El muerto bajo el balcón equivocado Capítulo 9El balcón correcto
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Capítulo 9El balcón correcto

El balcón correcto

A Clara Medina no le gustaban las reuniones convocadas después de cerrar el Café Aurora.

Las reuniones normales ya le parecían una forma demasiado elaborada de perder tiempo.

Las reuniones nocturnas organizadas por un inspector de policía, con una muerte de por medio y seis personas sentadas alrededor de mesas que ella tendría que limpiar después, eran peores.

—No entiendo por qué tengo que apagar la cafetera —dijo Pilar.

Aranda dejó una carpeta sobre la mesa central.

—Porque esto no es una tertulia.

—Una cosa no impide la otra.

—Pilar.

—Vale.

No apagó la cafetera.

La dejó en modo de espera.

Clara decidió no intervenir.

Afuera, la calle estaba casi vacía.

El concurso seguía suspendido.

Las flores del Portal 7 se habían recuperado de varios días de abandono relativo, gracias sobre todo a Ramiro, que había creado un sistema de turnos de riego que nadie había solicitado y que, sin embargo, todos cumplían.

La posición central sobre la entrada continuaba vacía.

La jardinera auténtica seguía bajo custodia policial.

La falsa, reconstruida en parte a partir de los fragmentos, también.

Por primera vez desde la muerte de Rufino, Clara agradeció el hueco.

Le recordaba que una ausencia también podía ser fabricada.

Ramiro estaba sentado junto a la ventana.

Pilar permanecía detrás de la barra.

Nora ocupaba una mesa con su cámara guardada dentro del bolso.

Saúl estaba de pie, como siempre.

Teodoro había sido citado, aunque parecía no entender por qué.

Rebeca se había sentado junto a él sin dirigirle la palabra.

Y Sabina Noriega estaba frente a Aranda.

No esposada.

No rodeada de agentes.

Solo sentada.

Eso le pareció a Clara más serio.

Sabina llevaba la misma expresión que había mantenido durante toda la semana.

Cansancio.

Atención.

Control.

Solo había una diferencia.

Ya no miraba las flores.

Miraba a Aranda.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó.

El inspector abrió la carpeta.

—Porque quiero aclarar la secuencia antes de continuar formalmente.

—He declarado cuatro veces.

—Sí.

—Han registrado mi empresa.

—Con autorización judicial.

—Se han llevado herramientas, material, un carro, una pieza del arco y jardineras.

—Sí.

—Y todavía no estoy detenida.

Aranda cerró la carpeta otra vez.

—Todavía no había terminado de hablar.

Sabina se quedó callada.

Clara vio algo que conocía bien.

No miedo.

Irritación por haber perdido el control del procedimiento.

Ramiro probablemente lo habría llamado una mala posición administrativa.

Pilar le habría dado otro nombre.

Aranda señaló la ventana.

—Todo empezó ahí.

Sabina siguió la dirección de su mano.

El hueco de la jardinera.

—No —dijo Clara.

Todos la miraron.

Aranda también.

Clara sintió calor en la cara.

—Perdón.

—Ya que ha empezado —dijo Aranda—, continúe.

Clara negó.

—No empezó ahí.

Sabina la observó.

Clara miró hacia la calle.

—Eso era lo que teníamos que creer.

Nadie respondió.

Aranda hizo un gesto.

—Siga.

Clara apoyó las manos en el respaldo de una silla.

—La noche anterior a la muerte, Rufino cuestionó públicamente la jardinera central. Dijo que la fijación podía ser insegura. Ramiro discutió con él. Todo el mundo lo vio.

Ramiro apretó los labios.

—No fue una discusión especialmente...

Pilar le puso una mano en el brazo.

—Hoy no.

Ramiro aceptó.

Clara continuó.

—Después regamos todas las jardineras. También esa.

—Seiscientos mililitros —dijo Ramiro.

Pilar cerró los ojos.

—Tenías que hacerlo.

—Era pertinente.

—Lo era.

Clara sonrió apenas.

—La tierra quedó húmeda. Yo la vi.

