Capítulo 2 #2
Salí del baño y fui directo a la cocina. Qué paz se respiraba en esa casa cuando estaba en silencio. Fuera empezaba a despuntar un poco el sol, que asomaba sus primeros rayos e iluminaba la mesa que había en el centro, repleta de platos, hojas sueltas y un puzle a medio empezar de la torre Eiffel.
Abrí la nevera, saqué una de las botellas de leche y me preparé un colacao caliente.
Puse un par de rebanadas de pan en la tostadora y, en cuanto estuvieron listas, las unté con mantequilla y mermelada.
Cogí también los últimos dos dónuts de chocolate que quedaban (Bruno iba a matarme, pero era la ventaja de levantarme primero) y me lo llevé todo al salón.
Encendí la televisión, me puse un capítulo de My Hero Academia
y suspiré de felicidad. No había mejor sensación en el mundo que estar sentado en el sillón de mi abuela, el más cómodo de la casa, desayunando mi colacao caliente y viendo anime sin que nadie me molestara. Un plan perfecto.
—Buenos días.
—¡Dios! —Me dio tal susto que pegué un bote en el sillón y me tiré el colacao encima. Y la leche estaba ardiendo—. ¡Mierda, joder!
—¡Mateo! ¡No hables tan mal! —me reprendió mi abuelo.
¿Qué coño hacía despierto tan pronto?
—¡Es que menudo susto me has dado! —protesté, limpiándome con el papel de cocina que había sobre la mesa del salón.
—¿No habrás manchado el sillón de tu abuela?
—¡No! —Sí—. Me ha caído todo encima.
—¿Por qué te has despertado tan pronto? —preguntó, suspicaz.
—No lo sé. Me he despertado y ya está —respondí, un poco borde de más.
—Pues ven a la cocina y prepárame un café, anda.
Joder. Ni que él no supiera prepararse uno, que tenía que ir yo.
Adiós a mi paz matutina. Porque, en cuanto entramos en la cocina, escuché la cadena del baño de arriba.
Genial. Alguien más ya estaba despierto.
Pero ¿para qué se levantaban tan pronto?
¿Es que no podía tener ni un segundo de tranquilidad?
Lo que no podía prever es que mi vida iba a cambiar por completo precisamente esa misma mañana.
—Pero ¿tú duermes por las noches? —me preguntó Alejandra, mi mejor amiga, mientras la profesora Ortiz explicaba algo de ecuaciones en la pizarra. No es que estuviera prestando mucha atención, la verdad.
Mi historia de amistad con Alejandra se remontaba a cuando teníamos cinco años, porque nuestras madres se hicieron amigas el primer día de Primaria. Y ahora, visto con el tiempo, me doy cuenta de lo insoportables que éramos. Ni sabría decir cuántas veces nos echaron de clase por hablar.
—Estas ojeras vienen de serie, ya lo sabes —le susurré de vuelta.
—Yo tampoco dormiría mucho en tu casa. De hecho, cualquiera duerme con los ronquidos de tu primo. —Y ella bien que lo sabía, porque alguna vez los había grabado con el móvil y se los había enviado para reírnos un rato de él.
—Bueno, mi primo… Te tengo que contar lo que pasó ayer: lo pillé tocándose mientras veía porno gay —le dije, como en confidencia.
—¿Brunito es gay? No tenía ni idea.
—Ni yo. Y eso que comparto habitación con él —me lamenté.
—¿Y qué hiciste? —preguntó, curiosa.
—¿Cómo que qué hice? Flipar. Pero más flipó él. No le dio tiempo ni a subirse los calzoncillos. Vino corriendo y me cerró la puerta en las narices. A ver, ahora que lo pienso… fue bastante cómico, la verdad. —Reprimí la risa, que tampoco quería que nos llamaran la atención.
—¿Y cómo la tiene?
—No seas cochina —le recriminé—. Pero sorprendentemente grande, la verdad.
—Me pega, sí —respondió Ale, asintiendo con una sonrisa de oreja a oreja.
Tal vez esa mañana fue la más aburrida que había tenido en el último mes.
No estuve concentrado en ninguna de las clases, tenía la cabeza en otro sitio.
Y no solo me di cuenta yo, también mis profesores, que me llamaron la atención un par de veces, y eso solo antes del recreo.
Tenía todo el rato esa sensación de estar esperando algo y de saber a ciencia cierta que iba a suceder.
Pero no sabía ni cómo ni cuándo ni el qué.
Aunque lo sentía. En la boca del estómago.
A última hora teníamos tutoría con nuestro tutor Cebrián.
Esas clases no servían, generalmente, para nada.
O nos dejaba una hora para adelantar deberes o repasábamos algunas situaciones que habíamos vivido en el colegio, o incluso organizábamos debates entre nosotros.
