El muerto bajo el balcón equivocado Capítulo 8La jardinera de repuesto
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Capítulo 8La jardinera de repuesto

La jardinera de repuesto

Ramiro Gil tardó cuatro segundos en reconocer la jardinera.

Clara tardó tres más en entender por qué.

Estaban en el Café Aurora cuando Aranda dejó el móvil sobre la mesa y amplió una fotografía tomada aquella misma mañana en La Hoja Serena.

La imagen mostraba un recipiente azul verdoso.

No estaba roto.

Tenía una fisura estrecha cerca de la base.

Había tierra dentro.

Restos de raíces.

Y, bajo el borde, casi oculto por una mancha de sustrato seco, aparecía una línea negra seguida de un número.

Ramiro se puso de pie.

—Esa es.

Aranda levantó la mirada.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Todavía no le he dicho qué quiero que mire.

Ramiro señaló la pantalla.

—La marca.

Clara se volvió hacia él.

—¿Qué marca?

Ramiro pareció sorprendido.

—La que hice durante la instalación.

Pilar dejó la taza que estaba colocando en la vitrina.

—¿Hiciste qué?

—Marqué las jardineras.

Clara lo miró.

—¿Cuándo?

—Cuando llegaron.

—¿Por qué?

—Porque eran idénticas.

Pilar cerró los ojos.

—Por supuesto que lo hiciste.

Ramiro se acercó al móvil.

—Una línea y el número de posición.

Aranda señaló la fotografía.

—¿Qué significa este?

—C siete.

—¿C?

—Central.

—¿Y siete?

Ramiro lo miró como si la respuesta fuera evidente.

—Portal 7.

Pilar apoyó ambas manos sobre la barra.

—Podías haber mencionado esto hace cuatro días.

Ramiro frunció el ceño.

—Nadie me preguntó cómo las había identificado.

Clara abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

—Ramiro.

—¿Qué?

—Hemos hablado durante días de cómo saber cuál era la nuestra.

—Por posición.

—Después de que desapareciera de la posición.

Él pensó.

—Sí.

—Y no dijiste que hubiera una marca física.

—Pensé que el plano bastaba mientras no apareciera un recipiente intacto.

Pilar soltó una risa seca.

—Has anotado seiscientos mililitros de agua porque podían ser relevantes, pero no una identificación física única.

—No es única.

—¿Hay más C siete?

—No.

Pilar lo miró.

Ramiro corrigió:

—Entonces sí.

Aranda recuperó el móvil.

—La hemos encontrado esta mañana detrás de una fila de sacos de sustrato, en una zona de almacenamiento secundario del vivero.

Clara sintió que todo el ruido del café se alejaba un poco.

—¿Es la que Sabina retiró?

—Eso parece.

—Pero ella dijo que la dejó en el Portal 7.

—Sí.

Ramiro se quedó inmóvil.

Pilar también.

Aquella era la mentira que llevaban días esperando sin saberlo.

No una diferencia de memoria.

No una ruta reconstruida en otro orden.

Una jardinera entera.

Escondida.

—¿La fisura coincide con la que vio Sabina? —preguntó Clara.

—En apariencia, sí.

—¿Y el contenido?

—La composición vegetal corresponde a la que había en la posición central del Portal 7.

—Entonces es nuestra.

Aranda levantó un dedo.

—Es muy probable.

Ramiro señaló la fotografía.

—Tiene mi marca.

—Y por eso es muy probable.

Clara miró la tierra.

Ya no estaba brillante como la noche en que la regaron.

Habían pasado varios días.

Pero seguía viéndose más oscura y apelmazada que el sustrato seco que había aparecido alrededor del cuerpo.

—¿Podéis saber si fue regada aquella noche?

Aranda respondió:

—No de forma exacta tantos días después. Pero el tipo de sustrato y la composición coinciden con el material utilizado en el Portal 7, y la humedad residual en profundidad era mayor de lo esperable para una unidad que hubiera permanecido seca todo ese tiempo.

Ramiro asintió.

—Tiene retención alta.

