Capítulo 7El patio de piedra blanca #2
—Se desmonta. Se roza. Se limpia. No hay ningún misterio en eso.
Clara la miró.
La palabra misterio le pareció una elección curiosa.
—Nadie ha dicho que lo haya —dijo Aranda.
Sabina apretó la mandíbula.
—Entonces ¿por qué están mirando un arco como si hubiera matado a alguien?
Nadie respondió.
Y esa vez el silencio fue peor que una acusación.
Clara regresó al Café Aurora antes del mediodía.
Aranda se quedó en La Hoja Serena.
Eso también le pareció correcto.
Pilar estaba detrás de la barra.
Ramiro ocupaba una mesa con dos carpetas, una regla y una taza vacía.
—¿Y? —preguntó Pilar.
Clara dejó el bolso.
—No voy a convertir una inspección policial en un boletín del barrio.
Pilar la miró.
—Has estado fuera tres horas.
—Sí.
—Con Aranda.
—Sí.
—En el vivero donde probablemente murió Rufino.
Clara dejó de moverse.
—No sabemos eso todavía.
Pilar sonrió lentamente.
—Pero ahora lo piensas.
Ramiro levantó la cabeza.
Clara se quitó la chaqueta.
—Rufino habló con Sabina en el patio.
—Eso ya lo sabíamos más o menos —dijo Ramiro.
—Ahora sabemos dónde.
—¿Dónde?
—En un banco junto a los girasoles.
Pilar dejó una taza.
—Ah.
No necesitaba más.
Ramiro sí.
—¿Y la grava?
—Debajo.
Él cerró la carpeta.
Clara continuó:
—Hay un arco floral desmontable cerca. Una de las cuatro bases está mucho más limpia que las otras y tiene arañazos recientes en la rosca.
Pilar frunció el ceño.
—¿Una base?
—Una pieza de hierro fundido.
—¿Pesada?
Clara recordó cómo la técnica la había colocado sobre la bandeja.
—Sí.
Nadie habló.
Migas salió de debajo de una mesa.
Pilar lo cogió antes de que pudiera saltar a la barra.
—Tú no vuelves a ningún vivero.
El gato protestó.
—Ni aunque tengas información.
Clara sonrió.
—No tiene información.
—Tiene experiencia de campo.
—Tiene hambre.
Migas confirmó la segunda interpretación mirando hacia la cocina.
Ramiro seguía pensando en el arco.
—¿La policía se lo ha llevado?
—La pieza, seguro. Creo que también van a inmovilizar la estructura completa.
—¿Sabina dijo algo?
Clara recordó el gesto.
Esto ya debería estar desmontado.
—Intentó moverlo antes de que lo revisaran.
Pilar dejó al gato en el suelo.
—Eso sí es malo.
—Podía estar haciendo exactamente lo que dijo. Necesitaba espacio.
—Clara.
—Lo sé.
—Estás defendiéndola otra vez.
—Estoy intentando que no convirtamos cada gesto en una confesión.
Ramiro asintió.
—Correcto.
Pilar los miró a los dos.
—Os habéis vuelto insoportablemente responsables.
Saúl apareció después de comer.
No pidió café.
Llevaba el móvil en la mano y una expresión que Clara ya empezaba a reconocer: la de alguien que había recordado algo tarde y se odiaba por ello.
—He hablado con Aranda —dijo.
Clara apoyó la bandeja que llevaba.
—Entonces él ya lo sabe.
—Sí.
—Bien.
Saúl no se marchó.
Pilar suspiró.
—Aquí nadie termina una conversación cuando debería.
Saúl la ignoró.
—También quiero que lo sepáis porque yo fui quien dijo que Rufino parecía asustado.
Clara se acercó.
—¿Qué has recordado?
—La frase exacta.
Ramiro levantó la vista.
—¿De aquella discusión junto al vivero?
—Sí.
Saúl miró a Clara.
—Yo le dije que, si Nora tenía lo que decía tener, todos los que hubieran participado iban a caer.
—¿Y Rufino?
—Se rió.
—¿Qué dijo?
Saúl tardó un segundo.
—«Cuando esto empiece, la primera en caer será Sabina».
Pilar dejó de moverse.
Clara sintió la frase como una corriente fría.
—¿Eso fue antes de que entrara en el vivero?
—Sí. Minutos antes.
—¿Estás seguro de las palabras?
—Sí.
—¿Podía referirse simplemente a que ella estaba más expuesta?
—Podía.
—¿Dijo que pensaba denunciarla?
—No.
—¿Dijo que iba a colaborar con alguien?
—No.
—Entonces no sabemos qué quería decir.
Saúl apretó el móvil.
—No. Pero sí sé cómo lo dijo.
Clara esperó.
—Como alguien que sabía que podía elegir quién pagaba primero.
Ramiro apoyó los antebrazos en la mesa.
—Eso sigue siendo interpretación.
—Lo sé.
Saúl lo miró.
—Pero es la interpretación que tuve antes de que apareciera muerto. No después.
Eso era distinto.
Clara lo entendió.
Saúl no estaba reconstruyendo una amenaza a partir del homicidio.
Ya había pensado aquella noche que Rufino planeaba utilizar a Sabina como escudo.
—¿Crees que Sabina sabía que iba a ir? —preguntó Clara.
—No.
—¿Que sabía lo que Rufino pensaba hacer?
—Tampoco.
Pilar se cruzó de brazos.
—Pero si se lo dijo cuando entró...
Clara la interrumpió.
—No sabemos qué se dijeron.
