Capítulo 4Los balcones premiados #2
—Saúl lleva años enfadado con Rufino.
—Eso no responde.
—Sí. Estaba enfadado.
La puerta se abrió.
Aranda entró.
Vio a Teodoro.
Luego a Clara.
—¿Qué ocurre?
Clara levantó ambas manos.
—Ha venido solo.
—Eso no mejora mi mañana.
Teodoro se levantó.
—Quiero ampliar mi declaración.
Aranda señaló hacia una mesa apartada.
—Ahora sí estamos hablando.
Saúl Barral tardó menos de una hora en convertirse en el siguiente problema.
Aranda lo llamó.
Saúl respondió que no podía ir.
Aranda insistió.
Saúl apareció.
Era un hombre de manos grandes, piel quemada por el sol y la clase de silencio que no parecía timidez.
Clara lo había visto antes en trabajos municipales.
Podaba árboles.
Revisaba alcorques.
A veces tomaba café de pie.
Nunca se quedaba.
Ese día tampoco quiso sentarse.
—No maté a Rufino.
Aranda lo miró.
—Esto empieza a ser una frase muy popular.
Saúl cruzó los brazos.
—Teodoro me ha dicho que habéis preguntado por mí.
—Eso también empieza a ser un problema.
—¿Cuál?
—Que la gente se informe mutuamente antes de declarar.
Saúl miró hacia Clara.
—Aquí todo el mundo habla.
Pilar, desde la barra, murmuró:
—No todo el mundo.
Clara la miró.
Pilar bajó la cabeza.
Aranda continuó.
—¿Visitó a Teodoro Uceda hace tres días?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quería saber qué había pagado.
—¿Para qué?
—No es asunto suyo.
Aranda lo miró sin prisa.
—Ha muerto un hombre.
Saúl respiró.
—Presenté una denuncia.
—¿Contra quién?
—Contra el concurso.
—Eso no es una persona.
—Contra la forma en que se estaba gestionando.
—¿Ante quién?
—El ayuntamiento.
—¿Con su nombre?
Saúl negó.
—Anónima.
—¿Por qué?
—Porque trabajo para el ayuntamiento.
—Eso no suele ser una razón para ocultar una denuncia.
—Lo es cuando quienes aparecen en ella tienen contactos.
Aranda anotó.
—¿Qué denunciaba?
—Favoritismo.
—¿Corrupción?
—No usé esa palabra.
—¿Por qué no?
Saúl miró directamente al inspector.
—Porque no tenía pruebas.
Clara entendió la diferencia.
Saúl no estaba investigando un crimen.
Estaba intentando construir uno.
—¿Qué relación tenía con Rufino? —preguntó Aranda.
—Trabajamos juntos hace años.
—¿En qué?
—Proyectos de ajardinamiento urbano.
—¿Se llevaban bien?
—Antes.
—¿Qué cambió?
Saúl apretó los dientes.
—Me pidió que recomendara a una empresa.
—¿Cuál?
—La Hoja Serena.
El silencio fue instantáneo.
—¿Y usted se negó?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque había otros proveedores.
—Eso no basta para pelearse con alguien.
—Me pidió que redactara un informe como si solo existiera una opción viable.
—¿Lo hizo?
—No.
—¿Y después?
—Dejó de contar conmigo para algunos proyectos.
Aranda lo miró.
—Eso parece un motivo.
Saúl no cambió de expresión.
—Para odiarlo.
—¿Y para matarlo?
—No.
—¿Dónde estuvo anoche?
La respuesta tardó.
Clara lo vio.
Aranda también.
—En casa.
Pilar cerró los ojos.
Clara supo lo que pensaba.
Otra vez.
—¿Solo? —preguntó Aranda.
—Sí.
—¿Salió?
—No.
La mentira quedó flotando.
Esta vez era peor.
Clara no sabía por qué.
Tal vez porque Saúl parecía demasiado consciente de ella.
Aranda apoyó el bolígrafo.
—Señor Barral.
—¿Qué?
—Quiero que piense antes de repetir eso.
Saúl no respondió.
—¿Salió anoche?
—No.
Aranda cerró la libreta.
—De acuerdo.
Saúl lo miró.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
El hombre se volvió.
Clara observó sus botas.
Tenían polvo claro en los bordes.
Poco.
