El muerto bajo el balcón equivocado Capítulo 3El gato cubierto de polen #2
32%

Capítulo 3El gato cubierto de polen #2

—Mientras mirábamos la jardinera. Lo vi pasar cerca y pensé que había vuelto al café.

Pilar se acercó.

—¿Y en el vivero?

—Tampoco.

—¿Cómo puede estar un gato en una furgoneta y que no lo veas?

Sabina bebió café.

—Has conocido gatos, ¿verdad?

Pilar aceptó el argumento.

—Justo.

Clara continuó.

—¿Dónde aparcaste al llegar?

—En el patio de carga.

—¿Sobre la grava blanca?

Sabina la miró.

Algo en su expresión cambió.

No miedo.

Atención.

—Sí.

—¿Y los girasoles?

Pilar señaló discretamente el pecho de Migas.

Sabina miró al gato.

Después a Pilar.

—Ah.

Fue una reacción tan sencilla que Clara no supo qué hacer con ella.

—¿Qué?

—Eso es polen.

—Eso creemos.

Sabina se inclinó un poco.

Migas se apartó.

—Tenemos una partida de girasoles ornamentales pequeños junto al lateral del patio. Si salió de la furgoneta...

—Entonces pasó por allí.

—Probablemente.

—¿Son peligrosos para él?

Sabina negó.

—Los girasoles normales, no. De todos modos, si no ha comido nada y está bien, no debería haber problema.

Clara miró a Migas.

—No parece haber comido plantas.

—Mejor.

Sabina volvió al café.

—Los gatos se meten donde quieren.

La frase sonó banal.

Precisamente por eso Clara la guardó.

—¿Cuánto tiempo estuvo la furgoneta en el vivero?

—Toda la noche.

—¿Toda?

—Llegué poco después de las nueve y media. Después no volví a sacarla hasta primera hora.

—¿A qué hora?

Sabina levantó la vista.

—¿Esto es un interrogatorio?

Clara sintió calor en la cara.

—No.

—Lo parece un poco.

Pilar intervino.

—Es su forma natural de conversar.

—Pilar.

Sabina sonrió.

—A las cinco y algo.

Clara se quedó quieta.

—¿Saliste a las cinco?

—Teníamos autorización para entrar en el centro antes del corte de calles. Había que comprobar varios puntos de la ruta.

—¿Pasaste por aquí?

Sabina bebió.

—Por la zona, sí.

—Esta mañana dijiste que no sabías por qué había una jardinera rota debajo de Rufino.

—Y no lo sé.

—Pero estabas circulando cerca.

La sonrisa desapareció.

—Clara.

La voz de Aranda llegó desde la puerta.

Ella no lo había visto entrar.

—¿Qué?

—Creo que ya ha hecho suficientes preguntas.

Sabina se volvió.

—No pasa nada.

—A mí sí me pasa.

Aranda se acercó.

—Si necesitamos completar su declaración, la llamaremos.

Sabina entendió el mensaje.

Terminó el café.

Dejó dinero sobre la barra.

Clara empujó una moneda de vuelta.

—Invita la casa.

—No hace falta.

—Lo sé.

Sabina guardó la moneda.

Antes de salir miró una vez más a Migas.

—De verdad que no lo vi.

Clara asintió.

—Te creo.

Y se sorprendió al descubrir que, en ese punto concreto, era verdad.

La puerta se cerró.

Aranda se sentó.

—No interrogue a la gente.

—Estábamos hablando.

—Le preguntó a qué hora sacó un vehículo relacionado con una posible escena manipulada.

—Eso salió en la conversación.

—Claro.

Pilar puso delante de Aranda otro café.

—Yo estaba aquí y puedo confirmar que salió.

—Gracias, Pilar.

—De nada.

Aranda bebió.

Clara esperó.

El inspector parecía deliberadamente interesado en la espuma.

—Hay algo —dijo ella.

—Siempre hay algo.

—Has venido por algo.

—He venido porque este café es aceptable.

Pilar abrió mucho los ojos.

—Eso es prácticamente una declaración de amor.

Aranda ignoró el comentario.

Clara continuó mirándolo.

Al final, él cedió.

—El laboratorio preliminar ha encontrado partículas vegetales amarillas en la ropa de Rufino.

