El mundo entre nosotros Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Anduvimos a paso lento hacia la entrada de la casa.

Parecía como si Angie quisiera aspirar todo lo posible ese paisaje antes de volver al coche y a la ciudad.

Suponiendo que viviera en Londres, porque había dicho que había estudiado en el St. Mary’s School.

Aunque cuando hablamos por primera vez, me dijo que pasaba mucho tiempo en Londres y…

— Ready?

—

Sí. Digo… yes —

me corregí al momento.

Angie asintió una vez más y llamó al timbre de la casa.

Después de unos segundos en los que pude escuchar a alguien andando al otro lado, la puerta se abrió y apareció una mujer de pelo corto rubio platino, recogido en una coleta mal hecha.

Tenía los labios pintados de color rosa y llevaba una camiseta de licra con estampado de leopardo. También tenía un delantal rojo en el

que se leía Hot stuff coming through

.

Dentro de la casa se podía escuchar música y olía a comida, como si estuvieran cocinando algo al horno.

— Hello, dear. How can I help you?

—Lo dijo con un acento tan cerrado que me costó horrores entender lo que acababa de decir.

— I’m Angie Wetherford. This is Mateo Duarte…

—Otra vez, macho.

—Luarte —la corregí. La mujer del delantal me miró como si fuera un perrillo que acabara de atrapar una pelota de tenis al vuelo.

—¿Luarte? ¿Mateo? Oh, yes, yes! Come here, love!

—Y casi apartando de un empujón a Angie, se abalanzó sobre mí y me dio un abrazo de esos intensos que te dejan sin aliento. Esa mujer era muy voluminosa, así que por poco no me ahogó—. Hola, buenas nochies

. Encantado de saludarte.

—Lo mismo digo —respondí con una sonrisa, porque por fin podía volver a respirar. Me había mareado con su perfume, y me había ido directo hasta el cerebro. Como cuando te tiras a la piscina y se te mete el agua por la nariz y te pica durante unos segundos.

— Come in, love! Don

’ t just stand there. —

Hizo un gesto con la mano para que pasara dentro de casa—. My name is…

No. Yo mi llamo Debbie. Mucho gusto.

—Un placer —contesté educadamente.

Primero pasó Angie, luego fui yo y la última en entrar fue Debbie. Esa casa olía de maravilla. No tenía muy claro lo que estaba cocinando, pero debía de estar buenísimo.

— Oh, do you like it? —

me preguntó al ver mi cara—. It’s shepherd’s pie… with a twist.

—Me guiñó un ojo, cómplice. Yo le devolví el gesto, como si entendiera lo que quería decir, aunque no lo hiciera.

Miré a Angie, que me instó a que siguiera a la que iba a ser mi madre postiza durante casi un mes.

Yo, obediente, la seguí hasta el comedor, atravesando un salón con un sofá verde tapado con varias mantas, una televisión encendida donde se veía un anuncio de detergente y, al fondo, unas escaleras de madera que llevaban al piso de arriba.

Todas las luces estaban encendidas, y cuando digo todas, quiero decir todas.

En el salón por lo menos había tres lámparas, dos lamparitas en mesas auxiliares y una que colgaba del techo.

Pasamos a la cocina, donde había una mesa redonda, ya totalmente preparada para cenar.

El horno estaba encendido, y el olor que salía de ahí era increíble.

La mesa estaba lista para cuatro, pero, en cuanto entramos en la cocina, Debbie abrió un cajón y un armario casi a la vez y sacó un plato y varios cubiertos.

— Can you help me, love?

—me dijo.

— Sure, yes —

respondí, obediente de nuevo, y cogí los cubiertos para colocarlos en la mesa. Pero no había hueco. ¿Dónde esperaba que…?

— Oh, no, Miss Green. I won

’ t be staying for dinner, thank you

—se adelantó Angie. Debbie iba a insistir, pero, al ver la expresión de Angie, aceptó su derrota y dejó el plato sobre la encimera.

— Such a shame. EMMA! COME TO DINNER!

—gritó de repente, con ese acento tan marcado.

Me dio tal susto que por poco no se me cayeron los cubiertos al suelo.

Si no recordaba mal, Emma era la niña de la foto, la hermana de Tom.

Tardó unos minutos en aparecer, pero, al final, lo hizo.

Asomada por la puerta de la cocina vi una cabeza rubia coronada por dos trenzas a medio hacer, cada una con una cinta de pelo de un color diferente.

Poco a poco apareció la frente, los ojos de color azul, la nariz respingona y el resto de la cara.

Emma tenía una expresión juguetona dibujada en el rostro.

Tenía pinta de haber hecho alguna travesura que solo ella sabía.

Cuando se asomó por completo, no estaba sola.

Llevaba algo entre las manos. Pensé que era un peluche, pero no, era un gato de color gris ceniza, aunque más bien parecía una bola de pelo sin ningún tipo de forma.

Hasta que giró el cuello y vi sus ojos clavados en los míos.

Maulló como si hubiera visto al diablo y se revolvió entre las manos de Emma, que luchó por mantenerlo abrazado.

Fue imposible.

— Terrible! Stop! —

gritó Debbie, asustada. ¿En serio el gato se llamaba Terrible?

A este, al parecer, le daba todo igual. Saltó de los brazos de Emma directamente hacia una de las sillas de la cocina. Debbie trató de atraparlo, pero fue tarea imposible. Terrible (lo diré en español) se subió a la mesa y se paseó por los platos, y los tiró al suelo uno a uno.

— Emma!

—protestó Debbie. Emma entró a la cocina, alarmada, y también trató de coger al gato diabólico.

Mientras, Angie y yo nos mirábamos con cara de no saber muy bien qué hacer ante el panorama.

Hasta que escuché la puerta de entrada cerrarse y una voz casi igual de agudaque la de Debbie gritando desde la lejanía.

— I’M HOME!

Di un par de pasos hacia atrás y me asomé por la puerta hacia el salón.

Vi a un chico de espaldas, vestido con pantalones largos azul marino, una chaqueta roja y verde y una mochila de deporte colgando sobre uno de sus hombros.

Se estaba quitando las zapatillas de deporte y dejándolas sobre una alfombrilla de color marrón repleta de zapatos.

Tuvo que apartar dos mocasines negros con las manos para poder dejar sus zapatillas.

No sé si notó mi presencia o qué, pero se giró para mirarme.

No de golpe, sino despacio, con una mezcla de curiosidad y seguridad.

— And you are…?