Muy poco.
Pero blanco.
—Espera.
La palabra salió antes de que pudiera frenarla.
Aranda giró la cabeza lentamente.
Clara ya sabía que había cometido un error.
Saúl también.
—¿Qué?
Clara señaló hacia abajo.
—Tus botas.
Saúl las miró.
—¿Qué pasa?
—Tienen polvo blanco.
Pilar dejó de moverse.
Ramiro levantó la cabeza.
Aranda se puso de pie.
—Clara.
—Solo lo he visto.
Saúl miró al inspector.
—Trabajo en parques.
—Lo sabemos.
—Esta mañana he estado en el paseo del cementerio. Hay gravilla clara.
Aranda no respondió.
—Podéis comprobarlo.
—Lo haremos.
Saúl abrió la puerta.
Antes de salir, miró a Clara.
No había amenaza.
Solo cansancio.
—No todo el polvo blanco viene del mismo sitio.
La puerta se cerró.
Aranda esperó.
Clara se adelantó.
—Ya sé.
—¿Qué sabe?
—Que no debería haber intervenido.
—Bien.
—Pero lo habrías visto.
—También.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente.
Pilar murmuró:
—Eso ha sonado a una discusión con reglamento propio.
Clara y Aranda la miraron.
—Ya me callo.
Aranda recogió la libreta.
—El polvo no prueba nada por sí solo.
—Lo sé.
—Puede venir de muchos lugares.
—Lo sé.
—Y no quiero que alguien empiece a decidir culpables por el color de unas botas.
Clara asintió.
—Lo sé.
Aranda la observó un segundo.
—Hoy está aprendiendo demasiado rápido.
—No te acostumbres.
A media tarde, el Café Aurora tenía más fotografías que tazas sobre las mesas.
Ramiro había organizado las imágenes por edición.
Pilar las había reorganizado por «parecido sospechoso».
Clara había vuelto a ordenarlas por fecha.
—Esto era más bonito antes de que llegaras —dijo Pilar.
—También era inútil.
—La belleza no tiene obligación de ser útil.
—En una investigación, sí.
—Eso explica muchas cosas sobre tu decoración.
Clara ignoró el comentario.
Tomó una fotografía de la edición de tres años antes.
En ella, una fachada aparecía cubierta de pequeñas flores amarillas, jardineras uniformes y una estructura metálica en un extremo.
Debajo, el pie de foto mencionaba al ganador y agradecía a La Hoja Serena «su asistencia técnica».
Otra imagen mostraba a Rufino entregando el premio.
Otra, una mesa con paquetes de material.
—Esto no puede ser solo moda —dijo Pilar.
—Sí puede.
—Cinco años.
—Las modas duran más.
—No con jardineras tan feas.
Ramiro la miró.
—Ayer querías ganar con ellas.
—Quería ganar a pesar de ellas.
Clara sonrió apenas.
Cogió otra fotografía.
Teodoro aparecía junto a Sabina.
Ambos sostenían una placa.
Rufino estaba detrás.
No significaba nada.
La foto era pública.
Podía haber decenas iguales.
Aun así, Clara sintió que observaba una red.
No una conspiración enorme.
Nada tan limpio.
Solo una sucesión de pequeñas ventajas.
Una recomendación.
Una asesoría.
Un proveedor.
Un premio.
Luego otra vez.
Y otra.
—Si Rufino pensaba que esto iba a salir —dijo Clara—, necesitaba protegerse.
Ramiro levantó la vista.
—¿Cómo?
—No lo sé.
Pilar se sentó.
—Culpar a alguien.
Clara pensó en Sabina.
Rechazó el pensamiento por demasiado fácil.
—O colaborar.
—¿Con quién?
—Ayuntamiento. Policía. Quien fuera.
Ramiro abrió una hoja.
—Si colaboraba, tendría que admitir que cobraba.
—Tal vez prefería admitir una parte.
Pilar comprendió.
—Y decir que el resto era idea de otro.
Clara asintió.
No necesitaba decir el nombre.
—Eso explicaría por qué alguien podía querer que se callara.
Ramiro señaló las fotografías.
—También deja cinco personas con motivo.
—Más.
Pilar empezó a contar.
—Teodoro, porque podía perder el premio.
—Rebeca —dijo Clara—, porque Rufino dañó su negocio.