Pilar lo miró.

—No conviertas esto en una victoria personal.

—No lo estoy haciendo.

—Tu cara sí.

Aranda deslizó la fotografía.

La siguiente mostraba varios fragmentos de la jardinera rota que habían recogido junto al cadáver.

En uno de ellos se veía la parte inferior del borde.

Limpia.

Sin línea.

Sin número.

Ramiro se inclinó.

—No tiene marca.

—No —dijo Aranda.

Clara sintió el encaje.

—Era una de repuesto.

Aranda la miró.

—Eso es lo que estamos comprobando.

—Sabina dijo que tenían unidades idénticas de reserva.

—Sí.

—La verdadera está en el vivero.

—Sí.

—Y la rota no tiene la marca de Ramiro.

—Correcto.

Pilar se cruzó de brazos.

—Entonces no hay mucho que comprobar.

Aranda guardó el móvil.

—Hay que demostrar de qué lote procede la rota, quién podía acceder a las unidades de reserva y cuándo desapareció una.

Ramiro volvió a sentarse.

—Pero ya sabemos que la jardinera que apareció junto a Rufino nunca estuvo sobre nuestra entrada.

Clara miró hacia la fachada.

El hueco seguía allí.

Llevaban días acostumbrándose a él.

Ahora parecía otra cosa.

No ausencia.

Preparación.

Alguien había retirado la jardinera auténtica la noche anterior.

Después había utilizado otra idéntica para hacer creer que la primera había caído.

El vacío no había sido consecuencia del crimen.

Había sido parte de la puesta en escena.

—Por eso estaba seca —dijo Clara.

Aranda asintió.

—Sí.

—La de repuesto no había sido regada.

—Eso parece.

Ramiro murmuró:

—Seiscientos mililitros.

Pilar se volvió hacia él.

—Ahora sí puedes estar satisfecho.

—No lo estoy.

Y esta vez Clara le creyó.

La cifra de inventario añadió otro problema.

En la última revisión previa al crimen constaban veintitrés unidades de reserva de aquel modelo.

Tras el registro quedaban veintidós. La jardinera del Portal 7 había aparecido aparte y no formaba parte de ese stock.

Otra pregunta ocupó el resto de la mañana.

—¿Cómo sabemos que la que rompieron era la que falta? —preguntó Pilar.

Aranda había regresado al café después de comer.

Parecía cansado de explicar que las pruebas no adquirían valor por repetición.

—No lo sabemos al cien por cien todavía.

Pilar hizo un gesto hacia la calle.

—¿Cuántas jardineras idénticas pueden desaparecer justo cuando alguien rompe una idéntica junto a un cadáver?

—Una pregunta razonable no sustituye una comparación de material.

—Eso parece una forma complicada de decir «una».

Clara intervino.

—¿Había control de inventario?

Aranda la miró.

—Sí.

Ramiro se incorporó.

—¿Con fechas?

—Sí.

—¿Quién lo llevaba?

—La Hoja Serena.

—Eso significa Sabina.

—Y empleados.

Ramiro aceptó la precisión.

Aranda continuó:

—La revisión de dos días antes del crimen es la última completa —dijo Aranda—. Es la que registra esas veintitrés unidades sin asignar o pendientes de sustitución.

—¿Y después?

—No hubo otra revisión hasta esta semana. Ahora quedan veintidós.

Clara apoyó una mano en la mesa.

—Entonces alguien pudo coger una sin dejar constancia.

—Sí.

—¿La zona estaba cerrada?

—Almacén interior. Acceso de personal.

Pilar se inclinó.

—¿Los empleados?

—Se habían marchado antes de las nueve aquella noche.

—Eso dijo Sabina.

—Y los registros de salida lo confirman.

Clara pensó en la noche.

Sabina volviendo al Portal 7.

La furgoneta abierta.

La jardinera retirada.

Migas entrando.

La vuelta al vivero.

Después Saúl.

Después Rufino.

Después horas sin imágenes concluyentes.

—Entonces entre las nueve y la madrugada Sabina estaba sola en el vivero.

