El muerto bajo el balcón equivocado Capítulo 4Los balcones premiados
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Capítulo 4Los balcones premiados

Los balcones premiados

A la mañana siguiente, Pilar colocó seis fotografías sobre una mesa del Café Aurora y anunció:

—Tenemos un problema estético.

Clara levantó la vista de la caja.

—Eso no es noticia.

—No, esto es distinto.

Ramiro estaba sentado frente a las imágenes con una taza intacta delante.

—No es un problema estético.

—Entonces es peor.

Clara se acercó.

Las fotografías mostraban balcones.

Uno con geranios blancos y lavanda.

Otro con una estructura de madera clara y macetas azul verdosas.

Otro con pequeños rosales.

Otro con cintas discretas, hierbas aromáticas y una jardinera alargada bajo la ventana.

—¿De dónde has sacado esto?

—Archivo público del concurso.

—¿Desde cuándo revisas archivos públicos?

Pilar señaló a Ramiro.

—Desde que él me ha enseñado a buscar por años.

Ramiro corrigió:

—Por ediciones.

—Eso.

Clara miró las fotos.

—¿Qué estamos buscando?

—Lo mismo —dijo Ramiro.

—Eso es muy específico.

Pilar señaló dos imágenes.

—Mira las jardineras.

Clara las miró.

—Azul verdosas.

—Exacto.

—Como las nuestras.

—Exacto.

Ramiro giró una tercera fotografía.

—Y como las del ganador de hace dos años.

—La organización compra material en lotes.

—Sí.

—Entonces eso no demuestra nada.

—No.

Clara levantó una ceja.

—Me alegra que lo sepas.

Ramiro puso otra imagen junto a las demás.

—Pero esto sí empieza a ser raro.

La fotografía mostraba una fachada premiada tres años antes.

En la parte superior se veía una estructura metálica ligera cubierta de pequeñas ramas y flores.

—El arco —dijo Pilar.

Clara recordó la descripción del vivero.

—¿De La Hoja Serena?

—Mismo modelo —respondió Ramiro.

—Eso tampoco prueba nada.

—No.

Pilar sonrió.

—Estamos mejorando mucho en no sacar conclusiones.

Clara cogió la fotografía.

—¿Y estas?

—Dos años antes —dijo Ramiro.

En otra fachada aparecían jardineras del mismo tono, cajas de madera idénticas y una composición de girasoles bajos en un lateral.

Clara sintió una pequeña incomodidad.

No porque las fotografías fueran concluyentes.

Sino porque empezaban a parecerse demasiado entre sí.

—¿Cuántos ganadores?

Ramiro señaló una lista.

—Cinco de los últimos seis utilizaron material suministrado por La Hoja Serena.

—¿Y los finalistas?

—Muchos también.

—Entonces puede ser simplemente el proveedor principal.

—Sí.

Pilar se inclinó.

—Pero los ganadores compraban más.

Clara la miró.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque algunos publicaron fotos del montaje. Paquetes enteros.

Ramiro añadió:

—Y tres mencionan asesoramiento externo.

—¿De quién?

Pilar dio la vuelta a una hoja impresa.

En una captura de una publicación antigua aparecía Rufino Acebal sonriendo junto a Teodoro Uceda.

Debajo, una frase agradecía «el acompañamiento técnico durante todo el proceso».

Clara leyó dos veces.

—Eso no es lo mismo que decir que pagó.

—Teodoro ya admitió que pagó —dijo Ramiro.

—Lo sé.

—Entonces sí es lo mismo.

—No exactamente.

Pilar se dejó caer en una silla.

—¿Os dais cuenta de que ahora yo soy la persona menos literal de esta mesa?

Clara siguió mirando las imágenes.

No había un patrón perfecto.

Eso habría sido más fácil.

Había algo peor.

Una tendencia.

Materiales repetidos.

Estructuras parecidas.

Participantes asesorados.

La Hoja Serena apareciendo una y otra vez.

Y Rufino, de alguna forma, cerca de todos.

—¿Quién empezó a mirar esto primero? —preguntó Clara.

Ramiro señaló la puerta.

—Nora.

