Capítulo 3El gato cubierto de polen
El gato cubierto de polen
Migas toleró exactamente veintisiete segundos de inspección.
Clara no los contó.
Ramiro sí.
—Veintisiete —dijo desde la puerta de la cocina.
—Gracias.
—Desde que has empezado a limpiarle el pecho.
—No necesitaba saberlo.
—Parecía que querías una referencia.
—No.
Migas aprovechó la conversación para clavar las patas delanteras en el borde del fregadero y tratar de escapar.
Clara lo sujetó con más firmeza.
—Quieto.
El gato giró la cabeza y la miró con una expresión que no contenía ninguna intención de colaborar con una investigación de homicidio.
Pilar apareció con una taza de café.
—Tiene cara de querer denunciarte.
—Puede ponerse a la cola.
—¿Aranda ha autorizado esto?
Clara señaló la pequeña bolsa transparente que había dejado un técnico sobre la mesa antes de marcharse.
—Ya han recogido muestras.
—¿Del gato?
—Del polvo del pelo.
Pilar se acercó.
—No me puedo creer que Migas haya acabado convertido en prueba.
—No es una prueba.
—Se lo diré cuando declare.
Migas consiguió sacar una pata.
Clara volvió a colocarlo sobre la toalla.
El técnico de policía científica había empleado un cepillo pequeño y cinta adhesiva para recoger parte de los residuos que permanecían en las patas y el pecho. Después había permitido a Clara retirar el resto, siempre que guardase cualquier material extraño evidente.
Ahora, bajo la luz blanca de la cocina, la suciedad resultaba más clara que al amanecer.
Había dos cosas distintas.
En las almohadillas y entre algunos pelos cortos de las patas aparecía un polvo blanquecino, muy fino, casi gris cuando se acumulaba.
En el pecho, alrededor de los bigotes y sobre todo junto al lado derecho del hocico, había partículas amarillas y naranjas.
Clara humedeció ligeramente otro paño.
—Esto no es lo mismo.
Ramiro se inclinó.
—No.
Pilar miró por encima de su hombro.
—Una cosa es polvo.
—Las dos pueden ser polvo —dijo Ramiro.
—Una cosa es polvo aburrido.
—Eso no es una categoría.
—La otra parece polen.
Clara dejó de mover la mano.
—¿Polen?
Pilar acercó la cara.
Migas bufó.
Ella retrocedió.
—Sí. O algo parecido.
—Estamos rodeados de flores.
—Precisamente.
Clara miró al gato.
La explicación era tan evidente que casi no merecía explicación.
Había cientos de plantas en las calles.
Macetas en ventanas.
Jardineras en fachadas.
Ramos en comercios.
Un gato que pasase la noche fuera podía regresar con polen de cualquier sitio.
—No significa nada —dijo.
Pilar cogió su café.
—No he dicho que signifique nada.
Ramiro señaló el pecho de Migas.
—La concentración es rara.
Clara lo miró.
—¿Ahora eres experto en polen?
—No.
—Bien.
—Pero tengo ojos.
—Eso sí te lo concedo.
Migas volvió a intentar escapar.
Esta vez Clara lo dejó.
El gato saltó al suelo, se sacudió como si los humanos acabaran de someterlo a una indignidad histórica y caminó hacia su cuenco.
—¿Está bien? —preguntó Pilar.
—Parece estarlo.
—¿No habrá comido alguna planta?
Clara negó.
—No tiene vómitos, no está desorientado y ha pedido comida como si llevara tres semanas abandonado.
—Entonces está normal.
—Exactamente.
Pilar observó las partículas que habían quedado sobre la toalla.
—Espera.
Clara la conocía lo suficiente para desconfiar de aquel tono.
—¿Qué?
—Creo que sé de dónde es.
Ramiro cruzó los brazos.
—¿El polen?
—No exactamente.
—Entonces no sabes de dónde es.
Pilar ignoró la corrección.
—Los girasoles.
Clara miró la toalla.
