El mundo entre nosotros Capítulo 1
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El mundo entre nosotros

El mundo entre nosotros

Por Juan Arcones

© inepub.com

Capítulo 1

La puerta de mi habitación se abrió de golpe y apareció mi madre, con todo el pelo revuelto, una camiseta tres tallas más grande y sus pantalones azules favoritos de andar por casa. Ni siquiera esperó a que yo contestara.

—¿Todavía estás así? —me dijo con un toque de urgencia que hizo que mi corazón diera un vuelco al momento. Pero ¿qué hora era? ¿Me había quedado frito?

—¿Así cómo? ¿Qué pasa? —respondí mientras me levantaba rápidamente y me sentaba en el borde de la cama. Seguro que Bruno todavía seguía dormido.

—Es día de cole. ¿Cómo que qué pasa? ¡Tu alarma ha sonado como diez veces ya! —exclamó—. Para un día que puedo dormir, me tiene que despertar ese sonido del demonio.

—Ay, perdón. No me di cuenta —me disculpé y cogí el teléfono de la mesita de noche.

Eran las siete y media. ¡Era tardísimo! ¡Mierda!

Me puse de pie al momento, pero ni siquiera pensé en la litera que tenía encima, así que me di un golpe tan fuerte en la cabeza que me hizo caer de nuevo a la cama, dolorido—. Joder, ¡qué daño!

—¡Qué bruto eres, Mateo, por favor! —Esas fueron las únicas palabras de consuelo de mi madre, pese a que mi golpe había

sonado por toda la habitación—. ¡Vístete! ¡Venga! —Y cerró la puerta.

Tocándome la cabeza para asegurarme de que no me había hecho una herida (porque del chichón no me iba a librar nadie), me volví a levantar y me asomé a la litera de arriba.

La cama estaba deshecha y había una camiseta de Pokémon arrugada entre las sábanas.

Bruno, para mi sorpresa, se había levantado antes que yo.

Y eso que lo había oído jugar con el móvil hasta las tres de la madrugada…

Tardé unos segundos extra en desperezarme y acostumbrarme a la luz del sol que entraba por la ventana. ¿Seguro que eran…?

—Sí, son las siete y media —afirmé en alto al volver a mirar mi móvil—. Bueno, y treinta y dos.

—¿Con quién hablas? —me sorprendió la voz de Bruno desde el umbral de la puerta. Ni siquiera me había dado cuenta de que la había abierto.

—¿Por qué no me has despertado? —le eché en cara. Bruno nunca se había caracterizado por ser silencioso. Si no me había despertado, erapor una sencilla razón: no le había dado la gana. A veces, mi primo era bastante gilipollas.

—¿Tengo cara de despertador? —se burló mientras se acercaba al armario y buscaba la ropa que iba a llevar ese día al colegio.

—Un poco sí —respondí, pero tan bajo que ni siquiera me escuchó.

—No pienso esperarte para ir a clase.

—Tampoco te lo he pedido, ¿eh? —repliqué lo más borde que pude.

—¡Joder! ¿Dónde coño está mi sudadera negra? —Empezó a sacar cosas del armario, lanzándolas hacia atrás, desordenando todo el cuarto.

—¡Eh! ¡¿Qué haces?! —protesté, tratando de ir recogiendo del suelo lo que Bruno iba tirando.

—¿Me la has cogido tú? —me acusó, girándose de golpe y clavando sus ojos en los míos.

—¿Yo? ¿Para qué voy a querer tu sudadera cutre? —refunfuñé.

—¡Mamá! —chilló, y salió de la habitación hecho un huracán—. ¡Mamá! —siguió gritando por el pasillo mientras bajaba a toda velocidad las escaleras como un mastodonte, buscando hacer el mayor ruido posible. Así demostraba su enfado siempre.

Abrí mi parte del armario, perfectamente ordenada en comparación con la de Bruno, y cogí el uniforme del colegio para ir a clase.

No podía ser más feo. Cada vez que lo veía, se me caía el alma a los pies.

Y aún tendría que llevarlo hasta Bachillerato.

Menos mal que los dos últimos cursos nos dejaban vestirnos como quisiéramos.

Bueno, era un decir. Aunque, al menos, el gris se quedaba atrás.

Si en algo podía sentir envidia de Bruno, era en eso.

Salí al pasillo y me crucé con mi abuela, con una taza de té en la mano y una galleta a medio comer en la boca.

—Buenos días, cielo.

—Buenos días, abu. —Me acerqué para darle un beso en la mejilla. Ya desde por la mañana estaba perfectamente maquillada y olía a laca que tiraba para atrás.

