El muerto bajo el balcón equivocado EpílogoEl premio del público
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EpílogoEl premio del público

Epílogo

El premio del público

Pilar consideró aquello una injusticia histórica.

Ramiro lo consideró estadísticamente razonable.

Doña Amparo lo consideró una prueba adicional de que el número doce llevaba años ejerciendo influencias que nadie quería investigar.

Clara consideró que poder volver a discutir sobre flores era una mejora considerable.

—No digo que estuviera amañado —dijo Pilar.

Clara dejó una bandeja de tazas sobre la barra.

—Eso es exactamente lo que estás diciendo.

—Digo que, después de todo lo ocurrido, un reconocimiento especial habría sido elegante.

Ramiro estaba junto a la ventana revisando por tercera vez la nueva jardinera instalada sobre la entrada.

—Lo hemos recibido.

Pilar se volvió.

—No es lo mismo.

—«Mención del público por participación comunitaria».

—Eso no es un premio.

—Tiene diploma.

—Los diplomas son papeles con autoestima.

Ramiro la miró.

—Esa frase no tiene sentido.

—Y, sin embargo, has entendido perfectamente.

Clara sonrió.

El concurso se había reanudado con otro jurado, nuevas reglas de incompatibilidad y una prohibición expresa de que cualquiera que ofreciera asesorías privadas a participantes pudiera intervenir en la evaluación.

La investigación sobre las ediciones anteriores seguía abierta.

También la de los pagos.

Teodoro había renunciado públicamente al premio del año anterior antes de que nadie se lo retirara.

Rebeca había recibido una sanción por manipular la cinta de identificación y había colocado la resolución enmarcada en su floristería con un pequeño cartel debajo:

NO TOCAR LAS CINTAS. EXPERIENCIA PROFESIONAL.

Pilar quería copiar la idea para el café.

Clara se lo había prohibido.

Nora había publicado una serie de artículos sobre el sistema de asesorías y proveedores.

El primero llevaba una fotografía del Portal 7.

No del cuerpo.

No del hueco.

De las flores.

Clara había agradecido la elección sin decírselo.

Saúl volvió a trabajar en los jardines municipales y, según Doña Amparo, había desarrollado una relación excesivamente personal con la poda de un seto cercano al ayuntamiento.

Ramiro sostenía que aquello no significaba nada.

Doña Amparo sostenía que significaba exactamente lo que parecía.

Aranda seguía apareciendo de vez en cuando por el Café Aurora.

A veces llevaba una pregunta pendiente de la investigación.

Otras pedía un café, comprobaba que nadie estuviera resolviendo otro homicidio y se marchaba.

Clara había dejado de ponerse a la defensiva cada vez que lo veía entrar.

No era intimidad.

Era confianza práctica, que para ella resultaba bastante más útil.

—Lo importante —dijo Pilar— es que ganamos el voto del público.

Ramiro miró el diploma colocado junto a la caja.

—No pone «ganador».

—La gente nos votó.

—Pone «mención».

—La gente nos mencionó con entusiasmo.

Clara abrió la vitrina.

—¿Dónde está la tarta de almendra?

Pilar señaló una bandeja nueva.

—He hecho otra cosa.

Clara se quedó quieta.

—No.

—Ni siquiera sabes qué es.

—Conozco esa expresión.

Pilar sacó un pequeño pastel rectangular cubierto con una capa fina de crema y decorado con flores de azúcar.

En un extremo había un trozo de hojaldre inclinado.

—Se llama El balcón equivocado .

Clara la miró.

—No.

—Todavía no lo has probado.

—No voy a vender un postre inspirado en una escena de asesinato.

—No está inspirado en el asesinato.

—Se llama El balcón equivocado .

—Está inspirado en la arquitectura.

Ramiro se acercó.

—Eso no parece un balcón.

—Es conceptual.

Clara cruzó los brazos.

—Pilar.

—Hojaldre. Crema de almendra. Flores de azúcar. Nada de cadáveres.

