Capítulo 4
Northwood
Después de más de media hora esperando la maleta, por fin la vi aparecer al principio de la cinta transportadora.
Al cogerla casi me caigo con ella de lo mucho que pesaba.
Entre la ropa que había metido yo y la que me había metido mi madre, parecía que llevaba ahí dentro un muerto como poco.
Pero es que llevaba media vida, ¿no? Era lógico que pesara.
Tenía muchas ganas de conocer a la familia de Ethan.
O… más bien tenía ganas de conocer al propio Ethan.
Ethan Lytton.
Vivían en un apartamento cerca de la estación de metro de Holborn.
Eran cinco en total. Es decir, sus padres, sus dos hermanas y él.
Sin embargo, las hermanas tenían veinticinco y veintisiete años, así que dudaba que estuvieran mucho tiempo en casa.
Ethan, obviamente, tenía mi edad y era guapísimo.
Jugaba al voleibol y tenía unos ojos de los que era fácil enamorarse.
Iba a ser genial. Tenía tantas ganas de instalarme ya…
Tardé un poco en ubicarme, pero, tras pasar el control de pasaportes, salí a la zona de «Llegadas» del aeropuerto de
Heathrow y una mujer pelirroja, de pelo rizado, con gafas de sol (pese a estar dentro de la terminal), unos vaqueros desgastados y un jersey verde a medio remangar me esperaba con un cartel en el que se leía mi nombre: Mateo Duarte.
Eh, ¿cómo que «Duarte»? ¿Ya se habían equivocado con mi apellido otra vez?
Arrastrando la maleta, llegué hasta ella, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola.
— Oh, hi! Are you Mateo… Duarte?
—me preguntó con una voz rasposa, como si llevara fumando desde que era pequeña.
—No, eh… No. Mateo Luarte. Luarte. Con L. With an L —
expliqué.
— Ah, sorry. My bad. How was the flight?
—Estiró la mano para coger mi maleta y ayudarme con ella.
— Good
—me limité a decir.
—Si quieres, podemos hablar espaniol.
Así practico —me dijo, bajándose un poco las gafas de sol para poder mirarme a los ojos—. Mi nombre es Angie.
—Encantado. —Me acerqué para darle dos besos, pero ella me tendió la mano en su lugar.
Vale. Pues nos saludaremos así, claro que sí.
—¿Tienes… ganas de conocer a Tom? —me preguntó.
—Sí. Tengo curiosidad. Sí —asentí en automático.
—Él también tener ganas de conocer. De conocerte —se corrigió a sí misma—. Te llevo yo. Así llegaremos mucho más rápido.
—Ah, genial. Claro. Gracias. Thank… thank you.
—You’re welcome.
Atravesamos la terminal hasta el aparcamiento, donde estaba el coche de Angie, pequeño, de color azul brillante, repleto de golpes y sin uno de los espejos retrovisores. Espera, ¿qué?
— Your backpack?
—
¿Eh?
—Tu mochila.
Angie estaba esperando junto al maletero abierto después de haber metido mi maleta a duras penas. Pero porque lo llevaba repleto de cosas, no porque mi maleta fuera grande.
—No hace falta. La puedo llevar delante. No te preocupes.
— Perfect. Shall we go, then? —
Cerró con fuerza y fue hacia la puerta del conductor…
, donde estaba yo, porque aún no me había hecho a eso de estar en el Reino Unido y que el volante estuviera en el lado derecho.
Sonreí bobaliconamente y rodeé el coche, entrando en el asiento del copiloto.
Dentro olía a tabaco y a ambientador de pino, aunque parecía ya estar en las últimas—. ¿Primer vez en the UK
***
— Yes. First time. Yes.
—
Te va a encantar. Though
la comida en España… ¿Cómo se dice? ¿ Re… chu… pe
***
—¿Rechupete?
—¡Rechupete! —vociferó—. Tienes que comer fish & chips.
You’re gonna love it.
—No me gusta mucho el pescado.
Me miró como si hubiera dicho la cosa más ofensiva del mundo.
Pero no contestó. Encendió el coche y pisó el acelerador tan fuerte que parecía que fuéramos a correr en un circuito de Fórmula 1.
Empezó casi a derrapar por las estrecheces del aparcamiento y a punto estuvimos de comernos un par de columnas.
—¡Ojo, cuidado! —exclamé, con el corazón a punto de salírseme por la boca. Me agarré a todo lo agarrable, pero Angie no parecía dispuesta a reducir la velocidad. Casi parecía como si estuviera conduciendo sola, como si de repente se hubiera olvidado de mí.
Subimos la cuesta del aparcamiento en un suspiro y en pocos minutos ya estábamos en la carretera, en dirección a Londres. No fue hasta ese momento que caí en la cuenta de que había
dicho Tom en vez de Ethan. Habría sido un lapsus. No debía de estar muy en sus cabales, viendo la forma en la que conducía. Aun así, pregunté para asegurarme.
—Oye, antes dijiste que si tenía ganas de conocer a Tom. Pero, hasta donde yo sé, se llamaba Ethan, ¿no?
