El muerto bajo el balcón equivocado Capítulo 4Los balcones premiados #3
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Capítulo 4Los balcones premiados #3

Aranda observó.

No reaccionó.

—Ya lo hemos visto.

Clara lo miró.

—¿Habéis recogido muestras?

—Sí.

—¿Y?

—Todavía no tengo comparación.

—Pero...

—Clara.

—Bien.

Nora guardó la cámara.

Aranda la miró.

—Necesito hablar otra vez con usted.

—¿Por qué?

—Porque ha entregado material incompleto.

El rostro de Nora se endureció.

—Entregué lo que consideré relevante.

—Eso no lo decide usted.

—Mis fuentes sí las decido yo.

Aranda cruzó los brazos.

—En el material que entregó hay saltos que no ha explicado.

Nora no respondió.

—Tiene más cosas —dijo él.

La periodista apretó la cámara entre las manos.

—Tengo más material.

Pilar dejó de respirar durante un segundo.

—Material que no voy a describir aquí —añadió Nora—. Hay una fuente que podría quedar expuesta.

—Y hay un muerto.

Nora miró hacia Clara.

Otra vez.

Esta vez Clara sí supo qué decir.

—Si tienes algo que puede aclarar dónde estuvo Rufino, entrégalo.

Nora se quedó callada.

—No te estoy diciendo que entregues una fuente —continuó Clara—. Te estoy diciendo que no decidas tú sola qué parte de una noche con un homicidio merece existir.

Nora bajó la mirada.

—No sabéis cómo funciona esto.

—No.

—Una fuente que queda expuesta puede no volver a hablar.

—Y un muerto no vuelve a hablar nunca.

La frase salió más dura de lo que Clara pretendía.

Nora cerró los ojos.

Aranda no intervino.

—Revisaremos ese material en un lugar donde podamos hacerlo con garantías —dijo al fin.

—No estoy detenida.

—No.

—Entonces no puede obligarme a ir ahora.

—Puedo pedirle formalmente el material relacionado con esta investigación y actuar si decide retenerlo. Prefiero que no lleguemos a eso.

Nora miró la puerta.

Después asintió.

—De acuerdo.

Recogió sus cosas.

Antes de salir, miró a Clara.

—No estoy intentando ocultar un asesinato.

—Entonces deja que Aranda determine qué es relevante para él.

Nora salió con el inspector.

Pilar dejó escapar el aire.

—Eso ha sido intenso.

Ramiro miró la puerta.

—Si tiene imágenes o registros de esa zona, podrían servir.

—O no —dijo Clara.

No quería entusiasmarse.

Una fotografía podía mostrar un instante y esconder todo lo que quedaba fuera del encuadre. Un registro podía tener huecos. Una hora podía no significar lo que parecía.

Por ahora solo sabían que Nora había retenido algo.

Y que no quería explicar todavía qué era.

Rebeca apareció al final de la tarde.

Entró cuando Clara estaba recogiendo las fotografías.

—Necesito corregir una cosa.

Clara levantó la vista.

—¿También?

Rebeca frunció el ceño.

—¿También qué?

—Nada.

La florista miró alrededor.

Ramiro estaba en la trastienda.

Pilar preparaba café.

—Ayer te dije que no había salido de casa.

Clara dejó las fotos.

—Sí.

—No era verdad.

Pilar se inmovilizó.

Clara la miró.

—Sigue trabajando.

Pilar cogió una taza.

Rebeca suspiró.

—Sabía que acabaría saliendo.

—¿Dónde fuiste?

—A la ruta.

—¿Para qué?

—Una estupidez.

—Eso no es una dirección.

—Había movido una cinta.

Clara no entendió.

—¿Qué?

—Una de las etiquetas de identificación de una fachada rival.

Pilar se acercó un poco más.

Rebeca la miró.

—Puedes quedarte. Ya me da igual.

Pilar dejó la taza.

—Gracias.

Rebeca continuó.

