Capítulo 5La calle vista desde arriba
La calle vista desde arriba
Saúl Barral volvió al Café Aurora a las ocho y diez de la mañana y pidió un café sin azúcar.
Clara consideró aquello una mala señal.
No porque el café sin azúcar tuviera nada de sospechoso, sino porque Saúl nunca se sentaba.
Entraba, bebía de pie, miraba un momento la calle y se marchaba.
Aquella mañana eligió la mesa más cercana a la pared, dejó el móvil boca abajo y contempló la taza como si esperara que empezara a hacerle preguntas.
Pilar puso el café delante de él.
—¿Algo más?
—No.
—¿Seguro?
Saúl levantó los ojos.
—Sí.
Pilar asintió y dio dos pasos.
Clara la vio detenerse.
—Pilar.
—¿Qué?
—Déjalo.
—Lo estoy dejando.
—Desde más lejos.
Pilar regresó detrás de la barra.
Saúl soltó el aire por la nariz.
—Podéis preguntar.
Clara siguió secando un vaso.
—No somos policías.
—Eso no os ha impedido hasta ahora.
Ramiro, que había llegado con una carpeta nueva a pesar de que nadie se la había pedido, levantó la cabeza desde una mesa.
—A mí sí me ha impedido.
Pilar lo miró.
—Te interrogaron durante una hora.
—Precisamente.
Clara dejó el vaso en su sitio.
—Aranda ya sabe lo que dijo Rebeca.
Saúl asintió.
—Me llamó anoche.
—Entonces no tienes que explicarnos nada.
—Ya.
No se levantó.
Clara esperó.
Saúl miró por la ventana.
El Portal 7 todavía no había recuperado su aspecto habitual.
La cinta policial había desaparecido de parte de la entrada, pero el espacio bajo el balcón continuaba delimitado.
El concurso seguía suspendido y las flores parecían ignorarlo.
Los geranios estaban abiertos. Las petunias también.
El hueco de la jardinera central llamaba más la atención que todas las demás plantas juntas.
Saúl habló sin mirar a nadie.
—Fui al vivero.
Pilar dejó de ordenar cucharillas.
Clara se apoyó en la barra.
—Eso ya lo sabemos.
—Fui a hablar con Sabina.
—¿Por qué?
Saúl pasó el pulgar por el borde de la taza.
—Porque sabía que Rufino estaba nervioso.
—¿Por qué motivo?
—La denuncia. Nora. Las asesorías. Los proveedores. Todo empezaba a juntarse.
Ramiro cerró la carpeta.
—¿Rufino sabía que tú habías denunciado?
—Sospechaba.
—¿Y Sabina?
—No lo sé.
Clara se acercó a la mesa.
—¿A qué hora llegaste a La Hoja Serena?
—Sobre las nueve y cuarenta.
La hora coincidía casi exactamente con la de Rebeca.
—¿Sabina estaba allí?
—Sí.
—¿Sola?
Saúl dudó.
—No vi a nadie más.
—¿Y Rufino?
—Aún no había llegado.
Clara notó la precisión.
—¿Aún?
Saúl cerró los ojos un instante.
—Cuando me fui, lo vi venir.
Ramiro se inclinó hacia delante.
—Dijiste que no habías vuelto a verlo después de la inspección.
—Mentí.
—Eso ya estaba bastante claro —dijo Pilar.
Clara la miró.
Pilar levantó una cucharilla.
—Estoy trabajando.
Saúl continuó:
—No quería explicar a la policía por qué había ido al vivero a esas horas.
—¿Qué querías de Sabina? —preguntó Clara.
—Que hablara.
—¿Con quién?
—Con el ayuntamiento. Con quien fuera necesario.
—¿Sobre Rufino?
—Sobre el concurso.
Saúl apoyó los antebrazos en la mesa.
—Rufino podía negar muchas cosas. Sabina tenía las facturas de materiales, las entregas, los paquetes recomendados. Pensé que si alguien podía romper el silencio era ella.
—Eso no demuestra que participara en ningún amaño.
—No.
Clara agradeció que lo reconociera sin discutir.
—¿Qué hizo Sabina?
—Me echó.
