Capítulo 2
—¿Qué tal ha ido hoy el cole? —preguntó mi padre mientras pinchaba un filete de pollo empanado de la bandeja del centro de la mesa.
—Bien, bien. Aunque llegué tarde, de nuevo…
—Eso te pasa por acostarte tan tarde —intervino mi madre—. Siempre con el móvil. A este paso te lo voy a empezar a quitar a partir de las diez de la noche.
—¡Si yo no estoy con el móvil! Es Bruno, que no para de jugar…
—¿Yo? Si me fui a dormir antes que tú. —Dios, menuda cucaracha estaba hecho.
—¡Claro, y yo soy el papa! —protesté.
—¡Eh! Al papa ni nombrarlo —gruñó mi abuelo, con cara de pocos amigos.
—Es una expresión, joder.
—¿Qué te he dicho de hablar así? —me reprendió mi madre.
—Perdón —me disculpé, agachando la cabeza y centrándome en mi plato. Estaba deseando terminar pronto de cenar para subir a mi cuarto, ponerme los cascos y esperar que Bruno tardara más en subir que de costumbre. Porque compartir cuarto con él era un suplicio.
Pero, claro, no podía decir nada, porque él y mi tía lo habían pasado muy mal por culpa del hijo de puta de mi tío.
No. Realmente no se merecía que lo llamara «tío».
Mi tía se quedó sin trabajo, sin dinero, sin casa.
De la noche a la mañana. Y él en la cárcel.
Desde luego que Bruno había heredado algo de su padre, porque era insoportable, un bruto, y nunca tenía en cuenta los sentimientos de los demás.
Mi tía, pues… hacía lo que podía con lo que tenía.
Mi madre, es decir, su hermana, le ofreció venirse a vivir con nosotros hasta que encontrara algo.
Y así llevábamos un año. Sinceramente, creo que no estaba buscando nada.
O no con la intensidad que mis padres querrían.
Entre eso y que mis abuelos se apuntaron también a vivir con nosotros porque veían a su hija muy mal, se generó una mezcla insoportable de llevar. El raro era mi padre, que todo se lo tomaba con buen humor y filosofía.
—Creo que por fin me van a ascender en la tienda —anunció mi tía, llevándose a la boca un par de patatas fritas de su plato—. El otro día Sandra dejó caer que estaban buscando encargada y me lo dijo a mí. En plan, a mí. Seguro que era como una especie de indirecta.
—Muy bien, hija. Por fin vas a levantar cabeza —dijo mi abuela, pero, en vez de animarla, consiguió lo contrario.
—Joder, mamá. Lo dices como si no llevara intentándolo un año —replicó esta, ofendida.
—Nadie ha dicho eso, Julia, cielo —intervino mi abuelo, que, pese a su mala leche legendaria, muchas veces intercedía para calmar los ánimos.
—Ya conocemos a mamá. Nunca dice nada positivo sin pensar en la parte negativa —refunfuñó mi tía.
—Pero porque me preocupo por ti. Por vosotras —añadió rápidamente, incluyendo a mi madre en la ecuación. Porque siempre la hacía de menos. Mi madre siempre había estado ahí para todo. Mi tía Julia era más rebelde, más… alocada,
digámoslo así. Y nunca estaba cuando se la necesitaba. Sin embargo, pese a ello, mi abuela la trataba como una reina, y a mi madre casi como un felpudo, aunque insistiera en que no. ¿Y con quién pagaba esa frustración mi madre?
¡Bingo!
Conmigo.
—Me subo a estudiar —dijo Bruno de repente, cogiendo su plato y levantándose de la mesa.
—¿Cómo que te subes a estudiar? Primero termina tu cena —le reprendió mi abuelo.
—Tengo muchas cosas que hacer, abu. No me da tiempo. ¿Quieres que suspenda?
—No vas a suspender por subir cinco minutos más tarde —susurré.
—No hables entre dientes, Mateo, por favor, que es superdesagradable. Te lo tengo dicho —me reprendió mi madre. Oye, pero vamos a ver, ¿por qué iba contra mí?
—Deja al niño que suba, papá, que no pasa nada —intervino la tía Julia. Pero daba igual. Porque Bruno ya había salido del comedor.
Mierda. Ahora iba a estar él antes que yo en el cuarto. Eso significaba que estaría a tope hablando con sus amigos mientras jugaban al Fortnite. Y encima olería toda la habitación a comida.
—¿Quieres ver una peli esta noche? —me preguntó mi padre con una sonrisa. Seguramente porque me estaría viendo hervir por dentro. Él al menos siempre trataba de apoyarme.
—Tengo deberes que hacer. —Y no era mentira. Al menos, no esa vez.
—Ha salido la nueva de miedo que te gusta.
—Pero los abuelos nunca quieren ver una de miedo —señalé.
—Precisamente —sonrió enarcando las cejas, cómplice.
—Vale.
—Pero primero termina los deberes, ¿vale? —Entonces me puso en el plato las patatas fritas que le quedaban en el suyo. Porque sabía lo mucho que me gustaban.
Cuando terminé de cenar, me quedé en el comedor haciendo los deberes mientras mi madre y mi tía charlaban en la cocina y el humo del tabaco lo cubría todo.
Menos mal que tenían el detalle de hacerlo con la ventana abierta.
