Capítulo 5La calle vista desde arriba #2
Pilar abrió la boca.
Amparo se adelantó:
—Tenía sueño.
—Tienes prismáticos para vigilar hortensias a dos calles y no miraste un chirrido a las cinco de la mañana.
—Las hortensias eran de día.
Pilar aceptó la lógica con un gesto.
—¿Oyó un motor al mismo tiempo? —preguntó Aranda.
—Quizá antes. No sabría decir cuánto.
—¿Voces?
—No.
—¿Hacia qué dirección se movía el ruido?
Amparo miró hacia la entrada lateral.
—Creo que hacia la esquina.
—¿Está segura?
—No. Pero el sonido se fue haciendo más bajo.
Clara miró la calle.
Un objeto sobre ruedas. No alguien cargando un peso. Algo que podía acercarse, detenerse y volver hacia una esquina donde un vehículo pudiera esperar.
—¿Qué carros usa el concurso? —preguntó.
Ramiro respondió:
—Carretillas, plataformas bajas, carros para bandejas y jardineras.
Aranda cerró la libreta.
—Eso sí lo vamos a comprobar.
Amparo sonrió.
—Entonces era importante.
—Puede serlo.
—Sabía que acabaría siendo útil.
Pilar miró a Clara.
Clara fingió no verlo.
Nora Arcedo apareció a las cuatro y veinte de la tarde sin cámara, sin carpeta y sin la expresión defensiva de los días anteriores.
A Clara aquello le preocupó más que cualquiera de las tres cosas.
Aranda llegó pocos minutos después.
Esta vez Nora no discutió.
Se sentó y dijo:
—Voy a explicarlo.
Aranda permaneció de pie.
—Adelante.
—Instalé una cámara automática cerca de La Hoja Serena.
Pilar dejó de moverse detrás de la barra.
Ramiro levantó la cabeza.
Clara sintió que una pieza que llevaba dos días rodeando el caso por fin encontraba nombre.
—¿Dónde? —preguntó Aranda.
—En una propiedad privada frente al acceso lateral.
—¿Con permiso?
—Sí.
—¿De quién?
Nora apretó los labios.
—Esa es la fuente que estaba protegiendo.
Aranda asintió.
—No necesito el nombre aquí. Necesito saber qué registra la cámara.
Nora pareció sorprenderse.
—Fotografías. No vídeo. Se activa por movimiento.
—¿Con fecha y hora?
—Sí.
—¿Has comprobado el reloj?
—Esta mañana. La desviación es inferior a un minuto.
Ramiro asintió discretamente.
Clara lo vio.
—¿Qué aparece? —preguntó Aranda.
Nora sacó el móvil.
—Menos de lo que me gustaría.
Abrió una imagen.
21:47.
Una figura de espaldas avanzaba hacia el vivero.
—Saúl —dijo Nora.
—Probablemente —corrigió Aranda.
La siguiente imagen, a las 21:54, mostraba al mismo hombre saliendo.
Clara pensó en Rebeca. Sus horarios encajaban.
Nora deslizó el dedo.
22:07.
Un hombre de traje claro aparecía en el extremo de la imagen.
No se distinguía bien la cara. No hacía falta para que Clara reconociera el cabello gris, la ropa y la forma de andar.
—Rufino —dijo Pilar muy bajo.
Aranda no confirmó.
—La imagen se comparará con el resto del material.
22:08.
El acceso aparecía vacío.
Después, nada útil durante varios minutos.
22:31.
Nada.
22:47.
Nada.
23:12.
Un gato gris atravesaba el encuadre.
Pilar se inclinó.
—¿Eso es todo?
—No hay ninguna imagen clara de Rufino saliendo —dijo Nora.
Ramiro miró el móvil.
—Entonces no salió.
Aranda lo corrigió inmediatamente.
—Entonces la cámara no registró su salida.
Nora asintió.
—El sensor falla si alguien sale pegado al muro. Y la entrada de carga queda parcialmente fuera del ángulo.
