Capítulo 6
Su pelo rubio estaba peinado hacia atrás, aunque con mechones rebeldes que iban en todas direcciones.
No era mucho más alto que yo, pero sí mucho más delgado.
De hecho, la ropa incluso le quedaba un poco holgada.
Su sonrisa era cautivadora, desprendía una sensación de calidez que te reconfortaba al momento, por muy cursi que suene.
Porque suena cursi.
Lo sé.
Pero es que a ese chico se le veía algo real, algo auténtico que no había visto nunca.
En nadie. Un magnetismo inherente. Cuando te miraba, sentías que eras la única persona importante en ese momento.
Eso lo definiría bien. Te hacía sentir importante.
El estómago se me encogió un poco. Me había puesto nervioso.
Solo con verlo. Él movía los dedos de las manos, nervioso, como a la espera.
Porque quizá yo llevaba demasiado tiempo en silencio y seguramente estaba empezando a ser incómodo.
— Are you there?
—volvió a preguntar, porque yo me había quedado totalmente absorto mirándole.
— Eh, yes. Eh… I’m Mateo. Mateo Luarte. Your new brother.
—Dios, pero ¿qué estaba diciendo?
—¡Ah, Mateo! ¡Claro! I thought you were coming tomorrow
. Pensaba que era mañana. Se me va la cabeza.
—Se dio un golpe en la frente con la palma de la mano.
Terminó de dejar sus cosas en la entrada y vino hacia mí, sonriente, mientras se colocaba el pelo.
Yo le tendí la mano, pero él hizo caso omiso.
Me cogió y me abrazó, con fuerza. Como si fuéramos amigos de toda la vida.
—Hablas español —dije cuando nos separamos.
—Sí. ¿Lo he hablado mal? ¿Me equivoqué? —replicó con cara de susto.
—No, no. Lo hablas mucho mejor que yo el inglés —me sinceré.
—Seguro que no. Tengo mucho que aprender. Seguro que me puedes ayudar tú.
—No lo sé, puedo intentarlo. Tú… me puedes ayudar con mi inglés. —Aunque tampoco tenía mucha intención de aprender más de lo que ya sabía.
— Sweet! So, when did you arrive? —
Su acento era mucho más claro y menos cerrado que el de su madre, eso desde luego. Pero es que, cuando hablaba español, también lo hacía con un acento perfecto. Como si llevara aprendiéndolo toda la vida.
— Like… five minutes ago? —
respondí, aún nervioso en su presencia.
— And have you met my mad family yet?
—rio al decirlo. Y yo solo podía pensar en Terrible tirando todo lo que había sobre la mesa.
— You should see my family
—bromeé. Era raro hablar con alguien en inglés, pero con él me salía solo. Curioso. Nunca me había pasado.
— I will, right?
Siempre se me olvidaba que, después de este intercambio, él vendría a España en octubre. Solo de pensarlo se me ponían los pelos de punta. Sia mí ya me costaba horrores soportar a mi familia… Además, ¿dónde iba a entrar? Si ya casi no había
sitio ni para mí. Bueno, era algo que no quería pensar mucho. Problema del Mateo del futuro. El Mateo del presente tenía otras cosas a las que prestar atención.
— Tom? Is that you, love?
—Escuché a Debbie desde la cocina. A Tom no le dio tiempo de contestar porque su madre ya estaba entrando en el salón—. Oh, this is Mateo Duarte!
—Luarte —dije entre dientes.
— Come again, love?
—Debbie. Español —señaló Tom.
— Don’t you want to learn a bit of English, then?
—me dijo Debbie, mirándome con curiosidad.
—Yo… Eh…
— It’s his first day, Debbie. And we said you’d also practice your Spanish, didn’t we? To improve it
—dijo Tom, con una sonrisa nerviosa.
— You’re right, love. I’m going to speak Spanish —
replicó Debbie, orgullosa—. Su nombre es Mateo Duarte.
—Y otra vez —susurré. Tom me pilló diciéndolo, pero pareció no darle mucha importancia.
—Le estoy enseñando a mi madre español. Lo habla bien, aunque le da vergüenza —me explicó Tom.
—Sí —se limitó a decir Debbie, y me costó reprimir una risa. Tom me miró de nuevo, cómplice esta vez.
— I’m leaving
—intervino Angie, saliendo también de la cocina—. ¿Me acompañas a la salida, Mateo?
—Eh, sí, claro. Of course
. Por supuesto. —Me encogí de hombros y fui tras ella.
— We’ll wait for you. Don’t worry. You have to…
— Debbie!
— Sorry.
Te esperamos para cena —sobrepronunció Debbie, tratando de sonar lo más natural posible.
—Cenar —la corrigió su hijo.
—Cenar. Te esperamos para cenar. —Debbie lo intentaba, se esforzaba, y se le podía notar en la expresión lo muy concentrada que estaba. Iba a ser curioso vivir con ella ese mes—. Is that right? I can’t say it properly… It’s impossible!
Asentí, como queriendo dejar claro que volvía en unos minutos, y fui tras Angie para acompañarla hasta el coche.
No estaba muy claro qué quería hablar conmigo.
Quizá darme las últimas instrucciones, o avisarme de algo que no me había podido contar antes.
Ni idea. Nos acercamos hacia el coche y lo abrió dándole al botón de su llave.