La periodista estaba entrando.

Nora Arcedo dejó la cámara sobre la mesa.

—No voy a entregar todo lo que tengo.

Aranda, sentado frente a ella, ni siquiera levantó la voz.

—No le he preguntado qué va a hacer.

—Ya sé cómo funciona esto.

—Entonces me ahorra explicaciones.

Clara estaba detrás de la barra.

No participaba.

Eso había quedado claro tres veces.

Pilar, en cambio, estaba limpiando una mesa cercana con una dedicación excesiva.

Nora abrió una carpeta.

—Tengo fotografías de las últimas cuatro ediciones.

—Eso es público.

—No todas.

Aranda apoyó el bolígrafo.

—¿Qué tiene que no sea público?

Nora dudó.

—Imágenes de montajes.

—¿Tomadas por usted?

—Algunas.

—¿Y las demás?

—Fuentes.

—¿Qué fuentes?

—No voy a identificarlas.

Aranda respiró.

—Estamos investigando un homicidio.

—Y yo protejo a mis fuentes.

—No son categorías incompatibles.

—Depende de lo que me pida.

Clara vio cómo Aranda se obligaba a mantener el tono.

—¿Tiene imágenes de Rufino Acebal entrando o saliendo de La Hoja Serena la noche en que murió?

Nora se quedó quieta.

Muy poco.

Pero suficiente.

Clara lo notó.

Aranda también.

—No —dijo Nora.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Tiene imágenes de la furgoneta?

Nora bajó la mirada hacia la carpeta.

—No voy a responder a una cadena de preguntas sobre material que todavía no he revisado.

—Eso significa que sí tiene material sin revisar.

Nora lo miró.

—Eso significa exactamente lo que he dicho.

Pilar apareció con una taza.

—¿Café?

Ambos la miraron.

—Era una oferta neutral.

Aranda hizo un gesto.

—Déjalo.

Nora aceptó.

Pilar volvió a la barra.

Clara murmuró:

—Estás escuchando.

—Estoy trabajando.

—Con el cuerpo inclinado hacia la mesa.

—Mala postura.

Clara volvió a mirar a Nora.

—Lo importante —continuó la periodista— es que el patrón ya estaba ahí.

Aranda abrió una página de su libreta.

—Explíquelo.

—Participantes que ganan o quedan finalistas compran paquetes concretos. Mismo proveedor. Mismos elementos. A veces, misma estructura.

—La Hoja Serena.

—Sí.

—¿Y Rufino?

—Ofrecía asesorías privadas.

—¿Eso era ilegal?

—No necesariamente.

—¿Y recomendar al proveedor?

—Tampoco necesariamente.

—Entonces ¿dónde está el problema?

Nora apoyó ambas manos sobre la mesa.

—En que algunos participantes recibían indicaciones demasiado precisas.

—¿Qué significa «demasiado»?

—Sabían qué iba a valorar el jurado antes de que se publicaran criterios concretos.

Ramiro levantó la cabeza desde la otra mesa.

Aranda lo miró.

—Señor Gil.

—No he dicho nada.

—Bien.

Nora continuó.

—Y los que pagaban más parecían recibir más información.

—¿Tiene pagos?

—No.

—¿Contratos?

—Algunos.

—¿Mensajes?

—No suficientes.

—Entonces tiene una sospecha.

—Tengo una estructura.

Aranda asintió lentamente.

—Eso sí es distinto.

Clara miró las fotografías.

Una estructura.

Eso era exactamente lo que veía ella.

No una prueba única.

Una repetición.

Como en el registro civil, pensó.

Un nombre no significaba nada.

Una fecha tampoco.

Pero cuando varias fechas, nombres y direcciones empezaban a repetir el mismo dibujo, dejaban de ser casualidad.

—¿Rufino sabía que investigaba esto? —preguntó Aranda.

Nora tardó demasiado.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Hace unas semanas.

—¿Cómo reaccionó?

—Mal.

—¿La amenazó?

—Me dijo que dejaría de acreditarme para eventos municipales.

—¿Podía hacerlo?

—Podía intentarlo.

—¿Le importaba?

Nora sonrió sin humor.

