Capítulo 9El balcón correcto #4
—Eso no lo decide la policía.
—Pero las asesorías...
—Tendrán su propia investigación.
Teodoro bajó la vista.
No pidió que le conservaran el premio.
Clara pensó que quizá era la primera decisión digna que tomaba desde que lo conocía.
Rebeca se levantó.
—Yo moví una cinta para ganar un concurso amañado.
Pilar la miró.
—Dicho así suena fatal.
—Porque fue bastante idiota.
—También.
Rebeca sonrió.
—Gracias.
Saúl abrió la puerta.
—Yo me voy.
Aranda lo detuvo.
—Seguiremos necesitando que esté disponible.
Saúl asintió.
—Lo estaré.
Nora permaneció sentada.
—Tengo que escribir esto.
Clara la miró.
—Mañana.
—Mi editor no estará de acuerdo.
—Tu editor no tiene café.
Nora sonrió.
—Argumento sólido.
Guardó el móvil.
También ella se marchó.
Al final quedaron Clara, Pilar, Ramiro y Aranda.
Y Migas.
Como casi siempre.
Pilar volvió a encender la cafetera.
Aranda la miró.
—No.
—Ahora sí es una tertulia.
El inspector pensó.
—Uno.
—Eso digo siempre.
Preparó cuatro.
Ramiro cogió el suyo.
—No quiero.
Pilar se lo puso delante.
—No importa.
Clara se sentó junto a la ventana.
Estaba agotada.
No tenía sensación de victoria.
Eso la sorprendió menos de lo que esperaba.
Habían encontrado a la persona que mató a Rufino.
Habían entendido la escena.
Habían limpiado el nombre de Ramiro.
Y, sin embargo, la calle seguía siendo la misma.
Las flores estaban ahí.
El café necesitaba abrir al día siguiente.
Migas seguía intentando subir donde no debía.
La vida no entregaba placas por resolver asesinatos.
Tal vez era mejor.
Aranda bebió un sorbo.
—No estuvo mal.
Clara lo miró.
—¿Qué?
—La reconstrucción.
Pilar abrió mucho los ojos.
—Eso sí es un elogio.
Ramiro negó.
—Ha dicho «no estuvo mal».
—En Aranda eso equivale a una medalla.
El inspector ignoró a ambos.
Clara sonrió.
—Gracias.
—Pero la próxima vez...
—No.
Aranda frunció el ceño.
—No he terminado.
—No habrá próxima vez.
Pilar soltó una carcajada.
Ramiro miró a Migas.
—Eso dijiste después de la última.
Clara se volvió.
—¿De qué lado estás?
—Del registro histórico.
Pilar se apoyó en la barra.
—También conocido como el peor lado.
Aranda terminó el café.
—Una cosa más.
Clara lo miró.
—¿Qué?
—No fue usted quien resolvió el homicidio.
Pilar abrió la boca.
Clara levantó una mano.
—Déjalo.
Aranda continuó:
—La investigación policial reunió la prueba física, obtuvo las imágenes, verificó las coartadas y consiguió las autorizaciones.
—Lo sé.
—Bien.
—Pero yo miré la tierra.
Aranda la observó.
Después asintió.
—Sí.
Clara sonrió.
Eso bastaba.
Salieron juntos a la calle.
No porque hubiera nada que ver.
Precisamente porque ya no había.
La posición donde habían encontrado a Rufino estaba vacía.
Ninguna marca permanente.
Ningún círculo de tiza.
Solo baldosas.
Sobre ellos, los balcones del Portal 7 permanecían llenos de plantas.
Menos uno.
Pilar levantó la vista.
—Tenemos que poner algo ahí.
Ramiro respondió inmediatamente:
—Después de revisar el soporte.
—Está revisado.
—Quiero revisarlo otra vez.
Clara sonrió.
—Por supuesto.
Pilar señaló el hueco.
—Una jardinera nueva.
Ramiro negó.
—No del mismo modelo.
—¿Por qué?
Él tardó.
—No me gusta.
Pilar lo miró.
—Eso es una categoría emocional.
—Lo sé.
—Estoy orgullosa.
Ramiro decidió no responder.
Migas apareció por la puerta entreabierta del café.
Clara se volvió.
—No.
El gato se detuvo.
—Dentro.
Migas la miró.
Después se sentó en el umbral.
Una negociación.
Pilar sonrió.
—Ha aprendido de Rufino.
—No digas eso del gato.
—Perdón.
Clara levantó la vista otra vez.
Durante cuatro días, aquel había sido el balcón equivocado.
El lugar donde todos miraban.
El lugar donde alguien había puesto un cadáver para que una historia falsa pareciera evidente.
Ahora ya no.
Era solo el balcón del Portal 7.
Con sus geranios.
Sus petunias.
Sus cintas.
Sus plantas que no combinaban del todo.
Y un hueco que, tarde o temprano, alguien llenaría.
Clara pensó en la primera mañana.
En la tierra completamente seca.
En lo fácil que habría sido aceptar la escena.
Mirar arriba.
Ver el hueco.
Mirar abajo.
Ver los fragmentos.
Y dejar que la proximidad hiciera todo el trabajo.
Una cosa encima.
Otra debajo.
Causa y efecto.
Solo que nunca habían pertenecido a la misma historia.
Rufino había muerto en un patio de piedra blanca.
Había sido trasladado en un vehículo destinado a flores.
Había cruzado Valleverde convertido en carga.
Y había terminado bajo una fachada elegida porque alguien sabía que todos mirarían hacia el lugar equivocado.
Clara miró la calle.
Después el hueco.
Después a Migas, que ya había decidido ignorar su orden y avanzaba hacia una maceta.
—Migas.
El gato se detuvo.
Pilar señaló hacia arriba.
—Entonces, ¿cuál era el balcón correcto?
Clara pensó un instante.
—Ninguno.
Pilar la miró.
—Eso arruina bastante el título.
—No me importa.
Ramiro sonrió.
Aranda, ya camino de la esquina, levantó una mano sin volverse.
Clara empujó suavemente a Migas hacia el interior.
La puerta del Café Aurora se cerró detrás de ellos.
Arriba, las flores siguieron moviéndose con el viento.
Esta vez no ocultaban nada.