Capítulo 9
—¿Me esperas entonces?
—Claro. Yo me quedo aquí sentado. —Me dejé caer sobre una de las sillas de la sala de espera. Podía ver en su mirada que estaba nervioso, que no le gustaba estar allí. Pero, por lo que me había contado mientras comíamos el mejor fish&chips
de mi vida, no le quedaba otra que pasar por rehabilitación un par de veces a la semana. Sobre todo para mantener bien la movilidad y que no hubiera complicaciones posteriores. Había semanas que le tocaba los sábados y los lunes. Otras, los martes y los jueves…
—No estaré más de una hora.
—Ni te preocupes. Tampoco tengo nada mejor que hacer, ¿verdad?
—No tardo. —Sonrió algo forzado y se dio la vuelta, yendo a una de las salas del fondo, donde un hombre de unos cuarenta años lo esperaba para acompañarlo dentro.
La sala de espera estaba medio vacía, y no es que hubiera mucho con lo que entretenerse precisamente.
Mi móvil estaba casi sin batería, y fuera seguía diluviando, así que la opción de dar una vuelta por los alrededores no era la mejor idea.
Y, cuando ya estaba tratando de decidir qué hacer durante esa hora de espera, se abrió la puerta de la calle y apareció la persona que menos esperaba.
— Oh, Mateo, love! You alright? —
me saludó Debbie.
Nada más entrar, inundó toda la sala con su perfume. Iba con unas gafas de sol enormes, el pelo recogido en una coleta que parecía hecha a toda prisa, unos pantalones negros apretados y una chaqueta rosa que cubría una camiseta en la que se podía leer Barbie Girl
. Cerró su paraguas transparente y estuvo varios segundos tratando de meterlo en el paragüero.
— Hi, Debbie.
—Me levanté para intentar ayudarla, pero me lo impidió con un gesto de la mano.
—Oh, no, no. No… no levantes. Yo voy. —Después de saludar a la recepcionista con un gesto de las manos y chasqueando sus uñas acrílicas, vino a sentarse a mi lado.
Me dejó su bolso encima mientras se acomodaba un poco el pelo y se sentó, olvidándose de coger el bolso de vuelta—. Dreadful weather, right? —
Aunque no estaba muy seguro de si me lo decía a mí, porque hablaba tan alto que parecía querer que se enterase todo el mundo que había en la sala de espera.
—Sí, sí. Nos hemos empapado —respondí yo. Todavía tenía los calcetines chorreando, aunque me había quitado las zapatillas para airear los pies un poco.
—¿Hace mucho… Tom… —le costaba encontrar las palabras adecuadas— …dentro?
—Unos diez minutos. Ten. Ten minutes.
— Oh, wonderful, wonderful —
repitió mientras tamborileaba con las uñas sobre su pierna—. Listen
, Mateo… Anoche… Quiero pedir perdón. Disculpas. No… no… está… It
’ s just not been easy.
Pero no soy así. Te lo prometo.
—No pasa nada. It’s ok. You don’t have to…
No tienes que disculparte.
—Tommy… Tommy no sabe, ¿ok? Mejor no contar nada. —Pude ver la desesperación en su mirada. Estaba claro que no era la primera vez que volvía a las tantas a casa y estaba arrepentida.
—Claro. Yo no le cuento nada.
—Él… It’s not a good time.
Su pierna… See
, es una enfermedad. If you hear the word «cancer», you know that it’s going to be tough.
—
¿Cáncer? —pregunté, desconcertado. ¿Había perdido la pierna por culpa del cáncer?
Si me había dicho que había sido un tiburón.
Debía haber supuesto que sonaba a historia inventada, pero de eso a cáncer…
Se me encogió el corazón, sintiendo de repente un torrente de pena que me asaltó por completo. Pobre Tom.
—Tom no querer hablar… —Se llevó la mano a los labios, como si los cerrara con cremallera, y entendí que me estaba pidiendo que no le dijera nada a su hijo—. Enough of that, let’s talk about something more fun, shall we? Tommy won’t tell you,
pero tengo grupo música… with the girls
. Like a band. A proper music band.
—Anda, no lo sabía. No me lo ha dicho —admití, aunque yo seguía con el estómago cerrado.
— Madeline is in the bathroom.
—
¿Cómo?
— Our name.
El nombre. Madeline is in the bathroom —
repitió, orgullosa—. Maybe…
Cogió el bolso que seguía sobre mi regazo y empezó a rebuscar entre sus cosas, sacando un pintalabios, varios tíquets arrugados y su cartera. Después de un rato buscando, sacó un papel que fue desdoblando con cuidado.