—Hay girasoles en media ruta del concurso.
—No esos.
—¿Qué esos?
—Los pequeños.
—Eso sigue describiendo muchas flores.
Pilar dejó la taza.
—En La Hoja Serena montaron un rincón para fotografías. ¿No lo viste?
Clara recordó el vivero únicamente por imágenes.
Durante la semana había circulado una cantidad absurda de fotografías del concurso: participantes delante de sus balcones, jardineras apiladas, trabajadores descargando plantas, vecinos posando con acreditaciones.
—No he estado allí.
—Yo sí.
Ramiro la miró.
—¿Cuándo?
—Cuando fui a recoger las cintas.
—Podías haberme dicho que ibas.
—No sabía que tenía que presentar itinerario.
—No tienes que hacerlo.
—Entonces estamos bien.
Clara interrumpió.
—Los girasoles.
—Hay una zona en el patio con girasoles pequeños. Muchísimos. Sabina los puso alrededor de un banco de madera para que la gente se hiciera fotos. Si un gato se metiera entre ellos...
Pilar señaló el pecho de Migas.
—Podría acabar así.
Clara miró hacia el animal.
Migas masticaba.
No parecía dispuesto a confirmar ni desmentir la hipótesis.
—También podría haber pasado junto a cualquier otra flor amarilla.
—Claro.
—Y el vivero tiene cientos de plantas.
—También.
Clara respiró.
Pilar sonrió.
—Pero ahora quieres ir.
—No.
—Clara.
—Quiero saber dónde estuvo el gato.
—Eso es prácticamente lo mismo.
El Café Aurora abrió a las diez y media.
No porque Clara creyera que fuera buena idea.
Porque quedarse cerrado resultó peor.
A las nueve ya había vecinos llamando a la persiana para preguntar si necesitaban algo. A las nueve y cuarto, una mujer había dejado una bolsa con bollos. A las diez, alguien había depositado flores junto a la cinta policial y Doña Amparo había empezado a organizar dónde debían colocarse.
El cuerpo ya no estaba.
La policía mantenía parte del perímetro.
La jardinera rota había sido retirada.
Sin los fragmentos, el hueco de la fachada parecía incluso más sospechoso.
Pilar giró el cartel de CERRADO.
—Solo café y cosas sencillas.
—Tenemos café y cosas sencillas todos los días.
—Hoy con intención.
Clara levantó la persiana a medias.
Los primeros en entrar fueron vecinos.
Después llegaron dos periodistas.
Pilar los expulsó sin necesidad de ayuda.
—No damos declaraciones.
—Solo queríamos tomar un café.
—Podéis tomarlo.
—¿Y hacer una pregunta?
—Eso cuesta más.
Clara la miró.
—Pilar.
—Era broma.
Los periodistas se sentaron.
No hicieron preguntas durante casi cuatro minutos.
Después uno señaló hacia la fachada.
—¿Es verdad que la maceta no cayó?
Clara dejó el plato delante de él.
—Jardinera.
Ramiro, sentado al fondo, levantó la cabeza.
Pilar sonrió.
—Nos estamos contagiando.
La puerta volvió a abrirse.
Era Aranda.
No llevaba uniforme y parecía haber acumulado dos días de cansancio en una mañana.
Clara le sirvió café sin preguntarle.
—Gracias.
—¿Alguna novedad?
—Buenos días a ti también.
—Buenos días. ¿Alguna novedad?
Aranda bebió.
—La policía ha confirmado que La Hoja Serena tenía varias unidades de reserva del mismo modelo.
Ramiro se levantó.
—¿Cuántas?
Aranda lo miró.
—Las suficientes para que la jardinera rota pudiera proceder de allí sin que eso lo demuestre por sí solo.
Clara se acercó.
—¿Y la que estaba en nuestra fachada?
Aranda bebió.
—No ha aparecido.
Pilar apoyó una mano sobre la barra.
—Entonces tenemos una jardinera que no sabemos de dónde salió y otra que no sabemos dónde está.