— Oh, love. Did no one tell you? There
was a slight change of plans.
Un cambio de planes.
—¿Cómo que un cambio de planes? —Casi me ahogué al decirlo.
—Vas a estar con Tom. Tom Green. Es muy simpático y vive con su madre and his little sister Emma. She’s like six… or seven. I think…
—Se giró para buscar algo en el asiento de atrás, perdiendo de vista por completo la carretera y a punto de meter el coche en el carril contrario.
—¡Eh! —Menos mal que estuve rápido y cogí yo el volante, lo que mantuvo el coche firme durante los segundos que Angie estuvo buscando lo-que-fuera-que-estuviera-buscando en el asiento de atrás—. ¡El volante!
— Where is it…? Ah, there we go!
—Cogió una pequeña carpeta de color beige, me la dejó en el regazo y volvió a tomar el control del coche.
—¿Qué es esto? —pregunté mientras lo ojeaba. En la carpeta había un sello en el que se podía leer St. Mary’s School
.
—Ahí está toda la información de bienvenida.
Todo sobre tu intercambio —me explicó mientras me abría la carpeta, dejando de mirar la carretera de nuevo.
Pero un pitido la devolvió a la conducción—.
Ethan Lytton y su familia no pueden ahora mismo aceptar el intercambio. Han… ¿Cómo se dice? Están fuera.
—¿Fuera?
— Yes. They’re away until the end of term —
me explicó—. Entonces, estarás con la familia Green.
Según me iba contando, yo leía poco a poco el informe que tenía entre las manos. Fui pasando las hojas hasta llegar a
la ficha donde salía la fotografía de Tom.
Era rubio, con una sonrisa increíble y posaba en una especie de campo de fútbol, junto a su hermana pequeña.
Sus ojos, verdes amarronados, estaban casi cerrados, no sabía si por el sol o porque se le ponían así cuando sonreía.
Parecía más alto que yo, aunque no mucho, y, pese a que llevaba una camiseta y una cazadora encima, podía notar que estaba bastante en forma.
Parecía simpático y extrovertido. Y a mí se me daba regular la gente demasiado extrovertida.
—Será genial. Seguro —insistió Angie, que se quitó las gafas de sol y parpadeó varias veces, como si se le hubiera metido algo en el ojo.
—Parece majo, sí —dije casi sin pensar. Porque empecé a leer su ficha más detenidamente y me di cuenta de que no vivía en Londres, como la familia de Ethan. Ahí ponía otro sitio. Un lugar que no había escuchado en mi vida—. ¿Y qué es… Northwood?
—Oh, claro. Sí. Vamos a Northwood. No te preocupes. A una hora de Londres. Un pequeño viaje en tube
. En metro —se apresuró a decir por si no lo había entendido.
—¿Una hora? ¿Voy a tardar una hora en ir al colegio todos los días?
— Another change of plans, love.
Hemos tenido que cambiar el colegio al que asistirás durante todo este mes. St. Mary’s School .
Está en Northwood también. Así está todo cerca de casa. —Sonrió y volvió a colocarse las gafas de sol.
—¿Por qué nadie nos había hablado de estos cambios? —pregunté, cerrando la carpeta.
—Han sido de última hora y no queríamos dejarte sin esta oportunidad de visitar the UK. Northwood
’ s such a lovely little place! You
’ re going to absolutely love it. You won
’ t miss London one bit.
Bajó el parasol que había frente a ella y usó el pequeño espejo para mirarse los ojos, que claramente seguían molestándole.
Quizá una de sus largas pestañas se le había metido dentro, o llevaba lentillas y tenía una mal colocada.
—Estoy seguro, pero yo venía para conocer Londres y… —comencé a decir.
—Y podrás conocer Londres. Solo se tarda una hora en metro —repitió—. ¿Te importa si paramos en la próxima gasolinera? I need a wee.
Ni siquiera sé para qué me preguntó, porque fue decirlo y tomó la primera salida, cruzándose tres carriles, en dirección a una gasolinera junto a la carretera.
Mi vida estaba en sus manos y parecía darle completamente igual.
Nunca había visto a nadie conducir con esa temeridad y una auténtica dejadez por las reglas de circulación.
Se detuvo en uno de los surtidores, se retocó los labios con un pintalabios de color rojo intenso y, tras preguntarme si necesitaba ir al baño, cogió las llaves del coche y salió.
Yo me quedé en el sitio, sin moverme, sin quitarme siquiera el cinturón.
Aún estaba recuperándome de ese movimiento kamikaze en la carretera.
Volví a abrir la carpeta que me había dado Angie y ojeé de nuevo la fotografía de Tom.
Era muy guapo. Mucho más guapo que Ethan.
Y al menos solo eran tres en casa. No como la familia de Ethan, que era mucho más numerosa.
Mientras Angie echaba gasolina, cogí mi teléfono y le escribí directamente a mi padre.
No solo para informarles de que ya estaba con la responsable del intercambio, sino para comentarles que iba a estar con otra familia después de todo.