Pilar dejó de moverse.

Clara sintió que el café se hacía un poco más silencioso.

—¿Polen?

—Probablemente.

—¿Como el de Migas?

—He dicho partículas vegetales.

—Aranda.

—Visualmente son compatibles con lo que se recogió del gato.

Ramiro se acercó.

—¿Y el polvo blanco?

Aranda lo miró.

—También había material mineral claro en el calzado de Rufino.

Clara apoyó ambas manos en la barra.

El gato.

La víctima.

Dos residuos.

—Los dos estuvieron en el mismo sitio.

—No sabemos eso —dijo Aranda.

—Los dos llevan polvo blanco y polen.

—Eso demuestra que ambos estuvieron en lugares donde podían adquirir polvo blanco y polen.

—El vivero.

—Es una hipótesis razonable.

—La Hoja Serena tiene ambas cosas juntas.

—Y por eso estamos comparando muestras.

Pilar señaló hacia la puerta por la que Sabina acababa de salir.

—¿Ella sabe lo de Rufino?

—No le he dado resultados de laboratorio.

—Entonces cuando ha reconocido el polen del gato...

—Solo ha reconocido el polen del gato.

Clara entendió la advertencia.

No convertir una reacción normal en confesión.

—¿Rufino estuvo en el vivero anoche?

Aranda cerró los ojos un segundo.

—Eso estamos intentando averiguar.

—Sabina no te lo ha dicho.

—No voy a comentar su declaración.

—Eso significa que no.

—No significa nada.

Ramiro murmuró:

—Normalmente significa algo.

Aranda lo miró.

—¿Quiere volver a convertirse en mi principal problema de la mañana?

Ramiro retrocedió.

—No.

Pilar sonrió.

—Está aprendiendo.

Clara miró hacia Migas.

El gato había regresado a la silla debajo del cuadro.

Dormía.

Para él, el recorrido estaba terminado.

Había salido.

Había viajado.

Había vuelto.

Los humanos eran quienes necesitaban reconstruirlo.

Rebeca Olmeda llegó a la una y cuarto.

No parecía querer café.

Entró, preguntó por Clara y se quedó junto a la puerta como si sentarse pudiera interpretarse como una admisión.

—¿Puedo hablar contigo?

Clara miró a Aranda.

El inspector estaba al fondo conversando con Ramiro.

—Claro.

Pilar apareció automáticamente.

Rebeca la miró.

—A solas.

Pilar retrocedió un paso.

—Me voy.

No se fue demasiado lejos.

Clara condujo a Rebeca hasta una mesa lateral.

La florista tenía cuarenta y pocos años, el pelo oscuro recogido y unas manos con pequeños cortes que parecían más propios de espinas que de manicuras.

—No he matado a Rufino.

Clara se sentó.

—No te lo había preguntado.

—Todo el mundo lo piensa.

—Yo no.

—Pues deberían.

Clara frunció el ceño.

—Eso no te ayuda.

Rebeca soltó el aire.

—Rufino me odiaba.

—¿Por qué?

—Porque una vez le dije que cobraba por opinar lo mismo que cualquiera podía leer en una revista.

—¿Eso basta?

—Para Rufino, sí.

Clara esperó.

Rebeca entendió que tenía que continuar.

—Hace dos años escribió una evaluación sobre mi tienda.

—¿Una reseña?

—No exactamente. Un informe para una asociación comercial. Dijo que mi trabajo era visualmente anticuado y que mis proveedores no garantizaban suficiente uniformidad.

—¿Eso afectó al negocio?

—Perdí dos contratos.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada.

La respuesta llegó demasiado deprisa.

Clara la observó.

Rebeca apartó la mirada.

—Discutimos alguna vez.

—Anoche estabas viendo la inspección.

—Participaba en el concurso.

—Te vi en la esquina.

—Media Valleverde estaba en la calle.

—¿Hablaste con Rufino?

—No.

Otra respuesta rápida.

Clara no tenía derecho a interrogarla.

Aranda se lo había dejado suficientemente claro.

Pero Rebeca había ido a buscarla.

—¿Entonces por qué has venido?

La mujer apretó las manos.

—Porque sé que Ramiro no lo hizo.

