El mundo entre nosotros Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—El Shepherd’s pie es una receta muy típica. Carne, zanahoria, cebolla, puré de patatas y queso. Creo que no tiene mucho más —me explicó—. Pero a mi madre le gusta poner encima unas Cheese & Onion crisps

para que esté más cruhiente

. —Estuve a punto de corregirlo de nuevo, pero me dio vergüenza y decidí dejarlo pasar.

—Suena de muerte —dije mientras me servía un trozo, no demasiado grande para no parecer un ansioso. Aunque tampoco demasiado pequeño, no quería parecer desagradecido. ¿Estaba pensando todo demasiado?

—¿Muerte? ¿No te gusta?

—No, no. Me refiero… Es una expresión. «Suena de muerte» sería como decir «suena genial». Pero más fuerte, no sé.

—De muerte. Vale. Pruébalo. Dime qué te parece.

¿La verdad? Estaba riquísimo. Y la idea de ponerle las patatas por encima le daba el toque extra perfecto.

Debbie sonrió orgullosa al ver con qué ganas lo comía.

Me insistió en que comiera todo lo que quisiera, que estaba demasiado delgado (se llevó otra mirada asesina por parte de Tom) y en que probara el resto de los platos.

Le hice caso, porque no paré hasta hartarme, porque no quería ser maleducado, y Debbie no dejaba de llenarme el plato en cuanto lo terminaba.

Emma estuvo en silencio toda la cena, acariciando de vez en cuando a Terrible, que ronroneaba de gusto.

Al menos no se rebeló más y nos dejó comer tranquilos.

Yo siempre había sido más de perros que de gatos, pero iba a tener que llevarme bien con él si íbamos a convivir un mes.

Por lo que me contó Tom, el gato era exclusivo de su hermana y no dejaba que nadie más lo tocara.

Y Debbie además era alérgica, por eso trataba de no estar muy cerca de él.

Era diferente a las cenas en mi casa. Primero, y la principal diferencia: el silencio.

Nunca había comido tan en silencio como esa primera noche en casa de Tom.

Todos respetaban sus turnos para hablar.

No había nadie con el teléfono móvil en la mesa y tampoco había gritos o malas palabras.

El que más hablaba era Tom, que quería saber más de mí, me preguntaba por mi vida en Madrid, por mis amigos, por mi familia, por mis clases en el colegio…

Mezclaba continuamente el inglés con el español, pero siempre asegurándose de que yo entendiera lo que decía.

Su relación con su madre era muy graciosa.

Totalmente diferente a la que tenía yo con la mía.

Porque Tom parecía la madre, y Debbie, el hijo.

Desde luego, cuando conociera a mi familia, no le iba a dejar indiferente…

—Estaba todo buenísimo. Delicious!

—exclamé nada más terminar, y a Debbie se le iluminó la cara, como si hubiera sido el mejor cumplido que le hubieran hecho nunca.

—Gracias, love. —

Se levantó para recoger los platos, pero yo fui más rápido y me puse en pie como empujado por un muelle. No iba a dejar que ella limpiara después de haber cocinado.

—No, no. Déjame a mí. Yo… I’ll clean.

Cogí la bandeja de horno con los restos del pastel y el cuchillo que había usado para partirlo. Pero, al girarme, tropecé con la silla y se me cayó, con la punta directa hacia el pie de Tom, y se le clavó en la zapatilla.

—¡AAAH! —chilló Tom. Debbie gritó también e incluso Emma, haciendo que el gato pegara un salto y saliera corriendo de la cocina, espantado por el espectáculo.

—¡Dios! ¡Lo siento muchísimo! ¡¿Qué hago?

! ¡¿Qué hago?! —grité, entrando en pánico.

¿En serio no había pasado ni treinta minutos en esa casa y ya había apuñalado en el pie a alguien?

¿En qué momento había sido tan sumamente torpe?

Tom se cogía de la pierna, chillando de dolor, y Debbie tampoco sabía

muy bien qué hacer—. ¿Una ambulancia? Ambulance? For help?

—Saqué mi móvil del bolsillo, pero no sabía qué teléfono marcar.

Y entonces los chillidos de dolor de Tom se transformaron en risas y luego en carcajadas.

No estaba entendiendo nada. ¿Por qué se reía tanto cuando le acababa de clavar un cuchillo en el pie?

¿Sería una risa nerviosa por culpa del insoportable dolor?

Hasta que bajó la mano, cogió el cuchillo del mango y tiró de él, sacándolo de la zapatilla.

—¡No lo quites! ¡La sangre! The blood! The blood!

¡Te vas a desangrar! —Pero no había sangre en la zapatilla. Quizá no le había llegado al pie, y se había librado por poco y por eso se reía—. ¿No te duele?

—No me duele nada.

—¿Y por eso os reís? No entiendo nada…

Tom, en vez de explicármelo, se puso en pie, se desabrochó los pantalones y se los bajó hasta los tobillos.