—Saúl —añadió Ramiro—, por los proyectos.
—Nora, porque iba a perder acceso.
Pilar levantó una ceja.
—Y Sabina.
Nadie dijo nada.
La puerta se abrió.
Era Nora.
—Sabía que acabaríais haciendo esto.
Pilar se volvió.
—¿Qué?
—Un mural de sospechosos.
—No es un mural.
Ramiro señaló las fotografías.
—No hay conexiones dibujadas.
Nora dejó la cámara sobre la barra.
—Eso os honra.
Clara levantó una foto.
—¿Estas las tomaste tú?
—Algunas.
—¿Cuáles?
Nora señaló tres.
—Estas.
—¿Y las demás?
—Publicadas.
—¿Te diste cuenta del patrón aquí?
Nora se acercó.
—No.
—¿Dónde?
—Cuando comparé las facturas.
Clara se quedó quieta.
—Dijiste que no tenías pagos.
—No tengo todos.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—¿Qué facturas?
Nora se arrepintió de haber hablado.
Se veía.
—Material.
—¿De La Hoja Serena?
—Sí.
—¿De quién?
—No puedo decirlo.
Pilar se cruzó de brazos.
—Otra vez.
Nora la miró.
—No trabajo para vosotras.
—Eso lo sabemos.
Clara señaló una foto.
—¿Rufino sabía que tenías facturas?
—Sabía que tenía algo.
—¿Por eso te amenazó con la acreditación?
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras?
Nora respiró.
—Le pregunté por Sabina.
La frase cambió la habitación.
—¿Qué dijo? —preguntó Clara.
—Que La Hoja Serena era un proveedor independiente.
—¿Y?
—Que las decisiones del jurado no tenían nada que ver con las ventas.
—¿Le creíste?
Nora sonrió.
—No estaría investigando si le creyera.
Ramiro señaló una fotografía.
—¿Sabina aparecía antes de que Rufino entrara en el jurado?
Nora lo miró.
—Buena pregunta.
—¿La respuesta?
—No.
Clara se acercó.
—¿No aparecía?
—La Hoja Serena llevaba años funcionando. Pero su presencia como proveedor dominante crece después de que Rufino empieza a presidir.
Pilar dejó escapar un sonido bajo.
—Eso sí es feo.
Nora recogió la cámara.
—No demuestra soborno.
—Pero demuestra oportunidad —dijo Clara.
—Y patrón.
—¿Tienes fotografías del vivero?
Nora dudó.
—Sí.
—Enséñamelas.
—¿Por qué?
—Quiero ver el suelo.
Nora la miró como si aquella fuera una petición absurda.
—¿El suelo?
—Sí.
Nora desbloqueó la cámara.
Buscó.
Le mostró una imagen.
La fotografía estaba tomada durante una jornada de montaje dos días antes. Sabina aparecía de perfil descargando una caja.
Detrás se veía el patio.
Blanco.
No blanco puro.
Blanco grisáceo.
Grava calcárea.
Clara sintió una presión en el estómago.
—Amplía.
Nora lo hizo.
Las piedras eran pequeñas, irregulares, claras.
En un lateral se veía el borde de los girasoles.
Pilar se acercó.
—Es eso.
Ramiro también.
—Parece.
Clara pensó en las patas de Migas.
En los zapatos de Rufino.
En Saúl.
Demasiado.
Había que separar.
—No podemos saberlo por una foto.
—No —dijo Nora.
Pero ya nadie podía dejar de verlo.
—¿Cuándo tomaste esta imagen?
—Anteayer.
—¿El vivero usa esa grava en todo el patio?
—En la zona de carga y alrededor del lateral.
—¿Hay otro lugar así cerca?
—Seguro.
—No he preguntado si existe piedra blanca en el mundo.
Nora sonrió.
—Ahí está la antigua Clara de registros.
—¿Qué antigua?
—La que separa una pregunta de otra.
Clara no respondió.
La puerta se abrió.
Aranda entró.
Vio a todos reunidos alrededor de la cámara.
Se detuvo.
—No quiero saberlo.
Pilar levantó una mano.
—Eso es mentira.
Aranda se acercó.
Clara señaló la imagen.
—Mira el suelo.
—¿Qué pasa con el suelo?
—Grava blanca.