Capítulo 8
El olor a pan tostado me despertó. Lo raro es que no lo hubiera hecho la cantidad de luz que entraba por la ventana, porque la ausencia de persianas era un tema, la verdad.
Sabía que me traería de cabeza toda mi estancia en Northwood.
Eran solo las ocho de la mañana. ¡De un sábado!
¿No podía aguantar un poco más dormido? Aunque ese olor inconfundible a tostadas solo podía indicar una cosa: yo no había sido el primero en despertarme.
Sin embargo, cuando salí de la cama y puse un pie en el suelo, casi lo pierdo.
—¡MIAAAU! —protestó Terrible, que, al parecer, se había quedado a dormir a los pies de mi cama.
Soltó un bufido que me puso los pelos de punta y echó a correr hacia la puerta, aunque chocó con ella un par de veces hasta que fue capaz de escabullirse por la rendija que él mismo habría abierto por la noche.
Tardé unos segundos en recuperar un poco el aliento y el pulso.
¡El susto que me había dado ese maldito gato!
Por algo lo habían llamado Terrible. Cada vez lo tenía más claro.
Salí de la cama, asegurándome con cautela de que no hubiera vuelto, y me puse de nuevo el pijama que me había quitado por la noche por el calor que había pasado entre las sábanas.
Desperezándome por el camino, atravesé el pasillo en dirección a las escaleras.
—¡Buenos días! —saludó Tom desde el final de las escaleras, en la planta de abajo—. ¿Bajas a desayunar? Hay tostadas.
—¡Hola! —respondí, hablando más alto de lo normal—. Sí, sí. Ya bajo.
Tom estaba en pijama también, con unos pantalones verdes largos, unos calcetines gordos blancos y una camiseta negra en la que se podía leer Dance or die
con letras rojas. Tenía el pelo totalmente enmarañado, aunque no tenía cara de dormido, así que supuse que llevaría ya un tiempo despierto.
—¿Qué tal has dormido? —me preguntó con una sonrisa cuando llegué a la planta de abajo.
—Bien. Aunque hay demasiada luz… —admití. Pensé en decirle lo de su madre, pero Debbie me había pedido que no le contara nada y yo tampoco quería crear bronca mi primera mañana allí, así que no le dije nada más.
—Ah, claro. We don’t have any blinds here
. Lo siento.
—No pasa nada. Me acostumbraré —mentí. Mis ojeras debían de llegar hasta el suelo. Si ya de normal estaban marcadas, por las mañanas era un auténtico espectáculo. Siempre un motivo de burla por parte de todo el mundo.
—Espero que tengas hambre, porque preparé el mejor desayuno de la historia —afirmó, sonriente y orgulloso. Ni una mención a mis ojeras gigantes.
Entramos los dos en la cocina y ahí estaba Emma, sentada en su silla, con un plato de galletas frente a ella. Estaba sonriente hasta que me vio entrar y su expresión cambió por completo. Al igual que su gato, aún sentía que me vigilaban, que estaba siendo sometido a un examen continuo.
— Good morning
—dije con mi mejor acento inglés. Emma respondió metiéndose dos galletas en la boca muy lentamente. Tanto que me entró hasta miedo.
— Emma!
—le llamó la atención Tom. Emma empezó a mirarlo a él mientras masticaba sus galletas de la forma más
ruidosa posible y con la boca abierta—. No le hagas caso. Es muy gruñona cuando se levanta. Igual que Terrible .
¿Cómo lo dices tú en español?
—Terrible. Se escribe igual, pero se pronuncia diferente.
— Terible
… —repitió.
—Pero la erre más fuerte. Terrible.
—Terrrrible —sobrepronunció con fuerza—. ¿Mejor?
—Mucho mejor. Pero no hace falta tanto.
Mientras yo me sentaba a la mesa y cotilleaba todo lo que Tom había puesto de desayuno, podía escucharle repitiendo la palabra una y otra vez entre dientes, supongo que para recordarla bien.
— Coffee? Tea?
—
Leche sola está bien.
—Leche sola. Perfecto. —Se volvió a dar la vuelta para vigilar lo que estaba cocinando en una sartén.
Sobre la mesa había varios platos con tostadas, huevos revueltos, beicon crujiente y una caja enorme de cereales de chocolate. Me fui sirviendo un poco de todo y, cuando terminé, apareció Tom por detrás y colocó sobre mi plato una especie de bola de patata recién hecha.
—Hash brown. Freshly made. Lucky you, huh? I’m basically Gordon Ramsay.
—Ah, gracias, gracias. Qué bien huele. —Aunque no tenía ni idea de quién narices era ese Gordon nosequé del que acababa de hablar.
— He’s this TV chef who’s always angry. Proper legend
—me explicó al ver mi expresión de desconcierto absoluto. Volcó el resto de la parte sobre el plato del beicon y se sentó, dispuesto a devorar su desayuno.
—¡Oh! Tu leche. —Fue a levantarse de nuevo, pero yo traté de impedírselo.
—No, no. No te preocupes. Voy yo.
Tom se volvió a sentar y yo me levanté. Abrí la nevera y cogí una botella de cristal a medio llenar. Miré a Tom, que asintió. Busqué una taza entre los distintos armarios hasta que vi una blanca con parte del borde algo descascarillado.
— Not that one
—me avisó Tom, y vi que Emma también me estaba mirando, con los ojos abiertos como platos.