Me quedé en shock, porque se estaba desnudando, literalmente, delante de mí.

Llevaba unos slips blancos bastante apretados, aunque no se veían del todo porque la camiseta se los cubría casi por completo.

—Pero… —empecé a decir, totalmente a cuadros—.

¿Qué narices…? —Me puse en tensión de inmediato.

Es decir, tenía delante de mí a uno de los chicos más guapos que había visto en mi vida en calzoncillos, sonriente.

No quería mirarlo, porque no quería quedar de pervertido, pero es que no podía evitar fijarme en el final de sus slips, donde se marcaba todo su paquete.

Empezó a picarme toda la espalda por los nervios, pero no quería ponerme a rascarme como si estuviera loco.

¡Ya había apuñalado a alguien! ¿No era suficiente?

— TOM!

—le reprendió su madre. Sin embargo, Tom quería que viera algo, y no eran sus calzoncillos, precisamente, sino su pierna izquierda. Porque no era una pierna normal, sino una prótesis que iba desde la rodilla hasta la zapatilla. Y, para

cubrirla, llevaba un calcetín blanco grueso y extralargo con el que ocultaba la mitad.

—Los cuchillos no me hacen daño —afirmó, orgulloso—. I’m basically Iron Man. The Iron Man of Northwood.

— Thomas Green! Pull your trousers up right now and stop mucking about, alright? Honestly, you drive me nuts!

—Debbie estaba frente a él, con los brazos en jarra, visiblemente incómoda por la situación.

Especialmente porque parecía haberse creído que de verdad le había hecho daño a su hijo en el pie.

Tom chistó con la lengua y se subió los pantalones, cubriendo de nuevo sus piernas y sus calzoncillos.

Aún estaba flipando con la naturalidad con la que se los había bajado.

Le había importado cero que yo pudiera verlo así, y eso que me acababa de conocer.

—¿A que nunca habías visto una tan chula? —se jactó mientras se volvía a sentar y colocaba su pierna sobre mi silla—. Puedes tocármela. Mira.

—¿Qué? —¿Realmente tenía que decir eso… después de haberse bajado los pantalones? Me estaba poniendo muy nervioso. Yo debía de tener la cara roja, porque notaba cómo me ardían las mejillas de la vergüenza que estaba pasando.

—¿No has visto nunca una? —Estiró el brazo y cogió mi mano, llevándola hacia su prótesis y haciendo que la tocara.

Sí, era más dura que una pierna, pero con los pantalones por encima tampoco podía notarse mucho la diferencia solo con el tacto—.

Es mi tercera ya. Las otras eran baratas y no eran buenas.

Pero hemos estado ahorrando mucho y ahora tengo esta que es amazing.

Y tendrías que ver la otra que tengo para correr. De muerte. —Me guiñó un ojo, dejando claro que esa expresión le había gustado y pensaba seguir usándola.

—Qué guay.

Tardé un rato, pero al final me relajé de nuevo. Aunque tenía que reconocer que, instintivamente, me había excitado un poco

con la situación. Lo que hizo que me tensara de nuevo, pensando que podrían haberse dado cuenta. Miré disimuladamente hacia mis pantalones y todo parecía en orden. ¡Me habría muerto de vergüenza!

—Vamos a enseñarte tu habitación —propuso, y quitó la pierna dela silla, levantándose de un salto—. Off to the room! —

lo dijo señalando lapuerta, como si fuéramos a iniciar una misión. Una nueva aventura. La primera que pasaríamos los dos juntos.

Ni siquiera esperó a que su madre contestara. Salió de la cocina, en dirección a las escaleras que llevaban a la planta de arriba. Yo me despedí educadamente de Debbie, dándole las gracias por la cena tan rica, y fui tras Tom, que ya estaba preparado en el primer escalón.

—Estaba pensando…, ¿prefieres que te hable en inglés? It’s the only way to

…

—No sé mucho, así que, si a ti te da igual y de verdad no te importa, prefiero que me hables en español —dije con sinceridad.

—No entiendo. ¿No quieres aprender inglés? —preguntó, confuso, mientras llegábamos al final de las escaleras.

—¿Sinceramente? Me la suda. —Su cara dejó claro que no había entendido mi expresión. Normal—. I don´t give a fuck?

¿Eso está bien dicho?

—Sí, sí —dijo en un hilo de voz, algo asustado—. Pensaba que querías aprender. Antes me dijiste…

—Si lo aprendo, genial, claro —lo interrumpí—. Tampoco me voy a poner exquisito. Pero lo único que quería era escapar de casa, la verdad.

— Why’s that?

¿Por qué? —se obligó a decirme en español—. ¿Es porque no tienes tu propia habitación? ¿Es por eso?

—Es una larga historia.

—Las mejores historias. —Llegamos al final del pasillo enmoquetado. Nos detuvimos ante una puerta de madera con un manillar dorado—. Aquí. Esta es tu habitación.