—¿Cómo?

—Porque Ramiro puede ser insoportable, pero si quisiera matar a alguien redactaría antes un procedimiento.

Clara casi sonrió.

—Eso no es una coartada.

—Ya lo sé.

—¿Qué sabes?

Rebeca miró hacia Aranda.

Después volvió a Clara.

—Rufino tenía enemigos.

—Eso ya parece evidente.

—No solo por el concurso.

Clara esperó.

—Cobraba asesorías privadas.

—Eso también lo sabemos.

—No sabéis todo.

—¿Qué falta?

Rebeca se levantó.

—Pregúntale a Teodoro Uceda cuánto le costó ganar el año pasado.

Clara se quedó sentada.

—¿Por qué no se lo dices tú a la policía?

Rebeca cogió el bolso.

—Porque no tengo pruebas.

—Entonces ¿cómo lo sabes?

—Valleverde.

—Eso tampoco es una fuente.

Rebeca sonrió por primera vez.

—Aquí suele serlo.

Se volvió hacia la puerta.

Clara recordó algo.

—¿Dónde estuviste anoche después de la inspección?

Rebeca se detuvo.

No se volvió inmediatamente.

—En casa.

—¿Toda la noche?

—Sí.

—¿Puede confirmarlo alguien?

Rebeca giró.

—Vivo sola.

La respuesta tenía la misma estructura que la de Ramiro.

Pero no el mismo peso.

—¿No saliste?

—No.

Clara la miró.

Rebeca sostuvo la mirada.

Demasiado.

—De acuerdo.

La mujer se marchó.

Pilar apareció antes de que la puerta terminara de cerrarse.

—Miente.

Clara se levantó.

—¿Has estado escuchando?

—No.

—Pilar.

—No todo.

—Ha pedido hablar a solas.

—Y yo he respetado una distancia socialmente razonable.

—¿Qué parte has oído?

—La suficiente para saber que miente.

Ramiro se acercó.

—¿Sobre qué?

Clara miró hacia Aranda.

El inspector ya las observaba.

—Ahora tendremos que decírselo.

Pilar levantó las manos.

—Yo no he provocado esto.

—Has escuchado una conversación privada.

—Eso tampoco la provoca.

Aranda se acercó.

—¿Qué tengo que saber?

Clara suspiró.

—Rebeca dice que no salió de casa anoche.

—Eso ya me lo ha dicho esta mañana.

—¿Y le crees?

Aranda la miró.

—¿Tiene alguna razón para no hacerlo?

—No.

Pilar intervino.

—Pero miente.

—¿Por qué?

Pilar dudó.

—Porque... parecía que mentía.

Aranda cerró la libreta que todavía llevaba.

—Excelente. Avisaré al juez de que tenemos una expresión facial.

Pilar cruzó los brazos.

—Ya verás.

Clara intervino.

—También ha dicho que preguntemos a Teodoro cuánto pagó a Rufino para ganar el año pasado.

Aranda dejó de bromear.

—Eso sí me interesa.

Encontraron a Teodoro en el Café Aurora media hora después.

No porque Clara lo llamara.

Porque Aranda sí.

Teodoro entró con el aspecto de quien había aceptado acudir únicamente porque negarse habría resultado peor.

Se sentó en una mesa junto a la ventana.

Clara permaneció detrás de la barra.

No formaba parte de la conversación.

Aranda se aseguró de que eso quedara claro.

Pilar se aseguró de tener que limpiar tres veces la misma cafetera.

—¿Conocía bien a Rufino Acebal? —preguntó el inspector.

—Como todo el mundo relacionado con el concurso.

—Eso no responde.

Teodoro acomodó las manos sobre la mesa.

—Lo conocía.

—¿Contrató sus servicios?

Silencio.

—En alguna ocasión.

—¿Qué clase de servicios?

—Asesoría.

—¿Para la edición anterior?

Teodoro levantó la mirada.

—Sí.

Pilar dejó caer una cucharilla.

Clara la miró.

Ella articuló sin voz:

Perdón.

Aranda continuó.

—¿Cuánto pagó?

—No veo qué relación tiene esto con su muerte.

—Eso lo decido yo.

Teodoro respiró por la nariz.

—Dos mil cuatrocientos.