Capítulo 8La jardinera de repuesto #3
—Pero la discusión ayudaba.
—Sí.
Ramiro bajó la vista.
Clara sintió algo que no supo clasificar.
No culpa.
Tal vez rabia por la facilidad con que una discusión pública podía ser convertida en arma contra alguien.
—¿Tenéis suficiente para detener a Sabina? —preguntó Pilar.
Aranda cerró las hojas.
—Tenemos suficiente para profundizar medidas y pedir autorizaciones.
—Eso es un no.
—Es un todavía no.
Clara lo miró.
—¿Qué falta?
—Cerrar dos cosas.
—¿Cuáles?
—La pieza metálica.
—¿La base del arco?
—El análisis microscópico está avanzado.
—¿Y la segunda?
Aranda no respondió inmediatamente.
—El motivo exacto de la discusión entre Rufino y Sabina aquella noche.
Clara pensó en Saúl.
La primera en caer será Sabina.
—Crees que Rufino fue allí a amenazarla.
—Creo que fue allí por algo relacionado con el sistema de asesorías y proveedores.
—¿Dinero?
—Puede.
—¿Para pedirle silencio?
—Puede.
—¿Para decirle que iba a entregarla?
—Puede.
Pilar se llevó las manos a la cabeza.
—Un día va a morir alguien mientras usted sigue diciendo «puede».
Aranda la miró.
—Ese día ya ocurrió.
Pilar bajó las manos.
—Vale.
No hubo broma después.
Aranda continuó:
—También estamos revisando movimientos financieros.
Nora había mencionado pagos.
Teodoro había mencionado asesorías.
Saúl, amenazas.
La red empezaba a adquirir números.
Clara miró las hojas.
—No necesito saber todo para entender la escena.
Aranda la observó.
—No.
—Y creo que ya la entiendo.
—Eso me preocupa.
—No debería.
—Históricamente, debería.
Clara ignoró el comentario.
Cogió la fotografía de la jardinera auténtica.
La dejó junto a la de los fragmentos.
—Esta estuvo arriba.
Señaló la primera.
—La regamos.
—Sí.
—Sabina encontró la fisura.
—Sí.
—La retiró.
Aranda no corrigió.
—Sí.
—Después dijo que la había dejado allí.
—Sí.
—Pero estaba escondida en su vivero.
—Sí.
Clara señaló los fragmentos.
—Esta nunca estuvo arriba.
—Eso parece demostrado.
—Y alguien la rompió al lado del cuerpo.
—Sí.
Después señaló la fotografía de Rufino entrando en La Hoja Serena.
—Rufino estuvo vivo allí después de que Saúl se marchara.
—Sí.
La pieza del arco.
—Una pieza desmontada y limpiada es compatible con la lesión.
—Sí.
La plataforma.
—El carro con la rueda lavada puede trasladar cargas pesadas.
—Sí.
La furgoneta.
—Y el único vehículo que podemos situar cerca del Portal antes del hallazgo es de La Hoja Serena.
Aranda levantó una mano.
—No es el único vehículo que circuló por la zona.
Clara corrigió:
—El vehículo relacionado con todos los demás elementos.
—Mejor.
Pilar sonrió.
—Eso ha sido casi una clase particular.
Clara respiró.
—Entonces sabemos qué pasó.
Aranda no respondió.
—No cada minuto —continuó—. No todavía. Pero la estructura.
—Sí.
Ramiro miró la fachada.
—Rufino nunca estuvo debajo del balcón hasta después de morir.
Clara sintió que aquella frase resolvía algo que llevaba días incomodándola.
No solo el recipiente.
El título entero de la escena.
Habían mirado demasiado al Portal 7 porque alguien quería que lo hicieran.
El cadáver no pertenecía allí.
La jardinera rota tampoco.
La tierra seca tampoco.
Todo había sido llevado.
Colocado.
Ordenado.
Como una composición floral hecha para ser vista desde un punto específico.
—Eso es lo que Sabina entendía mejor que nadie —dijo Clara.
Pilar la miró.
—¿Qué?
—Composición.
No flores.
No belleza.
Atención.
Dónde debía mirar la gente.
Qué elemento hacía que otro pareciera lógico.
Un hueco arriba.
Una maceta rota abajo.
Un hombre muerto.
Una discusión pública.
Todo conducía la mirada en la misma dirección.
Hacia el balcón.
Lejos del vivero.
Esa noche, Clara volvió a cerrar tarde.
El Café Aurora estaba vacío.
Pilar había subido.
Ramiro se había llevado sus carpetas.
Migas dormía junto a la ventana, con una pata estirada sobre el borde de la silla.
Clara dejó las cuatro hojas sobre la barra.
No necesitaba leerlas otra vez.
Salió a la puerta.
La calle estaba tranquila.
El Portal 7 continuaba incompleto sin la jardinera central.
Durante días, el hueco había parecido una ausencia.
Ahora era una frase.
Alguien había quitado la pieza auténtica para que otra pudiera ocupar su lugar en la historia.
Clara levantó la vista.
El balcón.
Después bajó la mirada hacia el punto exacto donde había encontrado a Rufino.
Recordó la tierra seca.
Los fragmentos.
Los zapatos.
Todo aquello que, durante unos segundos, le había parecido una escena tan sencilla que casi no necesitaba explicación.
Una jardinera había caído.
Un hombre estaba debajo.
Solo había que unir ambos hechos.
Ese había sido el truco.
Poner dos cosas juntas y confiar en que nadie preguntara si realmente pertenecían a la misma historia.
Clara ya sabía que no.
Rufino no había muerto allí.
La jardinera que estaba sobre el Portal 7 no había caído.
La que se rompió jamás había estado arriba.
Y el hueco solo existía porque alguien necesitaba que todos miraran hacia él.
Migas abrió un ojo desde el interior.
Clara volvió a mirar el balcón.
Por fin podía decirlo sin hipótesis intermedias.
Rufino no cayó del balcón.
Ni siquiera murió debajo de uno.