Clara sintió frustración. Tenían a Rufino llegando. No tenían el siguiente movimiento.
—¿Por qué escondiste esto? —preguntó.
Nora apagó la pantalla.
—Porque la cámara está colocada desde una propiedad cuyo dueño me dejó investigar a Rufino. Si entregaba el material sin hablar antes con esa persona, la exponía.
—Podías haber hablado con Aranda.
—Sí.
—No lo hiciste.
—No.
Aranda extendió una mano.
—Necesito la tarjeta original.
Nora sacó una pequeña caja del bolsillo.
—Aquí está.
Clara la miró.
—¿La retiraste después de la muerte?
—Sí.
—¿Antes de venir aquí por primera vez?
—Sí.
—Entonces cuando dijiste que no tenías imágenes de Rufino...
—Mentí.
Pilar cruzó los brazos.
—Nos estamos quedando sin gente que no haya mentido.
Ramiro levantó una mano.
—Yo.
—No conviertas esto en un concurso.
Nora miró la mesa.
—También quería publicar primero.
Aranda la observó.
—Eso es distinto de proteger una fuente.
—Las dos cosas eran verdad.
—Y una de ellas la beneficiaba.
—Sí.
La admisión directa desarmó parte de la acusación.
—¿Dónde estabas tú entre las diez y las once? —preguntó Clara.
Nora soltó una risa breve.
—Sabía que acabarías preguntando. En el centro cultural. Hay cuatro personas que me vieron y archivos enviados al servidor desde allí entre las diez y cinco y casi medianoche.
Aranda tomó nota.
Otra mentira que no era homicidio.
Clara volvió a mirar la imagen de Rufino.
La noche empezaba a tener geografía.
Saúl había entrado.
Saúl había salido.
Rufino había llegado después.
Y el acceso que podía haber registrado lo siguiente tenía un ángulo muerto.
Fue Ramiro quien hizo la siguiente pregunta.
—¿Solo tenías esa cámara?
Nora lo miró.
—Automática, sí.
—¿Y la tuya?
—La llevaba conmigo.
—¿Fotografiaste la ruta antes del amanecer?
Nora se detuvo.
—Sí.
Aranda levantó la cabeza.
—¿Desde qué hora?
—Desde las cuatro y media. Quería ambiente del montaje final.
Buscó en el móvil.
Pasaron balcones oscuros, cajas de flores, trabajadores con chalecos, una plaza vacía y una calle azulada por la primera luz.
Nora se detuvo.
—Aquí.
La foto mostraba una esquina que Clara conocía.
Una fachada clara. Dos cintas del concurso. Un contenedor. Y, parcialmente oculta en la calle lateral, la parte trasera de una furgoneta.
Pilar se acercó.
—La Hoja Serena.
El logotipo aparecía cortado, pero era reconocible.
Aranda señaló la pantalla.
—Hora.
05:18.
Clara sintió la misma incomodidad que con la tierra seca.
No era una respuesta.
Era una contradicción.
—Sabina dijo que salió del vivero a las cinco y algo —dijo.
—Sí.
—Y que hacía comprobaciones de la ruta.
—Sí.
—Entonces la furgoneta aquí no es extraña.
—No por sí sola.
Clara esperó.
Aranda continuó:
—Pero en su declaración detallada situó su primera parada en el extremo norte de la ruta. Esta zona venía después.
—¿A qué hora debería haber pasado por aquí?
—Según su recorrido, después de las cinco y cuarenta.
Clara miró de nuevo la pantalla.
05:18.
Diecisiete minutos antes de que ella abriera la puerta lateral y encontrara a Migas.
—Entonces recordó mal el recorrido —dijo Ramiro.
Pilar lo miró.
—¿La estás defendiendo?
—Estoy intentando no hacer con Sabina lo que hicimos ayer con Saúl.
Clara miró a Ramiro y asintió.
Una fotografía no era una historia. Solo un instante.
Pero aquel instante existía.
Nora avanzó a la imagen siguiente.
05:19.
La calle estaba vacía.
05:21.
