Capítulo 3El gato cubierto de polen #3
Incluso Clara levantó las cejas.
—¿Euros? —preguntó Aranda.
Teodoro lo miró con hostilidad.
—No pagué en pesetas.
Pilar tuvo que fingir una tos.
Aranda no reaccionó.
—¿Por qué pagó esa cantidad?
—Porque quería asesoramiento profesional.
—¿Incluía garantizar que ganaría?
Teodoro se quedó inmóvil.
—No.
—¿Le prometió Rufino que ganaría?
—No.
—¿Le indicó qué materiales debía comprar?
—Sí.
—¿Dónde?
Teodoro tardó.
—En La Hoja Serena.
Clara dejó de secar una taza.
Aranda no miró hacia ella.
—¿Por qué allí?
—Era proveedor del concurso.
—¿Le pareció normal que el presidente del jurado le recomendara contratar una asesoría y después comprar materiales a un proveedor relacionado con el certamen?
—En ese momento no pensé en ello.
—Ganó.
—Sí.
—¿Y anoche habló con Rufino?
Teodoro apretó los labios.
—Un momento.
—Varias personas vieron que le dijo que necesitaban hablar.
—Sí.
—¿De qué?
—Del dinero.
—¿Qué dinero?
Teodoro miró hacia la calle.
—Le pedí que me devolviera una parte.
—¿Por qué?
—Porque la gente está empezando a hacer preguntas.
—¿Qué gente?
—Una periodista. El jardinero del ayuntamiento. No lo sé.
—¿Temía que su premio fuera cuestionado?
—Claro que sí.
—¿Amenazó a Rufino?
—No.
La respuesta no convenció ni a Clara.
Aranda esperó.
Teodoro corrigió:
—No de la manera que está pensando.
—¿De qué manera?
—Le dije que si me arrastraba con él, contaría todo.
—¿Qué es todo?
El hombre se quedó callado.
—Señor Uceda.
—Que pagué.
—Eso ya lo sabemos.
—Que me dijo qué comprar.
—También.
—Que sabía antes de la evaluación que mi composición «encajaba perfectamente» con lo que el jurado iba a buscar.
Aranda anotó.
—¿Eso le pareció una garantía?
Teodoro tragó saliva.
—Ahora sí.
—¿Y entonces?
—Entonces quería ganar.
La frase quedó allí.
Sin defensa.
Sin excusa.
Clara sintió algo parecido a compasión y lo rechazó enseguida.
Teodoro había pagado.
Quizá sin comprender todo.
Pero había querido no comprender.
—¿Dónde estuvo anoche entre las diez y las seis? —preguntó Aranda.
El hombre respondió con más facilidad.
—En casa.
Clara tuvo que contener una reacción.
Otro.
—¿Solo?
—Con mi mujer.
—¿Puede confirmarlo?
—Estaba enferma.
—¿Qué le ocurría?
—Una gastroenteritis o algo parecido. Llamamos al servicio médico porque se mareó mucho.
Aranda anotó.
—¿A qué hora?
—No lo recuerdo. Cerca de medianoche.
—¿Vino alguien?
—Nuestra vecina. Es enfermera jubilada.
Aranda asintió.
La coartada tenía estructura.
No significaba que estuviera probada.
Pero al menos existía.
—¿Volvió a ver a Rufino después de hablar con él durante la inspección?
—No.
—¿Sabía que iba a ir a La Hoja Serena?
Teodoro levantó la cabeza.
—¿Fue al vivero?
Clara vio la reacción.
Parecía genuina.
Aranda también debió de verla.
—He hecho una pregunta.
—No. No sabía nada.
—¿Rufino solía reunirse allí fuera de horario?
Teodoro dudó.
—Alguna vez.
—¿Con Sabina?
—Supongo.
—¿Los ha visto?
—Sí.
Aranda dejó el bolígrafo.
—¿Cuándo?
—Durante el año pasado. Yo iba a recoger materiales y los encontré hablando en la oficina.
—¿Algo extraño?
—En aquel momento no.
—¿Ahora?
Teodoro se levantó ligeramente de la silla.
—Ahora todo parece extraño.
Aranda lo dejó marchar veinte minutos después.
Cuando la puerta se cerró, Pilar se acercó inmediatamente.
—Dos mil cuatrocientos euros.
Clara la miró.
—No empieces.
—Por flores.
Ramiro corrigió:
—Por asesoramiento.
—Por ganar.
—Eso no está probado.
Pilar lo señaló.
—Te adoro cuando te conviertes en defensor del procedimiento justo precisamente cuando no te acusan a ti.
Ramiro no respondió.
Clara miró hacia la calle.
El concurso ya no parecía un concurso.
Cada flor empezaba a adquirir precio.
Cada premio, historia.
Cada amistad, una posible factura.
Y eso le desagradaba más que las cintas.
A media tarde, el calor obligó a abrir por completo las ventanas.
La calle recuperó algo parecido a la normalidad.
Un camión descargó bebidas.
Un niño dejó caer un helado.
Dos mujeres discutieron sobre si el concurso debía cancelarse definitivamente.
Migas durmió durante todo.
Clara llevaba diez minutos intentando revisar pedidos cuando Nora Arcedo entró.
La periodista no llevaba cámara.
Eso hizo que Clara la observara con más atención.
—No vengo a preguntar nada.
—Eso sería una novedad.
Nora sonrió.
—Quiero café.
—Eso sí tenemos.
Clara preparó uno.
Nora se sentó.
—¿Cómo está Ramiro?
—Enfadado.
—Entonces normal.
—Más o menos.
Nora bebió.
Clara decidió no preguntar.
Duró treinta segundos.