— See?
—Y me lo tendió. En el folleto podía leerse The Hole ,
que tenía pinta de ser un pub de esos ingleses que salían en las películas, y en letras doradas se anunciaba música en directo. Entre otros grupos como The Potterheads o Sunset&Sunshine aparecía en pequeño el nombre de Madeline is in the bathroom —. We play on Tuesday.
Lunes.
—Martes. —Debbie me miró, confusa—. Tuesday
es «martes». «Lunes» es Monday.
—Oh, ok, ok.
Martes. ¿Martes?
— Yes!
Martes —respondí, para que tuviera un poco de refuerzo positivo—. Pues qué bien. ¿Y qué clase de música…?
— Covers, mostly. Do you know Creedence Clearwater Revival? —
Negué con la cabeza—. Well… The Beatles? —
Ahí asentí, porque ese grupo sí que lo conocía—. Good, good.
También tenemos canciones originales. I can sing one of our songs
… Te puedo cantar canción. Una canción… See
… —Se aclaró la garganta, sin esperar siquiera a que le diera una respuesta—. « I was a lonely girl, and you came to me. But when I needed you the most, you slept with someone else
» —
canturreó. No se le daba mal, pero era difícil juzgarlo, porque más parecía estar hablando que otra cosa.
—
Chisss —dijo un señor sentado justo frente a nosotros, llevándose el dedo a los labios.
— You got a problem? Don’t you like my music?
El hombre que la había mandado callar o, al menos, que quería que dejara de cantar, se acobardó y pidió perdón con la mirada.
—¿Te gusta? —me preguntó, deseosa de saber mi opinión.
—¿La canción? Sí, sí. Está bien. Sí —asentí.
— For real? Thanks, love.
Gracias, Mateo. Voy a ver mi Tommy. ¿Esperas aquí?
—Claro.
Me sonrió y se levantó de la silla, cogiendo su bolso y colgándoselo al hombro.
Sus andares eran poderosos, como si fuera la dueña del lugar.
Pasó junto al hombre que antes la había mandado callar y, tras rebuscar en su bolso, le dio otro folleto de su próxima actuación, y, claro, este se lo guardó con una expresión de susto dibujada en la cara.
Y aunque la recepcionista insistió en que no podía pasar a la sala de rehabilitación, Debbie al final consiguió salirse con la suya tras sacar de su bolso algo envuelto en papel de plata.
— For you, darling. —
Atravesó el pasillo hacia las diferentes salas de rehabilitación.
Tardaron unos treinta minutos más en salir.
Cuando lo hicieron, Tom tenía que ir apoyado en su madre.
Estaba agotado. De hecho, estaba rojo del esfuerzo que debía de haber hecho.
Su cojera se notaba mucho más, y cada vez que pisaba, hacia una mueca de dolor.
Sí que debía de ser dura la rehabilitación si lo dejaba así al terminar…
Me levanté, dispuesto a ayudarlo, pero no hizo falta. Simplemente pasaron a mi lado y me dijeron que los siguiera hasta la calle y cogiera el paraguas.
Fuera ya había dejado de llover, aunque todo estaba repleto de barro y charcos enormes. Había caído una buena tormenta. El cielo seguía totalmente nublado, pero, al menos, parecía que se iba a mantener sin llover un rato. Mucho más cómodo para volver a casa.
—Mateo, ¿te gustar chiocolate
caliente? ¿Es bueno? —me preguntó Debbie.
—Sí. Claro, sí. —Aunque hacía demasiado calor para un chocolate caliente, ¿no?
— I can make you a proper hot chocolate at home.
En casa. En mi casa. You’re gonna love it.
Nos acercamos al coche de Debbie. Era pequeño, de tres puertas, color blanco apagado y varias abolladuras en la parte de atrás.
Abrió la puerta del copiloto y echó el asiento hacia delante para que yo pudiera pasar atrás.
Después entró Tom, que protestó al sentarse de golpe, y Debbie cerró la puerta.
—¿Estás bien? —me preocupé.
—Cansado. Pero bien. Estoy bien —asintió, a pesar de que seguía con esa expresión de agotamiento dibujada en el rostro.
—¿Hago algo? ¿Estás cómodo así?
—No hace falta. —Se llevó la mano a la pierna izquierda. Por encima del pantalón consiguió desabrocharse el agarre de la
prótesis y tiró hacia abajo hasta que consiguió quitársela—. Vale, ahora mucho mejor.
— Tom…
— Debbie
—la interrumpió—. No voy a esperar hasta casa. Me la quito ya.
