El mundo entre nosotros Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿Mil euros? ¿Y de dónde los sacamos? —bramó mi madre cuando le enseñé uno de los folletos que nos había dado aquella chica en el colegio.

—Yo tengo algo ahorrado… —argumenté, un poco por lo bajo, aunque lo suficientemente alto como para que me escuchara mi madre.

—¿Ah, sí? ¿Y cuánto tienes ahorrado si puede saberse?

—Pues no lo sé así seguro. Creo que unos cien euros. Puede que más.

Bruno reprimió una risotada (a ver, decir que la reprimió es exagerar demasiado. Porque se quedó bien a gusto, pero luego se tapó la boca con la mano) y mi tía Julia puso los ojos en blanco.

—Pero, a ver, ¿qué es eso de un intercambio de familia? —preguntó mi abuelo, llevándose un trozo de brócoli a la boca—. Hija, es la última vez que cocinas brócoli. Sabes que lo detesto.

—Detesto. Menuda palabra —murmuró mi padre—. ¿Cómo se puede detestar un brócoli?

—Javier, por favor —le recriminó mi madre, al tiempo que se levantaba de la mesa y se acercaba al plato del abuelo—. Si no te gusta el brócoli, no te comas el brócoli. Me llevo el plato y listo.

—No hagas un drama de esto, María —la reprendió mi abuelo, pero mi madre no aflojó ni un poco.

—¿Un drama? Yo no estoy haciendo un drama. Solo te quito el plato y me lo llevo a la cocina —dijo con un tono de voz superforzado—. Porque, si detestas el brócoli, ¿cómo vas a tenerlo en tu plato? Pues habrá que tirar toda la comida que haya tocado ese brócoli, ¿no?

—¿Estás contento? —le recriminó mi abuela.

—María, por favor —intervino mi tía Julia. La que faltaba—. Dámelo, que me lo como yo, anda.

—Muy bien, hija. Por lo menos alguien con sentido común en esta mesa —señaló mi abuela, y eso pareció provocar que le hirviera la sangre a mi madre.

Ni siquiera quiso seguir con el tema. Simplemente giró sobre sus talones, nos dio la espalda y se fue a la cocina, con el plato de mi abuelo aún en la mano.

—Oye, papá, sobre lo del intercambio… —quise continuar, pero mi padre se levantó también de la mesa.

—Ahora no, Mateo. Voy con tu madre.

—Pero es que tengo que decir algo… —pero se había ido antes de que terminara la frase— mañana. Joder.

—¡Niño! Esa boca —me riñó mi abuelo, una vez más, y estuve a punto de contestarle, pero preferí callarme. Porque de qué iba a servir.

Mi padre siguió a mi madre a la cocina y los escuchamos discutir desde el comedor.

Todos hicimos como si no estuviera pasando nada.

Total, era algo a lo que estábamos acostumbrados.

Uno de mis abuelos decía algo inapropiado, generalmente contra mi madre.

Ella se enfadaba y respondía. Mi tía Julia se metía por medio y siempre acababa como la heroína.

Mi padre tenía que calmar las aguas. Y yo acababa pagando los platos rotos y la frustración de mi madre.

Un juego cíclico que pasaba una y otra vez.

Por eso necesitaba ir a ese intercambio en Londres. Por eso necesitaba que mi padre me hiciera caso. Sabía que él, mejor que nadie, iba a entenderme. Solo tenía que pillarlo en un momento

desprevenido, a solas. Lo abordaría con el folleto y con mi legendario poder de convicción. Además, ¿no se alegrarían todos de perderme de vista un mes? Si es que mil euros era hasta barato.

Tardaron varios minutos en volver de nuevo al comedor.

Bueno, en realidad, solo volvió mi padre.

Mi madre prefirió seguir en la cocina limpiando los platos antes que enfrentarse de nuevo al borde de mi abuelo.

Y lo entendía. Cuando mi abuelo tenía el día atravesado, era mejor no cruzarse en su camino, porque no tenía ningún tipo de filtro a la hora de decir las cosas.

Yo lo había sufrido unas cuantas veces, y no quería ni imaginarme la cantidad de ellas que lo habría vivido mi madre.

—¿Alguien quiere postre? —preguntó mi padre, tratando de fingir normalidad.

—¿Postre? Yo lo que quiero es comer —protestó mi abuelo.

—¡Pues haberte comido el maldito brócoli! —chilló mi madre desde la cocina. Mi padre entornó los ojos, derrotado, y se dejó caer sobre su silla, vencido por la situación.

Yo me eché a reír, al igual que mi primo Bruno, al que parecía hacerle especial gracia todo lo que estaba pasando.

Ese fue el turno de mi tía Julia de ir a la cocina a tratar de calmar a mi madre.

Yo seguía comiendo el brócoli de mi plato, porque, a diferencia de mi abuelo, a mí sí me gustaba.

Y, cuando parecía que los ánimos se habían vuelto a calmar, volví a la carga con lo del intercambio.

—Oye, papá…, sobre lo de antes…

—¿Qué de antes? —Lo dijo con un tono de confusión total. Normal, después de lo que había pasado.

—Lo que os estaba contando… Lo del intercambio.

—Sí, claro. Dime. —Pero no estaba seguro de si realmente me estaba escuchando o simplemente lo había dicho por decir.

—Pues que me gustaría hacerlo de verdad. Y nos dijo la chica que vino que, si me apuntaba en las…, en las siguientes

veinticuatro horas, había un descuento. Así que, a lo mejor, ni siquiera cuesta mil euros, sino que encima es más barato.