—¿Estabas siguiendo a Rufino?
Nora levantó los ojos.
—Eso ha sido rápido.
—No tienes cámara.
—¿Qué tiene que ver?
—Parece que has venido a hablar.
Nora apoyó la taza.
—No contigo.
Miró hacia fuera.
Aranda no estaba.
—¿Con la policía?
—Quizá.
Clara esperó.
Nora jugueteó con la cucharilla.
—Rufino no era solo un jurado desagradable.
—Eso empieza a quedar claro.
—Llevo meses revisando los concursos.
—¿Por qué?
—Porque los mismos proveedores aparecen demasiado.
Clara pensó en Teodoro.
—La Hoja Serena.
Nora no confirmó.
Tampoco negó.
—Hay participantes que pagan asesorías. Hay empresas que venden paquetes completos. Hay criterios subjetivos. Hasta ahí, nada necesariamente ilegal.
—Pero.
—Pero cuando los mismos nombres empiezan a repetirse, miras mejor.
Clara apoyó los antebrazos en la barra.
—¿Tienes pruebas?
—Tengo fotografías.
—Eso no siempre es prueba.
Nora sonrió.
—Gracias por la lección de periodismo.
—Trabajé años con registros.
—Lo sé.
Clara frunció el ceño.
—¿Cómo?
—He preguntado.
Eso no le gustó.
—¿Qué estabas haciendo anoche?
Nora dejó la cucharilla.
—Trabajando.
—¿Hasta qué hora?
—Tarde.
—Eso tampoco es una hora.
—Estás empezando a sonar como el inspector.
—Me lo han dicho.
Nora miró hacia el gato.
—¿Ese es Migas?
—Sí.
—Está famoso.
—No le interesa.
—Mejor para él.
Nora tomó la taza.
—Si yo fuera tú, no perdería de vista el vivero.
Clara sintió irritación.
—Todo el mundo viene aquí, dice media cosa y se marcha.
—Es una tradición local.
—¿Sabes si Rufino estuvo allí anoche?
Nora miró a Clara durante dos segundos.
Después bebió.
—No.
Clara reconoció la diferencia entre no saber y no querer decir.
Nora dejó dinero.
—Ese no ha sido un «no» convincente.
—No soy sospechosa.
—Todavía.
Nora sonrió.
—Eso ha sido feo.
—Ha sido exacto.
La periodista recogió el bolso.
—Dile a Aranda que hablaré con él.
—Díselo tú.
—Lo haré.
Salió.
Clara miró el dinero sobre la mesa.
Pilar apareció.
—¿Cuánto has oído?
—Nada.
—Eso significa todo.
—Solo lo suficiente.
Clara recogió la taza.
—Nora sabe algo del vivero.
—Claro.
—¿Por qué claro?
—Porque lleva una cámara.
—Eso no es una explicación.
Pilar se encogió de hombros.
—A mí me funciona.
Aranda regresó poco antes de las siete.
Clara estaba cerrando la caja.
—Nora quiere hablar contigo.
—Ya lo ha hecho.
—¿Y?
—Clara.
—Bien.
Aranda se sentó.
Parecía agotado.
Pilar le puso café.
Él la miró.
—¿Cuántos llevo?
—No quieres saberlo.
—Eso me preocupa.
Ramiro estaba colocando las sillas exteriores.
Migas observaba una mosca.
Durante unos segundos, el Café Aurora volvió a sentirse como un café.
Aranda rompió la ilusión.
—Tenemos una persona que vio a Rufino anoche.
Clara dejó el bolígrafo.
—¿Dónde?
—Cerca de La Hoja Serena.
Pilar se acercó.
—¿A qué hora?
—Después de las diez.
—¿Quién?
—Un vecino de la zona.
—¿Lo vio entrar?
—Lo vio caminar hacia el acceso.
Clara sintió que las piezas se acercaban unas a otras.
No encajaban todavía.
Pero ya compartían mesa.
—Entonces estuvo en el vivero.
Aranda levantó un dedo.
—No sabemos si entró.
—El polvo blanco.
—Compatible.
—El polen.
—Compatible.
—Migas estuvo allí.
—Probablemente.
—Rufino caminó hacia allí.
—Sí.
Clara se quedó callada.
No necesitaba más.
El inspector lo sabía.
—¿A qué hora cerraba el vivero? —preguntó Pilar.
Aranda respondió:
—A las ocho y media.
Ramiro dejó una silla a medio levantar.
Clara miró hacia la calle.
A esa hora, La Hoja Serena debía estar cerrada.
Sin clientes.
Sin entregas.
Sin concurso.
Y, sin embargo, Rufino Acebal había caminado hacia allí más de una hora después.
Aranda se levantó.
—Mañana iremos otra vez.
Clara lo miró.
—¿Iremos?
Él se detuvo.
—La policía irá.
Pilar sonrió.
—Casi.
—No ha sido un lapsus.
—Claro.
Aranda se marchó.
Ramiro terminó de guardar la silla.
Pilar apagó una de las luces.
Clara permaneció detrás de la barra.
Miró a Migas.
Polvo blanco.
Polen naranja.
Un trayecto que el gato había recorrido sin saberlo.
Después pensó en Rufino.
El mismo polvo.
El mismo tipo de polen.
Un hombre visto caminando hacia un vivero cerrado.
Por primera vez desde que había encontrado el cuerpo, Clara dejó de imaginar a alguien llevando a Rufino hasta el Portal 7.
Imaginó lo contrario.
Rufino llegando vivo a otro sitio.
La pregunta ya no era quién había estado debajo del balcón.
Era qué había ocurrido en La Hoja Serena después de que cerraran sus puertas.