—Ok. Pues esta de al lado. —Cogí una de cristal que estaba justo detrás.
Entender cómo iba el microondas ya fue un tema aparte.
Y, en lugar de ayudarme, Tom estuvo ahí sentado, mirándome de vez en cuando, no sé si esperando a que yo resolviera el misterio por mí mismo o porque quería reírse un rato viéndome totalmente perdido.
Al final, acabó por levantarse una vez más y se acercó.
— Here
—señaló, presionando un par de botones que, seguramente, se me olvidarían para la mañana siguiente, y el microondas empezó a funcionar—. Siéntate. Ya te lo llevo yo.
—Vale, vale. —Admití mi derrota y volví a mi silla. Ya aprendería a usar las cosas en esa casa. Total, era mi primera mañana, ¿no?
Cuando sonó el pitido del microondas, Tom sacó la taza, me la colocó en la mesa y se sentó de nuevo.
Pero, en vez de ponerse a desayunar, se agachó y se llevó las manos a la pierna izquierda.
Se subió la pernera del pantalón hasta casi el muslo y ahí se desabrochó un agarre que tenía en su prótesis.
Se quitó una especie de funda y poco a poco fue tirando hacia abajo hasta que sonó un ¡clac!
Entonces se sacó la prótesis directamente de la rodilla, dejando al descubierto el extremo de su pierna, cubierto por una ligera funda de silicona.
No sabía si podía mirar, si le iba a molestar, así que desvié la mirada por si acaso.
— Ooh, that’s better… I needed that
—suspiró, aliviado—. Puedes mirar, no pasa nada.
—¿Te duele? —quise saber.
—Por las mañanas es horror. Los sábados sobre todo, porque los viernes tengo entrenamiento y acabo agotado.
—Ah, claro… —No sabía a qué entrenaba. ¿Fútbol quizá?
—Pregunta —me dijo de repente.
—¿Eh?
—Sé que quieres preguntar. I can see it written all over your face. Go on
—me animó mientras se masajeaba el muslo con ambas manos.
—¿Qué te pasó? —pregunté casi sin pensar.
—Un tiburón —afirmó con contundencia. Tanta que a mí me costó reaccionar.
—Espera, ¿qué? ¿Cómo que…? ¿Un tiburón? Really?
—Sí. En Ciudad del Cabo. No funcionó bien el cierre de la jaula y ¡pum! —Dio un golpe sobre la mesa—. Bye, bye
, pierna.
—Joder… —fue lo único que me salió decir. Tom se encogió de hombros, como queriendo decirme: «No pasa nada, tampoco vamos a hacer un drama de ello». Después, comenzó a desayunar. Así que yo hice lo mismo. Los huevos revueltos estaban buenísimos, pero el hash brown
ese… era increíble—. Qué rico todo.
—¿Verdad? Hoy había pensado en dar una vuelta por Northwood. Así conoces el pueblo. ¿Te apetece? —sugirió al tiempo que se metía en la boca dos trozos de beicon a la vez.
—Perfecto.
Después de desayunar, subimos a prepararnos para salir.
Ni rastro de Debbie. Seguiría durmiendo.
No me extrañaba nada después de la borrachera que parecía haberse pegado.
Cuando terminé de ducharme y vestirme, bajé a la entrada, a esperar a Tom.
Emma seguía sentada a la mesa de la cocina, con Terrible a un lado, y estaba escribiendo algo en un cuaderno.
Parecía como si estuviera haciendo los deberes del colegio o algo así. Pensé en
acercarme y ver si necesitaba ayuda, pero, cuando iba a hacerlo, apareció Tom, bajando las escaleras a toda prisa.
— Come on —
masculló, visiblemente enfadado, y abrió la puerta de la casa—. Emma! We won
’ t be long! You
’ d better finish your homework by the time we
’ re back!
La respuesta de Emma fue una pedorreta, acompañada de un maullido de Terrible, que parecía estar de acuerdo con su dueña.
—Te lo jurro
que esta casa es de locos. Vamos. —Me indicó con la mano que saliera.
Fuera hacía un día maravilloso. Ni una sola nube en el cielo, la temperatura perfecta para ir solo con una sudadera.
Olía a naturaleza, casi a verano. Nada que ver con la calle donde estaba mi casa en Madrid, siendo sinceros.
Sin embargo, Tom no parecía estar tan contento como yo, porque iba caminando rapidísimo.
Tanto que me costaba seguirle el ritmo. Las manos en los bolsillos, el ceño fruncido y refunfuñando de vez en cuando.
—¿Pasa algo? —pregunté tras un rato.
—¿Por qué iba a pasar algo?
—Llevas refunfuñando desde que hemos salido de casa. Se te ve en la cara que estás enfadado —puntualicé.
—¿Refunfu… ñando? —dijo él, desconcertado.
—Refunfuñando, sí. Es algo así como… Bueno, lo que estás haciendo. Como protestar en voz baja, como entre dientes… No sé cómo explicarlo.
— Ah,
muttering. But I’m not muttering —
se defendió.
— Yes, you are muttering.
¿Quieres hablar de ello?
Tardó unos segundos en responder. Parecía estar eligiendo las palabras adecuadas con cautela.
— Not really, no.
—Vale. Si lo necesitas en algún momento, me dices —me ofrecí.
— Thanks.