Mi madre se pondría de los nervios, pero sabía que mi padre sería mucho más sereno y simplemente querría saber si yo estaba bien.
Aunque internet no me funcionaba, así que tendría que esperar a estar en la casa de los Green para poder hablar con mis padres.
Porque, al parecer, en esa gasolinera había de todo menos cobertura.
Pasaron los minutos y Angie entró en la tienda para pagar e ir al baño.
En ese momento, empecé a repasar mentalmente cómo iba a saludar a la familia que me iba a acoger durante un mes.
Solo esperaba que no hablaran un inglés muy cerrado o me sería imposible entenderlos.
Mi inglés llegaba hasta donde llegaba. Eso era un hecho.
— Good morning, Miss Green.
I’m so
… Mierda… Good afternoon, Miss Green. It
’ s nice to…
No . It’s a pleasure to be staying with you. Be staying with you? —
Tampoco quería sonar demasiado cursi ni nada por el estilo.
Así estuve bastante rato, repitiendo una y otra vez diferentes formas de presentarme, hasta que caí en la cuenta de que Angie no había vuelto. ¿Tanto tardaba esa mujer en ir al baño?
Empecé a ponerme nervioso. No tenía mucho sentido, porque no íbamos con prisa a ningún sitio.
Mis ganas de instalarme estaban desvaneciéndose por momentos.
Quizá fuera por culpa de todos esos cambios de última hora, o porque no podía hablar con mi familia.
Cómo eran las cosas. Estaba deseando deshacerme de ellos y ahora los echaba de menos.
Pero ¿dónde está esta mujer? ¿Dónde se ha… ?
Entrecerré los ojos, tratando de ver algo a través del cristal de la tienda de la gasolinera, y me pareció ver a Angie hablando con el dependiente.
Aunque también podía ser un señor con un estilo extravagante…
o una columna. Mi vista de lejos era bastante limitada.
Una señora peculiar, Angie. Las veces que habíamos hablado por teléfono ya me había dado esa sensación, desde luego.
Pero era diferente tenerla ahí delante, en persona.
¿Conocería ella a la familia nueva a la que me mandaba?
¿O había sido la única opción posible con tan poco tiempo?
Se abrieron las puertas automáticas y la vi aparecer de nuevo con un café en su mano derecha, en la que también sujetaba las llaves del coche, y una bolsa de plástico en la mano izquierda. Se detuvo un segundo y empezó a buscar algo en el bolsillo
de la chaqueta. Tardó, pero al final lo encontró: un paquete de cigarrillos.
Se lo acercó a la boca, sacó uno con sus labios y se acercó a un señor que echaba gasolina, pidiéndole fuego.
Un mechero. EN-UNA-GASOLINERA. Al lado del surtidor.
El hombre debió de decirle que estaba loca, porque Angie le dedicó una mirada asesina, así que escupió el cigarrillo dentro de la bolsa de plástico, se encogió de hombros y vino directa al coche.
Cuando abrió la puerta, su perfume lo inundó todo. Me lanzó la bolsa para que se la sujetara y entró, dejándose caer sobre el asiento del conductor casi como si hubiera estado corriendo una maratón.
—Te he comprado unas crisps.
—
No hacía falta —dije mientras abría la bolsa y veía no solo uno, sino varios tipos de patatas fritas—. No me gustan mucho las patatas fritas.
—Eso no puede ser. —Me miró con una seriedad increíble—. Tienes que probar las que te he comprado. De BBQ.
—Vale. Las probaré. Sí.
Volví a mirar hacia delante, esperando que siguiera el viaje. Sin embargo, Angie no arrancaba. Me giré y vi que estaba mirándome todavía.
—¿Pasa algo? —reí, nervioso.
—¿No vas a abrir la bolsa? —preguntó, curiosa.
—¿Ahora?
— Yes, love. Now
.
—Sí, claro, claro.
No sabía que tuviera tantas ganas de ver si me gustaban o no.
Seleccioné la bolsa de patatas fritas con sabor barbacoa que me había dicho.
Se la mostré, a ver si era a la que se refería.
Asintió y esperó a que la abriera. El olor ahumado empezó a llenarlo todo, y la mezcla con el perfume de Angie era…
, era algo, desde luego. Cogí una patata, casi con manos temblorosas, y me la metí en
la boca. Hmm, pues estaba rica, aunque sin más. Es decir, una patata frita, ¿no? Tampoco iba a cambiarme la vida.
— They’re good. Aren’t they?
—recalcó con una sonrisa un tanto perturbadora.
— Uhm, yes, yes. It’s… they-they’re good.
Angie asintió, satisfecha, y encendió el coche, pisando el acelerador hasta el fondo.
Casi se llevó por delante a una señora que cruzaba en dirección a la tienda, pero Angie ni se inmutó.
La evitó dando un volantazo, haciendo que me golpeara contra la ventanilla (eso me pasaba por no estar preparado) y que la mitad de las patatas salieran volando.
Volvimos a la carretera, rumbo a Northwood.
Si es que conseguía llegar vivo…