El muerto bajo el balcón equivocado Capítulo 9El balcón correcto #3
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Capítulo 9El balcón correcto #3

—Dijo que Nora tenía suficiente para hacer ruido.

Nadie se movió.

Aranda sacó el bolígrafo.

—Señora Noriega, a partir de este momento...

Sabina levantó una mano.

—Ya sé.

—No. Quiero que quede claro. No tiene obligación de continuar esta conversación sin asistencia letrada.

Sabina miró al inspector.

—¿Estoy detenida?

Aranda respondió:

—Todavía no he terminado el procedimiento.

Sabina soltó una risa breve.

Sin alegría.

—Siempre tan correcto.

—Sí.

Ella bajó la mano.

—No voy a contarle cómo ocurrió.

Aranda asintió.

—Está en su derecho.

—Ni voy a regalarle una confesión.

—También está en su derecho.

Clara observó.

Era importante.

El caso no dependía de que Sabina hablara.

Podía callarse.

Negarlo.

Llamar a un abogado.

Las pistas seguirían allí.

Sabina miró hacia Clara.

—Pero tienes razón en una cosa.

Clara no respondió.

—Rufino quería salvarse.

Pilar bajó los ojos.

—Siempre lo hacía.

Sabina miró a Nora.

—Durante años me dijo que todo estaba controlado.

Nora no contestó.

—Que las asesorías eran suyas. Que yo vendía plantas. Que nadie podía demostrar nada más.

Aranda dijo:

—No debería seguir hablando sin abogado.

—No estoy confesando un homicidio.

—Puede estar realizando manifestaciones perjudiciales para usted.

Sabina sonrió.

—Ya lo sé.

El control había vuelto.

Pero ahora era un control distinto.

No el de alguien que cree que todo puede arreglarse.

El de alguien que sabe que ya no.

—Al principio —continuó—, La Hoja Serena necesitaba contratos. Visibilidad. Un concurso importante podía cambiar un año entero.

Clara no dijo nada.

—Rufino sabía a quién recomendar. Sabía qué participantes estaban dispuestos a pagar. Sabía qué jurados escuchaban ciertas palabras.

Teodoro bajó la cabeza.

—Y tú aceptaste —dijo Nora.

Sabina la miró.

—Sí.

La palabra fue seca.

—No fue un error de una tarde. No voy a decir eso.

Clara agradeció que no intentara convertir seis años en un simple desliz.

—Después era más difícil salir —continuó Sabina—. Había facturas. Favores. Gente que podía decir que había pagado por algo que no debía.

Saúl la miró.

—Podías haber hablado.

Sabina soltó una risa.

—Tú llevas años diciendo eso desde fuera.

Saúl no respondió.

—Y aquella noche Rufino apareció —dijo Clara.

Sabina la miró.

—Sí.

—¿Para pedir dinero?

Aranda volvió a intervenir.

—Clara.

Ella paró.

Sabina respondió de todos modos.

—Para decir que iba a colaborar.

La frase cayó con más fuerza que cualquiera anterior.

Nora se inclinó.

—¿Con quién?

Sabina negó.

—No importa.

—Sí importa —dijo Aranda.

—Pues pregúnteselo a alguien que esté vivo.

Nadie reaccionó.

Sabina miró la fotografía de Rufino.

—Dijo que podía presentarse como el hombre que había descubierto irregularidades. Que había tolerado ciertas prácticas, sí, pero que la iniciativa comercial era mía.

—¿Era verdad? —preguntó Clara.

Sabina la miró con dureza.

—No.

—Pero tú también participaste.

—Sí.

—Entonces él iba a mentir sobre una parte y decir la verdad sobre otra.

—Eso era lo que mejor hacía Rufino.

Clara pensó en todas las frases elegantes que había pronunciado durante la inspección.

Palabras suficientemente imprecisas para poder retroceder después.

—¿Y te pidió algo? —preguntó Aranda.

Sabina se quedó callada.

Esta vez no respondió.

Aranda cerró el bolígrafo.

—Bien.

No necesitaban más.

La negativa también tenía un límite.

Dos agentes esperaban fuera.

Clara los había visto desde el principio.

No sabía si Sabina también.

Probablemente sí.

Aranda se levantó.

—Sabina Noriega.

Ella miró al inspector.

—Ya.

—Queda detenida como presunta responsable de la muerte de Rufino Acebal y de la alteración posterior de la escena, sin perjuicio de la calificación jurídica que corresponda.

Pilar se quedó inmóvil.

Ramiro miró la mesa.

Nora no tocó la cámara.

Eso le gustó a Clara.

Aranda continuó con la información de derechos.

Sin dramatismo.

Sin esposas inmediatas.

Sin nadie levantando la voz.

Sabina escuchó.

Cuando terminó, preguntó:

—¿Puedo coger mi bolso?

Un agente lo revisó antes.

Después se lo entregó.

Sabina se levantó.

Miró hacia la puerta.

Luego hacia Clara.

—Las flores de vuestro balcón estaban bien.

Clara no esperaba eso.

—Gracias.

—Rufino tampoco creía que hubiera un problema real con la fijación.

Ramiro levantó la cabeza.

—¿Qué?

Sabina lo miró.

—Necesitaba una objeción. Le gustaba que la gente recordara quién decidía.

Ramiro abrió la boca.

No encontró respuesta.

Pilar sí.

—Eso es muy Rufino.

Aranda miró hacia ella.

—Pilar.

—Ya.

Sabina caminó hasta la puerta.

Antes de salir, volvió a mirar la fachada.

El hueco central.

—La fisura sí era real —dijo.

Ramiro respondió:

—Eso ya lo sabía.

Sabina sonrió apenas.

Fue la última vez que Clara la vio aquella noche.

La puerta se cerró.

Nadie habló durante varios segundos.

Después Pilar miró a Ramiro.

—¿Vas a decir que tenías razón?

—No.

—Puedes.

—No quiero.

Pilar asintió.

—Bien.

Teodoro se levantó.

Parecía diez años mayor.

—¿Y ahora qué pasa con nosotros?

Aranda lo miró.

—Con el homicidio, esto continúa.

—No. Con el concurso.

Nora soltó aire.

Saúl miró hacia la calle.

Rebeca se cruzó de brazos.

Aranda guardó la carpeta.