—Quería que pareciera mal colocada durante la inspección final.

Clara la miró en silencio.

—No iba a romper nada.

—Solo sabotear un poco.

—Sí.

—Eso sigue siendo sabotaje.

—Ya lo sé.

—¿Por qué volviste?

—Me arrepentí.

Pilar levantó una ceja.

Rebeca la miró.

—De verdad.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Clara intervino.

—¿A qué hora?

—Cerca de las diez menos cuarto.

—¿Y cuánto tardaste?

—No mucho.

—¿Dónde estaba la fachada?

—En la calle del Olmo.

Clara pensó.

No estaba lejos de La Hoja Serena.

—¿Fuiste caminando?

—Sí.

—¿Pasaste cerca del vivero?

Rebeca bajó la mirada.

Ahí estaba.

El motivo real de la confesión.

—Sí.

—¿Viste algo?

Rebeca tardó.

—A Saúl.

Pilar dejó la taza.

Clara sintió que toda la habitación se estrechaba.

—¿Dónde?

—Entrando en La Hoja Serena.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿A qué hora?

—No miré el móvil.

—Aproximadamente.

—Entre las nueve y cuarenta y las diez.

Clara recordó la declaración de Saúl.

En casa.

Toda la noche.

—¿Estaba solo?

—Sí.

—¿Viste a Rufino?

—No.

—¿Viste a Sabina?

—No desde fuera.

—¿La furgoneta estaba allí?

Rebeca pensó.

—Sí.

—¿Dentro del patio?

—Creo que sí.

Clara la miró.

—¿Por qué no dijiste esto ayer?

Rebeca soltó el aire.

—Porque para explicar qué hacía allí tenía que admitir lo de la cinta.

Pilar asintió.

—Eso sí es una mentira razonablemente vergonzosa.

Clara la miró.

—No la estamos clasificando.

Rebeca se frotó las manos.

—Saúl me vio.

—¿Estás segura?

—No sé. Miró hacia mí, pero estaba oscuro.

—¿Hablasteis?

—No.

—¿Cuánto tiempo se quedó?

—No lo sé. Yo me fui.

—¿Hacia dónde?

—A casa.

—¿Y esta vez es verdad?

Rebeca la miró.

—Sí.

Clara cogió el móvil.

—Voy a llamar a Aranda.

Rebeca cerró los ojos.

—Ya.

—Necesita saberlo.

—Lo sé.

Pilar se acercó.

—Esto no te convierte en asesina.

Rebeca la miró.

—Gracias.

—Solo en alguien que mueve cintas ajenas.

—Pilar.

—Ya.

Clara llamó.

Mientras esperaba, miró hacia las fotografías de los balcones premiados.

Rufino.

La Hoja Serena.

Teodoro.

Nora.

Saúl.

Rebeca.

Cada uno había mentido por una razón distinta.

Dinero.

Orgullo.

Una fuente.

Una denuncia.

Un pequeño sabotaje.

Y, entre todas aquellas mentiras, una empezaba a pesar más.

Saúl había dicho que no había salido de casa.

Pero alguien lo había visto entrar en el vivero donde, probablemente, había estado Rufino antes de morir.

Aranda respondió.

Clara no perdió tiempo.

—Rebeca acaba de cambiar su declaración.

Al otro lado hubo un silencio.

—¿Qué ha dicho?

Clara miró a Saúl solo en su memoria.

Cruzando una entrada cerrada al público.

—Que vio a Saúl Barral entrar en La Hoja Serena anoche.

Pilar se quedó inmóvil.

Rebeca bajó la cabeza.

Clara miró una vez más la fotografía del patio de piedra blanca.

El vivero ya no era solo el lugar por donde había pasado un gato.

Ni un proveedor repetido en fotografías antiguas.

Ahora también era el sitio al que un hombre había mentido para ocultar que había ido.

Y cada vez resultaba más difícil creer que Rufino Acebal hubiese muerto en cualquier otro lugar.