Capítulo 8 #2
Durante nuestra extraña conversación en la que no había sacado nada en claro, habíamos seguido andando, bajando la calle, con árboles frondosos a ambos lados de la carretera.
Nos cruzamos con un par de chicas que sonrieron a Tom y con una mujer que paseaba un corgi que no dejó de ladrarnos hasta que su dueña tiró de él y se lo llevó.
Menuda mala leche. ¿Por qué todos los animales querían mi perdición? ¿Yo qué les había hecho?
Pasamos junto a la iglesia que había visto el día anterior cuando llegué al pueblo con Angie.
Allí vimos un grupo de adolescentes sentados en el banco de madera situado frente a la entrada, era como una parada de autobús que parecía abandonada desde hacía años.
Pasamos justo frente a ellos, y escuché risitas disimuladas cuando nos vieron.
Más bien, cuando vieron a Tom, porque andaba con una leve cojera debido a la prótesis.
— Testing out the new upgrade, are you?
—escuché a uno de ellos mientras hacía sonidos robóticos y todo el grupo estallaba en carcajadas. Tom aceleró el paso, visiblemente molesto… Claramente no era la primera vez que le decían algo así.
—En mi ciudad también hay gilipollas como esos. ¿Estás bien?
—Sí, sí. Estoy bien. Don’t worry
. Vamos por ahí mejor. —Fue a cruzar la carretera, pero se lo impedí.
—Espera. Esa gente no puede irse de rositas. —Los miré de reojo.
—¿De rositas?
—Para eso no tengo traducción. —Me di la vuelta y volví cuesta arriba hasta donde estaban los gilipollas que se habían reído de Tom.
Los cuatro chicos eran los típicos flipados idiotas. Solo había que verlos. Su corte de pelo, su ropa, su actitud. Cuando me vieron parado frente a ellos, se miraron los unos a los otros, sin
entender muy bien lo que quería, así que, después de un rato, empezaron a reír como gorrinos.
— What? —
preguntó el que parecía ser el líder. Tenía la cara llena de acné, un chándal Adidas algo desgastado, zapatillas blancas enormes, una chaqueta de color azul marino cerrada hasta el cuello y una gorra puesta de lado.
Bajo la nariz le asomaba ya un bigote, aunque más que bigote era pelusilla mal afeitada.
—Eso digo yo. What
. —Acompañé la frase con un gesto de los brazos, tratando de hacerme el chungo. Algo parecido a lo que solía hacer Bruno cuando quería meterse conmigo—. ¿Tenéis algún problema?
El chico líder se puso en pie. Joder, me sacaba media cabeza. Olía a sudor y Cheetos. Se acercó hasta casi chocar conmigo, apretando los dientes y sacando el mentón hacia fuera.
— Who are you, zombie boy? Oi, look at his eyes! —
se carcajeó—. Go get a good sleep before you drop dead.
—
No es lo que me dijo tu madre la otra noche —repliqué, chulo como yo solo.
— What did you say about my mother? —
Me empujó con las dos manos hacia la carretera. Por suerte, apareció Tom y me sujetó para que no me cayera hacia atrás.
—Let’s go
—me pidió, agarrándome de la muñeca y tirando de mí.
—¿Irnos? ¡Si le iba a pegar yo ahora un empujón que iba a flipar! —bramé, pero Tom tenía mucha fuerza y ya estaba arrastrándome lejos de esos cavernícolas mientras no dejaban de reírse y gritarnos insultos de los que solo reconocí la mitad.
Cruzamos la carretera, con Tom aún sujetándome, y entramos en un parque que parecía más un bosque que otra cosa.
—Creo que ya estamos a salvo —señalé.
— What?
—
Que ya puedes soltarme —dije, mirando su mano. Tardó un par de segundos en entender lo que le decía, hasta que al final aflojó su agarre y se apartó unos pasos.
Tom estaba visiblemente afectado por lo que acababa de pasar.
No debía de ser la primera vez que se enfrentaba a esos imbéciles.
Había que ser muy cobarde, y muy asqueroso sobre todo, para meterse con alguien como Tom.
Antes de que pudiera preguntarle si estaba bien, me dijo que iba a enseñarme el parque, que lo siguiera.
No dijo nada más. Ni siquiera se aseguró de que iba tras él cuando empezó a andar entre los árboles, atravesando un enorme campo de hierba salvaje donde había un grupo de señoras mayores haciendo su rutina de yoga matutina.
—Este parque es enorme. ¿Cómo dirías «enorme» en inglés? Porque big
no sé si le hace justicia, ¿sabes? ¿Tú que crees, Tom?
Pero no me contestó. Seguramente ni me habría oído, porque cada vez andaba más alejado de mí.
—
¡Tom! —chillé, y eso hizo que frenara y se diera la vuelta, por fin.
— Are you mental? —
me dijo, con los ojos desorbitados.
—¿Yo? Pero ¿qué pasa? ¿Cómo que si estoy loco? No entiendo. ¿Es que te caigo mal de repente? ¿Qué pasa?
— I know how…
—pero se calló, como si estuviera pensándose mejor lo que decirme—. Sé defenderme yo solo. ¿Lo que has hecho antes? Te agradezco que no lo vuelvas a hacer.
Espera. ¿Qué? ¿Se había enfadado porque lo había defendido?
—No —contesté.
—¿No? —Claro, mi respuesta lo pilló por sorpresa.
