—Acostumbrándote.

—¡Eso! Qué difícil es el español. Andrew! Andrew!

—chilló Antonia, elevando el brazo y saludando efusivamente a un grupo de chicos y chicas que jugaban con un balón de fútbol.

Al vernos, uno de ellos nos sonrió de vuelta y vino hacia nosotros.

Llevaba una parte del pantalón remangada casi hasta la rodilla y la chaqueta del uniforme atada a la cintura con un doble nudo.

Su nariz achatada contrastaba con su mandíbula marcada.

Tenía el pelo castaño y cortado casi a tazón.

No era mucho más alto que yo, pero sí que parecía tener los brazos mucho más largos.

Vino corriendo y se paró justo delante de nosotros.

Olía a sudor. Como si llevara horas jugando al fútbol.

— Hey, Antonia! You alright? Hey, Tom. —

En cuanto saludó a Tom, este se puso rojo como un tomate.

— Hi, Andrew —

se apresuró a decir—. Este es Mateo. He’s my exchange partner.

Mi… —y me miró, esperando la aprobación antes de hablar—, mi alumno de… interrcambio.

—Oh, encantado, Mateo. Nice yo meet you. Welcome to the madhouse.

—Me dio un par de palmadas en la espalda.

—Andrew va a clases de Spanish

conmigo —me explicó Antonia—. Por eso sabe hablarlo tan bien. Lo hace bien, ¿verdad?

—Eso parece.

— Do you guys want a kickabout?

—Señaló a su grupo de amigos, que seguían dando toques al balón de fútbol.

— I’ll pass. Thanks

—dijo Antonia—. Another day.

— Ok!

Un placer, Mateo. —Hizo un gesto con la mano, como despidiéndose al estilo militar.

—Igualmente —respondí. Andrew nos dedicó una última sonrisa, miró a Tom más tiempo que a ninguno de los tres, y se fue corriendo de nuevo con sus amigos, quienes lo esperaban

para hacer una carrera hasta una de las porterías—. Parece majo, ¿no?

—Sí. He’s nice.

—Super nice

—añadió Tom, pensando en alto.

—No sé si diría tanto, pero me fío de vosotros —bromeé—. ¿Qué se hace aquí en el recreo?

—Pues… podemos ir a la cafetería, pero a estas horas habrá mucha gente y una cola enorme para pedir comida —me fue explicando Tom—. También podemos ir a la parte trasera, donde está la cancha de basket. Though

los lunes siempre está el grupo de los que fuman weed

a escondidas y eso no te lo recomiendo. Porque luego cuesta muchísimo quitarse el olor de encima.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté, tratando de chincharlo un poco.

— You don’t want know. Trust me

—dijo Tom con fuerza, zanjando de golpe el tema—. También está la biblioteca. Algunos dicen que es la más antigua de todo UK. There’s a saying…

— Before Northwood was, its books were —

añadió Antonia de forma automática.

—Algo así como «antes de que existiera Northwood, estaban sus libros» —se apresuró a traducirme Tom.

—Sí. Lo-lo había entendido —me expliqué.

Tampoco quería que pensaran que era tonto de remate y ni siquiera sabía las palabras más básicas del inglés.

Eso sí, me costaba creer lo que me acababan de contar.

¿La biblioteca más antigua del Reino Unido?

¿En ese pueblo de repente? Era, como poco, improbable.

—En la biblioteca no se puede hacer mucho, más allá de tratar de buscar libros prohibidos y esas cosas —expuso Tom.

—¿Libros prohibidos?

—Sí. Sobre demonología de la Edad Media…

— Iwan swears he found

… —comenzó a decir Antonia, pero, al momento, se corrigió y volvió a hablar en español—. Iwan jura que encontró una biografía del Anticristo.

—Eso no puede ser. ¿En serio? —respondí, entre suspicaz y curioso.

— You’ll have to ask him for yourself —

replicó Antonia, encogiéndose de hombros y haciéndose la interesante—. If you dare.

— Oh, eh… I… I will.

—

También está el grupo de los que juegan al fútbol, like

Andrew. Pero son muy buenos.

—¿Y Roy? —pregunté, al recordar que lo había visto a primera hora en el pasillo.

—Estará castigado por llegar tarde. Siempre le pasa los lunes —explicó Antonia como quitándole importancia.

—¿Solo los lunes?

— Classic Roy

—se rio.

—Me lo encontré antes de entrar en clase. Creo que no le caigo muy bien. —Ya que las pocas veces que habíamos compartido el mismo espacio no había sido muy simpático conmigo que digamos.

—Así es Roy —lo defendió Tom—. No se lo tengas en cuenta.

—Bueno, no lo conozco. Así que un poco sí que se lo tengo en cuenta —repliqué yo.

— He’s sound, really.

—

¿Es… sonido? —pregunté, confuso. ¿Qué…?

— Oh, sorry

. Es una expresión. It means he’s a good guy.

Significa que es buena gente —aclaró Tom.

— HEADS UP! —

chilló alguien en la lejanía, y eso fue lo último que escuché. Y lo último que vi fue la expresión de terror de Tom antes de quealgo me golpeara en la cabeza y me tirara al suelo, dejándome completamente KO.

Cuando abrí los ojos, tardé en entender dónde estaba o lo que acababa de pasar. Después de ir enfocando poco a poco, una vez me despedí de la vista borrosa, distinguí a Tom, que estaba justo

encima de mí, mirándome con preocupación. A su lado estaban Antonia, Vanessa y el tal Andrew.

— Mateo, are you alright? —

me preguntó Tom, ofreciéndome su mano para levantarme. Me dolía la parte posterior de la cabeza. ¿Qué me había dado? ¿Una piedra?

— Yes… I think

—dije mientras me incorporaba poco a poco con la ayuda tanto de Andrew como de Tom.

— Sorry, mate —

se disculpó Andrew, y vi que en sus pies estaba elbalón de fútbol de antes. Así que había sido eso: me habían dado un buen balonazo en la cabeza.

—Solo estoy un poco mareado… —admití.

—Mareo —sonrió Vanessa con mala leche, y yo la quise matar con la mirada.

—Tus reflejos son peores que los míos —se rio Antonia. Genial, ¿iba a ser el mono de feria del que todos se iban a reír?

—Tranquilo. Vamos a la cafetería y tomamos una Coca-Cola y te sientas —sugirió Tom, supercuidadoso—. Watch it next time, Andrew.

—

Lo siento… —Pero ya nos estábamos yendo, y Tom seguramente ni siquiera escuchó su disculpa.

La cafetería del St. Mary’s School era enorme, como todo por allí.

Los techos altos seguían siendo la marca distintiva de cada zona del colegio, y la cafetería no era una excepción.

Como me habían dicho antes, estaba totalmente abarrotada, pero conseguimos encontrar una mesa libre.

Tom me dejó sentado y se fue a pedir algo de beber, insistiendo en que yo me quedara ahí descansando.

Casi como si me hubieran pegado un tiro o algo peor.

Menudo exagerado. No obstante, no le iba a llevar la contraria.

Había algo que me gustaba: que alguien se preocupara por mí.

Y si ese alguien era Tom, pues me gustaba más aún.

Al verlo, la gente hizo un pasillo para que pudiera pasar y llegara hasta la barra rápidamente.