—Me tranquiliza que hayas considerado necesario aclararlo.

Pilar cortó una porción.

—Prueba.

—No.

—Clara.

—No.

Pilar dejó el plato delante de ella.

Clara probó.

Se quedó callada.

Pilar sonrió.

—¿Y?

—Demasiado dulce.

—Te gusta.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Ramiro cogió otra porción.

—La inclinación del hojaldre es estructuralmente innecesaria.

Pilar lo miró.

—Come.

Ramiro comió.

—Está bien.

—Gracias.

—Pero el nombre sigue siendo impreciso.

Pilar cerró los ojos.

—No quiero saber.

La nueva jardinera central no era azul verdosa.

Ramiro se había negado.

Nadie discutió demasiado.

Eligieron una de barro claro, más pesada, con un soporte nuevo y una combinación de pequeñas rosas blancas, tomillo y petunias.

Pilar quería incluir girasoles.

Clara dijo que todavía era pronto.

Pilar no insistió.

La instalación había durado toda una mañana porque Ramiro midió dos veces cada anclaje.

Después tres.

Al final pidió a Clara que comprobara el nivel.

—¿Por qué yo?

—Porque si lo compruebo yo otra vez, Pilar va a empezar a decir cosas.

Pilar, desde abajo, levantó una mano.

—Ya las estoy pensando.

Clara comprobó.

—Está nivelada.

Ramiro bajó de la escalera.

—Bien.

—¿Vas a marcarla?

Él la miró.

Pilar soltó una carcajada.

Ramiro tardó unos segundos en responder.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Clara sonrió.

—Qué crecimiento personal.

—He hecho una fotografía del número de serie.

Pilar apoyó la frente contra la pared.

—Ahí está.

El día de la entrega de la mención del público, el Café Aurora estuvo lleno desde el mediodía.

No porque el reconocimiento fuera importante.

Porque Pilar había organizado una pequeña recaudación para rehabilitar dos jardineras comunitarias de una calle vecina que el ayuntamiento llevaba meses sin reparar.

—¿Y esto qué tiene que ver con nuestro premio? —preguntó Clara.

—Todo.

—Eso no es una respuesta.

—La gente ha venido por las flores. Aprovechamos.

—Eso sí es una respuesta.

Pilar sonrió.

—Sabía que acabarías entendiéndolo.

Vecinos que nunca habían participado en el concurso dejaron monedas.

Turistas compraron porciones de El balcón equivocado .

Doña Amparo apareció con una lista de plantas que consideraba aptas para la siguiente edición.

Ramiro corrigió tres nombres científicos.

Rebeca trajo un arreglo pequeño para la barra.

Saúl pasó, dejó veinte euros en la caja de la recaudación y se marchó antes de que Pilar pudiera ofrecerle pastel.

Nora apareció al final de la tarde.

—Solo café.

Pilar señaló la vitrina.

—Te estás perdiendo una pieza de periodismo gastronómico.

—He leído el nombre.

—Entonces sabes que es relevante.

Nora miró a Clara.

—¿Lo has permitido?

—No.

—¿Entonces?

—He perdido.

Nora sonrió.

—Eso también es comunidad.

Clara pensó en discutir.

No lo hizo.

Tal vez porque empezaba a aceptar que una comunidad era precisamente eso.

Una acumulación de pequeñas derrotas compartidas.

Cintas que una no habría elegido.

Pasteles con nombres que una no aprobaría.

Vecinos que preguntaban demasiado.

Personas que aparecían cuando algo iba mal.

Y otras que seguían apareciendo cuando ya había pasado.

No era ordenado.

No era elegante.

Pero funcionaba.

Como la fachada.

Al caer la tarde, Pilar salió con el diploma.

—Necesitamos una foto.

Clara negó.

—No.

—Es para el archivo.

Ramiro levantó la cabeza.

—Eso sí es razonable.

Clara lo miró.

—No te pongas de su parte.

—No es una parte. Es documentación.

Doña Amparo ya estaba colocándose frente a la fachada.