— You have to…
—Echarme crema. I know.
Ahora en casa.
— Ok, love.
—Como si hubieran tenido ya varias veces la misma discusión, Debbie prefirió no contestar, rindiéndose, y encendió el coche.
—Siento el aburrimiento de mi rehabilitación. Te prometo que mañana será más divertido. Los domingos ensayamos y vamos a ver cricket.
¿Ensayamos? ¿A qué se refería? ¿Acaso tenían un grupo de teatro o algo así?
—¿Cómo que ensayamos? —pregunté, desconcertado.
—Ah, vale, claro. No te lo he dicho. Tenemos un grupo de música. Bueno, at least we try —
me explicó como si nada.
—
¿En serio? —En España no conocía a nadie que tuviera un grupo de música y, de golpe, ya conocía a dos.
— Yes! They are…
—comenzó a decir Debbie, entusiasmada.
— Debbie, please —
la interrumpió Tom—. Estamos empezando.
—¿Quiénes?
—La banda. Vanessa, Roy, Iwan y Antonia. A Vanessa ya la conoces. Te caerán bien los demás, seguro. —Hablaba con convicción, con seguridad. Sin embargo, seguía teniendo ese tono de cansancio por culpa de la rehabilitación.
—Claro que sí. —Pero me agobiaba el tener que conocer a un grupo de gente con el que tendría que hablar inglés sí o sí. Y si ya me costaba interactuar con Tom, me ponía de los nervios pensar que iba a tener que hacerlo con más de una persona a la vez.
— Relax
. Todos saben hablar español. Bueno, menos Iwan, que todavía está aprendiendo. Si algo tienes que saber de la banda, es que nos encanta aprender cosas nuevas.
—No estaba agobiado, ¿eh? —mentí.
—No sabes mentir bien. Se te nota cuando mientes —sonrió.
—Qué va. En serio. No estaba agobiado. Ya sabes que algo de inglés entiendo. Me defiendo.
—Sí, sí. Lo he comprobado —dijo mientras abría un poco la ventanilla para que entrara algo de aire dentro del coche. Debbie subió el volumen de la radio y empezó a cantar una canción que parecía conocer al dedillo.
— «Got a wife and kids in Baltimore, Jack» —
cantó, golpeando un par de veces el volante.
— Debbie, please —
intervino Tom entre risas.
—What? Don’t you like my voice? «Like a river that don’t know where it’s flowin’»
—siguió cantando.
—You know I do. Turn it up! —
pidió Tom, que me miró buscando complicidad—. «Everybody’s got a hungry heart».
—«Everybody’s got a hungry heart» —
repitió Debbie—. Mateo,
do you like it?
¿Te gusta?
Tom había cerrado los ojos y trataba de seguir el ritmo con un movimiento de la cabeza, dando tímidas palmadas a la vez.
—Sí, es-está bien. Aunque no conozco la canción.
— Bruce Springsteen, love
. «Everybody needs a place to rest… Everybody wants to have a home».
—
¿Nunca la has escuchado? —me preguntó Tom.
—No, nunca, la verdad —admití—. Pero es guay.
— It is. Isn’t it? —
sonrió Tom totalmente entregado a la canción—. «Everybody’s got a hungry heart».
Vamos, Mateo. Esa parte seguro que te la sabes.
—¿Yo? Si no sé cantar.
—Vamos, prueba. ¡Sienta genial! «Everybody’s got a hungry heaaart»…
Debbie ya ni siquiera cantaba la letra, sino que hacía los coros, yendo por libre y tratando de hacer un solo un tanto desafinado.
Pero daba igual, porque se lo estaba pasando genial.
Tom acercó su mano y la puso sobre mi pierna.
Lo miré y simplemente vocalizaba la letra de la canción, tratando de ayudarme a cantar con ellos.
Yo solo podía pensar en su mano tocando mi muslo, y en lo nervioso que me ponía sentir su mero contacto.
—« Everybody’s… —
me atreví—. Everybody’s got a hungry heart
» .
—There you go, love! —
gritó Debbie desde el asiento del conductor—. « Everybody’s got a hungry heart
» .
—
« Everybody’s got a hungry heart!
» —
canté, con Tom tomando el relevo de su madre haciendo los coros.
La canción ya estaba terminando, ya solo se escuchaba una parte instrumental.
Pero nos daba igual. Porque los tres seguimos cantando a coro, con las ventanillas bajadas, sin importarnos que alguien pudiera escucharnos.
Fue un momento absurdo, casi ridículo, pero divertido.
Muy divertido. Y me hizo sentir… me hizo sentir en familia.