Pilar se volvió.
—¿Así, directamente?
—Con educación.
—Ah. Eso cambia mucho.
—Me dijo que si tenía pruebas las entregara y, si no, dejara de presentarme en su negocio fuera de horario.
Clara podía imaginar el tono de Sabina: sereno, práctico, sin una palabra de más.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí?
—Diez minutos. Quizá quince.
—¿Y al salir viste a Rufino?
Saúl asintió.
—En la calle lateral.
—¿Entrando en el vivero?
—Caminaba hacia allí.
—¿Hablasteis?
Otra pausa.
—Sí.
Pilar dejó la cucharilla.
—¿Y qué pasó?
—Me preguntó qué hacía allí. Le dije que exactamente lo mismo que él.
—Eso no responde mucho —dijo Clara.
—A él tampoco le gustó.
—¿Discutisteis?
—Un poco.
—¿Le amenazaste?
—Le dije que no iba a poder taparlo todo.
Clara dejó pasar un segundo.
—Dicho después de que aparezca muerto suena bastante mal.
—Todo suena mal después de que alguien aparece muerto.
Clara pensó en Ramiro. Una frase corriente adquiría otro peso cuando quien la había escuchado ya no podía responder.
—¿Lo tocaste?
—No.
—¿Entraste otra vez con él?
—No.
—¿Lo viste entrar?
—No. Me fui.
—¿Adónde?
Saúl cogió el móvil.
—A una gasolinera.
Ramiro inclinó la cabeza.
—¿A esa hora?
—El coche estaba casi en reserva.
—¿Cuál?
—La de la carretera vieja.
Clara conocía el sitio. No quedaba en dirección a la casa de Saúl.
—Eso está al otro lado de Valleverde.
—Sí.
—¿Por qué fuiste allí?
Saúl miró la taza vacía.
—Porque necesitaba conducir un rato. Estaba cabreado con Rufino, con Sabina y conmigo mismo por haber vuelto a meterme en aquello. No quería irme directamente a casa.
La respuesta era poco útil como coartada y, precisamente por eso, a Clara le sonó humana.
—¿Tienes el recibo?
Saúl casi sonrió.
—Aranda preguntó lo mismo.
—¿Y?
—Pagué con tarjeta. A las diez y cuatro.
Ramiro asintió con una aprobación involuntaria.
Pilar lo vio.
—No todo el mundo prepara las coartadas con una carpeta.
—No es una coartada si ocurrió.
—Eso diría alguien que lleva carpeta.
Saúl ignoró la discusión.
—La gasolinera tiene cámaras. Y a las diez y doce llamé a mi hermano. Estuvimos hablando casi media hora.
Clara no necesitó que Ramiro dijera que una llamada no demostraba por sí sola dónde estaba Saúl.
—¿La policía lo está comprobando?
—Sí.
—¿Por qué no dijiste todo esto ayer?
Saúl se frotó la frente.
—Porque pensé que ocultar la visita al vivero sería más fácil que explicar por qué había ido.
—Y conseguiste que pareciera mucho peor.
—Sí.
Pilar le puso una segunda taza delante.
Saúl levantó la vista.
—No he pedido otra.
—Esta es de la casa.
—¿Por qué?
—Porque acabas de descubrir una de las reglas fundamentales de Valleverde: nunca mientas sobre haber estado en un sitio. Siempre habrá alguien que te haya visto.
La puerta se abrió.
Doña Amparo entró.
—No siempre.
Pilar miró a Clara.
—Retiro la regla.
Aranda apareció veinte minutos después y se llevó a Saúl para ampliar declaración.
Dos horas más tarde regresó solo.
—¿Está detenido? —preguntó Pilar.
Aranda se quitó la chaqueta.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Está detenido?
Clara puso un café delante de él.
Aranda miró la taza.
—Empiezo a sospechar que no me dais opción.
—Puedes rechazarlo.
Bebió.
—No.
Pilar sonrió.
—Entonces funciona.
Clara esperó.
—Saúl.
—¿Qué pasa con Saúl? —preguntó Aranda.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Responder una pregunta con otra para retrasar la respuesta.
—Funciona sorprendentemente bien.