Pero ese día, la tutoría fue diferente. Después de pasar lista y repasar los ganadores del concurso de Literatura del colegio (no, yo no me había apuntado), apareció otra mujer en nuestra clase.
Llevaba un gorro en la cabeza, una chaqueta oscura a juego con sus pantalones, unas gafas de montura fina negra y… actitud. Sobre todo, actitud.
—Hoy le he pedido a Sara que nos acompañe en la tutoría.
No debía de tener más de veinticinco años. Caminó por encima de la tarima, con aire desafiante, hasta que llegó a la mesa de Cebrián y se sentó en la esquina.
—Buenos días —saludó educadamente—. Con ganas de que termine ya este rollazo de clase, ¿verdad?
La expresión de Cebrián fue indescriptible. Se escucharon algunas risas disimuladas y un par de «oooh» de sorpresa.
—Y seguro que estáis hartas de volver a vuestra casa con los pesados de vuestros padres. Y sí, no os sorprendáis tanto de que haya dicho «hartas». Si hay más chicas en clase, así es la vida —espetó, y nadie se atrevió a llevarle la contraria.
—Sara ha venido para enseñaros el programa de intercambio —intercedió Cebrián, tratando de reconducir la charla.
Sara levantó la mano y lo hizo callar al momento.
—A ver, ¿cuántas de vosotras sabéis hablar inglés? —preguntó. Solo levantaron la mano las chicas, mientras muchos de los chicos negaban con la cabeza. Era su forma de protestar por que los llamaran en femenino—. ¿Solo vosotras? ¿Las únicas con un poco de curiosidad?
Entonces Juan, mi otro mejor amigo, se animó y levantó la mano. Hubo alguna risa suelta, pero Cebrián se puso de pie, como para llamarles la atención. Al poco, otros dos chicos más levantaron la mano.
—Bueno, vale, bastantes sabéis inglés. Así que entiendo que todas las personas que no habéis levantado la mano… no tenéis ni idea, ¿verdad?
Comenzaron los murmullos y, a los pocos segundos, todos hablábamos con todos.
Yo negaba con la cabeza mientras discutía con Ale, que insistía en que algo de inglés sí que sabía.
Dos de los más pesados de clase, Luis y Ricardo, hacían ruidos simplemente por el hecho de molestar, y Cebrián trataba de calmarnos, pero nadie le hacía ni caso.
Hasta que dio un par de golpes en la mesa para que volviéramos a callarnos y prestáramos atención.
—Yo era alumna aquí, en este instituto, ¿sabéis? De hecho, Cebrián fue mi profesor. Y fíjate ahora. Él sigue dando clases y
yo trabajando en lo que me gusta. Pocos confiaron en mí, pero Cebri siempre lo hizo.
—No me llames Cebri —dijo entre dientes.
—Con diecisiete años me apunté al intercambio del instituto y he de decir que me cambió la vida. Estuve un mes viviendo con una familia en Londres y fue el mejor mes… Bueno, sí, de mi vida. Es verdad. Cero arrepentimientos.
—¿En Londres? —preguntó Ricardo, uno de mis compañeros, sentado siempre en las últimas filas.
—Sí, en Londres —repitió Sara—. Un mes. Un mes en el que fui a otro instituto, conocí a otros amigos y estuve viviendo con otra familia. Una experiencia diferente.
—¿Y quién se puede apuntar? —preguntó Mónica, una de las chicas más pesadas de clase.
—Cualquiera. Ahora os dejaré unos folletos para que podáis leerlos detenidamente con vuestra familia. Pero importante. Quien se apunte en las siguientes veinticuatro horas, tiene un descuento especial de inscripción escolar.
—¡Ah, que hay que pagar! ¡Menudo timo! —masculló Beltrán.
—¿Cómo te llamas tú? —quiso saber Sara.
—¿Yo? Beltrán —contestó él en tono chulesco.
—Conocí a un Beltrán cuando tenía tu edad más o menos. —Hizo una pausa dramática—. Era bastante imbécil.
—¡Hala! —gritaron varios. Beltrán se quedó a cuadros, al igual que Cebrián.
—Sara, por favor. ¿Qué habíamos hablado? —le dijo en un susurro—. Venga, venga. Silencio.
Sin embargo, la clase seguía alborotada.
Todos lo estaban por culpa de Beltrán; además, algunos de sus amigos no dejaban de pincharlo para que respondiera.
«Bro, no puedes dejar que una tía te hable así».
Yo, porotro lado, no podía dejar de pensar en ese intercambio.
Otro instituto…, otra familia. ¿Y si esa era la
ocasión perfecta? ¿Y si era justo lo que estaba buscando, lo que necesitaba?