Capítulo 7
Emma se durmió nada más terminar la primera canción de la película, pero Tom y yo aguantamos hasta el final. Por supuesto, vimos Frozen
. Yo ni recordaba cuándo la había visto por primera vez.
No obstante, para Tom ya era un ritual casi mensual desde que había nacido Emma.
Antes de empezarla, eso sí, Debbie nos hizo un pase de modelos por el salón, con su vestido rojo escotado, sus tirabuzones en el pelo y su maquillaje exagerado.
Olía a litros de perfume y llevaba un bolso minúsculo colgado del hombro.
Se acercó al sofá, dio un beso en la mejilla a Emma, otro en la frente a Tom y a mí me acarició la cara con suavidad y cariño.
— Be good, yeah?
Portarse bien. —Cuando terminó de decirlo, me miró buscando mi aprobación.
Yo sonreí de vuelta, para que entendiera que lo había dicho bien.
Debbie me guiñó un ojo, empezó a lanzarnos besos al aire y salió de casa.
En cuanto puso un pie fuera, ya la escuchamos hablar a gritos con, supuse, una de sus amigas—. Donna, oi! Are you ready for tonight? —
A lo que siguieron unas carcajadas que podían escucharse con total claridad pese a estar la puerta cerrada.
Cuando terminó la película, Tom llevó a Emma a su cuarto, mientras yo me quedaba en el sofá con Terrible peligrosamente cerca, mirándome con cara de querer robarme el alma. Tenía
varios mensajes de mi padre, pero no había podido explicarle mucho más allá de que había cambiado de familia y que eran muy majos. Ya hablaría con ellos al día siguiente.
No sabía si íbamos a seguir viendo alguna otra peli en la tele o si ya era la hora de irse a la cama.
Eran las diez de la noche y yo estaba realmente cansado de todo el viaje.
Sin embargo, tampoco sabía cómo eran los horarios en mi nueva casa, y menos aún un viernes.
Escuché un par de gritos de Emma desde su habitación (supuse que, o estarían peleando, o ella estaría resistiéndose a irse a dormir) y, a los pocos minutos, bajó Tom con pesadez por las escaleras, maldiciendo entre dientes.
—Ya está en la cama —dijo mientras se dejaba caer en el sofá, suspirando de agotamiento.
—¿Muy pesada?
—Demasiado —respondió, arrastrando la palabra como si le costara trabajo hablar—. ¿Quieres ver algo más en la televisión?
—Estoy un poco cansado. Del viaje y eso… —admití.
—Ah, claro. Has llegado hoy, es verdad. ¿Necesitas que te suba también en brazos a la cama? —bromeó.
—No, no. Puedo andar, puedo andar.
—Mejor, porque estoy exhausted. —
Bostezó, abriendo los brazos todo lo posible mientras lo hacía.
Pese a lo agotado que estaba, me costó muchísimo dormir esa noche.
Yo pensaba que, cuando subiéramos a la planta de arriba, Tom me enseñaría su habitación.
Pero no. Ni siquiera lo ofreció, y yo tampoco se lo pedí.
Me dio las buenas noches en el pasillo. Él se fue hacia un lado.
Yo hacia el otro. Y, tras cerrar mi puerta, escuché cómo cerraba la suya.
Casi me lancé sobre la cama. El cuerpo me pesaba, los párpados se me cerraban.
Tenía unas ganas de dormir que no podía con ellas.
Y al principio me quedé dormido, pero, cuando me desperté, pensando que ya sería de día, miré el reloj del móvil y aún era la una de la madrugada.
Quizá estaba tan cansado que mi mente, por alguna extraña
razón del universo, actuaba al revés de lo que debía hacer. O quizá fuera por culpa de la luz que entraba por la ventana. No era mucha, pero era la suficiente comopara desvelarme. Malditas persianas. ¿Por qué no podían existir en otras partes del mundo?
Estuve dando vueltas en la cama sin parar.
Miraba el móvil de vez en cuando o repasaba mentalmente frases en inglés que podían serme útiles para mi primer día en el St. Mary’s School.
Lejos de dormirme, cada vez estaba más y más despierto.
Me levanté, totalmente derrotado por mi insomnio, y salí del cuarto tratando de no hacer mucho ruido.
Quería ir a la cocina y beber un vaso de agua o comer algo de lo que había sobrado de la cena.
