Capítulo 2Tierra seca #3
—¿Tienes alguna razón para matar a Rufino?
Ramiro la miró como si la pregunta fuera ofensiva.
—No.
—Entonces empieza por ahí.
—Que una razón sea absurda no impide que otra persona la considere motivo.
Doña Amparo apareció junto a ellos.
—Yo puedo confirmar que no salió.
Ramiro suspiró.
—No puedes.
—No oí la puerta.
—Podía haber salido por el patio.
—¿Saliste?
—No.
—Entonces no saliste por el patio.
Clara intervino antes de que la lógica circular adquiriese nuevas dimensiones.
—Amparo, ¿oíste algo durante la noche?
La mujer pensó.
—¿Relacionado con qué?
—Con la calle.
—Siempre se oye algo.
—Algo fuera de lo normal.
Amparo miró hacia arriba.
—No.
Clara esperó.
La mujer añadió:
—Creo.
—Eso no es lo mismo.
—Eran las cinco de la mañana.
—¿Estabas despierta?
—A ratos.
Pilar se acercó.
—¿Por qué?
—Porque alguien estuvo moviendo cosas muy temprano.
Clara sintió una pequeña tensión.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. No miré.
—¿Un vehículo?
Amparo negó despacio.
—No sabría decirlo. Pensé que eran los preparativos del concurso.
—¿A qué hora?
—Cerca de las cinco. Quizá un poco después.
Clara iba a preguntar más cuando Aranda reapareció en la puerta.
Había oído la última parte.
—Doña Amparo.
La mujer levantó la barbilla.
—Ahora sí quiere tomarme declaración.
—Ahora sí.
Amparo sonrió.
—Sabía que acabaría siendo útil.
Aranda señaló hacia fuera.
—Venga conmigo.
La mujer se levantó.
Antes de salir, miró a Clara.
—Solo eran ruidos. No vi nada.
Aranda la acompañó fuera.
Clara miró a Pilar.
Pilar la miró a ella.
Ramiro abrió la carpeta otra vez.
—No empieces —dijo Clara.
—Solo voy a comprobar una cosa.
—Eso es empezar.
A las nueve y diez, un técnico volvió con una bolsa transparente.
Dentro había un fragmento de la jardinera rota.
El esmalte azul verdoso parecía idéntico al resto de las unidades del concurso.
Clara lo observó desde detrás de la barra.
Aranda hablaba con el técnico.
No podía oírlo.
Después el inspector miró hacia la fachada.
Hizo una llamada.
Pilar estaba sirviendo café a dos agentes.
—No sé si cobrarles —susurró.
—Cóbrales.
—Están trabajando.
—Yo también.
—Me gusta tu sentido de comunidad.
—Y a mí pagar proveedores.
Ramiro apareció junto a ellas.
—He comprobado el registro.
Clara no preguntó.
Él siguió igualmente.
—La jardinera central fue regada después de las laterales.
—Ya lo sabemos.
—Eso significa que debería conservar incluso más humedad.
Clara levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque pasó menos tiempo.
—La diferencia son minutos.
—Diecisiete.
Pilar señaló la cafetera.
—Eso no es nada.
—Puede serlo.
Clara miró de nuevo la tierra seca del exterior.
No sabía si diecisiete minutos importaban.
Pero la diferencia entre aquella tierra y el resto no necesitaba cronómetro.
Aranda entró.
Esta vez se dirigió directamente hacia ellos.
—Tengo una actualización.
Nadie habló.
—No es definitiva.
Clara esperó.
—Pero el médico forense considera muy improbable que la lesión principal haya sido causada por la jardinera.
Ramiro cerró la carpeta.
Pilar dejó de secar una taza.
—¿Entonces es asesinato? —preguntó.
Aranda no utilizó la palabra inmediatamente.
—Estamos investigando una muerte violenta.
—Eso es sí —dijo Pilar.
—Es lo que he dicho.
Clara miró hacia el cuerpo.
—¿Murió aquí?
—Todavía no puedo responder.
—¿Puede saberse?
—Probablemente.
—¿Cuándo?
Aranda la miró.
—Cuando lo sepamos.
Clara aceptó el límite.
Por una vez.
—¿Y la jardinera?
Aranda respiró.
—Hay algo más.
Ramiro dio un paso.
—¿Qué?
—La tierra que estaba dentro no coincide, a primera vista, con el estado del resto de jardineras regadas del Portal.
Clara sintió una satisfacción fría.
No por tener razón.
Porque la escena acababa de romperse.
—¿Es otra?
—No he dicho eso.
—Pero puede serlo.
—Puede.
Pilar miró hacia el hueco.
—Entonces alguien rompió una jardinera igual debajo de Rufino.
Aranda se volvió hacia ella.
—Eso es una posibilidad.
—¿Y quitó la verdadera?
—Eso también sería necesario.
Ramiro palideció.
Clara entendió por qué.
—Sabina.
Aranda la miró.
—¿Qué pasa con Sabina?
—Encontró la fisura.
—Sí.
—Y fue la última persona que sabemos que estuvo manipulando esa jardinera.
—No sabemos que la retirara.
—No.
Clara miró a Ramiro.
—Pero tampoco sabemos que siguiera allí cuando se marchó.
Aranda guardó silencio.
Pilar habló:
—¿La habéis llamado?
—Sí.
—¿Y?
—Viene hacia aquí.
Clara volvió a mirar el hueco vacío.
La explicación más sencilla seguía siendo que la jardinera había caído.
Solo que ya no podía ser la explicación correcta.
Eso era lo incómodo de las escenas bien construidas.
No necesitaban ser verdaderas.
Solo necesitaban parecer más simples que la verdad.
Sabina Noriega llegó a las nueve y media.
No entró inmediatamente.
