Capítulo 12 #2
—Se giró para buscarla segundos antes de llegar a un paso de cebra.
Ni siquiera frenó, y menos mal que la señora que estaba a punto de cruzar se lo pensó dos veces antes de poner un pie en la carretera, porque, si no, habríamos acabado en comisaría.
Después de un rato buscando, fue Tom quien encontró la carpeta y se la entregó a Angie, que volvió a mirar hacia delante y dio un frenazo al ver el semáforo en rojo.
Acto seguido, me dio la carpeta. La abrí y estaba llena de papeles—. The last one.
La última hoja era una especie de formulario donde tenía que poner mi nombre, el nombre de la familia con la que me quedaba y, además, había una tabla que iba de lunes a viernes, con espacio suficiente para poner lo que había hecho cada día.
—¿Y no puedo rellenarlo online en algún sitio? —protesté.
—Estos papeles, por favor.
Pues vaya atraso. A esas alturas y tener que rellenarlo todo con boli. Aunque solo tenía que completar los días de colegio. El fin de semana no estaba incluido en el informe.
—Y aquí pongo… —comencé a decir.
—Todo —me interrumpió.
—¿Todo?
—Todo. Estas
papeles luego se enviarán a tu colegio en España —me explicó. Me guardé las ganas de corregirla. Mejor que se centrara en conducir y no matarnos en el intento.
—Eh, vale, vale. Pues… todo, todo. —Cerré la carpeta y la guardé dentro de la mochila.
En pocos minutos llegamos al colegio donde iba a pasar la nueva etapa de mi educación: St. Mary’s School. Nos detuvimos casi en la entrada. Estaba repleta de gente de mi edad. En
realidad, de todas las edades. Iban en bicis —que aparcaban en unas anillas metálicas que salían del suelo— o andando.
Otros se bajaban de los coches de sus padres.
Coches de todo tipo. Desde modernos y eléctricos hasta jeeps todoterreno o antiguos como el que tenía mi abuelo en Madrid.
Frente a nosotros, el colegio. El que ya vi el día que llegué a Northwood.
Su fachada era de color rojo anaranjado y tenía la puerta central abierta de par en par.
En los jardines que rodeaban el edificio había varios grupos mirando el móvil o jugando al fútbol entre los árboles.
Había llegado el momento. Ya estaba allí. No podía dar marcha atrás.
El pulso me iba a mil por hora.
Tenía miedo de hacer el ridículo constantemente.
O de no enterarme de nada en clase.
¿Para qué había ido hasta Northwood sin tener ni idea de inglés, a vivir con unos desconocidos, durante todo un mes?
¿Realmente había sido mi mejor decisión?
¿Estaba a tiempo de dar marcha atrás?
¿Y si fingía que estaba malo y…?
— Ready? —
Tom me sacó de mis pensamientos cuando habló desde el asiento de atrás, colocando su mano suavemente sobre mi hombro.
—Supongo —respondí, sintiéndome aliviado de golpe gracias a su roce. Inspiré profundamente (y muy teatralmente, la verdad) y abrí la puerta del coche.
Sin embargo, cuando fui a salir, por poco no fui atropellado por un patinete que pasó a mi lado a toda velocidad. «¡Joder!».
— Bloody teenagers and their bloody e-scooters
—refunfuñó Angie mientras daba una larga calada a su cigarrillo. Espera, ¿cuándo se lo había encendido? Ni me había dado cuenta—. ¿Estás bien? Did he hit you?
—No, no. Estoy bien, estoy bien —le confirmé—. No ha pasado nada.
Emma ya había desaparecido del coche; la vi a lo lejos, sumergiéndose en un grupo de niñas como ella.
Todas de la misma altura, casi con la misma ropa y el mismo pelo.
Y como si hubieran notado que las estaba mirando, se dieron la vuelta todas a la vez.
Parecían protagonistas de una película de terror.
Una mente colmena con poderes telequinéticos.
—Vamos —me instó Tom, colgándose su mochila al hombro y caminando hacia la entrada.
Su pierna ya no parecía molestarle. Y si lo hacía, había decidido disimular delante del resto del colegio.
No se parecía en nada al que iba en Madrid, eso desde luego.
Los coches, el humo y el ruido de la ciudad ahí se veían sustituidos por hierba recién cortada, olor a pino y las campanas de la iglesia, que repicaban para anunciar la hora: las ocho en punto.
Según nos fuimos acercando a la entrada principal, con Angie yendo detrás de nosotros a una distancia prudencial (en mi colegio la habrían detenido como poco al verla fumar cerca de niños), esperando a que Tom se fuera a clase y yo me quedara a solas con ella.
Sin embargo, Tom estaba deseando enseñármelo todo.
Era incapaz de mantenerse quieto más de dos segundos.
Me señalaba la piscina cubierta, el gimnasio y el salón de actos donde se hacían las obras de teatro, o dónde estaba su clase de cuando era pequeño.