Siempre que comía a esas horas, después me entraba un sueño que me dejaba totalmente KO.
Un truco infalible.
Bajé las escaleras con mucho cuidado. Casi parecía un ladrón que se había colado en la casa para robar.
No quería encender ninguna luz por si acaso.
Sí, estarían durmiendo con las puertas cerradas, pero yo qué sé.
La única que encendí fue la de la cocina.
Una pequeña lamparita de color cobrizo que había sobre la encimera.
Al tercer armario, descubrí dónde estaban los vasos y abrí la nevera para echarme un poco de agua, cuando escuché cómo alguien metía una llave en la puerta de la entrada.
Dios, ¿era un ladrón? ¿Mi primera noche en Northwood e iba a tener que enfrentarme a un ladrón?
Joder. Pensé en subir corriendo a avisar a Tom.
Pero mis piernas decidieron quedarse quietas. Si no me movía, no me verían.
Hasta que la puerta de la entrada se abrió y oí cómo algo se caía en el salón con fuerza.
Como si hubieran tirado una silla o algo así.
Me asomé con cautela, sin ningún plan más allá de descubrir quién había entrado en la casa.
Entonces, vi a Debbie levantándose a duras penas del suelo, tratando de contener la risa.
Cuando consiguió ponerse en pie, se despidió con la mano
en dirección al exterior y cerró la puerta lo más silenciosamente posible.
—¿Debbie? —susurré. Esta se dio la vuelta, asustada, dejando caer las llaves y llevándose una mano al corazón.
— Oh, bloody hell! You scared the livin’ daylights out of me! What the… What you doin’, eh? You’re s’posed to… to be in bed.
—Sorry. I couldn’t sleep.
Según se fue acercando, pude notar que estaba bastante borracha. No solo porque le costaba andar en línea recta, sino porque el olor a alcohol que desprendía era muy fuerte. Yo pensaba que ya estaría en su habitación durmiendo, pero no. Acababa de llegar de fiesta.
— Do you want anything to…
¿Comer? ¿Quieres comer?
—No, gracias —respondí.
— Come on, love.
Vamos comer.
Y, cogiéndome de la mano, me arrastró casi literalmente hasta la cocina, indicándome que me sentara en una de las sillas de la mesa del centro. Tras asegurarse de que estaba bien sentado y dispuesto a comer, Debbie abrió la nevera, sacó las sobras de la cena y las metió directamente al microondas.
— Water? Coke? Tea. A tea’s perfect.
—Sacó de un tarro de cristal un par de bolsitas de té. Llenó de agua un hervidor de esos eléctricos y lo conectó. Sacó dos tazas blancas de otro armario, las colocó sobre la mesa y se dejó caer sobre una de las sillas, esperando a que el hervidor y el microondas terminaran.
Empezó a frotarse los ojos con la mano, como si le picaran, llevándose medio rímel por delante y dándole un aspecto más parecido al de un payaso o… al de alguien que había estado llorando.
— You are… you are a very nice lad. Just like my Tommy.
Me costaba bastante entenderla. Primero por su acento cerrado. Y luego por su borrachera, ya que no era capaz de pronunciar bien las palabras.
— Thanks.
—
Yo intento hablar bien español —dijo con todo el esfuerzo del mundo—. Quiero hablar español contigo.
—No hace falta, pero gracias. Hablas muy bien.
— You’re being nice.
Gracias, Mateo. ¿Mateo?
—Sí. Mateo —asentí—. Mateo Luarte.
—Mateo Duarte.
—Lu. Luarte. Lu —insistí.
—Luarte. Mateo Luarte.
—¡Eso! —exclamé con una sonrisa de felicidad justo cuando sonó el microondas.
Debbie dio una palmada y se puso en pie de nuevo.
Cogió dos platos y dividió las sobras para ella y para mí.
También apagó el hervidor y, colocando en el interior de las tazas las bolsitas de té, vertió el agua y volvió a sentarse.
Esas sobras olían increíblemente bien. Esperó a que yo empezara a comer para hacerlo ella, y, mientras comíamos, no hablamos ni una sola palabra.
Tuve que ser yo el que rompiera el silencio al final—. Muchas gracias.
— You’re welcome, love. Better keep this between us, yeah?
Entendí que lo que quería decirme era que no le contara nada a Tom sobre su hora de llegada y, seguramente, sobre su borrachera. Primera noche en Northwood y ya tenía que guardar un secreto.