—Espera, que a lo mejor lo he pronunciado en español… Nou
. Better
***
Tom me observaba, perplejo, porque no tenía ni idea de por dónde podía salir. No me conocía lo suficiente.
—Obviamente, si veo que se están metiendo contigo, no me voy a quedar callado. No es mi manera de ser. No pensaba que fuera a avergonzarte o algo así haciéndolo, así que lo siento por eso. Pero esos idiotas se acostumbran a que no les conteste nadie.
— Northwood’s not Madrid. Here…
Las cosas son diferentes.
—Ya, bueno, supongo. Pero lo que quiero decir es que no voy a dejar que unos niñatos vayan por ahí diciendo lo que quieran sin consecuencias.
Nada más. Repito, siento si te ha molestado.
Nunca se me habría ocurrido pensar que no sabrías defenderte tú solito.
¡Todo lo contrario! Si seguro que, en una pelea, me meterías una paliza…
Y eso último le hizo sonreír. Al menos un poco.
—Seguramente sí.
—A ver, tampoco nos pasemos. Habría que verlo. —Le di un empujón amistoso.
— Is that a challenge?
—Maybe… —
Me eché hacia atrás, con las manos en posición de kárate—. Ojo, que soy cinturón marrón, ¿eh?
— Karate?
—
O lo que sea esto. —Hice un gesto en el aire, acompañado de un grito que yo pensé que era de karateka—. Ojito conmigo.
— You know
… Yo sí que hacía kárate hace unos años —dijo, orgulloso. Abriendo un poco las piernas, estiró el brazo hacia mí y me sonrió con un toque agresivo muy divertido. Joder, qué guapo era.
—¿Quién dice que yo no?
— No one.
Pero tendrás que demostrarlo. —Sin decir nada más, vino corriendo hacia mí. Yo pegué un grito más propio de un ratón de campo que de un adolescente de quince años y di un par de pasos atrás, acobardado.
—¡AH! —Cerré los ojos, asustado, y estiré el brazo hacia delante.
Tom lo esquivó con insultante facilidad, cogiéndome del antebrazo y, tras un movimiento más rápido de lo normal, puso su pierna por delante de la mía y tiró de mí hacia abajo, provocando que diera casi una voltereta en el aire antes de caer en la hierba.
Eso sí, se las ingenió para frenar mi caída y que no me hiciera daño.
¡Qué vergüenza! Derribado en cuestión de dos segundos.
—No… No me has dado…, dado tiempo… para prepararme. —Por mucho que hubiera caído con suavidad, eso no había impedido que me diera un buen golpe en la espalda y me faltara un poco el aire.
—Fuiste tú el que me retó —recalcó Tom—. ¿Revancha? —Me tendió la mano para ayudarme.
Ahí vi la oportunidad perfecta.
Lo agarré de la muñeca y tiré de él hacia el suelo, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera sobre mí, lo que volvió a cortarme la respiración.
Nuestros pechos chocaron y por pocos centímetros no lo hicieron nuestras cabezas.
Quizá porque él fue lo suficientemente rápido como para estirar los brazos y apoyar las manos en la hierba.
Nuestras caras estaban muy cerca, nuestros labios a escasos centímetros.
Podía notar su respiración sobre mí y los nervios comenzaron a aflorar.
Nunca había tenido a un chico tan cerca. Tan peligrosamente cerca.
— That’s cheating —
me recriminó.
— Che-cheating? —
tartamudeé. No podía hablar normal. Estaba más nervioso que nunca.
—
Trampas. Es trampas.
—Trampa —lo corregí—. Y no. Eh… —Carraspeé para aclararme la voz—. Simple-simplemente vi el momento y lo aproveché.
— I see —
murmuró, pero no se apartó. Su cuerpo seguía sobre el mío. Nuestras caderas pegadas, y nuestras bocas tan cerca que no podía dejar de pensar en si el aliento seguía oliéndome
a pasta de dientes. Sus brazos estaban a ambos lados de mi cabeza, apoyando las manos en la hierba, y sus ojos fijos en los míos.
Yo… Yo no sabía dónde poner las manos. Las tenía sobre el estómago, cerradas en un puño, peligrosamente cerca de su entrepierna.
Y es que, si las abría…—. Cada uno tiene que hacer lo que sabe.
—Exacto —dije, sonriendo con nerviosismo.
—¿No eras cinturón marrón? —preguntó, dudoso, mirándome suspicaz.
—Sí, eh… Sí…, pero… no si me pillan por sorpresa —me defendí. Estaba conteniendo la respiración y me picaba toda la espalda. No sabía si era culpa de la hierba… o de los nervios de tener a Tom encima de mí.
— Hey, Tom! —
gritó alguien a lo lejos. Fue escucharlo y este se levantó al momento, buscando con la mirada a la persona que lo había llamado. Uf. Volví a respirar. Porque, sin darme cuenta, había aguantado la respiración durante los últimos treinta segundos. ¿Qué coño acababa de pasar?
—¿Quién… Quién es? —pregunté mientras me incorporaba lentamente, limpiándome la ropa de restos de tierra.
Menos mal que estaba de espaldas, porque tuve que meterme la mano dentro de los pantalones a toda velocidad para colocármela.
Mientras, Tom seguía tratando de localizar a quien fuera que lo hubiera llamado. Al final, saludó a alguien con la mano.