—No.
—Ni por qué discutieron, si discutieron.
—No.
—Ni siquiera sabemos todavía que Rufino muriera allí.
Pilar la miró.
—Eso último cada vez cuesta más decirlo.
Clara no pudo discutirlo.
A las cinco y cuarenta y cinco, Aranda llamó.
Clara contestó desde el extremo de la barra.
—¿Sí?
—Tenemos el informe preliminar de la lesión.
Su voz había cambiado.
No mucho.
Lo suficiente.
Clara se sentó.
—¿Y?
—La forma y las dimensiones son compatibles con un objeto metálico compacto de borde romo.
Clara miró a Pilar.
Ella entendió sin oír.
—¿La base del arco?
—Compatible.
La palabra volvió.
Probablemente.
Compatible.
Posible.
Todo el caso parecía construido con términos que se negaban a prometer más de lo que podían cumplir.
—¿Eso significa que fue el arma?
—No por sí solo.
—¿Qué falta?
—Análisis de la pieza, microscopia, comparación de marcas. Y otras comprobaciones.
—Pero ya no parece una ocurrencia mía.
—Nunca he dicho que lo fuera.
—Tu cara lo dijo varias veces.
Aranda ignoró eso.
—Hay algo más.
Clara esperó.
—La lesión no presenta características que encajen bien con un golpe de cerámica ni con una caída de jardinera desde la altura de la fachada.
—Eso ya lo sabíamos de forma preliminar.
—Ahora lo sabemos mejor.
Clara miró hacia la calle.
El hueco en el Portal 7 seguía allí.
Una ausencia diseñada para explicar un cuerpo.
—Entonces alguien mató a Rufino con otra cosa y rompió la jardinera después.
—Eso es una hipótesis muy sólida.
—Y la pieza de hierro estaba a pocos metros del banco donde habló con Sabina.
Aranda guardó silencio.
—Sí —dijo al final.
Clara sintió la respuesta en el pecho.
—¿Habéis encontrado algo en la pieza?
—No puedo decir más todavía.
—¿Porque no lo sabes o porque no puedes?
—Ambas.
—Eso es irritante.
—Lo superaré.
Clara casi sonrió.
—¿Sabina sigue allí?
—Está localizable y ha prestado declaración de nuevo.
—¿Detenida?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque una pieza compatible no basta. Porque estar en el lugar no basta. Porque tener una furgoneta no basta. Porque necesito demostrar una cadena, no acumular cosas que nos gusten.
Clara bajó la mirada.
—Bien.
—¿Qué?
—Tienes razón.
Hubo una pausa.
—¿Puede repetirlo?
—No.
Aranda colgó antes de que ella pudiera arrepentirse.
Pilar apareció inmediatamente.
—¿Es el arma?
—Puede ser.
—Clara.
—Puede ser de verdad.
Ramiro se levantó.
—¿Compatible con la lesión?
—Sí.
—¿Qué pieza?
—El estabilizador limpio del arco.
Ramiro frunció el ceño.
—¿Y por qué estaba limpio?
Clara lo miró.
Esa era la pregunta.
La misma que con la rueda.
La misma lógica.
Una persona podía limpiar una rueda por cien motivos.
Podía limpiar una herramienta.
Podía limpiar una pieza de hierro.
Pero cuando dos objetos distintos, ambos vinculados a la ruta probable de un cadáver, aparecían más limpios de lo que debían, la limpieza dejaba de parecer una costumbre.
Empezaba a parecer una decisión.
Aquella noche Clara cerró el Café Aurora más temprano.
Pilar no protestó.
Eso era casi tan extraño como que Ramiro no sacara ninguna carpeta durante los últimos veinte minutos.
Migas dormía debajo de la reproducción de Marea baja en Valleverde .
Clara apagó una lámpara.
Después otra.
Desde la puerta pudo ver las flores del Portal 7 convertidas en sombras suaves sobre la fachada.
La calle estaba tranquila.
Nada en ella explicaba la muerte de Rufino.
Tal vez porque la explicación nunca había estado allí.
Pensó en el patio de La Hoja Serena.
La grava blanca pegándose a los zapatos.
Los girasoles bajos junto al banco.
La furgoneta aparcada a pocos metros.
La plataforma capaz de mover peso.
El arco floral.
Tres bases cubiertas por la misma suciedad del patio.
Una demasiado limpia.
Una rosca arañada recientemente.
Y un hombre que, minutos antes de entrar allí, había dicho que Sabina sería la primera en caer.
Clara miró hacia el hueco de la fachada.
Todavía quedaba una pieza que no encontraba lugar en ninguna parte.
La jardinera que ella había visto húmeda.
La verdadera.
La que no estaba entre los fragmentos secos junto al cadáver.
Hasta entonces, Clara había pensado en ella como un objeto retirado para fabricar una escena falsa.
Ahora comprendió que podía ser algo más.
Una pieza física que había viajado con alguien.
Algo que debía existir todavía.
En algún sitio.
Y si aparecía, no solo demostraría qué jardinera no había caído.
Podía demostrar quién había tenido en sus manos la única que sí pertenecía al Portal 7.
Clara cerró la puerta.
El patio de piedra blanca ya no era solo el último lugar conocido donde Rufino Acebal había estado vivo.
Era el primer lugar que podía explicar, a la vez, el polvo de sus zapatos, el polen de su ropa y un objeto capaz de haberlo matado.
Por primera vez, el crimen tenía un lugar.
Ahora faltaba demostrar quién había sacado el cuerpo de allí.