—Trabajo para un medio regional pequeño. Claro que me importaba.

—¿Discutió con él?

—Sí.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Ayer por la tarde.

—¿Antes de la visita al Portal?

—Sí.

—¿Y después?

Nora miró su taza.

—No.

Clara tuvo la misma sensación que el día anterior.

No era una mentira completa.

Era una respuesta cortada a la medida.

Aranda cerró la libreta.

—Necesito el material relacionado con ayer.

—Necesita una orden si quiere quedarse con todo.

—No he dicho todo.

—Entonces sea específico.

Aranda se inclinó.

—Fotografías de Rufino. Fotografías de La Hoja Serena. Fotografías de vehículos del concurso. Cualquier imagen tomada entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana en la ruta.

Nora no respondió.

—Eso no identifica a ninguna fuente por sí mismo —añadió Aranda.

—Puede hacerlo indirectamente.

—Y puede contener información relevante para un homicidio.

Nora miró hacia Clara.

Clara no supo qué esperaba encontrar allí.

No apoyo.

No juicio.

Tal vez solo una cara conocida.

—Entregaré parte —dijo finalmente.

Aranda la miró.

—Parte no me gusta.

—Es lo que tiene.

—Por ahora.

Nora asintió.

La conversación había terminado.

Pero nadie parecía satisfecho.

A mediodía, Teodoro volvió.

Esta vez por decisión propia.

Entró mirando hacia la calle antes de cerrar la puerta.

—Quiero corregir una cosa.

Pilar dejó de servir una taza.

Clara señaló una mesa.

—Si es sobre tu declaración, habla con Aranda.

—Ya lo he llamado.

—Entonces espera.

Teodoro se sentó.

No parecía el mismo hombre orgulloso que había aparecido en la inspección.

La noche anterior todavía podía fingir que el problema era el concurso.

Ahora el problema era él.

—No pagué solo dos mil cuatrocientos —dijo.

Clara se quedó quieta.

—Teodoro.

—Sé que no eres policía.

—Exacto.

—Pero Aranda tardará.

—Entonces tardará.

Teodoro apretó los labios.

—Pagué otros mil doscientos a La Hoja Serena.

Clara no respondió.

—Por el paquete de montaje.

—Eso no parece extraño.

—No.

—¿Entonces?

—Rufino me dijo cuál debía comprar.

Clara se sentó frente a él.

Solo porque ahora sí parecía que el hombre necesitaba hablar.

—¿Había varios?

—Tres.

—¿Y él te indicó uno?

—Sí.

—¿Por qué?

—Dijo que era más equilibrado.

—¿Y ganaste?

—Sí.

Teodoro miró las fotografías sobre la mesa.

—Cuando gané, pensé que había hecho bien las cosas.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que pagué para entrar en una partida que ya estaba decidida.

—¿Sabina te prometió algo?

—Nunca.

—¿Rufino?

Teodoro tardó.

—No con palabras claras.

—Eso importa.

—Lo sé.

—¿Qué dijo?

El hombre se frotó una mano.

—Que si seguía sus indicaciones, sería «difícil que el jurado ignorara la coherencia del conjunto».

Clara casi pudo oír el tono.

Elegante.

Impreciso.

Útil si alguien necesitaba negarlo después.

—¿Y ayer por qué querías recuperar dinero?

—Porque Nora me llamó la semana pasada.

Clara levantó la mirada.

—¿Nora?

—Preguntó cuánto había pagado.

—¿Se lo dijiste?

—No.

—¿Entonces cómo lo sabía?

—No lo sé.

Teodoro miró hacia la puerta.

—Después Saúl vino a verme.

—¿Saúl Barral?

—Sí.

—¿Por qué?

—Quería saber si Rufino me había indicado el proveedor.

—¿Y se lo dijiste?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace tres días.

Clara sintió cómo el patrón ganaba una nueva línea.

Nora investigaba.

Saúl investigaba.

Teodoro empezaba a hablar.

Rufino lo sabía.

—¿Saúl te dijo qué estaba haciendo?

—No.

—¿Parecía enfadado?

Teodoro soltó una risa amarga.