—Eso es bastante más exacto —dijo Aranda.
Ramiro frunció el ceño.
—La original estaba regada.
—Lo sabemos.
—Si aparece, todavía puede conservar diferencias en el sustrato.
—También lo sabemos.
Aranda dio otro sorbo.
—Agradezco que hoy sus notas trabajen a nuestro favor sin intentar resolverlo todo.
Clara no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—¿Y Sabina?
—¿Y Sabina?
—Sigue declarando.
—¿Es sospechosa?
—Todo el mundo al que interrogamos no es automáticamente sospechoso.
—No has respondido.
—Eso es porque no iba a hacerlo.
Pilar apareció con una bandeja.
—Tenemos otra cosa.
Clara la miró.
—No tenemos nada.
—Tenemos al gato.
Aranda dejó la taza.
—¿Qué pasa con el gato?
Pilar explicó los girasoles.
Sin exagerar demasiado.
Clara se lo reconoció internamente.
Aranda escuchó hasta el final.
—¿La Hoja Serena tiene esos girasoles?
—Sí.
—¿Solo La Hoja Serena?
—No lo sé.
—Entonces no tenemos una identificación.
—No he dicho eso.
—Has dicho «otra cosa».
—Es otra cosa.
Aranda miró a Clara.
—¿Usted qué piensa?
Clara odiaba que le preguntara justo cuando no estaba segura.
—Que Migas probablemente entró en la furgoneta.
Ramiro giró hacia ella.
Pilar sonrió como quien acababa de ganar una discusión que nunca se había declarado.
Aranda no cambió de expresión.
—¿Por qué?
—Sabina lo vio cerca. El gato desapareció mientras la puerta trasera estaba abierta. Volvió de madrugada con polvo blanco en las patas y polen. La Hoja Serena tiene grava clara en el patio y una zona de girasoles.
Aranda levantó una mano.
—Eso último, ¿lo sabe o se lo ha contado Pilar?
—Pilar.
—Entonces tenemos una observación de Pilar.
—Correcto.
—Y una hipótesis suya.
—Correcto.
—Me alegra que hoy utilicemos categorías.
Clara cruzó los brazos.
—¿Vas a comprobarlo?
—Ya hemos recogido muestras del gato.
—No has respondido.
—También estamos comprobando el vivero.
Pilar puso una taza limpia junto a la cafetera.
—A veces creo que os divertís.
—No —dijeron Clara y Aranda a la vez.
Ramiro los miró.
Pilar sonrió.
—Eso ha sido preocupante.
Sabina llegó al mediodía.
No iba acompañada de ningún agente.
Eso redujo inmediatamente la tensión de Pilar y aumentó la atención de Clara.
Sabina se sentó en un extremo de la barra.
—¿Café?
—Doble.
Clara preparó la taza.
Sabina parecía más cansada que por la mañana.
Llevaba una pequeña mancha de tierra en la manga y el cabello recogido de cualquier manera.
—Han estado dos horas en el vivero —dijo.
Clara dejó el café delante de ella.
—Supongo que no es una forma agradable de empezar el día.
Sabina soltó una risa breve.
—He tenido peores.
—¿De verdad?
—No.
Bebió.
Migas apareció desde debajo de una mesa.
Sabina lo vio.
—El polizón.
Clara se quedó quieta.
—¿Qué?
Sabina señaló al gato.
—Tiene que haber viajado conmigo.
Pilar dejó de colocar cucharillas.
Ramiro levantó la mirada desde el fondo.
Clara apoyó una mano en la barra.
—Esta mañana dijiste que quizá había encontrado un sitio donde dormir.
—Eso pensaba. Después la policía me ha preguntado si pudo entrar en la furgoneta.
—¿Y qué dijiste?
—Que sí. Dejé abierto el compartimento trasero mientras revisábamos la jardinera.
Sabina miró a Migas.
—Si se metió entre las cajas o las mantas, pude no verlo.
Migas se sentó.
—¿Cuándo pudo entrar? —preguntó Clara.