Aranda abrió la carpeta.

—Y varias personas lo confirmaron.

—Sabina volvió a las ocho y cincuenta y tres —continuó Clara—. Encontró una fisura en el recipiente.

Sabina habló:

—Eso ya lo saben.

—Sí.

—Entonces ¿para qué repetirlo?

Clara la miró.

—Porque la fisura fue la oportunidad.

Algo cambió en los ojos de Sabina.

Muy poco.

—¿Oportunidad para qué?

—Para retirar la jardinera sin que pareciera extraño.

Sabina cruzó los brazos.

—Yo no he admitido haberla retirado.

Aranda intervino.

—La jardinera auténtica apareció en su vivero.

—Eso no demuestra quién la llevó.

Ramiro soltó una pequeña respiración.

Pilar lo miró.

No dijo nada.

Clara continuó:

—No. La marca de Ramiro demuestra cuál era.

—Una marca que cualquiera podía hacer.

—Pero la composición vegetal también coincide. La fisura coincide. El tipo de sustrato coincide. Y usted fue la última persona que la examinó junto al Portal 7.

Sabina miró a Aranda.

—¿Esto es un interrogatorio suyo o de ella?

—Mío.

—No lo parece.

Aranda no cambió de expresión.

—La señora Medina está exponiendo una reconstrucción que coincide con varios elementos de la investigación. Si prefiere, puedo hacerlo yo.

Sabina volvió a Clara.

—Continúa.

La forma en que lo dijo no sonó como permiso.

Sonó como desafío.

Clara respiró.

—La retiró.

Sabina no reaccionó.

—La llevó al vivero en la furgoneta.

—Eso es una acusación.

—Es una reconstrucción.

—No eres policía.

—No.

Clara miró hacia Migas.

El gato dormía sobre una silla junto al cuadro.

—Y Migas entró en la furgoneta.

Pilar sonrió apenas.

—Eso sí me lo creo sin necesidad de policía.

—Los pelos de la manta son compatibles con él —dijo Aranda.

Sabina miró al gato.

—Ya dije que podía haberse metido.

—Sí —respondió Clara—. Y en eso probablemente dijo la verdad.

Sabina volvió la cabeza.

La frase la molestó.

Clara lo vio.

—La furgoneta regresó a La Hoja Serena. Migas salió. Pasó por la grava blanca y los girasoles.

—Probablemente —corrigió Aranda.

Clara asintió.

—Probablemente.

Ramiro la miró con aprobación.

Pilar murmuró:

—No empecemos todos.

Clara siguió.

—Después llegó Saúl.

Saúl levantó ligeramente la barbilla.

—Yo ya he explicado...

—Lo sé. Fuiste a presionar a Sabina para que hablara sobre el concurso.

—Sí.

—Y te marchaste.

—Sí.

Aranda abrió una hoja.

—La estación de servicio y las llamadas posteriores respaldan esa salida.

Sabina miró a Saúl.

—Me acusaste durante años sin tener pruebas.

Saúl respondió:

—Tenía razón en lo importante.

—Eso no convierte tus métodos en buenos.

—No.

La respuesta cerró la discusión antes de empezar.

Clara agradeció que lo hiciera.

—Cuando Saúl se iba, vio llegar a Rufino.

—Y hablé con él —dijo Saúl.

—Sí.

Clara miró a Sabina.

—Rufino entró en La Hoja Serena a las diez y siete.

Nora abrió el bolso.

No sacó la cámara.

No hacía falta.

—La imagen está verificada —dijo.

Aranda asintió.

—Sí.

—Y no tenemos ninguna imagen confirmada de él saliendo —añadió Clara.

Sabina respondió inmediatamente:

—Porque la cámara no cubría bien la salida.

—Eso también es verdad.

Clara no quería regalarle una falsedad.

La cámara no demostraba que Rufino no saliera.

Nunca lo había hecho.

—Pero sabemos que estuvo allí.

—Yo misma lo admití.

—En el patio.

Sabina no respondió.

—Junto al banco.

