Capítulo 10
Cuando abrí los ojos al día siguiente, casi me da un infarto.
Sobre mí había dos ojos ambarinos que me miraban fijamente, como si yo fuera su presa.
Tardé unos segundos en darme cuenta de que era Terrible.
Se limitó a maullar y a seguir sobre la cama, en la almohada, sin mover un pelo.
Pero no estaba solo. En la esquina de la habitación había alguien.
Entrecerré los ojos para ver mejor y reconocí a Emma.
Al igual que Terrible, me miraba como si me estudiara, como si fuera un alienígena. Quizá lo fuera para ella.
— Pomi pami pu
—dijo, con un acento extrañísimo. Si había hablado en inglés, no tenía ni la más remota idea de lo que acababa de decir.
—¿Emma?
— Parurami pomi pa. —
En serio, ese inglés nunca lo había aprendido en el colegio. ¿Sería así el acento de Northwood? No tenía mucho sentido. No había escuchado a nadie más hablar así…
—Emma, ¿qué haces en mi cuarto? —pregunté, porque eso de entrar sin pedir permiso no me gustaba nada. Aparte de que toda la situación daba bastante miedo si me ponía a analizarla. ¿Cuánto tiempo llevaría ahí, en la esquina,
observándome? Terrible maulló y arañó un poco la almohada. Yo, instintivamente, me aparté unos centímetros.
—Tooom… —lo llamé, tratando de sonar calmado, pero diciéndolo lo suficientemente alto como para que me escuchara
— Espani nina no.
—Dio un par de pasos hacia mí. Llevaba algo en la mano derecha, pero no sabía lo que era porque lo escondía tras la espalda.
—¿Toooom? —Esa vez procuré decirlo más alto. ¿Qué hora era? ¿Estaría despierto?
Y, entonces, Emma desveló lo que estaba escondiendo: unas tijeras. Espera, ¿qué? ¿Cómo que unas tijeras? ¿Qué pensaba hacer?
—¡TOOOM! —Y, por suerte, se abrió la puerta de mi habitación y apareció Tom en calzoncillos, asustado.
Al ver a su hermana, la expresión le cambió a una de enfado absoluto.
Emma dio un salto al verlo y se guardó las tijeras en el bolsillo.
Terrible bufó y, pasando por encima de mí, saltó hacia la mesa para colocarse justo bajo la ventana.
— Emma! What the hell are you doing?
—PAMI, PU! —
Sin decir nada más, se coló bajo el brazo de Tom y echó a correr fuera de la habitación.
— Emma! —
chilló Tom, pero no fue tras ella, sino que se fijó en mí, tratando de asegurarse de que estaba bien, si seguía de una pieza—. ¿Estás bien?
—Sí, sí. ¿De qué iba eso? ¿Qué decía? ¿Qué…?
—Un idioma inventado. El pamish.
Solo sabe hablarlo ella. No dice nada con sentido.
—Ya decía yo que no pillaba nada. —No me había fijado hasta ese momento en que Tom no llevaba puesta la prótesis, así que estaba apoyado en el umbral de la puerta para guardar el equilibrio —. También llevaba unas tijeras.
—¿Unas tijeras? Maldita… Emma! Are you frickin´ mental?!
—gritó hacia el pasillo—. No te habrá cortado, ¿no?
—No, no. ¿Es que quería cortarme? —repliqué, asustado.
—A lo mejor te quería cortar un poco de pelo. Tiene una obsesión muy rara con el pelo. Pero pensaba que ya se le había pasado. Como eres alguien nuevo…
—¿Solo le corta el pelo a las personas nuevas? ¿Es una especie de asesina en serie?
—No llega a tanto —bromeó Tom—. Luego le echaré una buena bronca. Se la merece.
No volvimos a verla en toda la mañana. Yo pensaba que desayunaríamos como siempre, en la cocina, y que Debbie nos acompañaría.
Pero no. Los domingos eran diferentes. Porque Tom quedaba con la banda en una de las pocas cafeterías de Northwood para desayunar tortitas y gofres recién hechos.
Así que, después de prepararnos, salimos de casa y echamos a andar.
Lo bueno de ese pueblo es que todo estaba bastante cerca si no te importaba caminar un rato.
En Madrid las distancias eran mucho más grandes y para ir a cualquier sitio había que salir con mucho tiempo de antelación.
Sin embargo, en Northwood era diferente.
Eso sí, cuando salimos de casa, pude notar la mirada de Emma desde su habitación.
Y, al girarme y mirar directamente hacia su ventana, vi las cortinas ondeando, como si alguien se hubiera escondido rápidamente tras ellas.
Esa niña era muy rara, y me daba un poco (bastante) de miedo.
No sabía si más ella o ese gato llamado Terrible…
—¿Sabes tocar? —me preguntó Tom.
—¿Eh? ¿Que si sé tocar? ¿El qué?
—Algún instrumento, silly Billy.
¿Qué va a ser? —se rio como si le hubiera contado la mayor broma de su vida.
—Eh… No, eh… Sé tocar un poco-poco el piano. Mis padres me apuntaron a clases cuando era pequeño.
—¿El piano? ¿Con esas manos? —se burló y me cogió la mano derecha tan rápido que ni siquiera pude reaccionar—. Si tienes unos dedos muy gordos —dijo mientras los examinaba de
cerca, comparando mi mano con la suya, mucho más alargada y estilizada.
—Pues sí, con estas manos. Y se me daba bastante bien —repliqué, al tiempo que apartaba la mano de golpe, molesto.