Mis abuelos se sentaban en el sofá del salón a ver las noticias al tiempo que mi padre se refugiaba en su despacho.
Y Bruno, por supuesto, encerrado en el cuarto.
Mira que intenté retrasar el momento de subir.
Quería dejarle tiempo para que siguiera haciendo lo que fuera que estuviera haciendo.
Sin embargo, después de terminar todos los deberes y con mis abuelos todavía viendo la televisión, lo único que me quedaba era subir a la habitación, tirarme en la cama y ponerme música a todo volumen en los auriculares.
Me quedaría sordo, pero por una buena razón: esconder un poco los berridos de Bruno.
Así que subí mientras buscaba en el móvil la lista perfecta para desconectar un rato del caos de esa casa. Pero, cuando abrí la puerta… Joder, desearía no haberlo hecho.
Me encontré a Bruno con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos, sentado en la silla, con el ordenador apoyado sobre mi cama y su polla en la mano. En la pantalla podía ver a dos tíos desnudos y, junto a ella, un rollo de papel higiénico.
Me quedé petrificado. No sabía qué hacer.
—¡¡¡Cierra la puerta, joder!!! —me gritó, poniéndose en pie de golpe y cerrando el ordenador de un manotazo. Me miró con cara de odio, con los calzoncillos aún por los tobillos y su polla totalmente empalmada.
—¿Qué…?
—¡QUE TE VAYAS! —gritó de nuevo, y vino hacia la puerta, empujándome al pasillo y cerrándomela en las narices.
Lo que me faltaba ya. Aunque, gracias a eso, Bruno estuvo supersilencioso el resto de la noche.
Ni jugó con sus amigos ni estuvo oyendo música a todo volumen.
Es más, se metió en la cama más pronto que nunca.
Supongo que porque le daba vergüenza todo lo que había pasado.
Hombre, yo me moriría del corte si mi primo me pillara tocándome, la verdad.
Si llego a saber antes que solo haría falta eso para que me dejara una noche tranquilo…
—Eh, Mateo —me llamó en medio de la noche. Yo seguía despierto porque estaba viendo vídeos absurdos en el móvil.
—¿Qué pasa? —respondí entre dientes.
—Sobre lo de antes… ¿Qué has visto? ¿Has visto algo? —Sonaba preocupado. Yo sabía perfectamente a lo que se refería, pero iba a vacilarle un poco antes.
—No sé de qué me hablas —dije, haciéndome el loco.
—Sí, cuando has entrado y yo estaba… —No quería terminar la frase. Le daba una vergüenza terrible decirlo en voz alta.
—¿Estabas…?
—Pues eso —susurró.
—No sé qué quieres decir.
—Haciéndome una paja, joder. —Siempre salía a relucir su mal genio.
—No me lo recuerdes, anda —bufé—. ¿Qué pasa con eso?
—¿Qué más has visto…? Es decir…
Vale. Estaba asustado porque había visto que estaba tocándose con porno gay. La verdad es que había sido una sorpresa, porque siempre había pensado que era superhetero.
—No he visto nada más. Puedes estar tranquilo. —Traté de calmarlo un poco.
—Vale, vale. Eso espero. —Y, refunfuñando, le escuché girarse en la cama de nuevo.
Lo de compartir habitación se estaba convirtiendo en un problema enorme y cada vez se me hacía más cuesta arriba.
Quizá sería más llevadero si mi primo no fuera una persona irritantemente insoportable. ¡Y para colmo se había estado tocando encima de mi cama! ¡Qué asco!
Esa noche dormí como hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Era hasta extraño. Cuando me desperté, Bruno seguía durmiendo.
Eso solo podía significar dos cosas: o era demasiado tarde y nos habíamos quedado dormidos los dos, o me había despertado más pronto que nadie, lo cual era la mejor noticia del mundo.
Porque eso significaba que la casa estaba entera para mí y que podía prepararme con tranquilidad.
Sin gritos, sin peleas por el baño, sin miradas juzgonas de mi madre o gruñidos de mi abuelo. Perfecto.
Me levanté de la cama, tratando de hacer el menor ruido posible, andando de puntillas.
Cogí mi ropa del armario y por un momento pensé que Bruno se había despertado.
Me quedé petrificado, como si estuviera ante un T-Rex y pudiera detectar el movimiento.
Pero fue una falsa alarma. Simplemente se removió en la cama y siguió roncando a los pocos segundos.
Uf, menos mal. Recogí mi mochila de los pies de mi cama y salí del dormitorio, cerrando la puerta con toda la lentitud posible, porque siempre hacía mucho ruido.
Me asomé al pasillo y seguía en penumbra.
Eran solo las seis de la mañana. Aún me quedaban mínimo treinta minutos de soledad maravillosa.
¿Me duchaba, arriesgándome a despertar a alguien?
Nah. Me olí debajo del brazo y no era nada que no arreglara un poco de desodorante.
Así que bajé al piso de abajo y me metí en el pequeño aseo que había junto a la cocina.
Me lavé un poco el rostro para quitarme la cara de sueño (aunque mis ojeras era imposible borrarlas.
A esas alturas de mi vida, ya lo había probado todo y no había forma), rebusqué entre el armario bajo
del lavabo hasta que di con un desodorante, me rocié de la cabeza a los pies y me adecenté un poco el pelo.
—Ya está. Perfecto —me dije a mí mismo, mirándome al espejo como si fuera tonto.