Capítulo 6Una rueda demasiado limpia
Una rueda demasiado limpia
A las ocho y veinte de la mañana, Ramiro Gil ya había dibujado tres tipos de plataforma de transporte en una servilleta.
Clara lo miró.
Después miró la servilleta.
Después volvió a mirarlo.
—No.
Ramiro frunció el ceño.
—¿No qué?
—Lo que sea que estés haciendo.
—Dibujando.
—Eso ya lo veo.
Pilar dejó una bandeja sobre la barra.
—A mí me parece bonito.
—No es bonito —dijo Ramiro—. Es esquemático.
—Entonces me gusta menos.
Clara señaló la servilleta.
—¿Por qué hay ruedas?
—Porque Aranda preguntó por los carros de La Hoja Serena.
—Eso fue ayer.
—Y hoy siguen existiendo.
Ramiro señaló el primer dibujo.
—Este es un carro para bandejas. Este, una plataforma plegable. Y este se parece al que vi durante el montaje de la calle Mayor.
Pilar se inclinó.
—Parece una mesa con patas.
—Tiene ruedas.
—Entonces una mesa con futuro.
Ramiro ignoró el comentario.
Clara abrió la caja del café.
—¿Y qué pretendes descubrir dibujándolo?
—Qué tipo podría producir un chirrido regular.
—Eso no se descubre con una servilleta.
—No.
—Entonces.
Ramiro la guardó en la carpeta.
—Me ayuda a pensar.
Pilar miró a Clara.
—No le quites eso.
Migas apareció desde el pasillo.
Ya estaba limpio. Casi.
Quedaban algunos puntos diminutos de suciedad entre los dedos de una pata y una sombra amarillenta junto a un bigote. Clara había resistido la tentación de bañarlo por completo, no porque creyera que fuera imposible, sino porque conservaba un mínimo de instinto de supervivencia.
Migas saltó a una silla.
Pilar lo señaló.
—Tú sí sabes qué carro era.
El gato se sentó.
—Y no vas a ayudar.
Ramiro abrió la carpeta otra vez.
—No entiende.
—Gracias, Ramiro.
—No era sarcasmo.
—Eso lo empeora.
La puerta se abrió.
Aranda entró.
No pidió café.
Pilar se lo sirvió igualmente.
—No he pedido nada.
—Lo sabemos.
El inspector aceptó la taza.
Clara fue directa:
—¿Habéis revisado los carros?
—Sí.
—¿Y?
—Hay varios. Uno de ellos tiene una rueda distinta de las otras tres.
Ramiro se levantó.
—¿Distinta cómo?
—Mucho más limpia.
Clara tardó un segundo.
—¿Solo una rueda?
—Solo una.
Pilar miró hacia la calle.
—Eso no tiene sentido.
—Precisamente —dijo Clara.
Aranda apoyó la taza.
—Las otras tres tienen el tipo de suciedad esperable en un vivero: polvo, restos vegetales, tierra seca, partículas del patio. La delantera derecha parece haber sido lavada hace poco.
Ramiro sacó la servilleta.
Aranda cerró los ojos.
—Todavía no.
Ramiro volvió a guardarla.
—¿Sabina ha explicado por qué? —preguntó Clara.
—Dice que se ensució durante una descarga y la aclaró con una manguera.
—¿Con qué?
—Barro.
Ramiro negó inmediatamente.
—En el patio no había barro.
Aranda levantó una ceja.
—¿Estuvo allí esa noche?
—No. Pero el patio es de grava calcárea.
Clara recordó las fotografías de Nora: piedra blanca, zona de carga seca, los girasoles al fondo.
—Tampoco había llovido —dijo Pilar.
—No —confirmó Aranda.
—Entonces el barro tendría que venir de otro sitio.
—Eso estamos comprobando.
Clara miró la taza del inspector.
—¿Sabina recuerda cuándo limpió la rueda?
—No con precisión.
—Conveniente.
Ramiro habló antes de que Aranda respondiera.
—También puede ser verdad.
Pilar lo miró.
—Vas a acabar arruinando tu reputación.
—Estoy intentando no decidir primero y comprobar después.
Clara asintió.
Era exactamente lo que necesitaban.
