Capítulo 7El patio de piedra blanca
El patio de piedra blanca
A Clara no le gustaban los viveros a primera hora de la mañana.
No tenía nada contra las plantas.
El problema era la cantidad de formas distintas en que un lugar lleno de hojas podía parecer inocente.
La Hoja Serena estaba abierta desde hacía veinte minutos cuando llegó con Aranda.
Dos empleados descargaban bandejas de plantas junto a la entrada principal y una mujer colocaba etiquetas en una mesa exterior.
Desde la calle, el vivero parecía exactamente lo que debía parecer: ordenado, húmedo en los lugares donde había que regar y ligeramente caótico en todos los demás.
Clara se detuvo junto a la puerta.
—Todavía no entiendo por qué me has traído.
Aranda siguió caminando.
—No la he traído a registrar nada.
—Eso ya lo sé.
—Entonces empezamos bien.
—¿Por qué estoy aquí?
El inspector señaló la zona de carga, al fondo.
—Porque usted vio la parte trasera de la furgoneta aquella noche, vio la manta, vio a Sabina trabajando junto al Portal 7 y vio cómo volvió Migas. Quiero que me diga si algo de este recorrido contradice lo que recuerda. Nada más.
—Eso suena peligrosamente parecido a ser útil.
—No se acostumbre.
Clara aceptó el límite.
Dos agentes de policía científica ya trabajaban en el patio trasero. No había cinta alrededor de todo el vivero. Solo una zona delimitada junto al acceso de carga, la plataforma que habían examinado el día anterior y varias estructuras ornamentales apartadas del paso.
Sabina estaba allí.
Llevaba pantalones de trabajo, una camiseta gris y el pelo recogido. Parecía haber dormido poco. Aun así, cuando vio a Clara, levantó una mano a modo de saludo.
—No esperaba verte aquí.
—Yo tampoco.
Sabina miró a Aranda.
—¿Ahora trae vecinos a las inspecciones?
—La señora Medina está aquí para confirmar algunas observaciones propias. No participa en la inspección.
—Entendido.
No protestó.
Eso habría resultado más fácil para Clara.
Sabina se volvió hacia uno de los empleados.
—Las aromáticas de la mesa tres no van al sol directo.
El hombre asintió y movió una bandeja.
Después Sabina volvió a mirar a Clara.
—El concurso nos ha dejado media semana de trabajo patas arriba.
—Y un muerto —dijo Clara.
La frase salió más seca de lo que pretendía.
Sabina bajó la vista.
—Sí.
No añadió nada.
Aranda indicó el patio.
—Enséñenos el recorrido de la furgoneta cuando llegó del Portal 7 aquella noche.
Sabina empezó a caminar.
Clara la siguió.
El suelo cambió al pasar del almacén cubierto al patio de carga.
Grava blanca.
No blanca del todo.
Gris pálido, crema, pequeños fragmentos irregulares de piedra que crujían bajo los zapatos.
Clara se detuvo.
La fotografía de Nora no le había hecho justicia.
En persona, el color resultaba mucho más evidente.
Miró sus propios zapatos.
Tres pasos habían bastado para dejar un polvo claro sobre el borde de la suela.
Aranda la observó.
—¿Qué?
—Nada nuevo.
—Eso no parece nada.
Clara señaló el suelo.
—Entiendo mejor las patas de Migas.
Sabina miró hacia el lateral del patio.
—Si salió de la furgoneta, estuvo aquí.
—Eso parece —dijo Aranda.
Clara siguió la dirección de su mirada.
Los girasoles estaban detrás de un banco de madera.
Eran bajos, ornamentales, con flores mucho más pequeñas que las variedades que Clara asociaba a campos y carreteras. Había varias docenas agrupadas junto a una valla, suficientes para formar una mancha amarilla compacta.
Pilar tenía razón.
Un gato que decidiera atravesarlas podía salir cubierto de polen.
Un hombre que se acercara al banco también.
Clara no dijo esa segunda parte.
Aranda ya la sabía.
Una técnica se acercó al inspector con una bolsa de muestras.
—La grava del patio es compatible en composición general con las partículas recogidas del calzado de Acebal —dijo—. No es una identificación individual. Material calcáreo de este tipo puede encontrarse en otros sitios.
Aranda asintió.
—¿Y el polen?
—Compatible con girasol ornamental y otras compuestas presentes aquí. Tampoco es exclusivo.
Clara agradeció la precisión.
No porque debilitara la pista.
Porque la colocaba en su lugar correcto.
El polvo blanco no decía «La Hoja Serena» por sí solo.
El polen tampoco.
Pero Rufino había sido fotografiado entrando allí.
Migas casi con seguridad había viajado hasta allí.
Y ambos habían regresado —uno vivo, otro no— con residuos compatibles con aquel patio.
—La furgoneta quedó aquí —dijo Sabina.
Señaló una franja junto al muro.
—Aparqué de frente. Descargué unas cajas y los sacos que llevaba del recorrido.
Clara miró el espacio de carga.
—¿Y la jardinera del Portal 7?
Sabina sostuvo su mirada.
—Ya he dicho que se quedó allí.
Aranda no la corrigió.
Clara tampoco.
La jardinera auténtica seguía sin aparecer.
Eso importaba.
Sabina mantenía la misma versión que había dado desde la mañana del hallazgo.
Si mentía, aún no tenían el objeto que lo demostrara.
Y Clara no quería confundir una sospecha cada vez más fuerte con una prueba.
Aranda dejó pasar un segundo.
Sabina volvió la vista hacia el patio.
—¿Y después? —preguntó.
—Entré en la oficina. Revisé correos. Preparé el trabajo del día siguiente.
—¿A qué hora llegó Rufino?
