Capítulo 3 #2
¿Al final lo iba a conseguir? Ni siquiera había pensado en lo que suponía para mí irme a Inglaterra un mes.
Dejarlo todo atrás. El colegio, mi casa, mis amigos…
E ir a una ciudad enorme donde todo el mundo hablaba inglés…
cuando yo tenía pánico a hablarlo delante de desconocidos.
No es que no supiera nada, pero tampoco tenía la confianza suficiente como para decir: «Sé hablar inglés».
Me había ayudado mucho escuchar música en el idioma y me había leído los libros de Harry Potter también en su lengua original.
Aunque de poco me iba a servir saber que «varita» se decía wand,
¿verdad? A no ser que mi colegio de allí fuera Hogwarts…
No volví a ver a mi madre esa noche. Porque, cuando fui a la cocina a dejar mi plato, había salido de casa junto a mi tía Julia.
Cuando se agobiaba mucho por culpa de mis abuelos, siempre prefería salir a dar una vuelta que quedarse y decir cosas de las que se iba a arrepentir después.
Vi una película con mi padre, conteniéndome las ganas de insistirle más, esperando a que él tomara la determinación de decirme: «Hemos decidido que vas a ir».
Lo único que hizo fue pedirme el folleto que me habían dado en el colegio esa mañana, donde venía toda la información, y una hoja aparte para rellenar con mis datos.
No dormí nada en toda la noche, fantaseando con cómo sería vivir en Londres, o cómo sería la familia en la que me tocaría vivir.
¿Una familia rica en un ático en pleno centro de la ciudad?
¿Una casa donde tener mi propio cuarto? ¿Y cómo sería el colegio?
Sí, ya había fantaseado que podía ser como Hogwarts o como uno de esos institutos de las películas, con sus taquillas y todo. Madre mía, podía ser increíble…
Quizá exageré diciendo que no dormí nada. Al final sí que lo hice, aunque no recuerdo a qué hora. Es probable que poco antes
de despertarme para ir al colegio. Pero no estaba ni cansado ni nada.
Todo lo contrario. Estaba emocionado. Porque, si al final pasaba lo de siempre, mi abuela se habría salido con la suya, intercediendo por mí, y mis padres habrían rellenado el folleto para que pudiera llevarlo al colegio y apuntarme.
¿Se querrían apuntar Juan o Ale? No los había visto muy entusiasmados cuando se lo conté por mensaje durante mi noche de insomnio.
«Tu madre te va a mandar a la mierda», fue lo primero que me dijo Ale.
«¿Y te vas a ir un mes tú solo? ¿Qué vas a hacer sin nosotros? », me escribió Juan.
Cuando me levanté, Bruno estaba empezando a hacerlo también.
Así que tendría que ser rápido si quería entrar en el baño antes que él.
Pegué un salto fuera de la cama, me puse los pantalones del uniforme y salí del cuarto a toda velocidad.
Podía escuchar ya el ruido de la cafetera viniendo de la cocina y las voces de mi madre y mi padre, preparándose para ir a trabajar.
Entré en el baño, que por suerte estaba vacío.
Después, cuando bajé a la cocina, me encontré a mi madre hablando por teléfono y a mi padre sentado a la mesa, con su taza de café y centrado en su tablet, leyendo seguramente las noticias en Twitter.
—Buenos días —saludé con una sonrisa de oreja a oreja.
—Buenos días, Mateo —respondió mi padre en automático. Mi madre simplemente me hizo un gesto con la cabeza y siguió enfrascada en su conversación.
—Tienes zumo de naranja si quieres. —Mi padre señaló el exprimidor, con la mitad del depósito lleno.
—Gracias.
Me preparé mi colacao de todas las mañanas y me eché un poco de zumo, dejándole lo mínimo a Bruno, que sería el siguiente en bajar a la cocina. No quería decir nada que pudiera hacer a mis padres cambiar de opinión si habían decidido aceptar el intercambio. Así que, silencioso, me senté
con mi desayuno, mirando a la nada, esperando que, en algún momento, alguno de los dos dijera algo.
Pero no dijeron nada.
Cada uno estaba a lo suyo.
Casi como si yo no estuviera ahí, como si no me estuvieran viendo.
Los minutos pasaban y dentro de muy poco tendría que prepararme para ir a clase.
Necesitaba llevarme ese folleto con todo rellenado, porque, si no lo hacíamos ese día, seguramente mis padres no querrían ni planteárselo.
Había que aprovechar cualquier debilidad.
Había que hacer presión. Pero, claro, o preguntaba o se iban a ir, y me iban a dejar con cara de circunstancia.
Mi padre se levantó de la mesa, metió su taza en el lavaplatos y terminó de beber lo que le quedaba de zumo. Así que aproveché.
—Oye, papá…
No me dijo nada. Simplemente pasó junto a mí y dejó caer sobre la mesa un papel. El folleto. Genial. Eso significaba que no había convencido a mi madre y que me fuera olvidando.
—Joder… —dije entre dientes. Sin embargo, al cogerlo entre mis manos, vi que había algo escrito. Lo abrí y comprobé que mi padre, porque era su letra, lo había rellenado todo. Eso significaba que…—. ¡¿En serio?! —grité.
—¡Chisss! Que aún no se lo he dicho a tu madre. Pero, por una vez, tu abuela tiene razón. Hasta un reloj roto acierta dos veces al día, ¿no?
—Gracias, gracias, gracias —repetí una y otra vez.
—Pero tienes que aprovecharlo. Nada de vaguear allí, ¿entendido?
—Entendidísimo.
—Y no le digas nada a tu madre de lo que dijo tu abuela.
—Entendido. —Como mi madre se enterara de que iba a ir a ese intercambio con dinero de la abuela, le daría algo.
Aunque, conociendo a mi abuela, seguramente no lo guardaría mucho tiempo en secreto.
Le gustaba demasiado ser la salvadora y que todo el mundo lo supiera.
Sobre todo mi madre. Me levanté de la silla y le di un abrazo a mi padre, agradecido por que siempre fuera el que me escuchaba dentro de esa casa.
—¿Qué más hay que hacer? —me preguntó, curioso.
—Ni idea. Supongo que ya me lo dirán cuando les lleve esto. —Señalé el folleto.
—Vale. A ver qué tal se lo toma tu madre.
—Tú dile que yo pago parte de…
—Tú no pagas nada, que no tienes dinero —replicó mi padre—. Anda, ve a prepararte, que al final llegamos los dos tarde.
—Gracias.
Mi padre me sonrió y salió de la cocina.
Misión conseguida. Iba a ir a Londres, a disfrutar de un mes lejos de todo. Una vida diferente.