A media mañana apareció Rebeca Olmeda con una bolsa de pastas.
La dejó sobre la barra.
—Para vosotros.
Pilar abrió la bolsa.
—Te perdono.
Rebeca frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por la cinta.
—No te he pedido perdón.
—Entonces lo retiro.
Clara cogió la bolsa antes de que la negociación continuara.
—Gracias.
Rebeca parecía más cansada que avergonzada.
—He ampliado mi declaración.
—¿Sobre el sabotaje?
—Sí.
Pilar dejó de comer.
Rebeca la miró.
—No moví simplemente una cinta. Cambié durante un rato la etiqueta de identificación de una fachada rival para que pareciera que el montaje estaba mal registrado.
Clara cerró los ojos un instante.
—Eso podía perjudicarles de verdad.
—Ya lo sé.
—Y después volviste para ponerla bien.
—Sí.
—Por eso pasaste junto a La Hoja Serena y viste a Saúl.
—Sí.
Pilar masticó lentamente.
—Ahora comprendo por qué te costaba contarlo.
Rebeca la miró.
—Gracias.
—No era un elogio.
Aranda, que acababa de entrar de nuevo, oyó la última frase.
—La manipulación del concurso se tratará por separado. En lo que respecta al homicidio, la hora y el recorrido de la señora Olmeda ya están bastante mejor establecidos.
Rebeca lo miró.
—¿Eso significa que ya no soy sospechosa?
Aranda escogió las palabras.
—Significa que su mentira tiene una explicación comprobable y que, de momento, nada la sitúa en el vivero durante el intervalo decisivo.
Pilar señaló a Clara.
—Traducción: bastante mejor.
—No necesito traducción —dijo Aranda.
Rebeca soltó una risa breve.
Clara agradeció oírla.
La puerta volvió a abrirse.
Esta vez entró una mujer joven con una carpeta transparente y una bolsa de pruebas.
—Marta, policía científica —dijo Aranda.
Pilar miró la bolsa.
—Eso sí suena serio.
Marta sonrió.
—A veces solo suena a trabajo muy pequeño.
Se acercó a Clara.
—Quería confirmar una cosa sobre el gato.
Migas dormía debajo de la ventana.
—¿Qué pasa con él?
Marta levantó una bolsa transparente. Dentro había varios pelos cortos de color naranja.
—Hemos encontrado estos en una manta gruesa que estaba en el compartimento de carga de la furgoneta de La Hoja Serena.
Pilar dejó de moverse.
Ramiro cerró la carpeta.
Clara miró a Migas.
—¿Son suyos?
—No podemos identificar a un individuo concreto solo por el aspecto del pelo —dijo Marta—, pero son compatibles con un gato de su color y características.
Aranda añadió:
—Y la localización encaja con la hipótesis de que entrara en la furgoneta cuando estaba abierta frente al Portal 7.
Clara sintió que una parte del recorrido se volvía, por fin, menos hipotética.
—Entonces viajó con Sabina.
Aranda levantó un dedo.
—Probablemente viajó en su furgoneta. No sabemos todavía en qué momento exacto ni quién conducía cada vez que el vehículo se movió.
Pilar se acercó a la bolsa.
—¿Cuántos gatos naranjas suelen transportar en un vivero?
—No lo sé.
—Yo conozco uno.
Marta sonrió.
—También encontramos partículas minerales claras y restos vegetales en la manta, pero eso es normal en un vehículo dedicado a plantas. No vamos a convertir cada grano de tierra en una revelación.
Clara agradeció la advertencia.
Migas había estado allí.
Eso explicaba el polvo blanco en las patas y el polen en el pelo.
Nada más.
Todavía.
Ramiro miró la bolsa.
—¿Y el carro?
Marta cambió de carpeta.
Aranda la observó, y Clara supo que había otra cosa.
—¿Qué habéis encontrado?
Marta sacó una segunda bolsa, mucho más pequeña.
Dentro había un fragmento duro azul verdoso.
Clara reconoció el color de inmediato.
—Una jardinera.
—Un fragmento esmaltado —corrigió Marta—. Todavía estamos comparándolo.
—¿Dónde estaba?
Aranda respondió:
—Encajado bajo el eje de la plataforma con la rueda limpia.
