Capítulo 5
Pese a nuestra pequeña parada en la gasolinera, no tardamos mucho en llegar a Northwood.
La frialdad de la autopista fue quedando atrás y, mientras los carriles iban desapareciendo y todo se iba estrechando, empezaron a rodearnos árboles verdes y frondosos, además de casas de dos alturas, hechas de ladrillo, con jardines delanteros con el césped recortado y pequeñas ventanas con cortinas de encaje.
Pasamos junto a un letrero en el que se podía leer Welcome to Northwood
y, unos pocos metros más adelante, otro que indicaba la ruta más rápida hacia Ruislip Woods National Nature Reserve. Fui a bajar la ventanilla para absorber un poco del aire rural que nos rodeaba, pero no había ningún botón en mi puerta.
—¿Cómo puedo bajar la ventanilla?
—¿ Ventanilia?
—Ventanilla. Eh… Window. This window.
—What for? —
preguntó, sin dejar de mirar a la carretera.
—¿Eh?
—¿Para qué quieres bajar la ventanilia
? —preguntó de nuevo.
—Para aspirar un poco de aire, no sé. ¿Cómo la bajo? —¿Por qué todo era tan complicado con esa mujer?
— There’s a window winder right next to you.
—
¿El qué? —Miré mi puerta y, después de un rato, me fijé en una pequeña manivela—. ¿Esto? ¿Esta manivela?
—¿Manivela? Sí, eso. Yes.
—Pero cuando iba a bajarla, casi me comí la parte delantera del coche, porque Angie dio un frenazo en seco que me pilló por sorpresa. Miré hacia delante, teníamos una señal de stop
justo enfrente—. La gente en Londres conduce muy mal.
—Sí, la gente —dije, entornando los ojos.
— It’s crazy.
—Sí, desde luego. —Me imaginé cruzándome con Angie… Me pasaba por encima, eso seguro. Cogí la manivela que había bajo mi ventanilla y empecé a girarla suavemente hasta que conseguí abrir un poco la ventana.
Después de asegurarse de que no vinieran más coches, giramos hacia la izquierda por una carretera mucho más pequeña de dos direcciones, con árboles que casi cubrían el cielo.
A ambos lados había una acera por la que, de vez en cuando, nos cruzábamos con algún hombre que paseaba a su perro o con alguna runner
escuchando música a través de sus auriculares, sujetando el móvil con la mano y tratando de controlar al máximo la respiración.
Todo formaba un ambiente totalmente diferente al de Madrid.
Era como estar en un mundo aparte. Quizá fuera la naturaleza que nos rodeaba, o las casas tan diferentes a las de la ciudad, o incluso el aire que se podía respirar, mucho más suave, más limpio.
No lo tenía muy claro, pero estaba seguro de una cosa: Northwood era lo que necesitaba.
Un perfecto paréntesis en mi vida. Solo esperaba que la familia Green fuera maja y acogedora. Al menos su hijo, Tom, lo parecía.
—Bienvenido a Northwood, Mateo. Te va a gustar más que Londres —me animó Angie, que no sabía en qué momento había cogido un cigarrillo y se lo había puesto en la boca. ¿De dónde lo
había sacado? ¿Cómo se lo había encendido en tan poco tiempo sin que yo me diera cuenta?
—Parece bonito.
—Y lo es. A dream come true.
Aunque yo prefiero la gran ciudad. The big city —
exageró haciendo aspavientos con las manos y soltando el volante durante un par de segundos, sonriente, mostrando sus dientes manchados de carmín—.
Soy una chica poco naturaleza. —Sí, su acento seguía estando muy marcado, pero hablaba bastante bien español, pese a comerse de vez en cuando algún artículo que otro.
Aun así, se notaba que yo no era el primer alumno de intercambio al que veía.
Soltó una nueva bocanada de humo denso y grisáceo que me vino directo a la cara.
Menos mal que había bajado mi ventanilla o nos habríamos ahogado por culpa de ese cigarrillo.
—Yo no sé si soy «chico naturaleza» o no —pensé en voz alta mientras observaba el pueblo que nos rodeaba.
Estábamos entrando por la calle principal y fui anotando mentalmente los sitios que podían interesarme después: un supermercado, una cafetería repleta de mesas mirando hacia la carretera, una librería pequeñísima…
Pasamos junto a una pequeña plaza que daba a la entrada del metro, donde había una fuente en la que estaban sentadas tres chicas mirando sus móviles.
Las tres iban de uniforme. ¿Serían del colegio al que iba a ir yo?
¿Iba a tener que llevar uniforme de nuevo? ¡No, por favor!
—Queda poco para Tom. Para su casa —anunció Angie después de dar una larga y última calada a su cigarrillo.
—El colegio… St. Mary’s School. ¿Está muy lejos?
— The one on your right, sweetheart.
Derecha.
Y, por la ventanilla de Angie, a lo lejos, se veía un edificio viejo, no muy alto, con ladrillos de color rojo anaranjado en la fachada, construido en forma de U.
Tenía una parte central que terminaba en un techo puntiagudo (seguramente una iglesia) y varios pisos de altura.