—Aranda.
El inspector cedió.
—La cámara de la gasolinera confirma que estuvo allí a la hora que ha dicho. También hemos comprobado el pago y la llamada posterior.
Ramiro se acercó.
—¿Eso lo descarta?
—Cambia bastante su posición.
—Eso no es lo mismo.
—No. Pero lo sitúa alejándose del vivero antes del intervalo más probable de la muerte.
—¿Y Teodoro? —preguntó Clara.
—La llamada al servicio médico y la declaración de la vecina confirman que permaneció en casa durante el intervalo relevante.
—¿Entonces queda descartado?
—Su posición también ha cambiado mucho. No tenemos nada que lo sitúe fuera de casa durante ese periodo.
Clara se quedó quieta.
—Entonces Rufino llegó después de que Saúl se marchara.
—Eso parece.
—¿Sabina lo ha admitido?
Aranda bebió café.
—No voy a comentar su declaración.
—Eso significa que todavía no.
—Eso significa exactamente lo que he dicho.
Clara estuvo a punto de insistir. No lo hizo.
Aranda pareció agradecérselo.
—Hay algo que sí necesito entender mejor: el acceso de vehículos de la organización durante la madrugada.
Ramiro abrió su carpeta con una rapidez que hizo cerrar los ojos a Aranda.
—Tengo el plan de acceso.
—Por supuesto.
Ramiro sacó una hoja.
—Entre las cinco y las siete había restricciones en el centro para permitir el montaje final antes de abrir la ruta al público.
Clara tomó el papel.
Había flechas, franjas horarias, zonas de carga y varios tipos de acreditación.
—Parece un plan de evacuación —dijo Pilar.
—Es logística.
—Eso diría quien organiza una evacuación.
Aranda señaló una línea.
—¿Qué vehículos podían entrar?
—Proveedores, mantenimiento, organización y emergencias.
—¿La Hoja Serena?
—Proveedor y coordinador logístico.
Clara recordó a Sabina diciendo que había salido del vivero «a las cinco y algo» para hacer comprobaciones.
Una furgoneta corriente a esa hora podía llamar la atención. Una furgoneta acreditada, no.
—Entonces podía circular por los tramos autorizados sin que nadie la parara.
—Sí —dijo Aranda.
Pilar se apoyó en la barra.
—Eso tampoco demuestra nada.
Clara la miró.
—No.
—Estoy aprendiendo.
Doña Amparo tardó casi una hora en recordar la rueda.
Antes recordó un motor que quizá fuera diésel, una puerta que se cerró dos veces y una voz que podía haber pertenecido a un hombre o a una mujer.
—Eso reduce muchísimo el campo —dijo Pilar.
Amparo la ignoró.
Aranda tenía la libreta abierta.
—Otra vez. ¿Qué fue lo que la despertó?
—Un ruido.
—¿Qué clase de ruido?
—Algo que se movía mal.
—¿Arrastrándose?
—No exactamente.
Amparo hizo un gesto con la mano: avance, pausa, avance.
—Así.
Aranda observó.
—¿Pasos?
—No.
—¿Una maleta?
—No.
—¿Un carro?
Amparo se detuvo.
Clara vio el reconocimiento antes de que hablara.
—Puede.
—¿Qué oyó exactamente?
Amparo apretó los ojos.
—Una rueda.
El ambiente cambió.
—¿Una rueda? —preguntó Clara.
—Sí. Algo chirriaba al girar.
Ramiro se acercó.
—¿Todo el tiempo?
—No.
—¿Una vez por vuelta?
Amparo lo miró.
—Eso. Chirrido, silencio, chirrido.
Ramiro hizo un pequeño movimiento circular con un dedo.
—Un punto de rozamiento.
Aranda anotó.
—¿A qué hora?
—No miré.
—Necesito algo más preciso.
—Era de madrugada.
—¿Antes de que Clara encontrara el cuerpo?
—Sí.
—¿Mucho antes?
Amparo pensó.
—No. Media hora, quizá. Una hora no.
Clara había bajado a las cinco y treinta y cinco.
—¿Miraste por la ventana?
Amparo bajó la mirada.
—No.