—Sí.

—Sobre la grava blanca.

—El patio tiene grava blanca.

—Y junto a los girasoles.

Sabina soltó aire.

—Todo el mundo sabe ya que hay girasoles.

Clara asintió.

—Y el polvo de los zapatos de Rufino es compatible con esa grava. El polen de su ropa es compatible con las plantas de esa zona.

—Compatible.

—Sí.

—No exclusivo.

—No.

Sabina inclinó ligeramente la cabeza.

Pareció recuperar algo de seguridad.

—Entonces Rufino estuvo en mi vivero. Nunca lo he negado.

—No.

Clara esperó.

—La pregunta es por qué fue.

Silencio.

Aranda tomó una hoja de la carpeta.

—Hemos reconstruido una parte de los pagos relacionados con las últimas ediciones del concurso.

Teodoro bajó la mirada.

Rebeca se tensó.

Nora permaneció inmóvil.

Aranda continuó:

—Rufino cobraba asesorías privadas a participantes. Algunos de esos participantes compraban después paquetes concretos en La Hoja Serena.

Sabina no habló.

—Eso no demuestra que el vivero pagara a Rufino —dijo finalmente.

—No —respondió Aranda.

—Ni que yo supiera qué criterios iba a utilizar el jurado.

—Por sí solo, no.

—Entonces.

Aranda colocó otra hoja.

—Pero demuestra que su relación profesional era bastante más estrecha de lo que describió inicialmente.

Sabina miró la hoja.

—Trabajábamos en el mismo sector.

Nora habló por primera vez.

—Durante seis años.

Sabina giró hacia ella.

—Tú llevas meses buscando una historia.

—Y la encontré.

—Encontraste un muerto.

Nora se quedó callada.

Clara pensó que, por una vez, no había respuesta mejor que el silencio.

Aranda miró a Saúl.

—Cuente la frase.

Saúl respiró.

Sabina lo miró.

—¿Qué frase?

Saúl no apartó la vista.

—Cuando Rufino llegó, discutimos.

—Eso ya lo sé.

—Yo le dije que, cuando saliera todo, caerían todos los que hubieran participado.

Sabina se quedó quieta.

Saúl continuó:

—Y él dijo: «Cuando esto empiece, la primera en caer será Sabina».

La habitación cambió.

No mucho.

Solo lo suficiente.

Pilar dejó lentamente una taza sobre la barra.

Sabina miró a Saúl durante varios segundos.

—Eso es mentira.

Saúl negó.

—No.

—No hay grabación.

—No.

—Entonces solo está tu palabra.

—Sí.

Aranda intervino:

—No dependemos de esa frase para demostrar el homicidio.

Clara lo miró.

Era importante que lo dijera.

No estaban allí para convertir una frase recordada en prueba absoluta.

La frase daba contexto.

Nada más.

—Pero explica algo —dijo Clara.

Sabina la miró.

—¿Qué?

—Por qué Rufino entró al vivero aquella noche.

—Ya dije que quería hablar del concurso.

—Creo que quería salvarse.

Sabina sonrió.

No con humor.

—Todo el mundo quiere salvarse cuando algo sale mal.

—Y creo que pensaba hacerlo dejando que usted cargara con la mayor parte.

La sonrisa desapareció.

Clara supo que había tocado el lugar correcto.

No porque Sabina confesara.

Porque, por primera vez, dejó de parecer cansada.

Pareció enfadada.

—No sabes nada de eso.

—No.

—Entonces no lo digas.

—No sé exactamente qué dijo Rufino cuando estuvo allí.

Clara hizo una pausa.

—Pero sé lo que pasó después.

Aranda sacó una fotografía.

El estabilizador de hierro.

Lo dejó en el centro de la mesa.

Sabina no la miró.

—Esta pieza formaba parte del arco floral del patio —dijo el inspector.

—Ya lo sé.

—Fue desmontada recientemente.

—Los arcos se desmontan.

—La rosca presenta arañazos recientes.

—También.

—Y fue limpiada de forma distinta a las otras tres piezas.