—Cuando pasaban estas cosas en mi casa, era mejor soltar la información rápido, porque, si dejaba un segundo extra, alguien podía ponerse a gritar y robarme la atención por completo.

—Ya has oído a tu madre. Mil euros es mucho dinero.

—Ah, pero… ¿lo es? —dije con una sonrisa malévola. Y eso pareció intrigarlo.

—Aún no tienes claro lo que cuestan las cosas ni el valor del dinero. Pero te aseguro que mil euros…, pues sí, es mucho dinero.

—Creo que tenemos aquí un problema. —Empecé a gesticular con las manos de manera exagerada—.

Es muy fácil. Creo que no me estás escuchando bien.

Mira, Javier. —Siempre lo llamaba por su nombre cuando quería que me tomara más en serio—.

Hay un descuento, que es lo importante. Además, sería un mes sin que me vierais el pelo.

Y luego en octubre vendría el chico inglés y os darían dinero por tenerlo en casa.

—¿Qué chico inglés? —preguntó Bruno, de repente mucho más interesado en nuestra conversación.

—A ti no te importa.

—Mateo, por favor, sé educado con tu primo —me reprendió mi padre. Pero un poco en automático. Él tampoco lo soportaba. La pregunta era: ¿había alguien que sí lo hiciera?—. Así que, si aceptamos este intercambio tuyo, primero vas tú a… ¿Londres habías dicho?

—Sí, Londres.

—¿Y para qué quieres ir a Londres? —volvió a intervenir Bruno.

—¿Puedes hacer el favor de callarte? —gruñí. Mi padre ya ni se molestó en decirme nada, solo siguió dándole vueltas a lo que le acababa de contar.

—Primero vas tú a Londres —repitió—. Y luego viene ese chico aquí un mes a quedarse con nosotros.

—Sí —contesté.

—En esta casa —remarcó.

—Sí. —¿Qué no entendía?

—Con tu familia —insistió—. Con tus abuelos.

—Eh, sí. —Aunque ya estaba viendo a dónde quería llegar.

—Con tu primo Bruno. —Lo señaló con la mirada. Este ya había dejado de prestar atención a nuestra conversación y se dedicaba a hacer gárgaras con su vaso de Coca-Cola. Mi abuelo le dio una torta en la espalda y Bruno escupió la Coca-Cola sobre su plato y el mantel.

—Vale. Entiendo por dónde vas. Pero eso será en octubre. Aún quedan meses. Y, además, lo importante es que os darán dinero para cuando esté aquí. Dinero —repetí, abriendo mucho los ojos —. No es que lo tengáis que pagar vosotros, ¿sabes?

—Tu madre no estaba muy entusiasmada con la idea —recordó, mirando de soslayo hacia la cocina, como si nos estuviera escuchando.

—Bueno, mamá nunca está entusiasmada con nada —repliqué, molesto.

—Déjame pensarlo esta noche.

—Pero es que, para tener el descuento, necesito que…

—Mateo. —Pronunció mi nombre de tal manera que hizo que me callara y entendiera que ya había dicho la última palabra sobre el tema—. Esta noche, ¿vale?

—Vale —acepté, derrotado. Total, tampoco iba a poder conseguir mucho más.

—Dejad que vaya el niño —intervino mi abuela. La que faltaba. No, espera. La que faltaba no. Que había dicho algo que me interesaba.

—Hay que hacer caso a la abuela, que es muy sabia —dije con voz aterciopelada y cursi. Mi abuela me sonrió de vuelta.

—Tengo que pensarlo, Carmen. —Mi padre odiaba que mi abuela se metiera entre medias de las decisiones que tomaban él y mi madre sobre mi futuro. Pero es que a mi abuela le encantaba malmeter. Y, en ese momento, esas ganas de dirigir la vida de los demás me venían muy bien.

—¿Qué hay que pensar? El niño quiere aprender inglés y quiere huir de esta casa de locos. Yo le pago la mitad del curso ese de intercambio.

—¡¿Qué?! —exclamé, sorprendido.

—¿Pagar a Mateo el qué? ¿Por qué a él? —protestó Bruno. A veces parecía él el pequeño y yo el mayor, desde luego.

—Cállate, Bruno, y deja hablar a tu abuela —le abroncó mi abuelo. Bruno, temeroso de recibir una nueva regañina, bajó la cabeza y se centró en su plato, hasta que se dio cuenta de que estaba repleto de sus babas mezcladas con Coca-Cola y lo apartó con asco.

—Carmen… —comenzó a decir mi padre.

—Habla con tu mujer. —Muchas veces ni siquiera llamaba a mi madre por su nombre, o «hija». No. Se refería a ella como «tu mujer», como si fuera responsabilidad de mi padre—. Dile que yo le pago la mitad de la matrícula. Y tú, Mateo, hijo, has dicho que tienes algo ahorrado, ¿verdad?

—Sí, sí. Tengo más de cien euros que…

—Guárdalo para gastártelo allí —me dijo, sonriente.

—¿De qué tienes tú tanto dinero? —cuestionó Bruno, volviendo de repente a la conversación—. ¿A quién se lo has robado?

—Se llama ahorrar. ¿Sabes lo que es eso, tarugo? —Un insulto que me había enseñado mi padre y que me encantaba usar contra Bruno.

—Ya está bien, ¡los dos! —gruñó mi abuelo.

—Hablaré con María —cedió mi padre al fin, pero matándome con la mirada, porque, por mi culpa, la abuela había vuelto

a meterse en algo en lo que él consideraba que no tenía que meterse. Bueno, a mí me venía bien. De hecho, me venía genial. Me venía de lujo.