Sabina apretó los labios.
—Ya he respondido a eso.
—Respóndalo otra vez.
—Poco después de las diez.
—¿Esperaba su visita?
—No.
—¿Por qué vino?
—Quería hablar del concurso.
—¿De qué parte?
—De todo.
Aranda esperó.
Sabina añadió:
—Estaba nervioso por lo que se estaba diciendo. Por Nora. Por Saúl. Por los participantes que empezaban a preguntar por asesorías antiguas.
—¿Y por usted?
Sabina lo miró.
—¿Qué quiere decir?
—Si estaba nervioso por lo que podía decir usted.
—No tenía nada especial que decir.
Clara miró los girasoles.
Aquel tipo de respuesta siempre era demasiado grande para una pregunta pequeña.
Aranda no insistió.
—¿Dónde hablaron?
Sabina señaló el banco de madera.
—Aquí, junto al banco. No entramos en la oficina.
Clara sintió un movimiento interno.
El banco.
Justo delante de los girasoles.
Sobre la grava blanca.
No era una prueba.
Pero era el primer punto de todo el caso donde Rufino, el polvo y el polen dejaban de necesitar explicaciones separadas.
—¿Cuánto tiempo estuvo? —preguntó Aranda.
—No lo sé. Veinte minutos. Media hora.
—¿Cómo se marchó?
Sabina tardó.
—Por donde entró.
—¿Lo vio salir?
—No hasta la calle.
—Eso no es lo que he preguntado.
Sabina cruzó los brazos.
—Lo vi marcharse hacia la salida.
Aranda la observó.
—¿A pie?
—Sí.
Clara sintió que la mentira tenía ahora una forma concreta.
Nora no había captado aquella salida.
Eso podía explicarse por el ángulo.
Pero Rufino tampoco había aparecido después en ningún otro punto que la policía hubiese podido confirmar.
Y su cuerpo había terminado bajo el Portal 7.
Sabina miró hacia los agentes.
—¿Han terminado con la plataforma?
—Todavía no —respondió Aranda.
—La necesitamos para trabajar.
—Tendrá que esperar.
—Lleva inmovilizada desde ayer.
—Sí.
—Hay otras, pero esa es la que usamos para las cargas pesadas.
Aranda la miró.
—Lo sabemos.
Sabina no respondió.
El arco floral estaba a menos de diez metros del banco.
Clara no lo habría mirado dos veces si Ramiro no hubiese convertido las últimas semanas en un curso involuntario sobre objetos que soportaban peso.
Era una estructura desmontable de metal oscuro, de unos dos metros de altura, cubierta parcialmente por ramas decorativas ya marchitas. A cada lado, dos bases bajas estabilizaban las patas para evitar que el conjunto se venciera.
Tres estaban cubiertas de polvo blanco.
La cuarta no.
Clara siguió caminando.
Después se detuvo.
Volvió atrás.
No tocó nada.
Aranda, que hablaba con una técnica, la vio.
—¿Qué pasa?
Clara señaló.
—Nada que sepa explicar todavía.
Sabina se volvió desde el almacén.
—¿El arco?
Clara miró las cuatro bases.
La diferencia no era espectacular.
Precisamente por eso resultaba incómoda.
Las tres primeras tenían el mismo aspecto que todo lo que llevaba tiempo en aquel patio: una película clara de polvo metida en las juntas, pequeñas manchas de humedad seca, residuos verdes junto a los tornillos.
La cuarta parecía más oscura.
Más limpia.
No nueva.
Limpiada.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó Clara.
Aranda la miró.
Sabina respondió:
—Semanas.
—¿Sin moverse?
—Se desmonta y se monta continuamente.
—¿Y las bases?
—También.
Sabina se acercó.
—De hecho, esto ya debería estar desmontado. Mañana entra un pedido grande y está ocupando espacio.
Cogió uno de los laterales del arco.
—No toque eso —dijo Aranda.
Sabina soltó la estructura inmediatamente.
—Solo iba a moverlo.
—No lo mueva.
—Es material de trabajo.
—Ahora es material que quiero revisar.
Por primera vez desde que Clara había llegado, Sabina perdió el control de su expresión.
Fue un instante.
Una contracción alrededor de la boca.
Nada más.
—¿Por qué? —preguntó.
Aranda miró las bases.
—Porque una parece haber sido limpiada recientemente.
Sabina siguió su mirada.
—Aquí limpiamos cosas todos los días.
—¿Ese pie en concreto?
—No llevo un registro de cada pieza de hierro.
La frase sonó razonable.
Clara la odió por eso.
Una técnica se puso guantes y se agachó junto a la base distinta.
—¿Puedo desmontarla? —preguntó.
Aranda asintió.
Sabina dio un paso.
—Tenga cuidado con la rosca. Una de esas piezas ya estaba dando problemas.
La técnica la miró.
—¿Cuál?
Sabina se quedó quieta.
—No lo recuerdo.
Clara miró a Aranda.
Él no devolvió la mirada.
La técnica sujetó la pata metálica y giró el estabilizador.
Al principio no cedió.
Después hizo un sonido seco.
Una vuelta.
Dos.
La pieza se separó.
Era más pesada de lo que parecía.
Hierro fundido, corto y compacto, con una parte roscada que entraba en la estructura y una base ancha diseñada para repartir el peso.
La técnica la colocó sobre una bandeja limpia.
—Hay arañazos recientes en la rosca —dijo.
Aranda se acercó.
Clara no.
—¿Recientes cuánto? —preguntó el inspector.
—No puedo fecharlos a simple vista. Pero el metal expuesto no tiene la misma oxidación superficial que el resto.
—¿Y la limpieza?
—También parece reciente comparada con las otras tres bases.
Sabina soltó aire.