Bueno, lo intentó, y no fue hasta la quinta o sexta vez que consiguió que se abrieran las puertas.
Dejó su bolso en el asiento del conductor y se giró para mirarme durante un largo rato. Tanto que llegó a ser incómodo.
—Bueno, pues… ¿muchas gracias? —Me acerqué para darle un abrazo. Y cuando se lo estaba dando, ni siquiera reaccionó. Se quedó como una estatua. Totalmente inmóvil. El abrazo más incómodo de mi vida.
Me separé, dispuesto a volver a la casa, pero Angie seguía mirándome, frunciendo el ceño a más no poder. ¿Qué quería?
—¿Hay algo que…?
—¿Tu equipaje? —dijo con ese tono de «¿Eres tonto? Espabila, que para eso te he hecho venir al coche». Es verdad. Se me había olvidado por completo.
Me abrió el maletero y fui sacando todas mis cosas mientras Angie se encendía otro cigarro.
¿De dónde los sacaba que nunca me daba tiempo a verlo?
No hubo ya más abrazos incómodos ni miradas largas y silenciosas.
Solo dijo que volvería a verme en un par de días, el lunes concretamente, para llevarme a mi primera clase del colegio.
Se montó en el coche, cerró la puerta sin decir nada más (ni siquiera se ofreció a ayudarme a llevar mi equipaje de vuelta al interior de la casa) y se fue con un acelerón de esos que tanto le gustaban. Fácilmente, podría haberse estampado contra
un árbol, pero algo había que reconocerle a Angie: tenía unos reflejos increíbles.
Cuando por fin desapareció al final de la calle, tuve un pequeño momento de soledad absoluta.
Sin embargo, pronto cambió por una sensación de libertad que no había sentido nunca.
O al menos, no recordaba haberla sentido.
Por fin solo. Por fin iba a poder estar en una casa sin seis personas más quitándome mi espacio, mi oxígeno.
Miré mi maleta y mis mochilas, para ser realmente consciente de lo que estaba pasando, de que iba a hacerlo.
El intercambio empezaría en cuanto cruzara de nuevo la puerta de la casa de los Green.
¿Estaba preparado? Bueno, pues supongo, ¿no?
— Need a hand?
—Me dio tal susto que no salté de milagro—. Sorry! Didn’t mean to scare you
—se disculpó Tom, que había salido de casa y estaba justo detrás de mí—. No quería darte susto.
—No, no. It’s… it’s ok.
—¿Te ayudo? ¿Vamos dentro de la casa? —Sin esperar a que yo respondiera, cogió mi maleta y una de mis mochilas y empezó a andar hacia la casa.
—Espera, que no lleves todo tú. —Pero ya estaba dándome la espalda. Vi cómo se encogía de hombros y seguía andando—. Bueno, pues nada —dije para mí.
Cogí la otra mochila y un par de bolsas de tela donde llevaba tres libros contados y algo más de ropa, y lo seguí, directo hacia el olor de esa comida casera recién hecha.
Tom me esperó en la puerta de entrada y pasé a su lado. Olía a desodorante y un poco de sudor, mezclado con el olor de la comida que había preparado su madre. Me sonrió, cerró mientras dejaba la maleta en un lado del salón y la mochila en el sofá.
—Ahora te enseño tu habitación. Pero, primero, cena. —Noté el hambre que tenía dibujado en su mirada—. Are you hungry?
—Yes, yes —
respondí. Me indicó con la mano que lo siguiera y entramos de nuevo en la cocina.
El pastel de carne que había hecho Debbie estaba en el centro de la mesa, sobre una bandeja de horno plateada.
Junto a ella, varios cuencos con más comida: zanahorias cocidas y lo que parecía puré de guisantes, además de un cesto con pan.
Debbie seguía recogiendo el estropicio que había originado Terrible momentos antes junto a Emma.
La niña me miró, intrigada, mientras acariciaba a su gato con suavidad, sujetándolo del lomo para que no se escapara otra vez.
— I hope you’re hungry, love
—me dijo Debbie, al tiempo que tiraba ala basura todo lo que había barrido en el recogedor. Tom la reprendió con la mirada, pero a su madre le dio igual—. Oh, give me a break, will you?
—
Mi madre es bastante cabezona —me dijo Tom casi en confidencia.
—Cabezota.
—¿Eh?
—Se dice «cabezota» —le expliqué.
—Cabezota. ¡Gracias! —Fue repitiéndolo para sí mismo mientras cogía una silla y se sentaba a la mesa.
Debbie me indicó con la mirada que me sentara en la silla que estaba libre, y, obediente, me senté, con muchísimas ganas de probar toda esa comida.
Aunque un poco nervioso por tener que hablar demasiado inglés.
No era mi fuerte, ni mucho menos, y tampoco quería que no me entendieran y se agobiaran por mi culpa.
En cuanto me senté, Debbie cogió una cuchara enorme de madera y, metiéndola en la bandeja, seleccionó un trozo del pastel y me lo puso en mi plato. No tenía muy claro lo que llevaba, pero tenía una pinta increíble.
— Now, I know the recipe says mash, but I like to add a layer of Cheese & Onion crisps on top. Gives it a bit of a funny crunch!
— Perfect
—contesté, aunque no tenía ni idea de lo que me había dicho. Tom me vio perdido y me lo tradujo mientras se servía él un trozo.