Se metió en su cuarto mientras yo iba directo al baño, pero, justo antes de llegar, mi padre salió de su habitación, mirando su móvil y a medio vestir, entró primero y me cerró la puerta en las narices.

—¡Papá! ¡Que me tengo que duchar! —protesté.

—¡Cinco minutos, Mateo, por favor! ¡Que tengo prisa! —gruñó.

—¡Y yo! —Le dio igual. Ni siquiera contestó. Escuché el grifo y cómo abría el armario del espejo. Genial. Iba a afeitarse. Y nunca tardaba cinco minutos.

Joder, iba a llegar tarde. Otra vez. Ya iban tres días en lo que llevábamos de mes… y solo estábamos en la primera semana.

—Me cago en todo, joder.

—Esa boca —bufó mi abuelo, que apareció al final de las escaleras, con el periódico bajo el brazo.

—Abuelo, ¿puedo usar tu baño?

—No —sentenció, gruñón como cada mañana.

—Es una urgencia. Tengo que ducharme y no llego al cole.

—Haberte levantado antes —respondió. Pasó por mi lado y entró en su cuarto.

—¡UUUF!

Volví a mi habitación, más cabreado imposible, lancé el uniforme sobre la cama y cogí un desodorante en espray que había sobre mi mesa.

Me rocié, literalmente, con él y empecé a vestirme a toda prisa.

Me miré al espejo y constaté lo que tanto me temía: iba hecho una mierda, con el pelo totalmente revuelto, ojeras hasta el suelo y, encima, una mancha enorme en la sudadera del uniforme.

Vi que había un vaso de agua sobre la mesita de noche, así que metí la mano y empecé a mojar la mancha a ver si salía.

Obviamente, no lo hizo. Habría que ir al colegio hecho un cerdo, qué le íbamos a hacer.

Cogí mi mochila de detrás de la puerta, repleta de cuadernos y libros que necesitaría ese día en clase, y me la eché al hombro. Miré de nuevo la hora. Ya eran casi las ocho. ¿En qué momento habían pasado treinta minutos?

Detrás de la puerta también estaba la sudadera negra de Bruno, tirada en el suelo y hecha una bola, mezclada con el resto de su ropa. Podría decirle que la había encontrado. Aunque también podría callarme e incluso esconderla un poco más… Así

que cogí más ropa de la que había tirado él por la habitación y, con ella, cubrí la sudadera.

Repasé una vez más que llevaba todo lo que necesitaba, hice un poco mi cama por encima y salí del cuarto, corriendo por el pasillo y bajando los escalones de dos en dos hasta que llegué a la planta baja y fui directo a la cocina.

Ahí estaba mi madre, con su taza de café, charlando con mi tía Julia, quien hablaba a un volumen que debería estar prohibido a ciertas horas del día.

No sabía lo que era tener un tono de interior.

—Buenos días —saludé, y cogí un dónut que había sobre la mesa.

—Hombre, el dormilón —dijo mi tía, con ese tonito de burla que muchas veces utilizaba conmigo.

—¿Queda colacao? —pregunté directamente.

—¿Lo has comprado tú? —replicó mi madre. Siempre tan simpática por las mañanas.

—Ya me cogeré algo en la cafetería del cole. ¡Me voy, que no llego!

—Tu primo Bruno se ha ido ya. Si corres un poco, lo alcanzas —me animó mi tía Julia, o, más bien, gritó mi tía Julia, y, al momento, regresó a la conversación con mi madre—. Pues lo que te estaba diciendo… No hay quien aguante a Silvia, la verdad…

No presté atención a lo que hablaban. Me comí el dónut en dos bocados, con ansia, como siempre, y eché a correr para salir de casa, tan rápido que casi se me olvidan las llaves. Las cogí en el último momento, justo antes de que se cerrara la puerta, como en una película de acción.

En el exterior ya empezaba a hacer más calor, aunque todavía había que llevar una chaqueta o un abrigo si no querías congelarte por la tarde. Ese día, además, estaba nublado. Tenía toda la pinta de que iba a ponerse a llover, y no, no había cogido ni paraguas ni nada con capucha.

Y así un día tras otro, tras otro, tras otro.

Vivir en una misma casa con mis abuelos, mis padres, mi tía y mi insoportable primo Bruno cada vez era más claustrofóbico.

Necesitaba respirar, e ir al cole era mi momento de liberación.

O algo parecido. Así de triste era mi vida.

No siempre había sido así, pero, desde que toda mi familia había decidido vivir junta, el ambiente era insoportable.

Pero, claro, con quince años, ¿a dónde iba a ir?