Aranda no corrigió inmediatamente.

—Durante gran parte de ese periodo, sí.

—Y tenía la jardinera verdadera.

—Sí.

—Y acceso a las reservas.

—Sí.

—Y la furgoneta.

—Sí.

—Y la plataforma.

—Sí.

Pilar levantó una mano.

—¿Podemos llamarlo ya bastante malo?

Aranda la miró.

—Puede.

Pilar asintió.

—Gracias.

Nora llegó a las tres y diez con un sobre.

No parecía satisfecha.

Eso llamó la atención de Clara.

—¿Qué ha pasado?

La periodista dejó el sobre sobre la barra.

—He encontrado más fotografías.

Pilar apareció.

—Cada vez que dices eso alguien queda peor.

—Esta vez Rufino.

Clara tomó el sobre.

—¿Impresas?

—Me resulta más fácil comparar así.

Ramiro apareció desde una mesa.

—Correcto.

Pilar lo miró.

—No la animes.

Nora sacó cuatro fotografías.

La primera era antigua.

Rufino entregando un premio.

Sabina a un lado.

Un participante sosteniendo una placa.

La segunda mostraba otro año.

Otro balcón.

Otro ganador.

Sabina otra vez.

La tercera era una captura de una publicación en redes.

La Hoja Serena agradecía la confianza de varios participantes premiados.

La cuarta mostraba a Rufino junto a un grupo reducido durante una sesión de asesoramiento.

Clara las miró.

—Esto ya lo sabíamos.

—No del todo.

Nora dio la vuelta a la última.

Había escrito tres cifras.

—He hablado otra vez con dos antiguos participantes.

Aranda entró en ese momento.

Clara empezaba a sospechar que el inspector tenía una capacidad especial para aparecer cuando alguien estaba a punto de decir algo comprometedor.

Nora lo vio.

—Perfecto.

—No suelo recibir esa reacción.

—Me ahorra repetirlo.

Aranda se acercó.

Nora señaló las cifras.

—Tres pagos.

—¿A quién?

—Rufino.

—¿Declarados?

—Dos como asesoría. Uno sin factura.

Aranda miró la hoja.

—¿Puede demostrarlo?

—El tercero, por transferencia a una cuenta de una sociedad que Rufino utilizaba.

—Eso sí puede ser relevante.

—Lo sé.

Nora sacó otra hoja.

—Y después hay compras en La Hoja Serena.

Clara miró.

Fechas.

Importes.

Paquetes.

Todos cercanos a evaluaciones del concurso.

—No prueban que Sabina devolviera dinero a Rufino —dijo.

—No —respondió Nora—. Pero he encontrado participantes que recuerdan que Rufino les indicó expresamente qué paquete comprar.

—Como Teodoro.

—Sí.

Aranda hojeó las copias.

—¿Y algo conecta esos pagos con Sabina directamente?

Nora negó.

—Todavía no.

Clara sintió alivio.

No porque quisiera protegerla.

Porque necesitaban separar las cosas.

El sistema de concursos amañados podía ser real.

El homicidio también.

Pero una cosa no demostraba automáticamente la otra.

—¿Qué dicen las imágenes de la cámara automática? —preguntó Clara.

Aranda miró a Nora.

Ella respondió:

—La policía ya tiene el original.

—Lo sé.

—Han reconstruido mejor las horas.

Aranda intervino.

—Podemos decirlo.

Nora señaló una copia.

—Saúl entra alrededor de las nueve cuarenta y siete.

Otra.

—Sale pocos minutos después.

Otra.

—Rufino aparece a las diez y siete.

Clara recordó el rostro borroso.

El traje claro.

—¿Y después?

Nora negó.

—No vuelve a aparecer en ese acceso.

—¿La cámara podía perderlo?

—Sí.

—Entonces no demuestra que no saliera.

—No.

Aranda añadió:

—Pero tampoco hemos encontrado otra imagen suya después de esa hora en ningún punto de la ruta.

Clara apoyó las manos en la barra.