El mundo entre nosotros Capítulo 11
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Capítulo 11

— Wake up, man! —

gritó Vanessa.

El ambiente en el partido de críquet era asombroso.

No había gradas, sino una especie de campo de fútbol enorme en el que la gente se sentaba en los márgenes, en los alrededores.

Bueno, es que en realidad no era un campo de fútbol.

Solo se parecía en que era de hierba. No entendía ni una sola de las normas del juego que me había explicado Antonia.

El críquet era muy difícil de pillar. Pese a ello, yo lo intentaba.

El problema era que, cada vez que pensaba que había entendido algo, pasaba otra cosa en el juego que lo cambiaba todo. ¡Y así era imposible enterarse!

—Pásame las patatas —pidió Iwan, estirando el brazo por encima de mí, haciendo gestos con los dedos y diciendo «patatas» de una forma muy graciosa.

—Si las acabas de tener. Déjanos comer a los demás —protestó Antonia.

— Oh, leave it out! I’m famished!

—¿Fa…?

—Tiene mucha hambre —me tradujo Tom—. ¿Te gusta el partido?

—No me entero de nada.

—Claro, es normal. Nadie se entera al principio. Pero, créeme, luego es un deporte muy emocionante. —Se recostó hacia atrás,

apoyándose sobre los codos. En cuanto lo hizo, vi a Roy mirándome desde el final de la fila que habíamos creado al sentarnos. ¿Otra vez?

—¿Tú sabes jugar? —le pregunté.

—Qué va —respondió, poniéndose la mano sobre la frente para tratar de ocultar un poco el sol—. Yo sé jugar al fútbol. Pero no sé ningún deporte más.

—Ya sabes hacer más que yo. No me gusta el deporte. —Volví a mirar hacia el campo cuando varios espectadores frente a nosotros se pusieron en pie, gritando como unos posesos—. ¿Qué ha pasado?

—El equipo rojo ha hecho un run —

me explicó Tom.

—¿Vamos con ellos?

—No vamos con nadie. Solo venimos a ver el partido por el ambiente. Bueno, y porque es divertido —añadió—. ¿Te lo pasas bien?

—Sí, aunque sigo perdido.

— Hey, Mateo. Can you pass me…

las patatas? —me susurró Iwan, desesperado por conseguir la bolsa que Antonia se negaba a soltar.

—Le puedo preguntar…

— Oh, fuck it! Here, take them! All for you!

—gruñó Antonia. Le dio la bolsa a Iwan, pero primero cogió un buen puñado y se las metió de golpe en la boca.

—¡Qué bruta! —rio Vanessa—. Antonia being Antonia.

—Whatmpfpf… do… you… meanffpfpf —

trató de decir mientras masticaba a la vez.

El partido, aunque parecía que iba a ser corto, se alargaba y alargaba. Llevábamos dos horas sentados y no tenía pinta de que fuera a acabar pronto. Tom me contó que había partidos que podían durar hasta días. Obviamente, con sus paradas para tomar el té. Todo muy British

. Y también me contó que su madre, Debbie, había sido jugadora de críquet en el equipo

de Northwood. Al menos, los pocos años que duró el equipo femenino.

—Verás, el críquet suele ser un deporte prácticamente masculino. Como el fútbol, ¿no? Aunque las cosas cambian —me explicó Tom.

—En mi colegio, casi ninguna chica juega al fútbol.

—Aquí las que mejor juegan son las chicas. Ya verás mañana en el colegio.

Me había olvidado de que teníamos que ir a clase. Por un momento me había sentido como en un verano eterno, y saber que no iba a ser asíme puso triste al instante. Qué manera de explotar la burbuja en la que había estado viviendo.

— WATCH OUT!

—gritó alguien entre el público, y ni siquiera pude reaccionar. Una pelota vino directa hacia mí, hacia mi cabeza. No reaccioné, me quedé en el sitio, sin saber qué hacer, pero una mano se estiró por delante de mi cara y la paró en el último segundo. La mano de Tom.

La gente estalló en aplausos y uno de los jugadores vino directo hacia nosotros. Tom le ofreció la bola, pero este negó con la cabeza y le dijo que podía quedársela como recuerdo.

— Wow, Tom! You got it! —

exclamó Iwan, emocionado.

Pero, en vez de quedársela, me miró y me la ofreció.

—Toma, Mateo. Para ti —me dijo, sonriente.

—¿Para mí?

—Iba directa hacia ti, ¿no? Es justo que la tengas tú. Yo solo he evitado que te diera en la cabeza.

—Gracias. Porque ahora podría estar muerto —bromeé.

—Pues me debes una entonces —señaló a la vez que me daba un par de palmadas en la espalda y me dejaba caer la bola entre las piernas—. Si nos quedamos hasta el final, hasta te la puede firmar uno de los jugadores.

—No hace falta…

—De todos modos, tenemos que esperar. Nuestro ensayo es aquí.

Dentro del club hay una pequeña sala que nos dejan cuando no hay partido.

—Señaló la casa club que había al fondo del campo de juego.

Una casa club hecha de madera, con techo negro y de un par de plantas de altura.

Fuera había varias mesas y sillas donde la gente estaba empezando a sentarse para comer.

—¿Va a ensayar con nosotros? —cuestionó Roy, que había estado casi en silencio desde que me lo habían presentado.

—Sí. Sabe tocar el piano, y muy bien —añadió Tom. Mierda, que eso no era verdad. Que ya no me acordaba de nada.

—¿El piano? No tenemos piano —replicó Roy.

—Tenemos teclado, ¿no?