Se quedó al otro lado de la cinta hablando con Aranda.
Llevaba el cabello recogido y la misma clase de ropa de trabajo que el día anterior.
Parecía cansada.
Clara observó desde dentro.
No intentó leer sus labios.
Pilar sí.
—Para.
—No estoy haciendo nada.
—Estás inclinando la cabeza.
—Tengo cuello.
Ramiro permanecía sentado.
No miraba.
—Si Sabina retiró la jardinera, ¿por qué no lo dijo anoche? —preguntó Pilar.
Ramiro respondió sin levantar la vista.
—Porque quizá pensaba volver a colocarla.
—¿Antes del jurado?
—Sí.
—¿Y por qué no te lo dijo?
—Porque yo estaba discutiendo con ella.
Clara recordó algo.
—No parecías estar discutiendo cuando se marchó.
Ramiro levantó la cabeza.
—No estaba.
—Entonces no sabemos.
Pilar cruzó los brazos.
—Odio cuando todos empezamos a hablar como Aranda.
Fuera, Sabina señaló hacia la fachada.
Después hacia su vehículo.
Aranda escuchó.
Un agente tomó notas.
Al final, Sabina entró en el café.
Nadie sabía dónde mirar.
Ella sí.
Fue directamente a Clara.
—Lo siento.
Clara tardó en entender.
—¿Por Rufino?
—Por todo esto.
Miró hacia la calle.
—Ayer estaba vivo.
—Sí.
Sabina se quitó los guantes.
No llevaba los mismos del día anterior.
—La policía me ha preguntado por la jardinera.
Ramiro levantó la vista.
—¿La retiraste?
Sabina lo miró.
—No.
Ramiro se puso de pie.
—¿Seguro?
—La fisura no me gustó, pero no iba a desmontar una composición recién regada a esas horas. Pensaba volver a primera hora con una unidad de repuesto si hacía falta.
Clara recordó la puerta trasera de la furgoneta abierta.
—Cuando te marchaste, ¿seguía arriba?
—Sí.
Aranda acababa de entrar detrás.
—Eso es lo que ha declarado.
Clara volvió hacia él.
—Entonces la jardinera que encontramos abajo no explica dónde está la que regamos.
—Todavía no sabemos que sean dos recipientes distintos —dijo Aranda.
Ramiro señaló hacia la calle.
—La tierra sí lo sabe.
—La tierra no declara. La analizamos.
Sabina apretó los labios.
—Tenemos unidades iguales —dijo—. Varias.
Aranda la miró.
—¿Dónde?
—En el almacén.
—¿Quién tiene acceso?
—Yo. Dos empleados. El encargado de reparto.
—¿Anoche?
Sabina pensó.
—Los empleados se marcharon antes de las nueve.
—¿El encargado?
—También.
—¿Puede demostrarlo?
—Supongo.
—No suponga.
Sabina respiró.
—Hay control de alarma.
Aranda anotó.
Clara observaba sus manos.
Sabina no parecía temblar.
Eso no significaba nada.
—¿Por qué no cambiaste la jardinera anoche? —preguntó Clara.
Aranda la miró.
Ella entendió la advertencia.
—Perdón.
Sabina respondió igualmente.
—Porque ya era tarde y no quería desmontar una composición mojada con gente entrando y saliendo. Pensaba hacerlo a primera hora.
Ramiro no apartó la mirada de ella.
—¿Cuántas reservas tenías?
—No lo sé de memoria.
—¿Cómo no vas a saberlo?
—Porque gestionamos cientos de recipientes.
—¿Cuántos de ese modelo?
—Ramiro.
Clara puso una mano sobre la barra.
Él respiró.
Sabina se volvió hacia Aranda.
—Podéis venir al vivero.
—Lo haremos.
—No tengo nada que ocultar.
Clara no supo por qué esa frase le desagradó.
Tal vez porque nadie había dicho que lo tuviera.
Aranda señaló la puerta.
—Un agente la acompañará.
Sabina asintió.
Antes de salir, miró hacia la cocina.
Migas estaba sentado junto al marco.
—Ahí está.
Clara miró al gato.
—Sí.
—Me alegro.
—Volvió esta mañana.
Sabina sonrió.
—Entonces habrá encontrado un sitio seco donde dormir.
Clara no respondió.
Migas la observó.
Patas manchadas de blanco.
Pecho todavía salpicado de naranja.
Seco.
La palabra quedó flotando.
Sabina salió.
Pilar esperó unos segundos.
—No me ha gustado eso.
—¿Qué?
—Lo del sitio seco.
—Es una frase normal.
—Ya.
Ramiro volvió a abrir la carpeta.
Clara lo miró.
—¿Ahora qué?
—Quiero saber exactamente qué composición tenía la jardinera original.
—¿Por qué?
—Porque si aparece otra igual, el recipiente no bastará para identificarla.
Clara miró la carpeta.
—Tienes anotadas las plantas.
—Y la posición.
Aranda, todavía junto a la puerta, los oyó.
—Eso sí me interesa. Déjeme una copia de esas notas.
Ramiro miró la carpeta como si le hubieran pedido un órgano.
—Son las originales.
—Entonces haré fotografías.
Pilar miró a Clara.
—Eso le ha dolido físicamente.
Ramiro frunció el ceño.
—No necesariamente.
Clara sonrió por primera vez desde el amanecer.
Duró poco.
Fuera, retiraban el cuerpo de Rufino Acebal.
Las flores de la fachada se movían con una brisa ligera.
El hueco central seguía vacío.
Y la jardinera rota continuaba contando una historia falsa.
Pero ahora la mentira tenía un problema.
La jardinera verdadera existía en alguna parte.
Y alguien tendría que explicar por qué un hombre muerto había aparecido debajo de una que nunca estuvo allí.