Pilar abrió la boca.
Ramiro se puso de pie.
—¿Del mismo carro?
—Sí.
Clara se acercó.
El fragmento era menor que una uña.
—¿Coincide con la jardinera rota?
—Coincide visualmente con el modelo del concurso —dijo Marta—. La composición cerámica y el esmalte parecen compatibles, pero ese modelo se distribuyó en varios puntos de la ruta.
—Así que puede venir de cualquier jardinera azul verdosa.
—Exacto.
Ramiro miró el fragmento.
—Pero acabó debajo del eje.
—Sí.
—No en una rueda.
—Sí.
Clara entendió lo que estaba pensando.
Si la plataforma simplemente hubiera pasado sobre un trozo en el suelo, sería fácil imaginar restos en el neumático. Bajo el eje era distinto, aunque no imposible.
—No sabemos cómo llegó ahí —dijo antes de que Ramiro construyera demasiado.
—No.
Aranda la miró con aprobación apenas perceptible.
Pilar lo vio.
Clara decidió no mirarla.
Marta guardó la bolsa.
—Hay otra cosa sobre la rueda. Después de limpiarla quedaron pequeñas partículas claras en zonas protegidas del soporte. Son compatibles, de forma preliminar, con el tipo de grava del patio del vivero.
—Entonces estuvo en La Hoja Serena —dijo Pilar.
—Es un carro de La Hoja Serena —respondió Marta—. Eso no es precisamente sorprendente.
Pilar suspiró.
—Vuestro trabajo consiste en arruinar frases buenas.
—A veces.
Clara miró las dos bolsas.
Pelos naranjas en la manta.
Un fragmento azul verdoso bajo el eje.
Una rueda lavada.
Cada cosa por separado podía tener una explicación banal.
Juntas empezaban a dibujar un trayecto.
No un asesinato.
Un trayecto.
Por la tarde, Clara intentó encontrar el punto débil de esa cadena.
No porque quisiera defender a Sabina.
Porque empezaba a desconfiar de ella demasiado deprisa.
Cuando una solución parecía demasiado limpia, Clara buscaba dónde estaba la suciedad.
Ramiro entró en la cocina.
—Estás dando vueltas.
—Estoy trabajando.
—Has abierto el mismo armario tres veces.
Clara cerró la puerta.
—Estoy pensando.
—Lo sabía.
—No empieces.
Ramiro se apoyó en la pared.
—Los pelos pueden ser de Migas.
—Sí.
—Eso solo demuestra que estuvo en la furgoneta.
—Probablemente.
—El fragmento puede venir de cualquiera de las jardineras del concurso.
—Sí.
—La rueda puede haberse lavado por un motivo normal.
—Sí.
—Y la furgoneta podía estar junto al Portal 7 por trabajo.
—Sí.
Ramiro la miró.
—Entonces todas las piezas por separado son débiles.
Clara asintió.
—Pero juntas describen movimiento.
—Del vivero a la calle.
—Quizá.
—En una furgoneta autorizada.
—Quizá.
Pilar apareció en la puerta.
—Y con un carro que chirría.
Clara la miró.
—Todavía no sabemos si chirría.
—Pero lo vas a saber pronto.
—¿Por qué?
Pilar señaló hacia el salón.
Aranda estaba entrando.
—Chirría —dijo el inspector.
No se había sentado todavía.
Ramiro sacó la servilleta.
Aranda la miró.
—Ahora sí.
Ramiro la abrió sobre la mesa.
—¿Qué tipo?
—Plataforma baja de cuatro ruedas, estructura metálica plegable.
Ramiro señaló el tercer dibujo.
—Esta.
Aranda asintió.
Pilar se llevó una mano a la boca.
—No puedo creer que la servilleta haya ganado.
—No ha ganado nada —dijo Ramiro.
—Eso diría la servilleta si pudiera hablar.
Clara se acercó.
—¿Cómo suena?
—La rueda delantera derecha hace un chirrido breve una vez por vuelta cuando soporta peso suficiente.
Doña Amparo, sentada junto a la ventana, levantó inmediatamente la cabeza.
—Eso era.
Aranda se volvió hacia ella.
—Es compatible con lo que usted describió.