A su alrededor, jardines de hierba oscura
recién cortada por algunas zonas, salvaje por otras.
Debía de ser la hora de salida, porque todo estaba repleto de niñas y niños corriendo, hablando en grupos, con mochilas a la espalda, y casi todos con el móvil en la mano.
¿Iban a ser mis compañeros? Me estaba poniendo nervioso, porque empezaba a ser consciente de que todo era real, de que iba a ir a un nuevo colegio, con gente nueva, profesores nuevos y…
clases en inglés. Lo que es un intercambio, Mateo. No te hagas el sorprendido ahora.
— That’s my school —
dijo Angie, orgullosa—. There’s a story
… Una historia de un fantasma. At the gym
—. Pero no pudo terminar de contármela, porque comenzó a sonar en la radio una canción que parecía gustarle mucho, ya que subió el volumen hasta el límite. La canción era «Like I can» de Sam Smith.
—Hay una versión con una cantante española… —comencé a decir.
—¿Shakira? —Me miró con una emoción en los ojos increíble.
—Española. De España. Se llama Aitana. Aitana —remarqué, casi como si estuviera sorda.
— Don’t know her.
—En ese momento, volvió su mirada hacia delante, moviendo la cabeza al ritmo de la música e intentando cantar la canción sin saberse nada de la letra. Tampoco es que yo me la supiera…
Seguimos avanzando por el pueblo. Se notaba que era ya por la tarde; las calles parecían animadas, la gente abarrotaba los bares y en alguna de sus terrazas pude ver a gente cenando. Espera, ¿cenando? Pero ¿a qué hora cenaban allí? ¡Si solo eran las seis y media de la tarde!
Pasamos al lado de una iglesia de piedra grisácea, con vidrieras de un azul oscuro desgastado y un cementerio justo en uno de los laterales.
Debía de tener siglos de antigüedad. Iba a preguntar a Angie, pero la vi tan concentrada en su canción que preferí no molestarla. Quién sabe cómo iba a reaccionar.
Además, era mejor no distraerla más de la cuenta, quería llegar vivo a casa de Tom.
—Ya llegamos. Almost there…
—me dijo cuando se acabó la canción de Sam Smith. Al decirlo, empezaron a aparecer de nuevo casas de ladrillo oscuro, separadas por varios metros de distancia.
La calle era tranquila y no se veía ni un alma.
Casi como si fuera el decorado de una película.
Varios árboles se curvaban hacia la carretera, creando una especie de túnel natural que opacaba la luz.
Mas bien la atenuaba, al menos la poca que quedaba, porque ya había empezado a anochecer.
De repente, Angie frenó el coche (de golpe, como le gustaba a ella, al parecer) y se puso a mirar por la ventanilla.
Habíamos parado junto a una casa de dos alturas, con hiedra que trepaba por una de las paredes laterales.
Había una chimenea sobresaliendo por el tejado, de la que emergía un humo grisáceo.
¿En serio hacía tanto frío que había que poner la chimenea en pleno abril?
El jardín delantero, que se confundía con la acera, estaba separado por un sendero de piedra que serpenteaba hasta la puerta principal de la casa, pintada de azul marino.
En el suelo, casi junto a la entrada, había una bicicleta tirada, como si alguien la hubiera dejado ahí porque llegaba con prisas, y un coche rojo a su lado.
—Aquí es —señaló Angie mientras quitaba la llave del contacto—. La casa de la familia Green. Your new home.
—Es muy… inglesa.
Angie no pareció entender lo que quería decir, así que cogió un nuevo cigarrillo de la guantera, abrió la puerta y salió del coche. Yo tardé unos segundos más, pero acabé por imitarla y también salí, dejando sobre mi asiento el informe que me había dado antes.
El olor a naturaleza de ese lugar no tenía nada que ver con el de Madrid, que solo olía al humo de los coches. Te sentías
como más liviano, más libre. Parecía como si hubiera llegado el verano de repente, aunque todavía quedaran un par de meses.
No hacía frío, pero sí que refrescaba un poco, así que la sudadera no me sobraba para nada.
Saqué el móvil del bolsillo, encuadré la casa con la cámara y le hice una foto.
Para mis padres. O para mí. O ambas cosas.
Aún no lo había decidido. Simplemente tuve la necesidad de sacarle una foto.
Puede que para recordar ese momento. Mi llegada real al Reino Unido.
A mi nueva casa. Aunque solo fuera a serlo durante unas semanas.
— Shall we?
¿Vamos? —dijo Angie con una sonrisa (un tanto siniestra, la verdad). Haciéndome un gesto con la cabeza, me indicó que fuera a su lado para acercarnos a la casa.
Rodeé el coche y aceleré un poco el paso para ponerme a su altura. Dio una larga calada a su cigarrillo y se agachó para apagarlo en el suelo de piedra, guardándoselo después en el bolsillo.
— We must keep the country clean
. Hay que… ¿mantener? el país limpio —sentenció.
—Claro —respondí, sin saber muy bien qué más decir.