Y, por supuesto, también la cafetería. Porque eso era lo más importante.
—Ahí es donde se hacen amigos de verdad. Ahí conocí a la banda, ¿sabes?
—¿Es que no van a tu clase? —Se me hacía raro que sus mejores amigos no fueran con él. Pensé en Ale y Juan. ¿Qué haría sin ellos en mi clase? Sería horrible.
—Qué va. Roy y Vanessa van a una. Iwan a otra. Yo a otra y Antonia a otra. Estamos casi todos separados. Así que fue el destino. Fate brought us together, right?
Pure fate.
Aunque ya sé que no crees mucho en esas cosas.
—No, la verdad es que no.
— You will —
respondió, plenamente convencido—. Después de este viaje, ya verás como cambias. Siempre hay que creer un poco en la magia y en cosas fuera de… de nuestro alcance. Si no, la vida sería muy aburrida. O eso es lo que dice Debbie. Life needs a bit of sparkle —
sonrió.
—¿Por qué llamas a tu madre por su nombre? —le pregunté, curioso. Yo nunca había llamado a la mía por el suyo. No me salía, la verdad. Y si lo hacía, era con mi padre cuando quería que me prestara más atención.
—¿Y por qué no? Me encanta hacerlo. And she loves it! She told me… I think
—me explicó—. ¡Venga, que te enseño nuestra clase!
— Not now, Thomas
. Mateo needs to come with me. Mateo, let’s go. The headteacher is waiting.
—Entendí que con eso se refería al director del colegio.
Así que Tom se despidió y entró en su aula, mientras Angie me indicaba por dónde debíamos ir hacia el despacho del director.
Ese colegio por dentro era inmenso, con techos altísimos y paredes recubiertas de cuadros antiguos o de alumnos ilustres, con sus vitrinas repletas de trofeos y todo.
Y también taquillas, al más puro estilo americano.
Nos cruzamos con el resto de los alumnos, y con algunos profesores que miraban, confusos, a Angie.
Porque, seamos sinceros, llamaba la atención.
Aunque al menos se había dignado a apagar el cigarrillo que…
¿Estaba fumando otro? ¿Dentro del colegio?
—El director no habla mucho espaniol.
Pero lo entiende. Así que todo bien, right?
—Sí, claro. Eh… no sé si está permitido fumar aquí dentro o…
—Si no se puede, alguien me lo dirá —se excusó, como si no fuera con ella la cosa, hasta que llegamos a unas escaleras que llevaban al piso de arriba. Y, por supuesto, mientras subíamos, un hombre de barba blanca muy poblada y chaqueta verde
oscuro miró con desagrado a Angie y le indicó con los dedos que debía dejar de fumar. Angie asintió y se quitó el cigarrillo de la boca, pero, en cuanto lo perdimos de vista, volvió a llevárselo a los labios.
Al final del pasillo de la primera planta había una pared de cristal y una puerta, a través de la que se podía ver un despacho enorme. En la puerta se podía leer headteacher
en letras doradas y, justo debajo, mr.alistair p. ashcombe.
—Aquí es —señaló Angie.
Dio la última calada, lo apagó en la suela de su zapato y lo dejó cuidadosamente en el suelo.
— I’ll pick it up later
—me explicó al ver mi mirada acusatoria.
Llamó con suavidad a la puerta, golpeando brevemente el cristal con los nudillos, y a los pocos segundos una sombra se acercó y abrió.
Ahí estaba el director del St. Mary’s School: Mr. Alistair P.
Ashcombe. Era mucho más alto que Angie. Estaría cerca de los dos metros de altura.
Lo que le faltaba de pelo en la cabeza lo compensaba con una barba gris tupida y muy bien cuidada.
Llevaba gafas de montura fina a medio poner (tenía pinta de que no dejaba de luchar con ellas porque las patillas estaban sueltas y se le resbalaban por la nariz) y una chaqueta de cuadros muy elegante.
Su espalda ancha y su presencia magnánima lo hacían parecer mucho más grande de lo que era en realidad.
Además, me fijé en que tenía una especie de quemadura en la parte derecha de la cara, le iba desde el ojo hasta el comienzo de la barba.
Sin embargo, tenía pinta de haber sido hace mucho tiempo.
Una cicatriz con una historia que contar, eso seguro.
Y en sus manos, justo debajo de los nudillos, un tatuaje.
Varias letras que juntas deletreaban la palabra «Virtus».
— Good morning. You must be Mateo Duarte, right?
—Su voz era suave y conciliadora, pero con un toque de sabiduría ancestral.
—Luarte. Mateo Luarte —lo corregí. Nadie acertaba mi apellido a la primera.
—Luarte. My sincere apologies. Mateo Luarte. Have I got that right?
—
Sí. Digo yes —
me apresuré a decir.
— Excellent. Please, come in.