—Era eso.
—No puedo afirmarlo solo por el sonido.
Amparo cruzó los brazos.
—Pues yo sí.
Pilar murmuró:
—Por fin alguien tiene menos prudencia que nosotros.
Clara miró a Aranda.
—¿Habéis probado la plataforma con la furgoneta?
—Cabe en el compartimento trasero. La furgoneta lleva además una rampa plegable y correas para mover cargas pesadas.
La frase cambió el objeto.
Hasta entonces, plataforma.
Equipo de vivero.
Una herramienta para jardineras, cajas, sacos de sustrato.
Ahora Clara vio otra posibilidad y no le gustó.
—Podía mover una carga muy pesada una sola persona.
Aranda corrigió:
—Ese equipo permite a una persona mover determinadas cargas pesadas. No sabemos qué se movió aquella madrugada.
Clara aceptó la precisión.
—¿Sabina recuerda haber usado la plataforma?
—Dice que no aquella noche.
—¿Y alguien más podía acceder a ella?
—Durante el día, sí. Después del cierre, el acceso era mucho más limitado.
—¿Los empleados?
—Sus salidas constan antes de la llegada de Rufino.
Clara sintió que la habitación se estrechaba un poco.
No era suficiente.
Todavía no.
—Entonces lo que tenemos es un carro del vivero que puede haber estado en la calle, una rueda limpiada sin una explicación convincente, un fragmento compatible con las jardineras y una furgoneta fotografiada aquí antes del hallazgo.
—Sí.
—Y Migas viajó en esa furgoneta.
—Probablemente.
Pilar levantó una mano.
—Voy a tatuarme «probablemente».
Aranda bebió café.
—Le evitaría muchos problemas.
Doña Amparo recordó la dirección del sonido al caer la tarde.
No fue una nueva revelación espectacular.
Fue peor: una de esas pequeñas precisiones que hacen que una posibilidad deje de flotar.
—El chirrido se alejaba hacia la esquina lateral —dijo.
Clara levantó la vista.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cada vez se oía menos.
—¿Y no hacia la plaza?
—No. Hacia el lateral.
Ramiro desplegó el mapa de acceso.
—Ahí podían parar los vehículos de servicio sin bloquear la calle principal.
Pilar miró a Clara.
—El carro volvió hacia la furgoneta.
—Puede —dijo Clara.
Aranda, que aún estaba en el café, asintió.
—Puede.
Clara observó la fachada.
La escena empezaba a perder verticalidad.
Durante dos días habían hablado de balcones, fijaciones, macetas y caídas.
Ahora todo estaba a nivel de calle.
Una furgoneta.
Una plataforma.
Una rueda que chirriaba.
Una manta con pelos de Migas.
Un fragmento esmaltado.
Era una ruta plausible.
Pero todavía faltaba lo esencial.
¿Dónde había muerto Rufino?
¿Con qué lo habían golpeado?
¿Y qué había pasado con la jardinera que Clara sabía que había visto húmeda pocas horas antes de encontrar otra, seca, rota junto al cadáver?
No tenían esas respuestas.
Y Clara empezaba a sospechar que las tres estaban en el mismo lugar.
La Hoja Serena.
Aranda guardó la libreta.
—Mañana volveremos al vivero con autorización para revisar varias estructuras y el área de carga con más detalle.
Clara lo miró.
—¿Podemos...?
—No.
—No he preguntado nada.
—Todavía.
Ramiro dobló la servilleta.
Pilar señaló al inspector.
—Eso ha sido preventivo.
—Experiencia.
Aranda se marchó.
Clara se quedó junto a la ventana.
Migas dormía al sol sobre una silla, completamente ajeno a la importancia que los humanos daban a unos pelos que él había dejado por accidente.
La rueda, en cambio, no había dejado nada por accidente.
Alguien la había limpiado.
Solo esa.
Y eso era lo que más inquietaba a Clara.
Una rueda de vivero podía estar sucia por cien razones.
Tierra.
Polvo.
Grava.
Hojas.
Agua.
Pero si alguien se había molestado en limpiar una sola, la pregunta no era qué suciedad llevaba normalmente.
Era qué había tenido aquella vez que no debía conservar.