— Oh! Sorry! I didn’t mean to…
Tienes unas manos muy bonitas. Me encantan las manos grandes. No quería molestarte —se disculpó—. Lo decía porque podrías ayudarnos con el keyboard
.
—No sé yo si a mí se me va a dar bien eso. Hace ya un par de años que no toco. Habré perdido la práctica. Seguro que se me ha olvidado todo a estas alturas.
—Tú intenta y we’ll see. —
Tom siempre tenía esa forma de decir las cosas. Como despreocupado, dejándose llevar…
—¿Está muy lejos la cafetería? Porque tengo un hambre… —Mi tripa llevaba rugiendo desde que habíamos salido de casa.
—Cinco minutos. You’re gonna love it
. Te va a encantar. Ya verás. No tanto como mis desayunos, por supuesto. Empecé a cocinar gracias a Ratatouille
. Have you seen it?
—¿En serio me estás preguntando…? ¡Claro que he visto Ratatouille
! —respondí, fingiendo estar ofendido—. Pero ¿te enseñó a cocinar una rata? —bromeé, y Tom estalló en carcajadas. Tan fuerte que dos señoras que paseaban por delante de nosotros se giraron, sorprendidas, juzgándonos con la mirada.
—¡Una rata! ¡UNA RATA! —exclamó mientras seguía riéndose sin parar. Tuvimos que parar para que recuperara el aliento. No sabía yo que era tan gracioso—. No, no, no me enseñó ninguna rata.
—Menos mal.
—Pero Terrible …
¿Cómo lo pronunciabas tú? I’ve forgotten how you say it.
—Terrible —le recordé.
—Terrible… Terrible —repitió, tratando de sonar lo más español posible—. Terrible me trajo una vez una rata a mi cama. Supongo que como regalo. O como amenaza. No lo tengo muy claro. I’m not really sure…
—Cualquiera se fía de ese gato.
—Ya lo digo yo siempre. He’s the devil!
¡El demonio! —Se puso la mano detrás de la cabeza, asemejando unos cuernos—.
Mira, es allí. ¡Y AHÍ ESTÁ LA BANDA! —gritó mientras señalaba con el dedo hacia una cafetería blanca con grandes ventanales y unas sillas de madera en la entrada.
Un cartel blanco con adornos florales coronaba la entrada y podía leerse el nombre del local: Northbloom
. Y, a esas horas de la mañana, ya había una cola de gente esperando para entrar.
Conforme nos acercábamos, fui distinguiendo al resto de su grupo de amigos, a esos a los que había llamado «la banda».
Estaba Vanessa, la chica que nos habíamos encontrado en el parque, la del pelo naranja.
A su lado había un chico que no dejaba de mirar su teléfono móvil.
Era el más alto de todos, tenía el pelo rubio y revuelto, una nariz achatada y unos ojos azules increíblemente brillantes.
Llevaba la camisa por fuera del pantalón, arrugada a más no poder.
Parecía que se acababa de levantar, y, además, tenía la piel más blanca que había visto en mi vida.
Como si nunca le hubiera dado el sol. Junto a él había otra chica, de piel oscura, con gafas y pelo corto recogido en un moño.
Estaba apoyada en una de las sillas de la terraza de la cafetería y, en cuanto nos vio, fue la primera en sonreír.
Por último, había otro chico con un flequillo que le tapaba lamitad de la cara.
Llevaba los ojos pintados de negro, las uñas negras, la ropa negra…
Era como ver a un cuervo que hubiera deseado ser humano.
Solo le faltaba graznar, abrir las alas y salir volando.
Ahí estaban los mejores amigos de Tom. Y yo no podía estar más nervioso, porque quería caerles bien.
— Hey, banda! How are you?
—saludó Tom al llegar. Los cuatro me miraron de arriba abajo, estudiándome.
Y, aunque ya había conocido a Vanessa el día anterior, la primera que se acercó a saludarme fue la otra chica.
Antonia. Extrovertida a más no poder. No solo me dio dos besos, sino el abrazo más fuerte que me habían dado nunca.
Mucho más intenso que los que me daba Debbie.
—Hola. Tú eres Mateo, ¿verdad? —Fue paladeando cada palabra que decía con cuidado. Estaba claro que no quería cometer ningún error mientras hablaba. Y podía notar la presión que sentía delante de mí.
—Sí. ¿Antonia?
— Ah! He knows my name! So cute!
—exclamó, visiblemente emocionada—. Gracias. Sí, yo soy Antonia.
—Hablas superbién español.
—Tampoco le hagas la pelota —siseó el chico de negro—. Todos sabemos hablar español. ¿Qué te has creído?
—Ese amargado es Roy —lo presentó Tom, entornando los ojos—. Y hoy está de buen humor.
— Who said that?
—resopló, levantándose un poco el pelo—. Qué tal.
—Hola —dije tímidamente.
—No le hagas caso. Es un…, cómo se dice…, alma atormentada. ¿Es así? —intervino Vanessa.
—Sí, sí.
—Yo soy…
—Vanessa. Me acuerdo de ti. La de los turlips
, ¿no? —recordé, interrumpiéndola.
—Buena memoria, Mareo —me dijo con sorna—. I hope you like waffles… with syrup. Are you ready to eat
los mejores de tu vida?
—Claro que me gustan. —Pensé en decirlo en inglés, porque en algún momento tendría que empezar a hablarlo. Sin
embargo, empecé a agobiarme con pronunciarlo mal o construir mal la frase, y me acobardé en el último momento.