—En nuestras canciones no hay teclado —apuntó Roy, quien no parecía muy contento con la idea de tenerme en el ensayo.

—Porque nadie sabe tocarlo. Así que hoy probamos.

— Cool!

—se entusiasmó Iwan, que estaba tratando de cazar las últimas migas de patatas que había en la bolsa.

—Perfecto, sí. Qué ganas de escucharte tocar —intervino Vanessa—. A ver si puedes… I don’t know how to say it… I mean… I wanna see if you can keep up with me on the drums.

—¿La batería? —pregunté, aunque no había entendido todo lo que había dicho, porque, cuando hablaba en inglés, lo hacía muy rápido.

—Dice que quiere saber si eres rival para su batería —me tradujo Tom, arqueando las cejas—. ¿Qué opinas?

—Que me va a pegar una paliza.

—Qué va. Es buena, pero no tanto —me susurró para que Vanessa no nos escuchara.

—¿Cómo es que habláis todos tan bien español?

— Well…

tenemos clase de Spanish

en el colegio. Y de vez en cuando lo hablamos entre nosotros. Es la única…, el único camino de aprenderlo.

—Flipo, la verdad. Yo nunca he hablado más de dos palabras en inglés con nadie, y a vosotros el español os sale natural.

— I love learning languages. Like Vanessa or Antonia. Roy…

sus padres viajan mucho a España. Iwan es aparte. Hace lo que puede —y lo miré, totalmente absorto en su bolsa de patatas fritas.

Después de una hora más de partido, por fin terminó con victoria para el equipo rojo.

Se dieron la mano, se hicieron fotos y, en cuanto terminaron, un montón de niños pequeños invadieron el campo.

Iwan seguía insistiendo en comer algo, así que se fue con Vanessa a comprar comida y bebida para el ensayo mientras que Antonia, Tom, Roy y yo nos íbamos a la casa club.

Después de una charla con Hugh, que parecía ser el responsable de mantenimiento o algo así, este nos acompañó a la sala de ensayo.

Lo que no me esperaba era que fuera un auténtico salón de actos, casi como el de mi colegio.

Con su escenario y patio de butacas. Olía a fieltro y madera, con un toque de ambientador que parecía estar ya en las últimas.

Subimos por unos escalones del lateral del escenario y seguí a los demás hacia la parte de detrás, justo tras unas cortinas rojas donde había un montón de sillas apiladas, varios adornos navideños en cajas y, entre todo ese caos, una batería, dos guitarras en sus fundas y un micrófono de pie.

Les ayudé a sacarlo todo, y lo colocamos sobre el escenario, disponiéndolo en una especie de círculo.

Roy tocaba la guitarra eléctrica; Vanessa, la batería; Iwan, el bajo, y Antonia y Tom cantaban.

Al tiempo que íbamos organizándolo todo, Tom me contó que la creación de su grupo había sido gracias a su madre.

—Debbie me canta desde que soy pequeño. Me ha enseñado todo lo que sé. She’s so annonying sometimes, but I love her.

—

Me invitó a uno de sus conciertos —recordé.

—No sé yo si eso es adecuado para nuestra edad —sonrió—. Tenemos que encontrarte el teclado.

—A ver, que tampoco me acuerdo mucho…

—Relax, Mateo. Estás entre amigos —me tranquilizó, dándome unas palmadas en el hombro—. Antonia, have you seen the keyboard?

— Nope.

—

A lo mejor se lo han llevado. Vamos a preguntar a Hugh. ¿Puedes seguir buscando a ver si lo encuentras? —sugirió Tom. Asentí, sonrió una última vez y se fue con Antonia. Ambos salieron del salón de actos.

Yo, mientras, me metí de nuevo en la zona de atrás del escenario, buscando cualquier cosa que se asemejara a un teclado, aunque secretamente deseaba no encontrarlo jamás.

Porque, si lo encontraba…, eso solo podía significar que tenía que demostrar que sabía tocarlo.

¿Para qué habría dicho nada? Aunque, por otro lado…

me imaginaba tocándolo genial y dejando a todos impresionados.

Sobre todo a Tom, que me contemplaría, flipando, y…

—¿Lo encuentras?

—¡Dios, qué susto! —exclamé cuando Roy salió de entre las sombras, mirándome con esos ojos pintados de negro que lo único que hacían eran juzgarme—. No, no lo encuentro. ¿Seguro que hay un teclado?

—Sí. Tom lo tocaba de vez en cuando.

—Ah, eso no lo sabía.

Roy se fue acercando poco a poco, mientras seguía moviendo cajas y sillas, tratando de encontrarlo.

—A ti te gusta Tom, ¿verdad? —Fue tan directo que me pilló totalmente por sorpresa.

—¿Gustarme Tom?

— Yes. You like him, don

’ t you? —

insistió, acercándose un poco más.

—Acabo de conocerlo. No. No me gusta Tom. —Además, ¿cómo sabía que yo era gay?

— The last thing Tom needs right now is more people hurting him…

—Se quedó en silencio, tratando de encontrar las palabras adecuadas—. Lo he… Lo ha pasado muy mal.

—Yo no voy a hacerle daño. ¡Lo acabo de conocer! —me defendí.

— I’ve known him since we were kids.

Es muy sensitivo… Es muy sensible —se corrigió.

—Y yo, de verdad. Es decir, que yo también soy muy sensible. —No entendía a qué venía todo eso, pero Roy cada vez estaba más cerca y, sinceramente, su presencia me resultaba muy amenazante.

—¿Eres gay?