—Desde aquí se ve mejor.

Nora levantó la cámara.

—Poneos juntos.

—Yo no participo —dijo Clara.

Pilar la agarró del brazo.

—Participaste más que nadie.

—Eso no significa que quiera una foto.

—Precisamente por eso.

Ramiro se colocó al otro lado.

Doña Amparo decidió que el diploma estaba torcido.

Pilar discutió.

Nora esperaba.

Clara miró hacia la puerta.

Migas estaba sentado en el umbral.

—Trae al gato —dijo Pilar.

—No.

—Es parte del Portal.

—Es un gato.

—Exacto.

Migas avanzó solo.

No porque quisiera participar.

Porque alguien había dejado una caja vacía junto a la fachada.

Se metió dentro.

Nora levantó la cámara.

—Perfecto.

Clara miró al gato.

—Eso no es posar.

—Para internet será suficiente —dijo Pilar.

—No vamos a ponerlo en internet.

Todos la miraron.

Clara suspiró.

—Haced lo que queráis.

Nora hizo la fotografía.

En ella, según comprobarían después, Pilar aparecía sujetando el diploma demasiado alto.

Ramiro miraba hacia la nueva jardinera en vez de a la cámara.

Doña Amparo parecía estar supervisando al fotógrafo.

Clara estaba a punto de decir algo.

Y Migas solo mostraba la mitad de la cabeza desde una caja.

No era una buena fotografía.

Pilar la declaró perfecta.

Clara, esta vez, no discutió.

Cuando cerraron, quedaban dos porciones del pastel.

Pilar guardó una.

Ramiro se llevó la otra después de insistir en que no la quería.

Doña Amparo subió con una planta que nadie recordaba haberle regalado.

El café quedó en silencio.

Clara limpió la última mesa.

Afuera, la nueva jardinera proyectaba una sombra pequeña sobre la fachada.

Migas se había instalado debajo.

Exactamente debajo.

Clara salió.

—No te acostumbres.

El gato no abrió los ojos.

—Ahí fue donde...

Se detuvo.

No terminó la frase.

Ya no importaba.

El lugar había dejado de pertenecer a Rufino.

Volvía a pertenecer al edificio.

A las flores.

A la gente que entraba y salía.

A un gato que elegía el peor sitio disponible para dormir.

Clara se sentó un momento en el escalón.

Migas abrió un ojo.

Después volvió a cerrarlo.

Arriba, las pequeñas rosas blancas se movían con el aire de la noche.

Clara recordó cómo había empezado todo.

Queriendo que terminara el concurso.

Queriendo recuperar la rutina.

Como si la rutina fuera una habitación cerrada a la que uno pudiera volver y encontrar exactamente igual.

No funcionaba así.

La rutina también cambiaba.

Absorbía personas.

Pérdidas.

Historias.

Y, si había suerte, terminaba convirtiéndolas en algo que podía soportarse.

Pilar apareció en la puerta.

—¿Vas a quedarte ahí mucho tiempo?

—Un minuto.

—He apagado la cafetera.

Clara levantó una ceja.

—¿De verdad?

—Estoy madurando.

—No exageremos.

Pilar sonrió.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Entró otra vez.

Clara miró a Migas.

—Vamos.

El gato no se movió.

—Migas.

Nada.

Clara se levantó.

—No pienso cargarte.

Migas abrió los ojos.

Se estiró.

Entró por su cuenta.

Clara lo siguió.

Antes de cerrar, miró una última vez la fachada.

No era la más perfecta de Valleverde.

Probablemente nunca lo sería.

Cada balcón conservaba algo de quien vivía detrás.

Demasiado rojo en uno.

Hierbas desordenadas en otro.

Una cinta que Pilar se negaba a retirar.

La nueva jardinera central que no combinaba del todo con las demás.

Y quizá esa era la razón por la que el público había votado por ellos.

No parecía una composición.

Parecía una casa.

Clara apagó la luz.

Esta vez, el balcón correcto era simplemente aquel al que todos habían vuelto.