Un hombre con chaleco de organización caminaba al fondo.
05:24.
Nada.
—No se ve quién conduce —dijo Ramiro.
—No.
—Ni qué hace la furgoneta.
—No.
—Ni cuánto tiempo estuvo allí.
—No.
Aranda guardó una copia de la imagen.
—Voy a volver a La Hoja Serena.
Clara se adelantó:
—¿Puedo...?
—No.
—Ni siquiera he terminado.
—Conozco la pregunta.
—Podría reconocer...
—No.
Ramiro levantó la carpeta.
—Yo sí podría identificar el equipo que usaron durante el montaje.
Aranda lo señaló.
—Tampoco.
Pilar levantó una mano.
—Yo no iba a pedirlo.
—Gracias.
—Pero ahora quiero.
Aranda se puso la chaqueta.
—Nadie viene.
Clara cruzó los brazos.
—Entonces ¿qué podemos hacer?
El inspector miró el café.
—Abrir.
—Eso es ofensivo.
—Es literalmente su trabajo.
Pilar asintió.
—En esto estoy con él.
A las seis de la tarde, el Café Aurora volvía a estar lleno de vecinos.
La noticia de que Saúl había sido visto en el vivero circulaba todavía. La noticia de que sus movimientos posteriores estaban confirmados avanzaba más despacio.
Clara descubrió que la inocencia siempre tenía menos velocidad que la sospecha.
Rebeca entró, vio a Saúl junto a la ventana y estuvo a punto de darse la vuelta.
Saúl la vio.
—Puedes entrar.
—No sabía que me habías visto aquella noche.
—Te vi.
Rebeca cerró los ojos.
—Estupendo.
—No sabía qué estabas haciendo.
—Eso mejora algo.
Saúl señaló una silla.
—Siéntate.
Rebeca se sentó.
Ninguno pidió disculpas.
Clara consideró aquello una forma razonable de paz.
Migas dormía en una caja vacía junto a la ventana. Ya casi no quedaban restos de polen en el pelo.
Pilar le cambió el agua.
—Tú eres el único que hizo todo el recorrido y no puede contarlo.
Ramiro corrigió:
—No sabemos cuál fue todo el recorrido.
—Era una frase bonita.
—No por eso es correcta.
La puerta se abrió.
Aranda entró.
Clara reconoció su expresión.
—¿Qué?
El inspector miró a Ramiro.
—Necesito que me describa los carros que utilizó La Hoja Serena durante el montaje.
Ramiro cerró la carpeta muy despacio.
—¿Por qué?
—Porque hemos encontrado varios en el vivero.
Pilar se quedó inmóvil.
Clara sintió la pregunta antes de decirla.
—¿Alguno chirría?
Aranda la miró.
—Eso es lo que vamos a averiguar.
Clara volvió los ojos hacia la calle.
A esas alturas sabían que Saúl había salido del vivero antes de la muerte.
Sabían que Rufino había llegado después.
Sabían que Nora había ocultado una cámara y que, por casualidad o por límite técnico, esa cámara no mostraba la salida del muerto.
Sabían que una furgoneta autorizada de La Hoja Serena estaba junto al Portal 7 antes del hallazgo.
Y sabían que, aproximadamente a esa hora, Doña Amparo había oído algo avanzar por la calle con una rueda que chirriaba una vez por vuelta.
Ninguna de esas cosas explicaba todavía cómo murió Rufino.
Pero empezaban a explicar cómo podía haber llegado hasta el balcón equivocado.
No hacía falta imaginar a alguien cargando un cuerpo por media ciudad.
Bastaba con pensar en lo que nadie miraba durante un montaje.
Vehículos autorizados.
Rampas.
Carros.
Cargas cubiertas.
Clara observó el tramo de calle que aparecía en la fotografía de Nora.
De día parecía insignificante.
Entonces entendió por qué la escena había funcionado.
Todo el mundo había mirado hacia arriba.
El balcón vacío.
La jardinera rota.
La fachada.
Mientras lo importante, probablemente, había pasado a ras de suelo.